miércoles, 30 de octubre de 2013

"Andréi Chikatilo" por Khaoz Vortexx y Fraterno Dracon Saccis

"Chikatilo" por Khaoz Vortexx



"El Amanecer de una Nueva Era"
Por Fraterno Dracon Saccis

Me muerdo la pata. Herido y ciego ante el colorido contraste de la sangre sobre la nieve. No es mía, así como la extremidad que mordisqueaba.

Despierto empapado.

Curioso sudar mientras se sueña con un campo yermo y gélido. Me desperezo, restriego mi cara con las manos y el sudor es pegajoso. Y rojo. De un brinco me pongo de pie. Lo que en un momento pensé era mi casa es en realidad un bosque. El follaje que me rodea está salpicado de carmesí. Entonces veo el bulto pálido y ensangrentado que yace a unos metros. El dolor en mis manos materializa el recuerdo que llega como una puñalada.

Y otra puñalada.

Y otra más.

Ella caminaba por el sendero que rodea la arboleda. Nos cruzamos, su mirada se detuvo el momento preciso en mi rostro para alejarse con desprecio. Estoy seguro que lo sabía. Mientras más se alejaba, más crecía mi ira. Respiré lento, esperando que el vacío de mi estomago se calmara, como siempre lo hacía. Pero el caos no cedió. Me obligó a girar sobre mis talones y seguir sus pasos. Me escabullí entre los árboles, ocultándome sin perderla de vista, esperando el momento oportuno.
Salté tomándola por la espalda, amordazándola con una mano, retorciéndole un brazo en su espalda. El dolor debilitó sus piernas, cayó de bruces. Le clavé las rodillas en la columna,  mientras le sacaba las zapatillas y con los cordones ataba sus muñecas y tobillos. Entonces noté que llevaba un cuchillo, como si todo esto no fuese un hecho fortuito, si no que algo planeado en detalle. Tal vez esa parte salvaje en mi lo tenía todo trazado. Rasgué sus ropas y la entrepierna se mostró como territorio presto para ser invadido. Hurgué en su humedad, pero era el tacto de sus brazos forcejeando lo que llevó la sangre a agolparse en mi miembro. Pero no la suficiente. Traté, doblándole las piernas para tener mejor acceso a su vulva, pero ese apéndice inservible no era capaz de llenar siquiera esa pequeña cavidad. La miré y aunque sus ojos inyectados no cesaban de lagrimear, pude ver bajo esa desesperación un atisbo de burla, una leve pero indudable muestra de desdén. Allí fue cuando realmente el salvajismo tomó el control. 
La hoja entró con dificultad la primera vez. Con cada estocada la diminuta abertura crecía, así como mi satisfacción. Había poder en ese acto de penetrar. No como la vulgar introducción de un trozo de carne dentro de otro,  en un vestigio de la necesidad creadora. Era el acero rompiendo tejidos, derramando vida de forma irremediable. La negación de la naturalidad. Tal como yo mismo lo soy.

No sé cuánto tiempo, cuántas puñaladas pasaron después de que muriera. Si se desangró, si fueron las heridas que hice en su pecho o los cortes en su garganta, no lo sé, pero su mirada carecía de expresión. Un par de pozos vacíos, que a pesar de su sequedad, aún guardaban mi reflejo.

Eso me horrorizó.


No podía dejar una parte de mí en ese trozo de carne maltrecho. No cabía duda que mi imagen estaba grabada en esa inerte retina.  Como me lo permitieron mis malheridas manos, lastimadas por la pasión de las estocadas, extraje los globos oculares y los apreté con fuerza en mi puño. Aquella vida había sido cegada más allá de la muerte. Esa acción cargada de simbolismo me aturdió por la saturación de poder que había inyectado en mis venas. Todo ese poder, esa virilidad que me había sido negada, había fluido por el filo mortífero. La noche se venía sobre mi cuando desperté. Ahora lo recuerdo todo. La noche está sobre mi cabeza, pero en el horizonte veo un nuevo amanecer, con un sol que irradia su luz sobre mi erguido rostro. 

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