martes, 25 de noviembre de 2014

"La Española" capítulo II, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.









Completamente rodeados, con los muertos acercándose a paso lento, los ojos clavados en los intrusos y el monstruo rugiendo furiosamente tras ellos, los españoles se sintieron totalmente acorralados.
La criatura aún exhibía el agujero que atravesaba su pecho, a la altura del corazón. Pegó otro inhumano alarido y los muertos retrocedieron. Un par de ellos ya estaban forcejeando con los dos grumetes en pie, pero estos los soltaron rápidamente ante el bestial alarido. Claramente seguían las órdenes de ese monstruo y éste quería su presa para él sólo.
Se acercó lentamente, riendo y babeando. Los españoles retrocedían, sin poder creer lo que veían. El capitán se percató de que la criatura no sólo jugaba con ellos: si se movía lento era porque aún cojeaba de su pierna izquierda. Los sablazos que le profirió no habían sido en vano.
Observó con cautela a su alrededor. Era un hombre de armas y sabía sacarle provecho estratégico a su entorno, aún en las peores condiciones. Fraguó en su cabeza una posible salida, su única esperanza. “Cuando de la orden, saltarán lejos” le susurró a sus hombres. Siguió retrocediendo con los demás. Los muertos le hacían espacio a la presa del monstruo. Se ubicaron en círculo, en torno a lo que iba a ser un auténtico circo romano. Ya estaban prácticamente al centro del hall, justo lo que necesitaba el capitán, cuando el monstruo pegó un salto de jaguar en dirección a sus víctimas.
    ¡¡Ya!! gritó el capitán.
En un solo movimiento sacó el revólver y disparó a la cadena que sostenía el enorme candelabro en el techo. Saltó a su derecha junto con dos de sus hombres, mientras que el padre saltó a su izquierda. Cuando el monstruo volvió a tocar el piso, una araña de candelabros lo aplastó, levantó todo el polvo de la sala y rompió las tablas del piso a su paso.
A los hombres les tomó unos instantes reorientarse. El polvo demoró en disiparse, pero el monstruo no dejó de emitir alaridos. Cuando recuperaron la visión, lo distinguieron claramente retorciéndose entre los escombros. El capitán se incorporó rápidamente y dio la orden de disparar. Él y los otros dos grumetes dispararon todo su arsenal contra el monstruo apresado hasta agotar sus balas. Cuando Villarroel comprobó que el gatillo ya no disparaba nada, tiro el revólver al piso y desenvainó nuevamente su espada. Se acercó decidido al monstruo. Su rostro estaba aún más deforme por la rabia y las heridas proferidas, y se tensó aún más cuando el Capitán Villarroel le amputó su brazo izquierdo.
Hecho el corte, el monstruo estalló en ira y rompió todos los fierros del candelabro que lo apresaban. Con su brazo bueno golpeó de forma tan poderosa al capitán contra su vientre que lo lanzó varios metros contra la pared izquierda de la sala. Villarroel cayó contra un mueble cubierto por sábanas (ese resultó ser un auténtico mueble). El impacto lo desmoronó, desparramando su contenido: platos rotos, copas, botellas vacías, pequeñas bolsas selladas, biblias y cruces de distintos tamaños.
El monstruo se dirigió tambaleando, pero aún jadeante y furioso, sobre el capitán Villarroel. De su brazo amputado no brotaba sangre, sino que goteaba un líquido verdoso, espeso y de olor inmundo. Con la mano derecha agarró al aturdido capitán por el cuello. Sin ninguna dificultad, lo sostuvo a veinte centímetros del piso. El capitán pataleaba y luchaba por respirar, mientras que el monstruo lo sostenía con su brazo firme y decidido. Lo sopesaba, contemplaba a ese pequeño e indefenso mortal. Despidió una risa maliciosa, y luego abrió sus fauces de par en par, acercando sus colmillos al cuello del capitán.
La bestia se detuvo en seco, repentinamente. Sus ojos oscuros parecía que se habían nublado. Soltó al capitán, quien cayó rendido al piso, recuperando el aire. Miró hacia arriba: el agujero del corazón de la bestia había sido atravesado por una especie de estaca. Se puso de rodillas, y cayó rendido contra el piso.
