miércoles, 19 de noviembre de 2014

"La Española" Capítulo I, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.






CAPÍTULO 1

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”
Juan 6:54

Los suspiros guturales se escuchaban desde el otro extremo del pasillo. El capitán le pisaba los talones al Padre San Juan, a medida que avanzaban temerosos por el estrecho y poco iluminado pasaje. Cada madera que pisaban chirriaba de forma exagerada, pero el ser que los esperaba en la habitación del fondo parecía indiferente a estos ruidos. En realidad era indiferente a las cadenas y a todo su sufrimiento en el mundo terrenal. Su dolor venía de mucho más allá, de las profundidades insondables, de abismos demoníacos. Con sus animalescos aullidos y voz inhumana, los dos hombres de Fe sentían con toda claridad las maldiciones del infierno retumbar en sus cristianos oídos. El padre se persignó dos veces más antes de atravesar el umbral. Retrocedió bruscamente cuando la criatura agitó las cadenas, sacando chirridos de desencaje de las tablas. El capitán lo calmó, echó un vistazo.

—Sigue encadenado. Entremos— susurró.

***

El Capitán Villarroel tenía miedo. No tenía caso negarlo. Tanto como San Juan. Ni éste último tenía muy claro lo que debía hacer. Cómo demonios llegué a esto, cavilaba una y otra vez. En sus veinte años de servicio a la armada imperial, con todos sus gajes y altibajos, no recordaba una situación tan al límite. Y es que a ninguna generación de la escuela naval les enseñaron a lidiar con el infierno mismo.

Ese era precisamente el destino que había apresado al Capitán y sus Hombres: El Infierno, el mismísimo Hades. No había otro nombre para describir a ese lugar, que en los mapas convencionales, esos que aún incluyen dragones, serpientes y demases monstruos marinos en sus cartas de navegación, figura como la isla de La Española. Antigua adquisición colonial que le diera tanta fortuna a la Madre España. Claro que las cosas habían cambiado.

Corrían vientos de cambios en las aguas de Europa y las Américas. Mientras los aliados franceses se guillotinaban entre sí, en el caribe, en Saint-Domingue (porción oriental de La Española, cedida por el imperio a Francia) los esclavos negros aprovechaban la confusión republicana, y esas disparatadas ideas de igualdad y libertad, para rebelarse contra sus amos blancos. Que los superaran en número de diez a uno contribuyó bastante. Ni las tropas del cerdo chaparro de Bonaparte pudieron contenerlos, y los rebeldes terminaron proclamando la “República Negra de Haití”. Un duro golpe para Francia, y para la esclavitud en todo el mundo.

No contentos con eso, los endemoniados negros expandieron su revuelta más allá de las sierras montañosas que los separaban de los dominios hispanos. Lograron conquistar el Santo Domingo Oriental allá por 1822. Habían pasado tres años desde eso, y prácticamente no se sabía más de la isla. Los negros y las grandes potencias se encargaron de cortar toda conexión con el mundo exterior. Sólo se sabía que esos bárbaros ni siquiera habían liberado a los esclavos, como prometían. Si no que se dedicaban a saquear la comida de los dominicanos, a masacrar a los blancos, y obligaban a todos en la isla a hablar su vulgar e inentendible idioma, que poco y nada respetaba del francés tradicional.

Ese era el escenario con que los hombres de bandera cruzada surcaban en el Silvestre Segundo, antiguo y veloz galeón de Villarroel, las aguas centroamericanas. El capitán, un hombre alto, de cabello castaño y complexión fuerte, con su experiencia había creído que sabía a lo que se enfrentaba. Ahora lo dudaba, cada vez más. Su misión no era reconquistar, sino simplemente hacer un reconocimiento del terreno. Claro que el capitán vasco no necesitaba mayores razones para escarmentar él mismo a esos negruscos altaneros.

—Capitán, estamos a menos de una legua de La Española ¿ordeno subir las velas?— le consultó un marino joven, moreno y de acento andaluz. Villarroel oteaba el horizonte desde la proa con una impávida expresión.

—Hágalo, y mande a un grumete con catalejo a acompañar a Sánchez allá arriba. Extrañamente no se ve nada, Carbacho.

—A la orden, mi capitán.

