martes, 10 de septiembre de 2013

"El que sonríe a través de la ventana" por Aldo Astete Cuadra

Ilustración por All Gore
Hace años mi hermano me contó que encontrándose en su lancha en Puerto Low, los sorprendió una tempestad y tuvieron que fondear su lancha por varios días. En tierra, decidieron salir a recorrer y buscar agua dulce. No muy lejos de donde se arrancharon encontraron un arrollo y decidieron subir por él un poco más, hasta que se toparon con una placa de oro. Estaban todos los dientes y muelas de la parte superior. Extrañados pero contentos por el hallazgo decidieron regresar por donde vinieron. Al día siguiente, cuando la tormenta amainaba, volvieron a Quellón, sin embargo, saliendo del Golfo Corcovado recrudeció la tormenta y debieron buscar refugio en Isla Coldita. Ahí vieron luces en una casa y solicitaron alojo por aquella noche, pues la tarde los había sorprendido y ya estaba oscuro y el viento amenazaba con tirar todo lo que no estuviera firmemente asido al piso. En la casa los recibieron mejor de lo que esperaban, inclusive quien se encontró la placa de oro terminó siendo medio pariente del dueño de casa. Aquella noche los atendieron como reyes, les prepararon una buena cena, atizaron el fuego y les prepararon camas mullidas en la cocina para que no sintieran frío. Al día siguiente las condiciones mejoraron y los hombres regresaron a la embarcación y a Quellón sin dificultades, pero antes habían decidido desprenderse de la placa de oro regalándosela al dueño de casa que tan bien y desinteresadamente los había atendido.
A la noche siguiente, en Coldita, a través de la ventana, el ahora propietario de la placa de oro, vio la figura de una persona que miraba hacia adentro, esta además se reía sin dientes, con ojos grandes y negros, como si fuera una calavera. Al salir a mirar de quién se trataba, la figura había desaparecido. La segunda noche fue igual, pero esta vez no se atrevió a salir, un miedo profundo le impedía moverse, aquel hombre o ser que se encontraba fuera de su casa y que le miraba malignamente debía ser el dueño original de la placa. Al otro día contactó a su medio pariente para que se llevara aquella placa de oro y la devolviera al mismo lugar de donde la habían recogido, debía regresar con el espíritu de su dueño, de lo contrario continuaría penando a quien la poseyera.
La placa de oro terminó en las mismas aguas del arrollo de Puerto Low y seguramente el espíritu nunca más volvería a la casa de Isla Coldita, pues ya tenía lo que era de su propiedad.


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