martes, 10 de diciembre de 2013

"Noches en vela por mami" Por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por Alex Olivares

Rip the veins from human necks
Until they're wet with life
Razor-blades love teenage flesh
An epidermoty
I'll bring back a souvenir
For it's my mommy's dream

—“Mommy, can I go out and kill tonight” The Misfits


Mami creía que no la veía, pero podía verla muy bien.

Todas las noches, cuando estaba seguro de que dormía profundamente, con un clavo raspaba el ladrillo bajo su ventana —nunca dejaba las persianas abiertas— hasta que logré hacer un orificio lo suficientemente grande para vigilarla. Solo una vez se asomó a averiguar qué producía el rasqueteo, pero alcancé a ocultarme entre las sombras de la chatarra que rodeaba la casa. Balbuceó insultos a los ratones y regresó a su inmundo colchón tirado en el piso. Fuera de esa noche, siempre quedaba inconsciente después—y a veces antes o durante— de que se la follara algún borracho que se largaba subiéndose el pantalón luego de descargarse en ella.

Mami siempre tuvo novios de la misma calaña: traficantes, alcohólicos —jamás bebí una gota de alcohol por mi voluntad—, ladrones de poca monta y la mayoría de las veces, eran su chulo. El último que conocí personalmente fue Freddy. Al principio me trataba bien, me traía algún caramelo, una revista o me daba dinero para que hiciera lo que me placiera. Todo era una inversión entendí con los años, una forma de llegar a la gallina de los huevos de bronce. Y para explotar a una gallina ponedora no se necesitan sus polluelos. Cuando tuvo a mami en sus manos, reportándole cada paso dado y cada peso ganado, fue cuestión de tiempo para que encontrara la forma de deshacerse de mí.

Nunca supe con qué droga tenía laceada a mami, aunque la verdad ella recibía todo lo que le dieran. Aún ahora es incapaz de decir que no. Fuera lo que fuera, Freddy ejercía un control total sobre ella. Si él le ordenaba que se la chupara al primer tipo que se le cruzara en la calle, ella accedía sin poner pero.

No debería haberme extrañado lo que ocurrió esa noche.

Viajábamos regularmente para cambiarnos de ciudad. Mami se hacía rápidamente mala fama entre las mujeres, ya que se metía con cualquiera que le ayudara a reunir la cuota que le exigía su hombre. Y eso incluía a casados, autoridades entre ellos; uno que otro sacerdote y siempre, había policías metiéndose bajo sus faldas.

En la carretera, en un bosque sin señal ni más luz que la escuálida luna, nos detuvimos saliendo por una camino de tierra hasta que llegamos al borde de los árboles. Freddy me ordenó que bajara y tras él venía mami, con una pistola en su temblorosa mano.

—¡Hazlo de una puta vez! —le gritó mientras miraba vigilando hacia el camino.

—No puedo Freddy… es mi pequeño…

—Entonces te quedas con tu pequeño espanto en medio de la nada. Yo me largo —y arrojó el cigarrillo a mi cara girando sobre sus talones para subir al auto. La braza golpeó justo en mi pómulo, pero tenía otros dolores no físicos de que preocuparme.

Mami se debatió entre atender la quemadura que tenía bajo mi ojo y salir a detener a su hombre. Lo dudó cinco segundos y se detuvo junto a mí. Freddy se volteó sorprendido por la decisión, hasta que vio que levantó el arma y me apuntó a la cabeza.

Puso el dedo en el gatillo.

El arma hizo un chasquido al caer al suelo. No fue capaz.

Freddy regresó hasta nosotros y le dio un golpe en la cara con el dorso de la mano.

—Que tenga que hacerlo todo yo —se agachó a recoger el arma y antes de que terminara de levantarse ya había alzado el cañón y me dio un balazo en pleno rostro.

El impacto fue como si me hubiesen aplastado la cabeza con un bloque de hielo de una tonelada y a la vez me metieran un fierro al rojo vivo por la mejilla atravesándola de lado a lado.

Freddy no se quedó a verificar si había tenido éxito eliminándome. Mucho menos mami fue capaz de mirar mi cuerpo inerte sobre el follaje. Salió como la perra faldera que siempre ha sido, tras el rabo de su amo. No perdí la conciencia hasta que llegué algunas horas o días después, no lo sé, a una sala de emergencias. La bala, gracias a que por reflejo intenté agacharme, había entrado por la mejilla derecha destruyendo todas las muelas y fracturándome la mandíbula en decenas de partes, para encontrar la salida por la izquierda. El impacto me azotó la cabeza contra el suelo. En algún momento me hicieron un escaner para detectar un posible daño cerebral, pero la verdad no me quedé a comprobarlo. Una vez que me instalaron los aparatos para tratar de soldar los huesos de mi cara, me escapé del hospital, harto de que intentasen averiguar algo sobre mi y mi familia. No, no les daría esa satisfacción.

