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domingo, 20 de agosto de 2017

"Las lagartijas en las lápidas" por Fraterno Dracon Saccis














M.C. Escher - Smaller and Smaller 1956












“Hay cuatro cosas en el mundo que a pesar de ser pequeñas son más sabias que los sabios: las hormigas, insectos muy pequeños que guardan comida en el verano, para tener suficiente en el invierno; los tejones, animalitos que por ser indefensos hacen sus cuevas entre las rocas; los saltamontes, que aunque no tienen comandante son tan ordenados y disciplinados como un ejército, y las lagartijas, que son fáciles de atrapar pero viven libres en los palacios.”—Proverbios 30: 24-28



            El aroma de la tierra húmeda fue un agradable golpe de frescura para la calurosa tarde en el cementerio.
            Luego del frío responso del cura, que más que inflar nuestros corazones con la perspectiva de “...la resurrección y la vida...”, nos hizo morir de aburrimiento. Bueno, al menos a mi y a quienes vi que sus ojos se cerraban y sus cabezas se inclinaban y levantaban bruscamente. Era comprensible luego de velarla toda una noche. 
            Entonces vinieron, primero el correcto discurso de mi primo Alfonso, para luego, con una espontaneidad que no me esperaba, los comentarios entre hombro y oreja. Por supuesto, esas frases como “Esta vieja hasta en el cajón nos tramita.”, o “Ese Alfonso cree que sobándole el lomo a la muerta le va a seguir dando plata” o, el escueto pero lapidario “Alfonso culiao falso”; hicieron un poco más afable la ceremonia. Es agradable cuando la gente subestima el silencio.
             Y finalmente, el ataúd de mi abuela Helena descendió a su lugar de descanso definitivo, con los consabidos últimos estertores del dolor. Sollozos entrecortados, hipo y lamentos dedicadamente sonoros. Reconozco que ese último vistazo a su cajón me dio un vuelco en el estómago, y no pude evitar derramar unas lágrimas. Entre nosotros, quise creer que fue porque nunca más la volvería a ver, pero la verdad, no fue más que el pensamiento de que ese mismo destino me esperaba: tierra, gusanos, moscas, madera y tela azumagada. Y las lagartijas. Supongo que desde ese día el germen de la incineración debe haber nacido entre mis deseos póstumos.
            El caso es que una repentina nostalgia me invadió, en parte por la abuela Helena, pero también por las visitas que hacíamos a ese mismo cementerio, para llevarle flores a la tumba de mi abuelo Fermín y mi tío Víctor. Lo que más me fascinaba eran esas lagartijas que se deslizaban por las lápidas, entraban y salían de las tumbas, con sus largas colas, sus patas de garras diminutas, y sobre todo sus lomos tornasol. La abuela Helena más de una vez me dijo “No se te ocurra tocar esos bichos, que se comen a los finados”. Por supuesto nunca le hice caso. Cada vez que tenía oportunidad atrapaba alguna, y la hacía deslizarse por mis brazos, dar vueltas por la palma y el dorso de la mano, soltarlas para volver a atraparlas, quedando muchas veces, fascinado mirando como la cola cortada seguía sacudiéndose mientras el resto de la lagartija se perdía entre las tumbas. Recuerdo que también hacía que mordieran la manga de la camisa, quedando colgadas, balanceándose. Incluso hacía una cuenta regresiva, y aquellas que duraban más del tiempo que les daba, se ganaban su libertad. Nunca dejé que me mordieran los dedos, ahora pienso, en parte haciendo caso de la advertencia de mi abuela Helena.
            Ensimismado en esos pensamientos, me perdí la oportunidad de escabullirme antes que el resto, así que opté por el plan B, que era quedarme dando vueltas entre las tumbas para evitar formar parte de los grupitos de deudos. De seguro nadie me echaría de menos.
            Mientras apreciaba las estatuas de ángeles y santos, me encontré con un pequeño nicho, con una barda de tablas de pintura descascarada. Tenía una pequeña losa decorada con antiguos autos de juguete. En la escueta inscripción, enmarcada por querubines, rezaba:

Bruno Amador Rojas Cortés
26 de mayo 1934 – 25 de mayo de 1942”.

martes, 25 de agosto de 2015

Concurso 125 años de H.P. Lovecraft

«That is not dead which can eternal lie, And with strange aeons even death may die.»