Villarroel se alejó para que el monstruo no se desplomara sobre él. Entonces pudo ver quién estaba detrás: el padre San Juan. Sobre la espalda de la criatura se erguía, cual bandera, una gruesa cruz cristiana, de medio metro de alto. La estocada que le acertó el religioso resultó ser el golpe de gracia definitivo. Nunca supieron si fue debido al poder de Dios que representaba, o a que el corazón de esas criaturas aún latía como órgano de mortal. Nadie sabía.
    ¿Está bien?- preguntó el padre San Juan al capitán, al tiempo que le ofrecía su mano.
Respondió afirmativamente con la cabeza, y dejó que el padre lo ayudara a levantarse. Los españoles se reagruparon, al mismo tiempo que los muertos vivientes retomaban la iniciativa. Aún con la adrenalina en sus venas, el capitán agarró un fierro del candelabro y no titubeó en comprobar lo fácil que era repeler a los reanimados golpeándolos con un objeto contundente. Cargaron a Núñez (quién habían dejado olvidado en el piso en medio de la confusión, por fortuna los muertos no se le acercaron), rompieron uno de los cristales, y salieron de ese endemoniado edificio.
Trotando suavemente regresaron a la playa. En el camino, Villarroel trató de mantener la calma entre sus hombres, pero fue difícil: los escombros que hace sólo unos minutos estuviesen inertes ahora se movían. De los rincones más inverosímiles brotaban torpemente más cuerpos putrefactos reanimados. Del piso surgían manos amputadas que se agarraban a las piernas de los marineros; incluso vislumbraron un esqueleto sin piernas que reptaba sobre una masa de apéndices e intestinos que brotaba de su tórax, arrastrándose a duras penas con sus huesudos brazos.
Era un ambiente surreal. Equiparable a los peores relatos del infierno que les contaran en la iglesia. Afortunadamente todas esas criaturas eran igual de lentas y desorientadas. De una patada era fácil alejarlas. La clave estaba en no dejarse encerrar por grupos de esas cosas. No obstante, la piel se les volvió a erizar cuando escucharon de una grieta en el suelo el claro alarido bestial del monstruo que mataron en la gobernación. Habían más. Muchos más.
Esperaron a estar en el bote, ya a varios metros de la orilla, para soltar las preguntas.
¿¿Qué carajo fue eso??- dijo el capitán, quien remaba a la izquierda del bote.
Dada la urgencia por huir, los cuatro hombres remaban con todas sus fuerzas. Mientras, el malherido Núñez yacía entre medio de ellos, gimiendo de dolor, y cubriendo su herida con un pañuelo que le facilitó el padre San Juan.
El infierno, capitán- respondió San Juan- Parece que las Puertas de Plutón no están en Hierápolis, sino en el Caribe.
¡No me venga con esa basura intelectual! Lo que vimos no tiene nombre. Esas… cosas…
Tengo el presentimiento de que nuestro invitado en el barco podrá aclararnos algunas cosas.
Llegando al barco no se pudo retomar la calma. En cuanto pusieron un pie abordo, Carbacho le informó al capitán que el hombre que habían traído a bordo había estado gritando incoherencias en una lengua desconocida desde que despertó.
Les prohibió a sus hombres comentar algo de lo que habían visto, y se dirigió con Carbacho y San Juan al camarote donde se encontraba el energúmeno naufrago. Les costó reconocerlo al principio: lo habían bañado y le habían cortado algo de la barba, lo que le había devuelto algo de humanidad. Ahora su rostro se podía distinguir mejor, arrugado y pálido como la luz de la luna, pero de facciones finas y aristocráticas. Estaba en camisón blanco, retorciéndose en una cama, desesperado, mientras el doctor Pérez trataba de darle un calmante. Villarroel se le acercó para que no saltara más en su lecho, pero al intentar retenerlo, le rasguñó la guerrera con un palo que apretaba firmemente en su puño.
¿Qué demonios es lo que tiene en la mano?
Parece que es un crucifijo, no lo ha soltado desde que llegó aquí, capitán le contestó el Doctor Pérez.