En ese entonces tenía once años…

Ahora tengo treinta y uno, cumplidos hace un par de meses. Me pasé el resto de mi niñez y adolescencia truncadas, rastreando a mami. Sentía unas ganas tremendas de abrazarla y apretarla, hasta que sus órganos se le derramaran por el culo y que sus globos oculares saltaran de sus cuencas colgando de los nervios ópticos. Quería verla sufrir las penas del infierno, a ella y al hijo de puta de Freddy.

Eso hasta que hace uno seis meses la encontré.

Aún podía ver esa belleza que deslumbraba a cada hombre que pasara, pero estaba oculta bajo capaz de maquillaje barato y carne fláccida. Los pechos le bamboleaban, pero si antes eran dos melones turgentes, en ese momento los vi como un par de cantimploras mal llenadas. Sus ojos eran los que mantenían su encanto. Me atreví a pararme frente a ella, pero fuera de mirar con  desagrado las cicatrices de mi rostro, no hubo gesto alguno, más que el de sacudirme sus caderas con un movimiento triste y decadente. La dejé pasar. Parecía que finalmente sí había pasado las penas del infierno. La seguí hasta su casa y cada noche sin falta, la vigilo.

Verla caminar, ver a aquella figura casi mitológica, por muy a mal traer que estuviera, reavivó el amor filial que estaba enterrado muy en lo profundo de mi dañado corazón. Por eso he intentado protegerla. El llamado de la sangre ha venido a mi todos estos años, de forma constante pero latente, hasta que en ciertos momentos estalla y me nubla. Solo el placer de deslizar  la hoja por un cuello me trae la paz espiritual. Ya perdí la cuenta de a cuántas personas les he arrancado la vida, entre ancianas, unas de las más fáciles; adolescentes confiadas; prostitutas sin nombre y sus proxenetas. Sobre todo ellos.

Así que no fue problema el proteger a mami de caer en las garras de otro Freddy. Cada cliente que salía de su casa había hecho su última visita. Llegaban a los mismos bares donde habían recogido a mami, regresaban a sus casas o cargaban en una bencinera. Cuando entraban al baño, ese era el momento de mi desahogo.

No hay placer más grande que el de tomar por la espalda a alguien y tapar su boca con una mano mientras la otra desliza la hoja y rebana el cuello frente a el espejo. Ver como la sangre fluye salpicando con el decreciente pulso vital, salpicándome nada más que en mí reflejo. Mirarlo a los ojos y saber que no hay nada que pueda hacer para agarrarse a la vida, que aquellas manos que lo sujetan tienen todo el poder sobre su existencia y lo utilizarán para acabarla.  

Así protegí por años a mami.

Así mantuve el frágil equilibrio de mi interior.

Hasta que aquella armonía se trizó y desmoronó como un vidrio apedreado.

Mami retozaba junto a uno de sus clientes. Podía oler el humo que salía de sus retorcidos cigarrillos mezclados con el hedor picante de la copulación. Hablaban sandeces, como siempre, hasta que al cerdo se le ocurrió preguntar:

—¿Y tú nunca has tenido hijos?

Mami miró la columna de cenizas que intentaba equilibrar hasta llevarla al atestado cenicero. Cuando el montículo se derrumbó a medio camino, como si ese hecho hubiese determinado su repuesta, dijo:

—Nunca.

Una brasa en mi interior creció hasta llenar de furia mi pecho y un grito se acumuló hasta hacer vibrar mis dientes. El cerdo se puso a la rápida el pantalón y apareció por la puerta con una cortaplumas en la mano. Cuando su mirada me encontró mi cuchillo había abierto su garganta hasta la tráquea. Crucé el umbral mientras se desvanecía apretándose inútilmente la herida.

En la habitación estaba mami, arrinconada sobre el mugriento colchón. La fetidez me enfermó, el ascua en mi interior prendió fuego y alcé la hoja, sosteniéndola un momento mientras la miraba a los ojos.

Pude ver el reconocimiento en ellos.

Abrió la boca.

Mi nombre se quedó prendado de su lengua, sin poder materializarse nunca más.

Nunca.

El primer corte atravesó su rostro de forma perpendicular. Ni siquiera intentó protegerse. Cuando las puñaladas se habían concentrado en la entrepierna, en aquella maldita boca voraz, los ojos miraban a un punto fuera de la habitación.

Me detuve un momento a contemplar el cadáver mutilado.

Las nauseas se apoderaron de mí. El peso de mis actos recayó sobre mis hombros y me tironeó hacia afuera, a cualquier parte. Corrí sin rumbo, desesperado, cegado. Debo haber deambulado por días, negándome a creer lo que había hecho.

Hasta que regresé a casa de mami.

No me atreví a entrar. Las persianas, como siempre, estaban cerradas, así que miré por el orificio que había perforado.

El cadáver estaba invadido por moscas. La sangre salpicada se había vuelto negra y las heridas eran costras brillantes. El hedor era un golpe que aturdía y nublaba.

Nunca la había visto tan plácida.

Desde ese día, cada día, la he visitado para vigilar el avance de su descomposición, cómo las larvas aumentaron su población y las bacterias consumieron la carroña, revelando poco a poco la blancura de los huesos. El esqueleto descarnado yace aún sobre el colchón y yo velaré por su paz, el descanso de mami.

Ω

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