martes, 19 de agosto de 2014

"La Verdadera Historia de Richard Upton Pickman" por Patricio Alfonso













Ilustración por Alex Olivares







Preludio

Surge la luna tras una nube negra, iluminando la faz del Boston dormido. Sus rayos alumbran un momento la oscura fachada de una casa, en el North End. En la entrada hay de pie una silueta. La luz de la luna muestra unos ojos rasgados, unas orejas demasiado puntiagudas, los pelos rojizos de su barba rala. A sus pies yace un maletín del que sobresalen algunos lienzos enrollados y los mangos de unos pinceles, y del cuello le cuelga una cámara fotográfica. El pintor Richard Pickman lanza una mirada irónica a la calle que baja hacia el mar de Massachussets, antes de levantar el maletín y ponerse a caminar en dirección a la Copp´s Hill, pasando por callejas torcidas flanqueadas por casas de techos puntiagudos y muros vacilantes. Las casas terminan, y Pickman sube por la ladera hasta la verja del viejo cementerio. La verja está cerrada con una cadena gruesa y cubierta de orín, pero Pickman la empuja creando un espacio para deslizar su delgado cuerpo. Como una sombra creada por los rayos de la luna, Pickman camina entre las antiguas tumbas. Llega por fin al sector más recóndito y ruinoso del camposanto. Tres figuras se alzan de una lápida destrozada. Se los podría tomar por cadáveres escapados de aquellos sepulcros. Completamente desnudos, fláccidos y esqueléticos, llevan en la piel el tono ceniciento de los muertos, manchado aquí y allá por parches de moho y descomposición. Sus manos y pies terminan en uñas enormes. Sus rostros, una mixtura atroz de cerdo, perro y ser humano deben ser familiares, sin embargo, a los habitúes del Art Club de Boston, donde Pickman exhibe sus pinturas. El pintor levanta la cámara fotográfica y el fogonazo del flash relampaguea entre las sombras del cementerio. Luego Pickman se abre paso entre el monstruoso trío.
    Hoy no me ocuparé mas de ustedes, gusanos de cárcava —les dice con tono de burla—. He venido a ver a una reina.

Pickman se aproxima a un mausoleo de factura gótica que por su forma y dimensiones destaca entre las pobres y derruidas tumbas que lo rodean. La luz de la luna que pasa permite ver en el sombrío interior paredes cubiertas de nichos y un túmulo central. Pickman entra y se acerca, mirando dentro.


En el interior del túmulo los rayos lunares dejan ver el cuerpo yacente de una mujer envuelto en tules negros y con las manos cruzadas sobre el pecho.

    Hora de despertar, princesa. He venido a hacer tu retrato.

Las manos de la interpelada son tan pálidas como su rostro, con larguísimas uñas pintadas de negro. Su faz de bellos rasgos es tersa. Se la diría viva en la tumba, pero quien sabe que opinión merecería a quien se la topase en la Beacon Street. Pickman se inclina y con un beso roza apenas sus labios rojos.

    —Aquí está tu príncipe, Bella Durmiente.

Sus ojos se abren. Son piscinas oscuras de noche casi absoluta, moteadas aquí y allá con fulgores rojizos. Pickman se yergue y retrocede un paso, mientras ella se alza, o mas bien se erecta con un movimiento imposible, sin flectar ninguna parte de su bello cuerpo. Da un paso y sale de la tumba, quedando de pie frente al pintor. Los brillos rojos de sus ojos bailan, mientras su mirada parece detenerse en el cuello de Pickman. Este remarca su media sonrisa.

    —No creo que mi pobre sangre sea de tu apetencia, princesa. Yo estoy aquí por una razón distinta.

Pickman coge su maletín del piso del mausoleo. Saca un lienzo y los pinceles, y del fondo un pomo de pintura.

    —Un bosquejo rápido, princesa. No te quitaré mucho tiempo. Contigo no me sirve la cámara fotográfica.