Carbacho era el primer oficial del barco, uno de los más jóvenes de la marina imperial. No tuvo tiempo de comentarle su sorpresa al capitán por lo repentino de la neblina. Algo inusual para esas aguas. En pocos minutos la embarcación se vio abrazada por gruesos borbotones de nubes. Villarroel procuró no darle importancia. La nave hacía muy poco que había surcado las aguas de una isla de nombre “Niebla” donde se daba un fenómeno similar, próxima a una lejana ciudad llamada Valdivia. Claro que el clima era totalmente distinto entre ambas latitudes.

Como fuese, Haití recibió a los marineros envuelta en un halo de nubes y misterio. Un mal presentimiento le erizó la piel a distintos grumetes. Villarroel lo notó en cuanto dos fulanos que trapeaban la cubierta, se paralizaron ante la imagen de la intimidante isla.

—¿Piensan pintar el paisaje o qué? ¡Vuelvan a trabajar, carajo!— les espetó Villarroel sacándolos de su trance.
“Sí, mi capitán” contestaron al unísono. Virrarroel se dirigió a su camarote, y el Padre San Juan lo interceptó a mitad de la cubierta.

—Dicen por ahí que un cristiano trabaja mejor cuando se le trata bien— dijo, con su clásica sonrisa.

—Esas cursilerías funcionan en su iglesia, padre. Un barco se comanda con mano dura. ¿Vio las caras de esos infelices? ¡Si dejo que los asuste una simple niebla, entonces qué debemos esperar para la batalla!

—Es más que la niebla. Este extraño clima podría ser una señal. Llámalo intuición, hijo, pero algo me dice que este lugar está fuera de la mano de Dios.

—No me diga. Por eso yo soy un hombre de armas y usted un hombre de Fe.

—No olvides que también soy un soldado de Cristo —se defendió el padre—. Además, dadas las circunstancias les hará falta un hombre que domine el francés. Y que le devuelva algo de fe a los isleños aislados por la guerra.

—Descuide, habrá tiempo para eso cuando recuperemos Santa Domingo— le tranquilizó, al tiempo que se sentaba en su escritorio.

—Hay demasiada soberbia en tu voz, hijo. El exceso de confianza puede ser el pecado que nos lleve a la perdición…

—¡Ningún exceso, padre! La derrota no es una opción. Estos mares todavía son de los castellanos, y así seguirá hasta el día de La Revelación.

Al odio que irradiaban sus ojos con esa última sentencia, se sumó una columna irradiada por un grueso puro cubano, encendido en un rápido gesto por el capitán. Al padre le pareció un gesto casi obsceno, y por un segundo se sintió en presencia de Belcebú. Dejó sólo al capitán, refunfuñando y revisando sus mapas.

Reconquistar la isla no parecía difícil a primera vista. La movida invasora de los negros tenía el objetivo de protegerlos de expediciones europeas como la que encabezaba Villarroel. La isla estaba totalmente desconectada del resto del mundo, no eran muchas las certezas que se tenían de ella. Sólo que su población pasaba hambre y sufría bajo el control del ejército haitiano. Una sublevación popular estallaría en cualquier momento, y debía sintonizar rápidamente con las fuerzas españolas.

La derrota no era concebible para Villarroel. Había visto al imperio español desplomarse en una década, sin importar la sangre y sudor que el militar vasco había vertido en Caracas, y luego en Lima. Con la Restauración, Europa parecía volver a la normalidad, tras el caos revolucionario y napoleónico, y España debía retomar su lugar como potencia.

—No más derrotas, no más— murmuró, dejando caer un cenizas sobre al mapa.

Lo limpió con su mano izquierda e inconscientemente se puso a contar las cicatrices y los dedos que le faltaban. Un mal recuerdo del frío de la sierra peruana. Esa derrota se había llevado mucho más que un par de dedos y una argolla.

La embarcación estaba guarnecida tras un roquerío a menos de cien metros de la costa. El lugar era cavernoso, e ideal para esconder botines, como habían hecho en varias ocasiones los bucaneros. Les daba una panorámica de la costa dominicana, por lo mismo se dispuso que un grumete haría vigilancia oculto entre malezas en la parte superior del roquerío. No había forma de que los atacaran por sorpresa. A parte de los negros, tras la lúgubre neblina acechaban siempre los piratas, los mercenarios, los corsarios y por supuesto, los eternos enemigos de los reyes católicos: los británicos.

Por ello el Silvestre Segundo estaba armado hasta los dientes y siempre listo para atacar, según las palabras de su capitán. Para lo cual, había ordenado arriar las velas y tener todos los cañones por ambos lados listos para disparar. “Y con usted a bordo, nos aseguramos al Dios verdadero y todopoderoso de nuestro lado, padre. Nuestra arma más letal” le comentaría con una leve sonrisa (algo raro en su semblante) al padre San Juan.