El Padre San Juan le dijo algo en francés al energúmeno, y logró comunicarse con él. Villarroel distinguió su apellido, y el del padre entre sus palabras, y supuso que los estaba presentando. Tras un breve diálogo logró que se tranquilizara, y el doctor pudo darle el calmante. Acto seguido, entraron dos marinos cargando el cuerpo de Núñez, quienes lo depositaron en una cama contigua a la del francés. Entonces Pérez revisó tras el pañuelo que cubría la yugular de Núñez.
¡Dios mío! ¿Pero qué le ocurrió a este hombre? exclamó en cuanto la vio.
Será mejor que no sepa, doctor contestó rápidamente Villarroel¿tiene solución?
Sí, pero pareciera que lo mordió una fiera.
Se trataba de una herida complicada. Claro que todos confiaban en el Doctor Pérez. Había conseguido curaciones casi milagrosas en los momentos más críticos de la guerra de independencia española. Era un hombre bajo, de poco cabello, y usaba unos pequeños lentes sobre su enorme nariz. Las malas lenguas decían que era judío.
Padre, pregúntele quién es él ordenó Villarroel.
San Juan le consultó al náufrago, a lo que contestó que su nombre era Antoine de Saint-Pierre Grenouille, hacendado haitiano de origen francés o Grand Blanc, como los llamaban allí.
¿Qué pasó con los demás?- preguntó Villarroel, y el padre tradujo la pregunta.
El hombre miró hacia el vacío unos instantes, con los ojos humedecidos, antes de contestar.
On sont tous morts...
Están todos muertos- tradujo San Juan.
A partir de allí, el hombre los sumergió en un demencial relato de muerte y resurrección. El horror que irradiaban sus ojos transmitía claramente a los hombres que lo rodeaban el pavor que había experimentado a lo largo de esos largos años.
Él era posiblemente el último hombre blanco de Haití, o Saint-Domingue, como él seguía llamándolo. Los haitianos habían emprendido una campaña de exterminación sistemática de todo hombre, mujer y niño de piel clara. Mulatos, mestizos y zambos vivían temerosos de estos verdugos, quienes no eran hombres: se trataba de zombies.
Toda esa barbarie no había sido cometida sólo por hombres negros, sino por zombies. Costaba creerlo, pero Grenouille lo había visto con sus propios ojos. La santería y la magia negra era algo que siempre había existido en la isla. Los esclavos negros traídos de África mezclaban sus creencias con las de los indígenas, y con los vanos intentos de cristianización de los misioneros. Dando como resultado algo muy alejado de las enseñanzas del mesías: practicaban una síntesis de magia negra y pagana, cuyos execrables rituales culminaban siempre en orgías y sacrificios humanos, con resultados satánicos. Era una terrible realidad, los zombies y las posesiones demoniacas que se realizaban en Haití eran un secreto a voces en todo el Caribe.
Así se lo había contado Zarité. Su esclava. Grenouille había cometido la osadía de enamorarse de una de sus esclavas, hacía ya treinta años, cuando estalló la revolución haitiana. Ella fue quien lo advirtió, una noche, de los horrores que se venían. Había sido testigo de una Calenda, una ceremonia vudú, en medio de la jungla, que reunió a cientos de esclavos fugitivos (*). Los negros llevaban mucho tiempo preparándola. La presidió un brujo jamaicano, también fugitivo.
De esa inenarrable ceremonia, Grenouille sólo pudo reproducir precisiones vagas de lo que Zarité le había contado. No había forma de transmitir con palabras el terror que su mujer le contara entre lágrimas al día siguiente. Entre el sonido de los tambores, la atmósfera pesada, húmeda, y los primitivos cánticos africanos, los negros juraron destruir a todos los blancos. Fue un compromiso jurado con sangre, y de la peor manera posible. Llevaban consigo un hombre, un Grand Blanc de una plantación al norte, que habían secuestrado para sus perversos propósitos.