Cuando Pickman abandona el cementerio de la Copp´s Hill llevando en el maletín el capturado boceto, no se ve a la mujer por parte alguna. Sólo la silueta negra de un murciélago revolotea un momento entre su cabeza y la luna. A su espalda, tres seres blancuzcos y deformes continúan medrando entre los sepulcros.

I

La exhibición en el Art Club de Boston del retrato titulado Princess —que se apartaba en algunos aspectos del conjunto de su obra, y del cual el crítico Algernon Rosworth dijo que se trataba de una interpretación plástica de la Carmilla de Le Fanu— fue la última participación de Richard Upton Pickman en esa institución, el mismo año de su misteriosa desaparición. En realidad, Pickman se estaba alejando de ella cada vez mas. Había entrado en una sorda discordia con algunos de los principales miembros del Club entre los que se contaba su director, Joe Minot, además del propio Rosworth—, la cual pareció llegar a su punto más álgido cuando Minot censuró la exhibición de su célebre (según algunos tristemente célebre) Ghoul Feeding. En esa oportunidad, Minot dijo a quien quisiera escucharlo que tal monstruosidad ameritaba el envío de Pickman al Danvers Asylum, y otras lindezas del mismo estilo. El único y decidido defensor que el pintor tuvo en el Art Club fue Nathaniel Thurber. Éste jamás dudó de la calidad de su obra, así como tampoco del derecho que asistía al artista para darla a conocer; sin embargo, después de una visita que hizo a la casa que Pickman alquilara en el North End bajo el nombre de Peters, empezó a evitar deliberadamente su compañía.

El retiro de Pickman de los círculos artísticos e intelectuales de Boston le envió en otra dirección, tal vez mas de acuerdo con sus gustos y su carácter, y realizó una serie de viajes que fueron algo así como el prólogo de su definitiva entrada en el misterio. No sólo volvió a ser visto en la Salem de sus ancestros, sino que se dirigió a lugares muy poco frecuentados de New England. Este es un período de la vida de Pickman del que se sabe muy poco, y no es que se sepa mucho del resto. Existen pruebas de que fue huésped en la granja que la familia Whateley tenía en las cercanías de Dunwich, y hay quien afirma que existe un retrato del joven Wilbur pintado por él, aunque de ser así nadie sabe donde está ni la fecha de su realización. Tampoco hay grandes evidencias de la estadía de Pickman en Innsmouth, aunque parece que alquiló un bote para dirigirse al llamado Arrecife del Diablo llevando todos sus enseres. Más documentadas están las visitas que hizo a la ciudad de Arkham, donde incluso montó una exposición en la Armitage Gallery. Ésta contó en su inauguración con una lectura que el poeta Justin Geoffrey hizo de sus propios textos, provocando un revuelo por partida doble. Luego de la desaparición del pintor, Nathaniel Thurber rescató la colección de Pickman del Art Club. Asimismo, se encargó de recuperar una gran cantidad de lienzos, tanto terminados como inconclusos, que habían quedado abandonados a su suerte en la vieja casa del North End, aunque se guardó muy bien de no poner un pie en ella. De no ser por su iniciativa, es muy probable que la mayor parte de una cuantiosa obra se hubiese perdido cuando aquella antigua barriada fue lamentablemente demolida. Con todo este material, Thurber pudo fundar en 1928 el Pickman Museum de Boston, dedicado integralmente al intrigante y desaparecido artista.

