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jueves, 3 de enero de 2013

"Plan Ciego" por Aldo Astete Cuadra




Estaba sentado en el piso, con la cabeza entre las rodillas y los brazos cruzados sosteniendo la rigidez de las piernas. Cuando levantó la cabeza no logró ver ni oír nada, la oscuridad era total así como su confusión. Le dolía el cuello, tal vez llevaba horas en la misma posición, luego identificó otros dolores en brazos, cabeza, costillas y piernas aunque le costó trabajo decidir qué parte del cuerpo no le dolía. Uno de sus ojos estaba excesivamente hinchado, lo supo al tocarlo. ¿Qué demonios le había sucedido? ¿Dónde estaba? No recordaba.

Intentó ponerse de pie, inclinando su cuerpo hacia un lado y apoyando un brazo en lo que parecía una fría pared y el otro sobre el suelo que, por su tacto, supuso alfombrado. Toda esta maniobra era realizada en la absoluta oscuridad, sus ojos no lograban escudriñar su entorno. Logró situarse de rodillas, sin embargo, debió retornar a su posición anterior, pues todo parecía dar vueltas, la sensación de ebriedad y el hálito alcohólico que por vez primera percibía le convencieron de eso. “Eso debe ser” pensó, “he bebido tanto que perdí la conciencia”, pero perder la memoria era otra cosa, es verdad que en más de alguna ocasión luego de la juerga, al despertar en su cuarto no lograba hilar los acontecimientos anteriores, pero siempre sabía a lo que se debía, recordaba gran parte de los hechos, hasta llegar a un punto ciego, un momento en que se apagaba su consciencia. 

Ahora no recordaba nada, ni lugares, ni personas o situaciones, su mente estaba extraviada. ¿Qué diablos hacía en aquel lugar? Entonces habló, llamaba en la oscuridad a un receptor que pudiera dar respuestas y salidas a su inquietud, tal vez alguien que encendiera alguna luz. Pero no obtuvo respuestas, tampoco intentó continuar llamando, de pronto era mejor mantener la calma y el silencio, al menos hasta que recordara. 

Sentándose con cuidado fue haciendo una revisión de sus recuerdos. Sabía que era viernes o sábado, no… el sábado debía estar en su casa, y esta situación distaba mucho de la tranquilidad de su cuarto. Estuvo en la universidad, fue a la biblioteca, buscó unos libros de G. K. Chesterton y luego… ¿Almorzó? ¿Retornó a la universidad?, no lo tiene claro. Un resoplido emerge por la decepción y el malestar etílico que continúan perdiéndolo.

“¿Dónde estaré metido, cómo llegué hasta aquí?”  Se pregunta, busca en los bolsillos, encuentra el celular y su billetera, “¡no me han robado!”, se tranquilizó un poco. El celular no se iluminaba, intentó encenderlo, pero no surtió efecto. 

“¡Eso es…!” recordó que por la tarde no asistió a clases. Con su amigo mexicano fueron a un encuentro de escritores, pero antes estuvieron en la casa de Martiniano y ahí pidió un cargador que se pudiera homologar con su equipo. Ninguno servía, la carga se agotaba.  Bebieron algunas cervezas y más tarde se fueron a un bus que los llevó a una población, a una sede social. Todo esto lo recordaba con dificultad remendando paso a paso sus percepciones, reconstruyendo algunos diálogos y situaciones. 

Algunas lecturas le habían gustado, otras decepcionado, luego charló con un poeta argentino y una periodista, habló de la luna llena con una poeta colombiana y de cómo esta se bañaba noche a noche en el Calle Calle.