Arrastraron al hombre, atado de pies y manos, al centro del campamento, en torno al cual bailaban incesantemente negros y negras sus danzas obscenas y primitivas. El Houngan, o sacerdote vudú, repartió unas hierbas mágicas entre todos los asistentes. Decía que los haría fuertes, les haría perder el miedo, y los llevaría a conocer el mismísimo mundo de los espíritus. Luego extrajo de su bolso un muñeco, revestido con un trozo de ropa del hacendado blanco, y con un mechón de su cabello en la pequeña cabeza de tela. Esparció unos polvos en torno al hombre, luego se acercó a una fogata para invocar mediante arcaicos conjuros a dioses olvidados e innombrables. La atmósfera se volvía más y más pesada. Pronunciada su perorata, acercó al muñeco a la fogata. En pocos segundos, la piel del desgraciado blanco, a varios metros de distancia, comenzó a arder al rojo vivo, y él a aullar de dolor. El hechizo había resultado. Pero la peor parte estaba por venir. Lo torturaron de las formas más inhumanas posibles, sin tocarle un solo pelo. Eso claro, hasta que el cielo se despejó, y la luna llena se instaló por sobre sus cabezas. En la tierra, los tambores y los corazones palpitaban cada vez más rápido. Los negros bailaban frenéticamente. Consumían y consumían las hierbas del brujo hasta hastiarse. Toda noción del espacio y del tiempo se iba diluyendo en el aire. Y la hora del clímax llegó.
El pobre desgraciado ya había perdido la voz de gritar tanto, pero jamás perdió el conocimiento, ni la sensibilidad en su mutilado cuerpo; ni siquiera cuando los salvajes paganos lo asaltaron en manada a devorar su carne. Cual bestias salvajes, chuparon hasta el último hueso, sin dejar ni un solo tendón o músculo en su lugar. Antes de que se acabara la carne del finado, los negros, arrojados a sus más primitivos y bestiales impulsos, siguieron devorando carne, mordiéndose entre sí. Dejándose llevar por sus animalescos apetitos se entregaron a una orgía de sangre y canibalismo de la que sólo salieron con vida los más fuertes. El sabor de la carne, el calor de la sangre, la acidez de los jugos gástricos corrió por lenguas, palmas, pies, estómagos… extasiados a más no poder se entregaron quienes comían y quienes eran comidos. Fluidos corporales volaban de un lado a otro. Dolor y placer, vida y muerte se entremezclaron en una sola masa confusa y revuelta de sadomasoquistas fieras. El don de la razón era algo que había quedado atrás hacía mucho.
El Houngan jamaicano se dio por satisfecho: el rito estaba completo. Cuando asomaban los primeros rayos del sol, sólo restaban doscientos, de un grupo que hasta hace unas horas sumaba ochocientos. Quienes llegaron a ver la luz del día no eran hombres. Tampoco bestias. No estaban ni vivos ni muertos. Eran unas aberraciones, salvajes, brutales, desprovistas de toda humanidad, pero fuertes y rápidas. Mucho más que el humano promedio.
Esa tropa de energúmenos asaltaría a la noche siguiente la plantación más cercana. Esa sería la primera revuelta, que daría inicio a la sangrienta revolución haitiana. Se cuenta que los gritos del sacrificado aún se pueden escuchar bajo la luz de la luna, entre los ecos de la jungla, como recordatorio de esa infame noche.
“Zarité se alejó del grupo en cuanto comenzaron a devorar a ese hombre- contaba Grenouille -. Se escondió tras un árbol, y luchó por no gritar cuando vio cómo sus propios hermanos y hermanas se mataban entre sí. No pudo ver más, y corrió de vuelta a mi plantación. Me costó creerle al principio, pero no tardaron en llegar a mis oídos los rumores de esos monstruos que acechaban por la noche y destruían las plantaciones. Nosotros huimos justo a tiempo. Mi hacienda sucumbió como todas las demás: incendiada por esas bestias, mis bienes saqueados, mis esclavas y sirvientas violadas. Y mis esclavos… comida de buitres”
¿Qué pasó con los demás haitianos?- preguntó San Juan en francés.
O están muertos, o son zombies, padre contestó Grenouille todos los negros del Santo Domingo occidental están malditos con esta enfermedad. Se expandió rápidamente desde que huyeron los blancos, como una pandemia. Sólo quedan los dominicanos de acá del oriente. Hay pueblos que fueron arrasados enteros, otros que fueron convertidos en su totalidad a estas demoniacas bestias. Y otros que viven asustados, acosados por esta permanente amenaza. No salen de sus casas, mucho menos por las noches.