—El pueblo se llama San Lázaro. Está a muy pocos kilómetros de la frontera con Haití. Fue de los primeros que atacaron los negros— le indicaba al religioso y a Carbacho, usando una lupa para ampliar la imagen del mapa sobre su escritorio—. Todo indica, y los reportes del vigía lo afirman así, que está totalmente deshabitado. Enviaré una expedición a corroborarlo, de ser cierto, podremos usarlo como fuerte.

—Desde proa se alcanza a ver el monasterio jesuita, capitán —le señaló San Juan—. Sería ideal que ubicáramos allí a un vigía. Y si tenemos suerte, encontraremos a los religiosos allí todavía.

—Crucemos los dedos —contestó, mientras enrollaba el mapa—. Es por eso que usted y tres de mis hombres vendrán conmigo.

—¡Capitán! ¡Capitán Villarroel! —llegó gritando un grumete.

—¿Qué ocurre, hombre? —le espetó, sin inmutarse.

—Encontramos algo… tienen que ver esto.

El capitán y el padre se miraron un instante antes de acompañarlo. El marinero los llevó hasta el centro de la cubierta, donde los marineros se habían agrupado en torno al hallazgo. Villarroel se hizo paso a punta de codazos hasta tener a sus pies a un bulto de algas y pelos que demoró en identificar como un hombre.

Temblaba y temblaba, se sacudía en espasmos. Era viejo, huesudo y desnutrido. Tenía el rostro arrugado como pasa, cubierto por la barba y el cuerpo lleno de cicatrices y heridas aún abiertas. Estaba envuelto en una vieja tela de la que sólo quedaban estropajos. En los muslos y la cintura estaba más bien afirmada por nudos de hilachas. Y sobre ella, todo un envoltorio de algas, e incluso lapas y otros moluscos se adherían a su piel.

—¿Dónde encontraron a este esperpento?

—En la caverna. En un rincón lleno de algas, estaba acurrucado junto a un esqueleto. Pensamos que también estaba muerto, hasta que nos acercamos, y comenzó a respirar.

—¡Este hombre necesita un médico!— ordenó el capitán, mientras muchos marineros aún seguían en shock por la espectral imagen— ¡Traigan a Pérez inmediatamente!

Una vez que se llevaron al hombre a un camarote, la multitud se disipó, y Villarroel se dirigió al marino que le había anunciado el hallazgo.

—Usted, ¿cómo se llama, marinero?

—Sargento Jesús Núñez, señor.

—Núñez, ponga a dos hombres armados a vigilar a ese tipo, no vaya a ser un espía. Y usted, viene con nosotros a la isla.

—Sí, capitán.

El pequeño bote en que partieran los cinco hombres debió abrirse paso entre insondables nubles para llegar a la costa dominicana. Tanta era la desorientación, que Villarroel se valió de brújula y catalejo para orientar a los remeros.

Ya a pocos metros de la costa podían distinguir a la ciudad. En su momento, fue un puerto de bastante importancia. El Monasterio se erguía a un costado de la urbe, en la cima de un pequeño cerro como un faro o un gigante vigilante. Un poco más abajo estaba la gobernación, el edificio más elegante que se vislumbraba, de estilo neoclásico. Le seguían un par de palacios de bastante elegancia, y un centenar de negocios y edificios de mediano tamaño repartidos por distintos lugares.

Ni una sola alma se percibía en ese pueblo fantasma. Ya en la playa, la expedición pudo distinguir las inconfundibles huellas de un ataque invasor: edificios consumidos por el fuego; cenizas, espadas y rifles olvidados; todas las puertas de casas y edificios estaban abiertas; y había basura de escombros y especias repartida por las calles. Algunas cosillas que los saqueadores olvidaron en medio del caos se distinguían entre los escombros, como bastones de oro y distintas joyas. Villarroel persuadió a sus hombres de ponerse a escarbar como viles saqueadores. Eran libertadores, hombres de la corona, no piratas, decía. Eso no impidió que Núñez se echara disimuladamente algunas cosillas al bolsillo.

Tras comprobar lo vacío de las edificaciones, se dirigieron a la gobernación, al centro de la ciudad. Las palmeras caídas y algas a mitad de la avenida principal les indicaban que un huracán también se había hecho sentir en el tiempo que la ciudad estuvo desocupada.

