martes, 17 de marzo de 2015

"El Portal y el Trono de Oro" por H.E. Pérez.













Ilustración por Johnny Aracena.











En una reunión de fantasmas como la que he descrito, puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla.

Edgar Allan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.





I

Hoy encontré el portal que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Lo descubrí en una zona recóndita, lejana y oscura que no me atrevo a nombrar.

En unos roqueríos altos, húmedos, resbalosos y oscuros encontré el portal. La arena caliente quemábame los pies descalzos a medida que me acercaba. Caminé muchos kilómetros para hallarlo. Una bruma espesa y salina me obstruía el paso. Pero, al fin, descubrí la puerta que une ambos mundos.

II

En una caverna estrecha, oscura y húmeda, en la cima de los roqueríos, entré. Un túnel, un pasillo largo y lóbrego. Un recoveco.

Adentro, una tenue luz pálida, triste, pero cegadora en aquella oscuridad impenetrable. Temeroso me acerqué. Calmo, mas asustado, me aproximé. Mis ojos se cerraban por el fulgor de la irradiación. Lentamente perdí el miedo… ¡y entré!

III

Silencio. Absoluto mutismo. Sólo escuchaba los latidos de mi corazón acelerado.

Oscuridad, pero brillante oscuridad. Tinieblas lúcidas. Opacidad resplandeciente. Absoluta penumbra. Sólo observaba lo que podía sentir mi cuerpo. ¡Ciego y sordo en las sombras!

Frío. Un frío inconmensurable. Me sentía despellejado en aquel lugar en el que entré voluntariamente.

Ahora era un ser ciego, sordo e insensible. Pero debía estar allí, pues yo descubrí el portal. Yo era el elegido… y elegí. De ese modo entré en el mundo de los no vivos.


IV

Ahí estuve estático. Los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, las décadas, los siglos, los milenios, los eones pasaban con lentitud. Y yo ahí parado, absolutamente inmóvil.

Pero por segunda vez me alejé del miedo y di un paso adelante. Y luego otro. Y uno más. De esa forma cientos de pasos avancé.

Poco a poco, la radiante oscuridad se fue disipando. Entonces de nuevo volví a ver; y comenzaron a presentarse cosas, objetos. Y asimismo aparecieron personas. Gente para mí conocida pero que yo sabía que eran no vivas. Y otras familiares también que yo no me informé de su deceso. Todas, aun siendo conocidas, eran extrañas a la vez.

V

Comencé a caminar, y mi marcha era lenta, pero liviana, sin cargas. Las personas me miraban. Unas sonreían. Otras, las que eran para mí las más cercanas y amadas, se aproximaban, pero no podían estrechar mi mano ni abrazarme. Eran sólo esencia, espíritu, únicamente alma. Y yo, por ende, no era capaz de asirlas.

VI

Encontré el portal que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Entré en él y descubrí algo que no esperaba hallar: un lago oscuro pero resplandeciente, rodeado de hermosos árboles de hojas lóbregas.

Me detuve para observarlo. Luego, me acerqué lentamente. Ahí, del otro lado del lago, entre los árboles, un enorme trono. Un sitial de oro, rubíes, diamantes y terciopelo rojo.

VII

Caminé para acercarme al trono dorado que se encuentra en el mundo de los no vivos, pues su belleza me llamaba.

Muchos pasos di tratando de circundar el lago, pues éste al parecer era más extenso de lo que yo pensaba. Pero seguí mi caminata, bordeando aquellas aguas oscuras y resplandecientes. ¡Quedé exhausto!

Me detuve extenuado. Mis pies desnudos dolían tras aquella incansable marcha. Sin embargo, el gran trono dorado continuaba al otro extremo del oscuro lago. ¡Inalcanzable!

VIII

Fue entonces que, en aquel lugar extraño en que me encontraba, me percaté que el trono de oro era inaccesible tanto para mí como para cualquier otro que quisiera alcanzarlo bordeando el oscuro lago de negras aguas resplandecientes.

