Me
reí de buena gana cuando me contaron que don Braulio era un hombre lobo, teoría
sostenida vigorosamente por don Jaime y respaldada por otros dos conocidos.
Cómo era posible que adultos educados, en prestigiosas universidades, me
vinieran con semejante cuento.
No
tardé en ponerme de mal humor, no tenía tiempo para escuchar historias
transilvanas, así es que decidí dejar de lado la conversación y continuar con
mi trabajo. Mientras terminaba la pintura de un cuadro, mi mente evocaba
inconscientemente historias de hombres lobo oídas en la infancia; el germen de
la duda ya se había anidado en mis pensamientos
De
él se decía que constantemente cambiaba de domicilio, no pudiendo establecerse
en ningún barrio por más de un mes. Esta situación ya era poco probable, pero
asumiendo que así fuera, no necesariamente se debería a asuntos licantrópicos,
aunque tampoco se conocía otra explicación para las mudanzas continuas. Don
Braulio no llevaba mucho tiempo en la ciudad y según me enteré llegó desde
Puerto Montt a trabajar al Servicio Médico Legal. Creo que era médico forense o
por lo menos eso mencionaban algunos conocidos.
Todas
estas habladurías no serían de mi incumbencia de no ser porque este hombre
ahora se había mudado a la casa contigua. Hace una semana llegó en un camión de
mudanzas del que bajaron algunas cajas de cartón, algunas plantas de interior,
un acuario, y un pequeño canil del que emergió el ladrido chillón de un perro
pequeño, tal vez un poodle, pero en la mudanza no vi ningún cajón de madera con
tierra de cementerio o alguna jaula con barrotes de plata, tampoco esperaba
verla, esas son ñoñerías. Luego, arribó don Braulio, solo, y despidió a los
trabajadores de la mudanza. Ingresó a su hogar y no volví a verlo hasta ayer.


