Pregúntale cómo carajo fue que él llegó a esa cueva ordenó Villarroel.
El francés tardó en articular palabras. Muchos recuerdos y culpas se agolparon en su cabeza.
Con Zarité intentamos varias veces huir. Perdimos toda esperanza cuando el último barco de refugiados partió en 1793. Luchamos cada día, escondidos, y asustados, para no terminar como otros que se quedaron aquí: exterminados. Finalmente, supimos que no vendría nadie más a ayudarnos cuando las tropas de Napoleón fueron aplastadas no por un ejército de negros, como se había dado antes, sino por una horda de zombies hambrientos.
“Recurrimos a un plan desesperado. Construimos nuestra propia balsa. Nada muy elaborado, sólo las tablas más resistentes que pudimos conseguir. Nos escabullimos por la noche y remamos lo más lejos que pudimos. Pero la corriente es traicionera, padre. Y nos regresó al Santo Domingo Oriental, a la roca donde me encontraron. Aguantamos mucho tiempo allí, sin agua, sin comida, pero…”
El hombre no pudo continuar, se quebró y estalló en lágrimas. El padre lo abrazó, lo tranquilizó con unas palabras susurradas en su idioma. Le sirvió un vaso de agua y procuró sosegarlo.
Grenouille, escúcheme. Hoy desembarcamos en San Lázaro. En la gobernación vimos un… zombie distinto inquirió Villarroel, quien titubeó en usar esa extraña palabra. Todos eran lentísimos, pero este era especial. Era como una gacela.
-Debió ser un Grand Noir. Esos son los peores- dijo Grenouille, mientras el padre traducía simultáneamente, palabra por palabra, al castellano- no deben bajar jamás a tierra, y mucho menos de noche.
“Hay dos tipos de zombies en esta isla. Los “Grand Noir”, y los “Petit Noir” según la lengua de los esclavos. Los primeros nacieron esa horrible noche. Son fuertes, rápidos, y astutos como los zorros. Pero son más vulnerables a las balas y las espadas. Los otros son lentos y tontos, no obstante no hay nada que los pare. Puede dispararles todo lo que quiera, capitán, y nunca se detendrán. Uno solo en general no es de temer, pero en grupo, son toda una amenaza. Ellos son la gran masa de zombies. Los Grand Noir son muchos menos, y son sus líderes. Tienen una gran debilidad: no toleran la luz del sol. Es por eso que se esconden en el subterráneo, en la red de túneles de los jesuitas. Conectan toda la isla, y les permite moverse con facilidad y atacar cuando menos lo espere, sea de noche o de día. Esta casta de zombies tiene un apetito voraz. Son pocos porque nunca se dejan caer sobre una presa sin hacerla desaparecer en cuestión de minutos. Son raras las veces en que dejan vivo a un hombre…”
Dicho esto, el hombre a su lado súbitamente despertó. Su cuello se tensó, aflojando el vendaje que el Doctor Pérez acababa de ponerle. Núñez luchaba por respirar, algo estaba pasando con él.
¿Qué tiene ese hombre? preguntó Grenouille.
Lo… mordió un Grand Noir respondió el padre tras unos segundos.
Tienen que sacarlo de aquí… ¡Sáquenlo, desháganse pronto de él! ¡Nos matará a todos!
Sin entender una palabra de lo que decía el francés, Villarroel sabía muy bien lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del camarote, e hizo venir a dos grumetes para que se llevaran a Núñez al calabozo.
¡Qué cree que está haciendo, capitán!- intervino Pérez- Este hombre está malherido, necesita reposo.
-Es peligroso, usted lo sabe ¿acaso no escuchó todo lo que dijo Grenouille?
¡En serio le cree todas esas historias! Este hombre está chiflado, son alucinaciones suyas, no hay forma de que…
El doctor fue interrumpido cuando uno de los grumetes se le acercó a Núñez para levantarlo de la cama, y éste le arrancó la hombrera de su uniforme de un mordisco. Todos los presentes retrocedieron, hasta el francés se incorporó, y se arremolinó en un rincón.
Llévenlo al calabozo y encadénenlo. Golpéenlo si es necesario para que coopere. Y que por ningún motivo muerda a nadie, sino quieren terminar como él sentenció el capitán.


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