Entonces, por tercera vez perdí el miedo. Lentamente fui ingresando en esas aguas profundas y oscuras.

Al principio pensé que las aguas eran negras, sin embargo, me di cuenta que su color era de un rojo bermellón muy intenso… como el tono de la sangre.

Así, mi cuerpo desnudo fue cubierto por aquellas espesas aguas oscuras, resplandecientes y tibias.

IX

Con lentitud me hundí por completo, sin embargo, podía respirar con absoluta normalidad. Sin agitación ni esfuerzo respiraba bajo aquellas aguas calidas y espesas.

De súbito ahora podía oír. Respiraba, veía y oía con normalidad. Incluso, más tarde, me percaté que lograba hablar. Y eso era lo más increíble de la situación.

El lago era un mundo distinto al exterior, un submundo diferente de la tierra de los no vivos.



X

Una vez más quedé inmóvil; y mucho tiempo pasó. Incontables horas transcurrieron para que yo me atreviera otra vez a caminar. ¡Sí, a caminar!, pues todo aquel que encuentra el portal y que se aventura por sus interiores y que, luego, osa sumergirse en las cálidas, espesas, oscuras y refulgentes aguas del lago, puede ir sobre su fondo, rodeado siempre de pequeñas luces brillantes que titilan.

Sin embargo, por cuarta vez el miedo se alejó de mí, y paso tras paso traté de atravesar el lago para cumplir mi objetivo: alcanzar el trono de oro.

XI

Y así como el Primer Hombre se sorprendió al ver con ojos impávidos la Primera Lluvia, así me asombré yo al encontrarme con aquel que dijo llamarse El Enviado.

Era todo luz. Tan radiante era que las pequeñas luces resplandecientes que “habitan” en el lago se opacaban. No tenía cuerpo ni rostro, sólo una mancha lumínica era. Pero era capaz de hablar… y oír. Y su voz era suave, detenida. Calmadas y susurrantes eran sus palabras.

XII

Frente a mí El Enviado permaneció muchísimo tiempo. Contemplándome. O bien, me daba el espacio necesario para que yo lo observara tal como era en su esencia.

¿Qué eres? esas fue lo primero que pronuncié bajo aquellas aguas. Y tal como brota la flor de la semilla, así surgieron mis primeras, pero irreflexivas, palabras.

Soy El Enviado contestome con serenidad. La Eterna Luz que fue consignada por Él para responder las preguntas de tu ávido interés por acceder a lo desconocido.

—¡Pregunté qué eres, no quién eres! dije torpemente, aunque mis palabras no tenían ni un ápice de molestia, sino todo lo contrario.

—¡Y yo respondí! díjome, afable. Es más agregó, me anticipé a tu segunda pregunta respondiéndote que soy El Enviado.

—Entonces eso eres.

¡Eso soy y aquél es mi nombre!

XIII

Así comenzó un diálogo de frases complicadas y de confusas palabras. Fácil no era poder interpretar el razonamiento y la profunda sapiencia de aquel dichoso.

Entonces continué, tú podéis resolver todo este misterio.

—¿Misterio? respondiome, algo turbado ¿Qué misterio?

—Éste dije, mas no sabía a ciencia cierta cómo terminar mi oración… el enigma del portal, el lago oscuro con estrellas que titilan en su interior y…

—¿Cuáles estrellas? me interrumpió de súbito. Una risa dejó escapar. Una carcajada dichosa como la de alguien que contagia al resto con ese sonido de cascabeles.

—¡Estas lucecitas! las que…

—¿Es que acaso no te has percatado que no eres el único aquí? ¿Pensáis que eres El Único? ¿Creíste ser El Elegido? Quizá sí… ¡Eso depende del tiempo que quieras conmigo conversar! ¡O de qué pronto quieras acceder al Trono!