Al entrar en la gobernación, atestada de telarañas y a oscuras, los españoles tenían toda la sensación de estar entrando en una mansión embrujada.

El capitán iba siempre adelante, con una mano lista para desenvainar y la otra en la funda de la pistola. Tras atravesar un par de habitaciones completamente vacías y polvorientas entraron a la nave central. Un aura espectral se cernía sobre la atmósfera de la sala. No estaba vacía, sino llena de muebles cubiertos por sábanas blancas. A pesar de los amplios ventanales góticos, el polvo y las palmeras en el exterior obstruían bastante la luz, y las telarañas caían de un candelabro de ocho brazos que colgaba a varios metros sobre sus cabezas.

—¡Capitán!— exclamó Núñez.

El sargento había descubierto un cuerpo inerte tirado en el rincón del sudoeste. Sin lugar a dudas estaba muerto. Se trataba de un negro vestido sólo con unos pantalones cortos. Estaba boca abajo, fue al darlo vuelta que se les revolvió el estómago a los expedicionarios.

—¡Dios mío!— suspiró San Juan.

Su piel estaba grisácea y reseca. Congelada en algún punto entre la putrefacción y la momificación. La expresión de su rostro era lo más aterrador: su rostro estaba petrificado en un grito de terror. Desesperado, exasperante. Las arterias petrificadas se tensaban contra la piel a ambos lados del cuello. Sus ojos estaban abiertos, sin iris ni pupila.

El padre se santiguó, y se acercó para cerrarle los ojos, se detuvo cuando se percató que su mano izquierda apuntaba a una rendija en el piso. Se acercó, y tras un leve esfuerzo logró abrir la compuerta de madera. En un espacio de medio metro a cada lado, conducía a un túnel totalmente oscuro bajo el piso del palacio.

—Ustedes dos se quedan, San Juan, Núñez y yo bajaremos— ordenó el capitán.

El piso era de tierra y las paredes de ladrillos. Allí abajo encontraron antorchas, las encendieron y se le entregó una a cada uno. A paso lento, avanzaron por el túnel.

—A juzgar por el polvo, se diría que originalmente había un mueble sobre esa rendija —pensó en voz alta el capitán, quien iba delante de los tres con su antorcha—. Este túnel debió ser un secreto hasta antes de la invasión.

—Seguramente lo construyeron los jesuitas —dijo San Juan, quien iba atrás—. Avanzamos hacia el norte, diría que conduce hacia el monasterio. Los jesuitas usaron estos túneles para esconderse tras la expulsión de América el siglo pasado.

—Recemos porque no nos esperen más muertos aquí, padre —agregó Núñez, en un tono sumiso.

—No diga tonterías, Núñez —dijo Villarroel— no hay que temerle a los muertos. Los vivos suelen ser mucho más peligrosos.

-Yo sólo digo que hay que ser respetuoso de su memoria, capitán. Lo último que quiero es profanar una tumba. Las tumbas son sagradas.

—¿A qué le teme, que despertemos a unos esqueletos y nos pidan que no hagamos ruido? —se burló Villarroel.

—He visto cosas extrañas, capitán. Cuando estuve en las catacumbas de París, al final de las guerras napoleónicas, escuché cosas. Oí voces, y ruidos de entre los muertos. Y yo no fui el único. Si conociera las leyendas entorno a ese lugar tendría escalofríos.

—Puras patrañas. Lo único que desenterraremos de estos parajes será la antigua gloria de España. Después de este agujero, viene la isla entera, Núñez. Hágase la idea. Y luego más de las antiguas colonias.

—Con todo respeto, capitán. Pero dudo que eso sea realizable. El imperio español es historia, está muerto, y no hay quien lo vuelva a la vida.

—Pues este es un muerto que vamos a resucitar— desafió el capitán.

—Temo que debo darle la razón a Núñez, capitán —interrumpió el padre— el único que ha vuelto de entre los muertos, dejó este mundo hace mil ochocientos años. Y nadie repetirá esa hazaña hasta el día del juicio.

No imaginaba cuan equivocado estaba.

Villarroel estaba a punto de responder, cuando un gutural gruñido detuvo en seco a los tres hombres. El sonido provenía del fondo de la cueva. Daba la impresión de que un animal salvaje los esperaba entre las tinieblas. Sintieron algo arrastrarse, unas rocas crujir. El capitán Villarroel desenvainó su espada. “¡Quién anda ahí!” gritó a la oscuridad. No recibió respuesta alguna. Sólo una larga pausa antes de percibir el siguiente sonido. Una agitada respiración. Núñez sostenía temblando su espada. Mientras que San Juan, armado sólo con su sotana y su crucifijo, esperaba. En silencio, y rezando un ave maría.

