viernes, 13 de marzo de 2015

"Inmolación" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Ana Oyanadel.






Esperó a que el cura convocase a sus fieles a comulgar para pararse sobre una banca y gritarle,


¡HIPÓCRITA!

Un anciano sentado junto a él comenzó a jalar de la manga de su camisa, intentando hacerlo bajar. Si quiso además insultarlo o hacer un ruego en el nombre de Dios, nadie se enteró ya que cayó al piso de un puñetazo. La placa saltó de su boca dibujando una estela de sangre y saliva.
Como una colonia de hormigas atacando el cadáver de un ave, docenas de feligreses se abalanzaron sobre él y así como se aglutinaron, el hormiguero se dispersó como si estuviese siendo inundado, cuando sacó un arma del bolsillo.
Para evitar la fuga, apuntó y disparó al primero que iba llegando a la salida. Los sesos salpicaron las altas puertas de madera. El eco del estruendo ahogó los gritos de consternación y pánico.

¡El próximo que intente salir ayudará a seguir decorando las puertas de la catedral! ¡Ahora regresen a sus lugares!
La multitud obedeció entre sollozos. Aunque algunos lo hicieron mirándolo desafiantes, la mayoría prefería mirar el piso y avanzar sin llamar la atención. Una vez que todos estaban ubicados, saltó de su lugar en las alturas y se dirigió al altar, donde el sacerdote permanecía firme con el cáliz en una mano y una hostia en la otra.

¿Crees que podrás quebrantar nuestra fe...?

Lo acalló golpeándolo con el dorso de la mano. Aunque el cura no soltó los elementos del sacramento, en su rostro se pudo ver que algo se desvaneció, alguna convicción, la valentía que el escudo de su condición clerical le ayudaba a mantener. Pero aún así no se movió de su lugar.
No era lo que esperaba, pensó. A estas alturas debería estar rezando, o mejor aún, llorando por su propia vida. Pero esto no cambia en nada mis planes.

Esta eucaristía en la que estaban a punto de participar —dijo dirigiéndose al aterrado grupo—, no es más que una de tantas mentiras que esta iglesia ha fabricado durante siglos. Ha robado y deformado tradiciones, dioses, símbolos, para luego sofocar hasta la muerte a las religiones que las poseían. Es como aquel delincuente que los asalta, los apuñala y les quita el fruto de su esfuerzo, para fumárselo, para inyectárselo. Las Vírgenes y Santos a los que ruegan por favores y sobre todo el Cristo al que adoran, son un panteón usurpado y su Biblia, un libro confeccionado letra por letra para jalar del cuello con una cuerda a todo el rebaño.

Esperó a que sus palabras se disolvieran rebotando en las paredes. Por supuesto que sabía que no significaban nada para los siervos del dogma. Tal vez alguno las recordaría y reproduciría. Tal vez, acompañarían las crónicas de sus actos. Contempló a su público y creyó comprender la sensación magnánima que debía apoderarse del sacerdote al vomitar sus sermones. El silencio respetuoso con que era escuchado, tenía que ser similar al que reinaba actualmente en la catedral.
Como deberían saber, cuenta esa historia que les han metido en la cabeza a martillazos, la eucaristía trae a su presencia al Cristo, que a su vez, en la crucifixión, realizó una ofrenda a su Padre para el perdón de todos los pecados de la humanidad, para su salvación. Ofició de sacerdote y sacrificio, todo a la vez.
Al cura, a quién le arrebató el cáliz de las manos y dejó sobre el altar, lo forzó a ponerse de rodillas.
—Reza si quieres, predicador. ¡Recen si quieren, corderos! ¡Que sus palabras se perderán en la inmensidad del firmamento! —se paró tras el sacerdote y tomó su cabeza entre las manos—. Si es este sacrificio tan poderoso ¿Podrá entonces, hijos de Dios, la inmolación de uno de sus siervos salvar a este puñado de fervientes seguidores?

Sin dejar de apuntar con el arma, sacó de entre sus ropas un cuchillo cazador, que presionó contra la garganta del cura. La consternación de los fieles se hizo oír. Era momento de tranquilizarlos, por unos segundos.

—No se preocupen, no le haré ningún daño a su cura. Él mismo se lo hará —giró en el aire el cuchillo tomándolo de la hoja para ofrecerle el mango al sacerdote—. ¿No te sacrificarás por tus fieles? —mantuvo la mirada fija en el cura mientras levantó el arma y apuntó a los feligreses—. ¿No? Muy bien, tal vez necesitas una prueba de fe más contundente.

