viernes, 24 de enero de 2014

"Prisionera" por F. A. Real H.













Ilustración por Alex Olivares







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     Primero, me encadenaron a la tierra.

     Ahí me dejaron, anclada e incapaz de volver a vagar con la libertad de antaño. A ellos y a su progenie los maldije en todas las lenguas que conocía y esperé paciente el día de mi venganza, en que me cobraría mi pago con su sangre... o la de sus descendientes.

     No contentos con haberme hecho prisionera, me vendieron como una esclava. Aunque odié a todos los que me poseyeron, debo decir que hubo algunos que fueron más cuidadosos y tuvieron la deferencia de tratarme con algo que asemejaba el respeto. Fue gracias a esa piedad que pude recuperar la fortaleza de mis primeros años y tuve algo de paz en mi corazón, aunque nunca olvidé que seguía estando bajo el yugo infame de mis opresores.

      Y luego… bueno, luego vinieron los malos tiempos.

     Tuve dueños déspotas y engreídos, que creyeron que podían hacer con mi cuerpo lo que se les diera la gana. No sin una breve sonrisa, observé cómo fueron sufriendo los más terribles e inexplicables destinos. Algunos, en sus estertores agónicos, murieron asegurando que yo había sido la culpable de su fin pero, por supuesto, nadie daba crédito a esas palabras. ¿Cómo era posible que yo hubiese sido la culpable? ¿Yo, la que no se movía para nada?

     Otros aseguraban que criaturas imposibles habitaban en mi interior, monstruosidades innombrables llenas de odio hacia cualquiera que intentara vivir conmigo. Incluso hubo un par que trajo «expertos» para que me examinasen… ¡Y hasta sacerdotes para me bendijeran con sus balbuceos incoherentes! El resultado en todos los casos fue el mismo: me apaciguaba por un tiempo —más que nada por precaución— pero siempre terminaba volviendo a las andanzas. Solía esperar hasta que mi propietario anterior se cansara de luchar contra mí y me vendiera a algún iluso que lograra engañar con embustes y maquillaje; después de todo, el tiempo me había pasado la cuenta y mi juventud no era sino un lejano recuerdo.

      Entonces las cosas comenzaron a empeorar.
     Privada de mi atractivo anterior fui vendida sin el más mínimo cuidado, yendo a parar a las manos de hombres cada vez más inescrupulosos y bestiales, los que con suerte eran capaces de proveerme con los artículos de belleza necesarios para mantener una fachada de buena salud. Así, me fui pudriendo por dentro y, mientras peor me trataban, más grande era mi odio y desprecio hacia cualquiera que se atreviera a tocarme. La edad puede que se hubiese llevado mi juventud, es cierto, pero me había recompensado con maneras arteras, indispensables para ir deshaciéndome de mis compañeros… uno por uno.

     Si antes desplegaba abiertamente mi verdadera naturaleza, ahora me dedicaba a torturarlos sutilmente. Ya nadie moría en accidentes extraños o por inexplicables padecimientos, pero el solo hecho de estar junto a mí era motivo de constantes pesares para cualquiera que osara acercarse. Nadie podía pasar una noche tranquila conmigo y ningún tipo de tibieza era capaz de calentar mi interior, perpetuamente gélido. Me convertí en una fuerza corruptora cada vez mayor, alimentada por los malos tratos y el desprecio de quienes llegaban a conocerme.

     Debo reconocer en este punto que sí, es cierto que a veces torturé y dañé a inocentes —especialmente mujeres y niños— pero, ¿qué se suponía que hiciese? Ellos eran quienes pasaban más tiempo conmigo, mientras que mis dueños usualmente se marchaban por largas horas. Además, siempre tuve la cortesía de avisarles con sutiles gestos que no estaba dispuesta a aceptar más vejaciones. ¿O acaso creían que los ruidos nocturnos y todas las otras extrañas ocurrencias que se sucedían a mí alrededor eran mi manera de darles la bienvenida? Si ellos no quisieron escuchar mis advertencias y dejarme en paz, eso no fue mi culpa.
Con todo, y aunque sabía que mi actuar era prácticamente indetectable, la mala fama en torno mí empezó a esparcirse como una plaga. A veces podía escuchar a través de la tierra cómo se llenaban la boca hablando de que estaba «maldita» o que atraía la «mala suerte»… ¡cuando la única que seguía sufriendo una condena injusta e interminable era yo! Mis últimos propietarios ni siquiera se atrevían a acercarse, dejando todos los temas legales a cargo de sus lacayos.

      Así fue como me dejaron abandonada.

     Cuando pensaba que las condiciones de mi existencia no podían empeorar, me dejaron sola. Sin nadie que pudiera ayudarme o cuidarme, me fui deteriorando rápidamente: mi cabello creció largo y enmarañado, mi rostro se llenó de surcos y grietas, y mis puntiagudos dientes se fueron cayendo por culpa de la enfermedad. Poco a poco hasta los decorados de mi piel se vieron afectados, esos maravillosos ángeles y santos esculpidos que me habían acompañado por tanto tiempo. Y ni hablar de las ventanas de mi alma, las que sufrieron el vandalismo de los mocosos, quienes me veían ahora como una vieja debilucha a la que podían agredir impunemente.

     Pero no fue sino hasta que las deformidades atacaron mis extremidades que se decidieron a acabar conmigo.

     Todos estaban algo compungidos con la noticia (al fin y al cabo, ya era una leyenda local), pero yo estaba alegre y esperanzada por primera vez desde mi cautiverio. Fue con esa alegría que soporte las últimas violaciones, como cuando removieron mis interiores e incluso cuando cortaron todo mi cabello: sabía que mi muerte estaba cerca, y no podía dejar que estos inconvenientes arruinaran mi liberación final.

     Porque sí, apenas una de esas ruidosas máquinas derribó mis muros —y aquella fachada maltratada en que se había convertido mi rostro— yo fui libre nuevamente. Libre de las cadenas que me habían atado a esa maldita estructura, a esa jaula que otros llamaban «casa», y libre al fin de consumar mi venganza con los herederos de quienes me habían encadenado en primer lugar. Como dije en un comienzo, mi maldición se cobraría su precio de sangre con ellos… o con su progenie.

     Y ahora que me he permitido el lujo de dejar este testimonio, es tiempo de consumarla.



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