Cuando estoy barriendo el comedor la veo deslizarse por su hilo de seda, agitando en el aire con gracia sus ocho patas. Baja hasta el piso y camina por el parquet. Doña Verito entra al comedor, la ve y antes de que yo pueda hacer nada la aplasta de un pisotón. Luego vuelve a salir, no sin antes lanzarme una mirada interrogadora al notar en mí una consternación que no he sido capaz de ocultar.
Llego a la Iglesia de los Dolores llevando en el bolsillo una caja de fósforos donde transporto el cuerpo despedazado. El pálido sacristán me reconoce y me franquea la entrada. Me conduce a través de la nave central hacia la puerta ubicada tras los cortinajes del altar. Mientras abre con la vieja y mohosa llave, yo miró su cuerpo rígido y envarado. Sé que aquel hombre lleva muerto mucho tiempo, pero se mantiene erguido y caminando gracias a las enormes dosis de veneno arácnido inyectados en él —de acuerdo a las instrucciones contenidas en el antiquísimo grimorio de Atlach Nacha—. Lo sigo ahora por húmedos escalones de piedra que bajan a la cripta de la Iglesia. En el suelo de la habitación subterránea, rodeada por decrépitos y derruidos nichos de los que se ha desprendido la mayor parte de las lápidas, hay una argolla de hierro que constituye el único indicio de una puerta-trampa. Pruebo a tirar de ella, pero soy incapaz de desplazarla ni un milímetro. El mudo sacristán, en cambio, lo hace de un tirón y con una sola mano, revelando un oscuro y fétido boquerón. Bajamos ahora por otros y más gastados escalones, esta vez excavados en la tierra misma. En las paredes salitrosas hay antorchas empotradas que evitan que la oscuridad sea absoluta; y gracias a las cuales podemos —o debería decir puedo, pues ignoro si mi acompañante se vale del sentido de la vista— vislumbrar donde ponemos pie.

