II

Esto era en líneas generales lo que yo, un profesor de Historia del Arte, podía saber sobre Richard Upton Pickman por el tiempo en que viajé hasta Viña del Mar, Chile, invitado por Melisa Ross, dueña y curadora de la Galería Ross, de esta ciudad, con el objeto de montar una muestra de arte fantástico que abarcara obras de diferentes épocas y lugares. En representación de la plástica chilena, Melisa aportó con obras de autores como Ariadna Prat y Braulio del Gato, mientras yo conseguía en el extranjero telas de Füssli, Angarola y Leonora Carrington, y esculturas de Clark Ashton Smith. Pero mi mayor satisfacción personal fue obtener en préstamo un par de piezas del Pickman Museum de Boston. La institución estaba a cargo de James Thurber, hijo de su fundador, Nathaniel, quien respondió amablemente a mi solicitud, diciéndome que tenía pensado viajar a Sudamérica por lo que él mismo me traería los cuadros.

Pocos días después llego el hombre junto con su encomienda. James Thurber era un tipo alto, rubio, de rostro afeitado y algo infantil. Me pareció el típico gringo bonachón. Me dijo que tenía algunas cosas que mostrarme. Salimos de la galería y caminamos por el centro de la ciudad hasta ubicarnos en las mesas del café del Cine Arte. Allí Thurber abrió su maletín y extrajo una carpeta con el rótulo R.U. Pickman (1919-1926 ). Me la tendió. Se trataba de reproducciones fotográficas de excelente calidad de toda la obra del desaparecido pintor, incluyendo aquella que no había sido exhibida jamás. Aunque estábamos en un lugar concurrido y a plena luz del día no pude evitar estremecerme. Me pasa siempre. Llevo años contemplando las pinturas de Pickman, pero creo que jamás lograré mirarlas con ánimo tranquilo.

Pero Thurber me tenía reservada otra sorpresa. Porque eran dos las fotos, de formato más pequeño que las reproducciones, que estaban en un sobre junto con aquellas. Me tendió la primera.

    —Esto —me dijo— es lo que encontró mi padre en la casa que Pickman arrendaba en el North End de Boston. Esto fue la causa de que dejara de frecuentarlo.

Me quedé largo rato con la vista clavada en aquel horror. Había oído hablar de él, pero eso era algo muy distinto de ver la foto al natural de esa bestia de pesadilla que sostenía entre sus garras el cuerpo semidevorado de un ser humano. Cuando aún no me reponía, Thurber me pasó la segunda fotografía.

Tampoco se trataba de una pintura. El ser allí fotografiado era un engendro semihumano semicanino en cuyas bestiales facciones se reflejaba una expresión de burla que resultaba más atroz que todo lo demás. La voz de Thurber me arrancó de mi marasmo.

    —Esto le llegó a mi padre por correo ordinario poco después de la desaparición de Pickman. Creo que fue la causa de que mi padre abandonara Boston junto con su familia y se dedicara a viajar por el mundo. De hecho, yo nací en Inglaterra.

Contemplé de nuevo aquella imagen. Algo había en ella que me resultaba chocante, más allá de su espantoso motivo. Algo que parecía tener relación con la incidencia de la luz. Además pude notar que entre las sarmentosas zarpas de la criatura retratada había un objeto cuya naturaleza no lograba discernir. Pensé que necesitaría una lupa. Entonces se me ocurrió. No lejos de donde estábamos, en la calle Arlegui, tenía un amigo que había montado un estudio de fotografía convencional y digital. Le comuniqué mi plan a Thurber, quien aceptó acompañarme. Tuvimos suerte, porque mi amigo se hallaba en su puesto de trabajo. Le dije que necesitábamos una ampliación. La obtuvimos a los pocos minutos.

Creo que Thurber y yo lanzamos al unísono una exclamación de espanto. Aquella imagen, ampliada en todos sus detalles, se convertía en algo verdaderamente difícil de soportar. Pero lo que me hizo estremecer no fueron sino dos detalles adicionales, que en otras circunstancias hubiesen resultado irrelevantes. En primer lugar, la ampliación permitía notar que lo captado por el lente no era otra cosa que la pulida superficie de un espejo. Y en segundo, que lo que el monstruo sostenía entre las zarpas era, sencillamente, una cámara fotográfica.


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