Traté de reflexionar aquellas, para mí, abstractas palabras, pero él, viendo mi vacío intelecto, y antes de que expresara yo alguna torpeza, prosiguió.

—¡Estás siendo acompañado! díjome con una voz muy silenciosa. Me asusté en cierta medida—. Las que tú crees que son estrellas no son más que ojos que parpadean al igual que los tuyos. Pero con nadie puedes hablar. Jamás a ninguno podrás ver, ni tocar y oír dentro del Lago. ¡Sólo a mí!

Lentamente comenzaba a entender el acertijo; pero una vez más me interrumpió.

—¡Todos llegan hasta aquí sin siquiera observar en derredor! ¡Quieren conseguir el Trono, mas sólo unos pocos tienen la Dicha de hacerlo!

—Ahora poco entiendo lo que quieres decirme dije. Pero él siguió ensimismado en aquellas palabras imprecisas para mi intelecto, como si no me escuchara.

—Sólo debes esperar. Ya has ingresado al Lago. Tu torpe codicia te sumergió a esta agua. Y aquí tendrás que permanecer un tiempo.

—¿Esperar qué? pregunté, más asustado que seguro de mis palabras.

—La Decisión díjome, solemne.

XIV

¿Es que acaso aún no entiendes nada? Él decidirá qué hacer contigo. Él tiene la facultad de enviarte, incluso, a descansar tras las Montañas Rojas.

¿Cuáles montañas? dije, turbado en exceso.

¡Ves que tengo razón! ¡Nadie observa en derredor! Él vive en el Pozo Eterno donde muchos otros descansan.

¿Él? interrogué, confuso en plétora.

¡Él! – respondiome, seguro de sí. No porque dos se llamen de igual forma son la misma persona, aunque quizá sí sean idéntica esencia.

¿Entonces son dos? pregunté, aún peor que antes.

¡Comienzas a entender, aunque con lentitud! díjome, sin embargo.

¿Podrías explicarme mejor? dije con perspicacia.

No estoy para eso. Sólo debes saber que en este mundo no hay Tiempo, aunque creas lo contrario. No hay Sol ni Luna, ni Estrellas.

Y, al parecer…
¡Así es, lo has descifrado! díjome con alegría.

Pero, ¿ahora qué hago? interrogué.

Ya te lo dije y fui claro. No retrocedas todo lo que has avanzado.

XV

Entonces comencé a esperar y a suprimir de mí todo pensamiento nefasto, cruento, malévolo y codicioso. Descansaba mi alma con absoluta tranquilidad. Nada oía ni sentía, pues controlé todos mis sentidos y los orienté hacia mi propósito. Había llegado a un punto álgido de mi catarsis. De pronto la voz de El Enviado sonó como el himno dichoso de un serafín.

Él, Aquél que es Dueño Absoluto y Poseedor de la Llave de las Eras, el que es Pasado, Presente y Futuro, y que habita en el Pozo Eterno y en el Trono de Oro, y que es Uno y Dos a la vez sin ser igual al mismo tiempo y que, sin embargo, es Ambos, me ha hablado.

¿Y cuáles fueron sus palabras? expresé con voz queda y paciente.

Deberás volver, pues aún no es tu hora. Has descifrado El Gran Enigma y controlaste tus ansias por conseguir lo que debe aguardar y tu desesperación por lo temible. ¡Has recibido con tu paciente espera La Gran Recompensa!

Pero, ¿qué pasará con los demás?

¡No retrocedas todo lo que has avanzado!

XVI

St. Mary’s Hospital. Ámsterdam, Holanda. 1905.

Hola, ¿cómo estáis? díjome una voz femenina, muy frágil y llorosa.

¿Qué ha pasado? respondí, confuso. Mi voz estaba llena de cansancio.

¡Es un milagro, doctor! dijo ella, sollozando.
¡Sí, señora, es un milagro! ¡Su esposo está vivo!





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