martes, 16 de julio de 2013

Ciclo Angus Mogre —Segunda Parte— "Condiciones Extremas, Demandan Respuestas Extremas" Por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por All Gore
Para leer las otras partes del ciclo, sigue este enlace.

El ático olía a orina de gato, a madera húmeda, a rata muerta. En el rincón más oscuro —el predilecto de las arañas para tejer sus trampas—, un baúl yacía bajo la suciedad de las décadas de olvido. La llave que lo abría se encontraba en el fondo de un río, atado al cuello de un esqueleto cuyo cráneo fue perforado por una bala, dejando un tercer ojo que miraba indiferente el medallón de plata de la luna.

La mano que se dirigía a abrir el cofre no necesitaba esa llave. Sus poderosos dedos apretaron la madera que crujió y se deshizo con más facilidad de la que esperaba, carcomida por las termitas y el implacable tiempo.

TIEMPO”

Bajo la gruesa capa de polvo, la palabra lucía recargada de una crueldad mayor de la habitual.

Las páginas cocidas fueron tomadas con toda la delicadeza que aquel bruto era capaz.

Se alejó. Cada paso era una lucha de voluntades, donde el dueño original del cuerpo tenía las de perder. Llegó al Ford 48 y dejó el libro junto al resto que estaba apilado en el asiento trasero. Al volante, la figura brutal e inmensa puso a andar el motor, que rugió con una familiaridad reconfortante para aquel que movía los hilos de esa marioneta de carne y hueso.

En una silla mecedora, con el termo y un álbum de fotos, un viejo tomaba mate y entre recuerdos vio pasar el vehículo a toda velocidad.

¿Acaso no es el auto de Angus Mogre…?

Antes de que lograse estar seguro, el polvo se había disipado y no había vehículo alguno. Regresó al pasado, donde le gustaba habitar mientras estaba en el ante jardín.



El gigante sacó la carga de libros y la posó en el escritorio de aluminio, con cuidado de no pisar los símbolos del piso dibujados con sal.

El viejo jamás había habitado el cuerpo de un deficiente mental y no sabía lidiar con una mente tan básica. Había sido una posesión de emergencia, por lo que no le había dado tiempo de percatarse del otro “detalle” que le daba mayor desventaja a este alojamiento: era mudo.


Dudó por un momento antes de lanzarse a apuñalarlo y tajear las palabras en su pecho, pero no podía darse el lujo de elegir mientras le sangraba la garganta. El bribón debió estarlo planeando por mucho tiempo, pensó mientras desplegaba los libros sobre la mesa.

Cuando entró en el cuerpo quiso pronunciar una exclamación triunfal, pero nada salió de su boca además de un gruñido. No tendría porqué haber tenido problemas, ya que los sordomudos no hablan porque nunca han escuchado cómo se hace. Este detalle lo había hecho inclinarse —en lugar de salir a la calle y atacar al primer transeúnte que se le cruzara— por asegurar al idiota que había irrumpido sin razón aparente en el momento preciso en que perdía la lucha contra el dueño original del cuerpo que habitaba, para que no clavara su daga en la yugular.

Fue después, cuando notó que no sentía la lengua cuando corrió a la ventana, para mirarse la boca abierta, donde solo estaba la raíz. Se la habían cortado.

¿Cómo pronunciaría las palabras de poder?

Estaba atrapado. La única salida que concebía era encontrar un hechizo capaz de regenerar ese trozo de carne que alguna vez había lamido el pezón de la vieja Hilda. ¿Habrá sido esa vieja santera la que le cortó la lengua a su propio hijo para vender alguna macumba? Ya no importaba. La anciana había muerto muchos años atrás, dejando al pobre grandulón desamparado.

Se le fue la noche buscando entre los tomos —Demoré demasiado tiempo en reunir mis libros. Nunca más los ocultaré de esta manera, pensó— hasta que, cuando ya perdía las esperanzas, una solución no vislumbrada apareció en una ilustración a doble página.

Viviseccionado, con indicaciones en cada uno de los chacras, el gravado del cuerpo de un niño era la salvación que Angus Mogre necesitaba.

Solo tenía que acechar hasta encontrar a la pareja indicada.





No tuvo que esperar demasiado. Frente a la casona pasó un pequeño de la mano de su padre. El infante llevaba una pelota de fútbol bajo el brazo. Era el anzuelo perfecto.

Angus Mogre concentró toda su voluntad en hacer que el balón se cayera y rebotase hasta su puerta. Su anfitrión notó de inmediato la falta de presión sobre su espíritu y comenzó a recuperar el control de su cuerpo. Era lo usual. El brazo del niño se aflojó y la pelota saltó dando botes, no hasta el lugar que Mogre deseaba, pero sí lo suficientemente cerca. Retomó las riendas del grandulón y se ocultó bajo la sombra de un árbol.

Cuando el pequeño llegó a recoger su posesión, las manazas lo apretaron y la figura inmensa se escabulló dentro de la casa.

El padre, que había estado mirando sonriente cómo su hijo avanzaba hasta su balón, salió corriendo a rescatar a su hijo.

El hombre entró a la casa, gritando entre jadeos. Encontró al niño sentado al pie de una escalera, abrazando su pelota. Antes de que lograse preguntarle nada, un golpe en la nuca tiñó de negro su visión.



El hombre despertó con los grito. Estaba amarrado de pies y manos a una silla. Para suerte de él, estaba dando la espalda a la mesa donde yacía el niño.

Angus Mogre había abierto en canal al pequeño, colocando un cristal de cuarzo junto al corazón, clavado otro entre los ojos, y el último y más importante, puesto en el espacio entre el coxis y el sacro, al final de la columna. Puñal en mano se dirigió, con la máxima rapidez que le permitía su torpe anfitrión, hacia el hombre maniatado. El tiempo estaba en su contra una vez más. La coordinación entre ambos cuerpos tenía que ser perfecta.

El niño interrumpió sus lamentaciones para pronunciar las palabras de poder que ordenaba Angus Mogre.

Una vez recitada la primera parte del hechizo de posesión, Mogre movió la mano del grandulón e hizo un corte en la garganta del hombre.

Entonces llegó la parte más difícil, controlarlos al mismo tiempo.

La voz temblorosa del niño, que parecía un cordero intentando con relativo éxito hablar como humano, era lo único que mantenía con vida al cuerpo mutilado. La daga tallaba la carne del hombre, de una forma que Angus Mogre temía no fuera la correcta. Los símbolos, tanto del suelo como de la piel del desesperado padre, comenzaron a iluminarse hasta no dejar rincón oscuro en la habitación.

Cuando el resplandor se disipó, Angus Mogre agonizaba en su nuevo cuerpo.

En condiciones normales, debería haber utilizado un simple hechizo de sanación. Pero estas estaban lejos de ser las condiciones comunes. Su espíritu estaba agitado. Apenas tenía fuerzas para respirar, y renuncio a ello, con tal de levantar los dedos índice y medio, para dibujar en el aire el signo de Asclepio. Pronunciadas las palabras de poder necesarias, sus heridas lentamente se fueron cerrando, como los párpados de un moribundo. Una vez sanado, aún se sentía débil.

Llegó ante la mesa donde yacía el pequeño. El último hilo de vida se le estaba escapando. Su corazón, que daba los latidos finales, fue estrechado entre los dedos de Angus Mogre, quien le dio una mordida hambrienta. Sabia joven, renovadora.

El padre, arrastrado hasta las profundidades del olvido, por unas papilas gustativas que ya no poseía, sintió el sabor metálico de la sangre de su hijo. Su sangre.



Ω


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