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miércoles, 10 de octubre de 2012

"El Trato de Argarhan" por Paul Eric


La Guerra había comenzado hace ya tres días. Los dos bandos parecían traer una y otra vez nuevos hombre dispuestos a luchar. Otros valientes —que creían defender algo más que el orgullo del pueblo— afrontaban sin escrúpulos lo que ellos llamaban muerte.
            Los cuerpos viejos, podridos por el pasar del tiempo, comenzaban a mezclarse con los recién caídos, como única masa de almas apagadas junto a la sangre que se empeñaba en alcanzar nuevas presas.
            Las llamas, que se habían apoderado por completo de los tablones improvisados de nuevos muros en el Fuerte de Golfur, se mezclaban con total simpleza con el gris irónico de las nubes que se posaban sobre el campo de batalla, como si se tratase de una hechicería.
            Golfur estaba construido de tres grandes niveles, y en cada borde, los arqueros hacían relevos para ir por más flechas. Los pisos se ensanchaban contra el suelo de arena negra. Había no más de veinte valientes que tenían la misión de bajar e intentar traer de vuelta flechas quitadas de los cuerpos ya vencidos. Unos pocos metros más adelante de ése punto, se encontraba la batalla cuerpo a cuerpo entre los soldados de Rhínen y Golfur del Sur.
            Habían logrado, con mucha dificultad, adelantar sus líneas de combate en una muestra de dominio del poder.
            Pero, una vez pasadas las horas, los sureños eran ahora menos del doble de los que habían salido a la lucha, días antes, y el enemigo parecía no confundirse en sus propósitos, pese a la fiera lucha con que se les enfrentaban. Era posible que los Golfurianos fueran más hábiles con la espada, pero por cada enemigo que caía, otros tres enemigos llegaban.    
—Señor, vamos a tener que rendirnos —decía ya cansado Urus — ¡Es la única forma de sobrevivir!
            —Levanta tu arma, soldado, y mira al frente. —Argarhan, el rey del Sur,  parecía respirar con dificultad también, pero aún empuñaba su enorme espada con las dos manos.
            —Pero, Señor...
            —¡Levanta la puta arma! ¡Debemos esperar sólo un poco más!
            En algunos espacios, desde donde ya no se oían gritos sino llantos y gemidos, se podían divisar tumultos de cuerpos envueltos por barro, sudor, y desesperanza.
            —¿Ves eso? —preguntó Argarhan, apuntando al cielo—. Va a caer la niebla en unos pocos instantes y sólo entonces tendremos una pequeña oportunidad de salir vivos de esto.