Jaló el gatillo sin saber el objetivo, pendiente de la reacción del cura.

La gente estalló en gritos, el llanto de una mujer sobresalía por sobre todos. El sacerdote hizo el amago de levantarse, pero ante la advertencia de que otro más recibiría un tiro si no accedía al sacrificio, regresó a su posición de rodillas.

El cura recibió el cuchillo.

Las manos temblorosas lo sostuvieron como si fuera una ofrenda. Lo empuñó mientras los demás se dividían entre quienes suplicaban porque no lo hiciera y quienes lloraban, como pudo ver ahora, por la niña que yacía con una herida en la cabeza, agonizando en espasmos cada vez más débiles. De entre los primeros se adelantó un hombre alto, fornido y de corte militar. Cuando vio que la boca del cañón le miraba, detuvo su avance y gritó con con demasiada fuerza para aquel lugar de tan mala acústica, como si respondiera a un llamado de su superior.

¡Yo seré quien se sacrifique!

Comprendió de inmediato las intenciones del voluntario. Apenas tuviese el cuchillo utilizaría el entrenamiento que estaba seguro que tenía, para destriparlo de un solo tajo. Aunque el ofrecimiento hubiese venido de una anciana, el ritual perdería su sentido si no era realizado por el cura.

Vuelve a tu asiento, o luego de dispararte a ti, no me detendré hasta que tenga que cambiar el cargador.

El valiente soldado parece que sopesó las opciones, pensando en que al momento de recargar tendría su oportunidad de actuar. Luego debió recordar que tendría una bala entre ceja y ceja en ese instante, porque regresó obediente a su lugar. Pronto lo necesitaría.

—Y bien, pastor ¿Salvarás a tu rebaño?
Los hombros del sacerdote cayeron derrotados, dejando escapar el aire que parecía llevarse consigo los últimos fragmentos de sus rotas esperanzas. Casi pudo ver el vacío en su interior. Vacío que rellenó con una inspiración que infló su pecho.
Entonces, en un solo movimiento, alzó el cuchillo y se cortó la garganta.

El cura se transformó en un aspersor que salpicaba sangre, con una presión que fue disminuyendo a la par de los gorgoteos, que segundos antes habían sido murmuraciones. Si los feligreses antes habían estallado en llanto, ahora sucumbían al pánico. Ancianas se desmayaban y mientras, los niños que habían estado sollozando sofocados por la mano de sus padres, berreaban como corderos en la fila del matadero. Los gritos y rezos se torcieron en el aire, las ondas de sonido se entrelazaban y dibujaban espirales de sufrimiento. Los rostros eran máscaras, solo una gran boca negra que lanzaba alaridos disonantes que se juntaban en una nube cacofónica.

Estiró los brazos formando una cruz con su cuerpo y lanzó una sonora carcajada.

Solo faltaba la última parte.

Vio por el rabillo del ojo como el hombre de corte militar se acercaba con cautela. Estaba haciendo lo esperado. Cuando estuvo a unos pasos, cerró los ojos esperando la arremetida.

Un crujido resonó en su cráneo al momento que un dolor intenso creció como una mancha de sangre desde la mandíbula por la cara. El impacto lo hizo soltar las armas y caer sin lograr amortiguar el golpe en el piso. Abrió los ojos y vio a su agresor apuntándolo con el arma, mientras otro individuo recogía el cuchillo. Pronto estuvo rodeado de piernas que se alejaban y acercaban, dándole de patadas.

¡Eso es!, pensó con una sonrisa mental. Era la forma en que debía morir, ser la víctima de un asesinato colectivo, ser el chivo expiatorio, la piedra angular y la sangre que regase la fundación de una nueva era.

La boca del cañón ahora se aprestaba a vomitar la bala que cerraría el ritual.

Y de pronto, los golpes y gritos de ira cesaron. El arma bajó y la multitud se abrió dejando un pasillo por donde apareció una mujer con una niña en brazos, la niña que había ejecutado al azar. Entre lágrimas, repetía una frase que solo comprendió cuando estuvo a sus pies.

No necesitamos más muerte...

El techo comenzó a girar mientras la gente se miraba y asentía.

No. No.

No. No. ¡NOOOOO!


Por la prensa se enteró que la catedral había sido escenario de una velatón en recuerdo de las víctimas de la tragedia. Miles de personas dejaron ofrendas florales y entraban a orar, arrodillados frente al altar. Todo estaba perdido. La iglesia se hizo más fuerte y su propósito en la vida se había derrumbado entre las paredes de una celda.


Se sacó el pantalón y se aprestó a terminar con su existencia vacía. 

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