Porque Chile del Terror no está muerto, si no soñando las pesadillas que invadirán sus mentes al dormir y en vigilia; queremos invitarlos a celebrar los 125 años del nacimiento de uno de los autores que más han marcado a nuestra iniciativa, cosa evidente en nuestra última publicación física, Chile del Terror, Visiones Lovecraftianas.

Y para sellar este despertar, junto a Austrobórea Editores y Diseño Chacal, queremos invitarlos al siguiente concurso:

Gana un pack de 5 poleras, gentileza de Diseño Chacal (en la fotografía).

Envíanos una fotografía con temática lovecraftiana, sin importar la etapa en la que esté inspirada, ya sea su obra gótica, onírica o sobre los Mitos de Cthulhu.
Se evaluará tanto la calidad artística como la relación que tenga con la obra del autor de Providence.

Las normas son las siguientes:

1. Podrán participar con una (1) fotografía.
2. La imagen puede tener cualquier dimensión y resolución, siendo este último punto un factor negativo si es baja, a la hora de evaluar el mensaje que busca entregar. 

3. La fotografía puede ser manipulada digitalmente, siempre y cuando no sea un collage, parcial o total de trabajos de terceros.

4. El plazo para enviar el trabajo es hasta el 15 de septiembre.
5. Chile del Terror se reserva el derecho de declarar desierto el concurso si las fotografías no cumplen estándares mínimos de composición, así como con las expectativas del staff, quienes decidirán el resultado del concurso.

Envíen sus trabajos a chiledelterror@gmail.com, incluyendo los datos personales: nombre y/o seudónimo y ciudad de origen.
Los trabajos recibidos irán siendo publicados en un álbum en nuestra página de Facebook,

¡Saquen sus cámaras y a capturar esas pesadillas!

sábado, 21 de febrero de 2015

"Encuentro en el Parque Stix" por Armando Rosselot













Detalle de ilustración de LordNecro Arlequin (Necroscopio).








Sabía que lo que hice no era bueno, había degollado a la abuela y a su nieta por unos cuantos billetes. Entré con temor al parque Stix, huyendo. Aminoré el paso al creer que había oído algo. Pensé en otro asaltante, o en varios, en lo que sería una cuchilla clavada en mi vientre y el frío de la muerte acariciándome, o tal vez, un disparo en la cabeza, un golpe fuerte en la nuca que haría que poco a poco dejara de percibir todo alrededor hasta caer inconsciente en los brazos de la oscuridad. Apuré el paso, tanto que en un momento me di cuenta que corría. Paré, respiré hondo, y cuando me disponía a seguir mi camino fue cuando sentí una presencia detrás mío.

Me volteé rápido y lo vi. Vi lo que creí era sólo posible en las pesadillas, tanto que no pude moverme y el miedo fue tan inmenso que doblegó mi mente en décimas de segundo dajándome en una especie de hipnósis.

Él tocó mi rostro con una suavidad repugnante, con algo similar a una mano y me observó con su único e inmenso ojo, embutido en aquella cabeza sin boca que irradiaba un ardor imposible y un grito convertido en un susurro preso de la carne y los huesos. Jaló de mí con descomunal fuerza y apoyó su húmedo cráneo sobre mi cabeza. En ese momento conocí la verdad.

viernes, 13 de febrero de 2015

"Experiencia primigenia" por Michael Rivera Marín













Bosquejo de ilustración por iGhor Alarcón.










No puedo correr más. Me cuesta respirar. Caeré. Seré su víctima. No soy capaz de defenderme solo. Tienen ocho brazos ansiosos por golpearme hasta matarme. No vale la pena intentar luchar contra ellos… siempre han sido unos monstruos.

¿Por qué arrancas de nosotros, Howard?

Somos tus compañeros de curso.

Yo me sentaba junto a ti.

