martes, 31 de marzo de 2015

"Yeshua Non Grato" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Visceral.














Padre no me dijo cómo regresaría.

Tampoco me lo dijo cuando morí, ni cuando regresé por primera vez.

El descenso fue doloroso, peor que clavos en las palmas desgarrando los tendones,  único soporte del peso de todo tu cuerpo.

El aire es veneno, un gas hiriente que castiga mi renacida respiración, como fuego que entra por la garganta, como hielo que congela las fosas nasales.

Recogí ropa tirada en la basura, los harapos hacen que la gente me mire con recelo. Me acerco para hacer una simple pregunta pero todos se alejan, hasta que al fin uno responde de mala gana, indicando con una mano un inmenso edificio y con la otra tapa su nariz. Lo que hay en la cima de la torre dominando la ciudad me da escalofríos.

Una cruz.

martes, 24 de marzo de 2015

"Pistolero" por Jorge Araya














Ilustración por Alex Olivares.





Una ridícula canción de amor. Un cepillo cilíndrico de cerdas blandas. Un pote de grasa. Incontables pensamientos. Unos cuantos sueños. Ningún deseo.

En la grabación, el cantante llevaba su voz a límites insospechados gracias a varios filtros digitales usados por el ingeniero de sonido en las distintas capas de la mezcla, para hacer sonar al artista como un ser excepcional, sin ser más que un simple humano. En la habitación el cepillo era untado en grasa, para luego lubricar con lentitud y parsimonia el cilindro para el cual fue fabricado. En su cabeza, frases confusas se agolpaban para salir sin lograr su objetivo. En su alma los sueños se apagaban en la medida que la madrugada avanzaba. Su cuerpo simplemente le pedía descanso, pero ya sin esperanzas.

La canción de amor terminó, junto con la lista de reproducción, dejando la habitación en silencio. El cepillo salió del cilindro casi sin grasa, quedando apoyado encima del pote a medio cerrar. Los pensamientos se hacían cada vez más bulliciosos y menos inteligibles. Los sueños acompañaban a los deseos en el limbo. Había llegado el momento de partir.

martes, 17 de marzo de 2015

"El Portal y el Trono de Oro" por H.E. Pérez.













Ilustración por Johnny Aracena.











En una reunión de fantasmas como la que he descrito, puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla.

Edgar Allan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.





I

Hoy encontré el portal que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Lo descubrí en una zona recóndita, lejana y oscura que no me atrevo a nombrar.

En unos roqueríos altos, húmedos, resbalosos y oscuros encontré el portal. La arena caliente quemábame los pies descalzos a medida que me acercaba. Caminé muchos kilómetros para hallarlo. Una bruma espesa y salina me obstruía el paso. Pero, al fin, descubrí la puerta que une ambos mundos.

II

En una caverna estrecha, oscura y húmeda, en la cima de los roqueríos, entré. Un túnel, un pasillo largo y lóbrego. Un recoveco.

Adentro, una tenue luz pálida, triste, pero cegadora en aquella oscuridad impenetrable. Temeroso me acerqué. Calmo, mas asustado, me aproximé. Mis ojos se cerraban por el fulgor de la irradiación. Lentamente perdí el miedo… ¡y entré!

III

Silencio. Absoluto mutismo. Sólo escuchaba los latidos de mi corazón acelerado.

Oscuridad, pero brillante oscuridad. Tinieblas lúcidas. Opacidad resplandeciente. Absoluta penumbra. Sólo observaba lo que podía sentir mi cuerpo. ¡Ciego y sordo en las sombras!

Frío. Un frío inconmensurable. Me sentía despellejado en aquel lugar en el que entré voluntariamente.

Ahora era un ser ciego, sordo e insensible. Pero debía estar allí, pues yo descubrí el portal. Yo era el elegido… y elegí. De ese modo entré en el mundo de los no vivos.


viernes, 13 de marzo de 2015

"Inmolación" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Ana Oyanadel.






Esperó a que el cura convocase a sus fieles a comulgar para pararse sobre una banca y gritarle,


¡HIPÓCRITA!

Un anciano sentado junto a él comenzó a jalar de la manga de su camisa, intentando hacerlo bajar. Si quiso además insultarlo o hacer un ruego en el nombre de Dios, nadie se enteró ya que cayó al piso de un puñetazo. La placa saltó de su boca dibujando una estela de sangre y saliva.
Como una colonia de hormigas atacando el cadáver de un ave, docenas de feligreses se abalanzaron sobre él y así como se aglutinaron, el hormiguero se dispersó como si estuviese siendo inundado, cuando sacó un arma del bolsillo.
Para evitar la fuga, apuntó y disparó al primero que iba llegando a la salida. Los sesos salpicaron las altas puertas de madera. El eco del estruendo ahogó los gritos de consternación y pánico.

¡El próximo que intente salir ayudará a seguir decorando las puertas de la catedral! ¡Ahora regresen a sus lugares!
La multitud obedeció entre sollozos. Aunque algunos lo hicieron mirándolo desafiantes, la mayoría prefería mirar el piso y avanzar sin llamar la atención. Una vez que todos estaban ubicados, saltó de su lugar en las alturas y se dirigió al altar, donde el sacerdote permanecía firme con el cáliz en una mano y una hostia en la otra.

¿Crees que podrás quebrantar nuestra fe...?

Lo acalló golpeándolo con el dorso de la mano. Aunque el cura no soltó los elementos del sacramento, en su rostro se pudo ver que algo se desvaneció, alguna convicción, la valentía que el escudo de su condición clerical le ayudaba a mantener. Pero aún así no se movió de su lugar.
No era lo que esperaba, pensó. A estas alturas debería estar rezando, o mejor aún, llorando por su propia vida. Pero esto no cambia en nada mis planes.