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Eran
casi las tres de la madrugada cuando el mendigo decidió regresar a su casa. La
jauría lo seguía obedientemente. Él llevaba una bolsa con menudencia para darles
de cenar.
La
noche estaba fría, tan fría que el vaho de su respiración pudo haberse
congelado. Cruzó la calle hacia el imponente vacío urbano que le esperaba en
frente. Mientras caminaba, cerró su abrigo gastado por el uso. Subió el cuello
y hundió sus manos en los bolsillos: sentía pequeñas punzadas en todo el
cuerpo. Le dolían las sienes como si un metal las atravesara. Su respiración helaba
su sangre.
Al
caminar por el pasto, vio que aún había un poco de nieve. Siguió caminando en la misma
dirección pensando que podría acortar el camino por el riachuelo. Los canes a
su lado lo miraban como rogando por un poco de carne podrida. Estaban
hambrientos. Nadie había comido en días.

