¿O acaso te ibas a ir del colegio y la ciudad sin despedirte?

¿Por qué me acercaría a ellos si nunca fuimos amigos? Con ese asiático solo nos saludamos porque estaba toda la clase a mi lado; con los dos mestizos hicimos un trabajo de ciencia, pero me aburrieron con su regocijo en la ignorancia; y al árabe nunca le dirigí una mirada.

¿No vas a responder? –Me gritó el más gordo–. ¿Tienes miedo?

¿Por qué metió su mano al bolsillo? ¿Está armado? Miro a mi rededor y descubro que escogí mal la calle para esconderme. El frío de la tarde aleja a los pocos transeúntes que podrían ayudarme.

Estamos solos. Quieres saber lo que tengo aquí, ¿verdad?

He recuperado el aliento, pero soy delgado y demasiado débil para enfrentarlos. Solo puedo actuar como el astuto Dupin e intentar distraerlos hasta que alguien me socorra.

Podría gritar desesperadamente para llamar la atención de las familias en las casas, pero lucen vidrios quebrados, profundas grietas en sus muros, probablemente estén abandonadas o vivan en ellas pordioseros, inmigrantes o criminales.

No tengo miedo. Imagino que escondes una navaja. Solo temo a lo desconocido, no a lo oculto y obvio.

viernes, 6 de febrero de 2015

"En las profundidades" por Javier Maldonado Quiroga













Bosquejo de ilustración por Johnny Aracena.










El edificio se levantaba ante él como el cadáver de una criatura gigantesca y repulsiva olvidada junto al borde del camino. El día comenzaba a decaer rápidamente, demasiado rápido para su gusto, por lo que apuró el paso. El silencio que reinaba en aquel sitio lo hacía sentir inquieto. El muchacho hubiera esperado la presencia de algún perro solitario, o uno que otro pájaro en las inmediaciones, pero no había nada, excepto por la densa vegetación que había ido creciendo alrededor de la estructura a lo largo de los años.

No tenía idea de cuánto tiempo llevaba abandonada, pero sabía que en algún momento, durante la infancia de sus padres, había sido un importante centro deportivo y, como era de esperarse, había terminado siendo reemplazada por un complejo mejor equipado y mucho más moderno en el centro de la ciudad. Ahora no era más que una mole gris que parecía resistirse al inexorable paso del tiempo.
Las murallas exteriores estaban cubiertas de algunos viejos grafitis, aunque el muchacho sabía que la mayoría de las personas había aprendido a evitar aquel lugar. Se comentaban cosas macabras en los alrededores. Hace algunos años, en los periódicos locales, se había publicado un reportaje sobre una secta que durante meses usó el edificio para llevar a cabo sus rituales. Todos los miembros habían sido detenidos, e incluso algunos encarcelados, aunque nunca se supo con claridad la naturaleza de su culto. Lo relevante de aquel incidente era el hecho de que poco tiempo después habían comenzado a suceder extraños fenómenos en la zona: ruidos y luces durante las noches, y posteriormente la inexplicable desaparición de algunas piezas de ganado.

martes, 27 de enero de 2015

“En los dominios de la Serpiente” por Sergio Fritz Roa













Bosquejo de ilustración por Visceral.










1.-
KURT KEISSELL

Kurt Keissell es un nombre perdido dentro de la historia del mundo. Perdido, como el de tantos millones que se amontonan en esa niebla voraz que llamamos tiempo. La memoria es algo frágil y cruel. Al igual que en una lotería, los premiados son pocos. Y Keissell fue devorado por el olvido... hasta ahora, que deseo rescatar su valentía y hablar sobre su extraño caso, del cual el destino me hizo partícipe.

Vivió en una extrema soledad, unido a pocas cosas: libros de arqueología, recortes de diarios, ensayos sobre mitologías variadas. Como Charles Fort, fue un asombrado compilador de conocimientos arcanos y prohibidos.

