El silencio es
perturbador. Te recuerda el oscuro aliento de la tumba, ese mismo que
debe sentirse cuando uno yace en el fondo de la tierra. El silencio
puede volverte loco, pues comienzas a escuchar las voces que viven en
tu cerebro y, digámoslo con todas sus letras, los habitantes de ese
sitio no son entes amistosos. Al menor descuido te atacan y tu alma
se doblega hasta arrodillarte y gritar. Romper el silencio.
Agrietarlo con el ruido de tus dientes y luego escupirlo sangrante de
tormentoso estruendo. Agujerearlo de sonido hasta la muerte, que
también trae silencio en su ADN.