sábado, 14 de diciembre de 2013

"La Chiesa"* por Pablo Espinoza Bardi

The Blooded Church ©2012 Khaoz Vortexx

*Relato inspirado en la ilustración de Khaoz Vortexx, parte del desafío "Imago Hallucigenia".



«¡y durante unos momentos de pesadilla vislumbré, a través de él,
un paisaje infernal y remoto, como si me hubiera asomado a una dimensión
absolutamente extraña por una ventana abierta! Retrocedí espantado,
y la luz se eclipsó; pero al instante volvió a aparecer con brillo renovado.
Y entonces, en contra de mi voluntad, contemplé una escena
que se grabó de manera imborrable en mi memoria».

La Iglesia de High Street (1962) – Ramsey Campbell


A pesar de que llevo tan sólo una semana en este pueblo, puedo sentir una especie de magnetismo que me incita a indagar en sus costumbres, algo ajenas a nuestro mundo conocido. La Colina del Diablo se encuentra detenida en algún tiempo-espacio, parece incrustada en una época impropia a nuestro normal entender. He tratado de entrevistar a los lugareños pero me ha sido imposible. En el día el pueblo está vacío, pues salen de sus casas para trabajar la tierra del otro lado de la colina. Y en las noches todos acuden en caravana hacia la siniestra iglesia que se alza por encima de esta, como un faro que atrae distintos tipos de horrores y pesadillas.

Las festividades de diciembre son bastante conocidas en esta zona del desierto. Y por lo que he investigado, es cuando abren las puertas de la iglesia a los foráneos o turistas.
Según sus tradiciones, los aldeanos bailan en esta festividad con máscaras de diablos y rinden culto a sus deidades a lo largo del mes.

Gutiérrez es el jardinero del pueblo, y él ha sido el único que ha dado respuesta a mis inquietudes. El viejo es algo supersticioso, y a pesar de ser un pobre borracho, su relato mantenía cierta cuota de lucidez, a pesar de lo irreal de su historia, además, interrumpía su diálogo a cada rato para decirme en voz baja, e indicándome continuamente el cielo: «Ellos vigilan, Ellos saben…».

El desierto es un lugar vedado para muchos, decía. Un lugar saturado de maldad y de terribles secretos guardados celosamente por las rocas y la arena, desde los tiempos en que los Gentiles dominaban la zona. Los ancianos guardan total respeto a lo ignoto del desierto. Ellos están a la espera... en el desierto, en todas partes..., citaba una vieja canción infantil pasada de generación en generación, implantando un sentido de alerta en el inconsciente de los pequeños del pueblo. Ellos siempre han estado allí, los espíritus del desierto. Incluso, las bases en donde se construyeron algunas de las edificaciones más antiguas fueron confeccionadas de aquella tierra y de esas rocas. Construcciones que nacieron de un terreno pervertido, ocasionándoles con el pasar del tiempo un deterioro a nivel ultra-físico: «lugares cargados», decían los viejos de aquel entonces.

Luego me contó sobre Manuel Ortiz, de cuando éste llegó al pueblo allá por el 1904. El pueblo fue para Ortiz como la luz lo es para las polillas. Eso me dijo mientras que en cada pausa bebía de su petaca. Me habló de las extrañas costumbres que trajo consigo. De cómo fue estableciendo e implantando a través de los años la idea de una neo-religión, la que venera a un Dios-Cadáver y a unas entidades aladas escupidas por el mismo averno: «Seres Encarnados de la Noche», les llamó.

»Cada noche cantan en la iglesia sus plegarias a estas abominables criaturas… ¡y al mismo Dios Necrófago!, cuya horrenda efigie se muestra enhiesta tras el púlpito. De sus bocas lanzan cantinelas y letanías tan aborrecibles como el canto de un «Dhole» o de un «Cthonian». ¿Has oído cantar a un Dhole, muchacho? Son cosas que no se olvidan. La gente del pueblo ya está maleada, ¿me sigues, muchacho?... ¡A Gutiérrez lo detestan!…, y al igual que usted, también fui un forastero… pero ahora Gutiérrez es útil para Ellos, oh si... Gutiérrez mantiene el pueblo limpio… pero usted también les puede ser útil, sabe… usted ya está anclado a este pueblo, aunque aún no se ha dado cuenta jejejeje… pero pronto lo averiguará… tan sólo debe entrar a la iglesia y ver con sus propios ojos, ya verá… hoy la iglesia abre sus puertas al resto del mundo… Gutiérrez no miente, joven… Gutiérrez nunca miente…

Luego el viejo se alejó balbuceando algo que no pude descifrar.
Pero las últimas palabras de Gutiérrez calaron hondo en mi ser. El viejo no estaba tan equivocado del todo… algo había en este lugar, una conexión de tipo espiritual… con el pueblo y con la iglesia… con la tierra y la roca.

* * *

Llegada la noche, los aldeanos se acercan danzando con sus infernales máscaras hacia la iglesia, acompañadas de bandas de bronce y del horrendo repicar de las campanas, tan pesadas y relapsas que los feligreses atraviesan letárgicos hacia aquella vulva-primigenia… como insectos que marchan solemnes al encuentro de un cadáver. Y puedo ver entre la muchedumbre, que Manuel Ortiz, el «Mago-Negro», daba inicio a la ceremonia junto a sus sacerdotes que tenían formas enanas y rechonchas, los que me causan extrema repulsión. Estos reflejan en sus rostros el miedo y la blasfemia pre-colonial, y canturrean en un coro que me recuerda cosas tan atroces…, tan perversas y degeneradas como el mismo Ortiz, cuyo rostro cabruno no encaja en lo que podríamos llamar humanidad. El Mago-Negro se abre paso a través de los feligreses con un cansado caminar, como si fuese el gusano que brota satisfecho de lo corrompido… y éste los mira y los acaricia con un deleite que podría interpretarse como carnal. Hace muecas exageradas… inconexas… vocifera y ladra la palabra de su deidad «Necrófaga», las que repercuten en cada rincón de la entidad formada por piedra, vidrio, lodo y madera.

Finalmente, la vista de Ortiz se posa en la mía. Sus ojos nublados y animalescos paralizan mi organismo por completo. Con un gesto, sus pequeños adefesios se abalanzan sobre mí y me arrastran hasta la horrenda efigie del Dios Necrófago, en tanto que Manuel Ortiz traza unos signos en el aire y me indica que mire por encima de su Dios, hacia una enorme ventana circular. Entonces, un desagradable aletear me trae a la realidad, rompiendo abruptamente mi estado hipnótico, por lo que lancé un tremendo grito. Tras la ventana circular, una luminosidad verdosa le dio forma a sombras aladas desplegadas alrededor de la iglesia, todas revoloteando en espiral y profiriendo desagradables chillidos. Y antes de que el obsceno mago rompiera en una horrible carcajada, salí corriendo de la iglesia buscando una respuesta lógica a lo vivido.

Y mientras transcribo estas palabras en mi habitación, desde acá puedo ver la colina y las humeantes chimeneas incrustadas en las precarias viviendas, y también a los aldeanos que se dirigen hacia una nueva jornada de trabajo.
A lo lejos, tras la iglesia, comienza a descender una espesa bruma que cubre la zona en pocos segundos. La espectral neblina deja todo sumido en la más profunda negrura, esparciéndose y apoderándose del pueblo como un tumor cancerígeno.



COLINA DEL DIABLO, DIC. 25 de 1998




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