Mamá tenía las orejas hirviendo, enrojecidas de tanto pegarlas contra el auricular. Pero Clara seguía sin contestar el teléfono. Con otros números había tenido más éxito, de todas formas: las amigas cercanas, la policía, la seguridad ciudadana, los bomberos y los cuatro hospitales cercanos a nuestra casa estaban bien enterados de la situación. Eran las doce y veinte de la noche, mi hermana no daba señales de vida y mi madre se devoraba las uñas, hundida en el sofá por un momento, paseándose el otro. Mientras se paseaba, yo, que en esos días tenía ocho años, sólo atiné a salir al patio a comer una manzana. Supongo que lo hice por instinto, para aliviar presión.
Mi padre estaba afuera, fumando un cigarrillo junto a la reja que daba hacia la calle. Llegó tarde ese día; dijo que había estado tomando unas cervezas con unos amigos, porque era fin de mes. Aún olía a bebida, cuando me le acerqué. Estaba en silencio. Me dio la impresión de estar pensando hondo. Las manos de mi padre eran enormes y duras. Empuñaba tanto su derecha, me acuerdo, que de hacerlo más, se hubiese amoratado. Me dio la imagen de un corazón hinchado o una roca a punto de estallar desde dentro hacia afuera.
Le hablé entonces. Me puse junto a su cadera y me estreché a él, tan cerca como nunca más pude. Miró hacia abajo y le mostré la manzana.
—¿Quieres? —le dije.
Quedó extrañado. Finalmente, pudo reaccionar.
—Bueno. Pero antes hay que pelarla.
Buscó su cortaplumas, una navaja suiza que siempre llevaba al cinto, por si era necesaria para reparaciones y otros imprevistos, (como hijos despiertos a deshora con una manzana en la mano). Pero no la encontró. Se palpó los bolsillos de la chaqueta, de los jeans, hasta en la camisa. Nada.
—Tendrás que ir a buscar un cuchillo allí adentro.
Debo haber puesto cara de angustia.
—Mamá está muy angustiada.
—Ya se le pasará.
Me dio mucha confianza, aún cuando su cara no mostraba mayor emoción.
—La Clara va a llegar ¿cierto, papá? —pregunté cuando entraba en busca del cuchillo.
Pero no contestó. Sólo volvió a la reja y a un nuevo cigarrillo.
Pasaron cuatro días hasta que encontraron a mi hermana muerta junto al canal San Lázaro, un poco más allá de las vías del tren.



















