
Ilustración por All Gore.
Los pies de
Lilén sangraban mientras corría tras el caballo.
El jinete
miraba sobre su hombro, riendo. Cuando veía que la distancia entre
él y la mujer era demasiado amplia, frenaba su caballo para cabalgar
en círculos y alzar su botín.
Mientras lo
levantaba por el tobillo, el bebé berreaba más alto. Cuando la
mujer ya estaba a pasos de alcanzarlos, reanudaba la marcha entre
carcajadas.
Así la
atrajo hasta el río.
Desmontó y
se acercó a la rivera. Lilén gritó al ver que el hombre sostenía
a su hijo sobre las aguas y corrió aún más rápido, a pesar del
dolor de sus pies lacerados.
El jinete
desenvainó su espada corta y le rebanó el cuello al bebé.
La sangre
formó un arco cuando arrojó el cuerpo al torrente. Lilén calló de
rodillas. El rictus la poseyó por un momento, hasta que reaccionó y
se lanzó al rescate de su pequeño. El jinete montó y cabalgó río
abajo, sin perderle de vista. La mujer braceó buscando ir más
rápido que su bebé. Una piedra del fondo le abrió una herida por
toda una pantorrilla, mas solo sintió un frío en el hueso. Sus
fuerzas se fueron agotando. Chocó con un tronco que le golpeó el
costado, dejándola sin aire. Tragó agua y a duras penas logró
salir a flote. Una larga mancha rojiza que atravesaba una zona
calmada por un dique natural, le indicó que ya estaba cerca. Al
borde de las rocas y ramas que ralentizaban el flujo, el cuerpo de su
pequeño estaba atascado. La cabeza se agitaba con la fuerza del
torrente, unida al cuerpo apenas por la columna. Sacó sus últimas fuerzas para llegar hasta él
desplazándose por las ramas. Al soltar las manos para abrazarlo,
la corriente los arrastró a ambos.
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