La quietud de la caverna fue rota cuando súbitamente un ser se lanzó como gacela contra los españoles, profiriendo bramidos animalescos. Se abalanzó contra Núñez, quien fue arrojado contra el piso mientras el monstruo lo atacaba. Villarroel soltó la antorcha y le enterró con ambas manos su sable al ser. Le dio profundos y largos cortes. La criatura sólo reaccionó al cuarto. Se volteó al capitán, y éste pudo verla claramente: no era un hombre, era un monstruo. Sus miembros eran más largos y flacos de lo normal. Era casi como un simio, pero de piel gris. Su rostro era horrendo, deformado y con colmillos. De su boca derrochaba saliva y sangre. Su cabeza era calva, y sus ojos completamente negros, como los de un gato.

Pegó un grito, agudo y espectral, más poderoso que el más fiero de los leones. Su aliento era putrefacto, las peores fragancias del campo de batalla brotaron de su enorme quijada y salpicaron una pegajosa y viscosa saliva contra el capitán. Éste retrocedió unos pasos, soltó su sable y desenfundó su pistola. El ser saltó contra él, pero tres balas lo alcanzaron en el aire, dejándole un hoyo que atravesaba en dos su tórax.

Quedó rendido en el piso, retorciéndose como epiléptico.

—¡¡Madre de Dios!!

Fue lo único que el padre, en shock, acertó a decir. El capitán recogió su espada, e hizo un gesto para que le ayudara a levantar a Núñez. Estaba aturdido por el golpe, y con el hombro sangrando a borbotones. Entre los dos, lo cargaron y se alejaron lo más rápido posible de esa criatura.

Tras retroceder a la salida, los dos marineros que los aguardaban ayudaron a subir al herido. El padre cerró inmediatamente la compuerta, y arrastró una mesa para cubrirla.

—¡Qué ocurrió, capitán! Escuché gritos allá abajo —preguntó uno de ellos en cuanto subieron a Núñez.

—Jamás me lo creería, tenemos que irnos de aquí inmediatamente —dicho esto, Villarroel se estremeció. Se había apoyado sobre uno de los muebles cubiertos por sábanas, y al palparla y correrla un poco, descubrió que estaba tocando la pierna azulada de un muerto.

Retiró la sábana. Encontró un muerto en las mismas condiciones que el primer negro. Retiró otra, y revisó bajo una tercera sábana. El mismo contenido.

—Dios mío, ¡No son muebles, son cuerpos!

Su horror no terminó allí, pues las sábanas comenzaron a moverse. Algunos estaban acostados sobre el piso, otros sobre mesas, y otros estuvieron de pie todo el tiempo, pasando a primera vista por closets o lámparas. Pero el caso es que todos los muertos se desperezaron y avanzaron, gimiendo y arrastrando los pies, hacia los visitantes.

Los dos marineros aún en pie sacaron sus espadas, pero el capitán sólo sacó su revólver y disparó. Los impactos daban en cuellos, cabezas, estómagos y piernas, pero los seres no se detenían. Varios a medidas que avanzaban dejaban a las sábanas caerse, y pudieron verlos en detalle: eran más feos que el primer cuerpo, algunos eran masas informes de piel y hueso que se arrastraban por el piso; otros literalmente calaveras, amarradas por tendones a cuerpos carnosos y descompuestos, con dos masas blancas dentro de las cavidades de los ojos. Pero la mayoría eran cuerpos de negros que habían dejado atrás hacia mucho tiempo el tono oscuro de su piel: ahora oscilaba entre el grisáceo y el azulado. Algunos calvos, otros con matas de cabello donde convivían insectos y cucarachas. Sus labios estaban inflamados y colgantes. Su expresión era la de un ser perdido, sin emociones, un autómata que sólo buscaba saciar su hambre.

Todos arrastraban sus pies. Cabizbajos y lentos, rodearon a los españoles. El primer cuerpo que habían descubierto se aferraba ahora a la bota del padre, quien la mordía salvajemente. San Juan reaccionó pateando al cuerpo del ser reanimado para zafarse.

Acorralados y sin saber qué hacer, otro horror los sorprendió. Fuertes golpes surgieron por debajo de la compuerta, hasta que finalmente logró emerger de las tinieblas del subterráneo el monstruo que atacó a Núñez.

CONTINUARÁ...

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