Lo conocí en la Biblioteca Nacional. En aquella época ya trabajaba como bibliotecario, haciendo un reemplazo. Debido a la cortesía y puntualidad en mi llegada, postulé con éxito a un puesto fijo; siendo destinado a la sección de Historia. En esa sala pude ver cómo dos o tres veces a la semana un personaje rubio, de tamaño alto, ojos claros refugiados en unos lentes de gruesos marcos y voz cavernosa, solicitaba libros relacionados con un solo tema: la serpiente en las culturas y religiones. Recuerdo haberle entregado libros, revistas y separatas vinculadas con el culto a la serpiente, los dioses Nagas y aspectos de la mitología chilota y mapuche referentes a las serpientes Caicai Vilú y Trengtreng Vilú.

Debido a lo inusual de su búsqueda, he de confesar que no hallaba el momento de entablar conversación con este caballero misterioso.

Una mañana en que la sala estaba prácticamente vacía, decidí abordarlo. Como suele ocurrir cuando se desea conocer a alguien, partí con palabras nada profundas, comentando la ausencia de lectores en el establecimiento aquel día. Al ver que ello no generaba más reacción que la de una simple afirmación, decidí atacar con mayor precisión; y, con la excusa de que tenía material sobre su interés (esto era cierto, aunque el texto no era de la institución sino mío, hallándose en mi hogar; libro que, por lo demás, trataba sobre aspectos mágicos y no propiamente folclóricos), pude entablar una conversación más libre y generosa, aunque todavía insuficiente. El nexo se había logrado, y, cada vez que pedía un texto, me saludaba con amabilidad para luego intercambiar algunas expresiones que iban más allá de lo bueno o malo del clima. Con el tiempo se generó una complicidad entre ambos; y, un jueves, a poco de terminar la jornada laboral, me preguntó si sería tan amable de acompañarlo a su hogar a fin de conocer el objeto de su investigación.

Aun cuando me sorprendió dicha invitación, era lo que había esperado. Envié un mensaje al email de un amigo, cancelando una reunión acordada para el atardecer con antiguos compañeros del liceo; y me puse la chaqueta, para dirigirme con Keissell al exterior.

El hogar de mi nuevo amigo se encontraba en el centro de Santiago, a pocas cuadras de la biblioteca. Era un departamento bastante ordenado y repleto de libros en estanterías que cubrían casi todas las paredes. Los textos, pude ver, se referían a mitología, religiones comparadas, arqueología y ciencias ocultas.

Me sirvió un café y unas galletas.

Mientras transcurrían las horas y la noche empezaba a extender su imperio, yo veía como Keissell se transformaba en un ser apasionado, que hablaba sobre amenazas extraterrestres, cultos proscritos y un futuro ominoso para la humanidad.

Su voz se elevaba, tomaba el cigarro nervioso y miraba desde el balcón hacia la noche como extasiado. Parecía un profeta loco, el mensajero de una secta o quizá un científico rechazado por la academia que anhelaba una venganza intelectual.

Quien viese y escuchase a Keissell esa noche, podría haber pensado que debido a su soledad, aquél estaba alejándose de la realidad y la sensatez, viviendo en un nerviosismo extremo, enfermizo. Y, sin embargo, su sinceridad era evidente (o al menos, a mí me pareció), como la lógica de sus argumentos, que, por extraños que pudieran ser, no dejaba de acompañarlos con pruebas, citas, y silogismos.

Señaló que el interés por las serpientes radicaba en la existencia de un culto primigenio en donde los ofidios eran el símbolo de una monstruosidad que acechaba en el tiempo a la raza humana. A través de distintas formas, los adoradores de la serpiente intentaban hacer renacer su credo y extenderlo al globo. Los ritos siempre eran brutales y sangrientos. En el fondo, anhelaban el caos, lo que sería propicio para el despertar de seres abominables, tales como hombres-serpientes, hombres-peces (“dagones” y “profundos” los llamaba), y hombres-alados (entre los que había piuchenes, vampiros, etc). Pero, existían más horrores, y los anteriores no eran sino solo los servidores que estaban en un estadio intermedio de poder. Los dioses en realidad eran otros: les llamaba los Antiguos, y eran serpientes gigantes, seres idiotas de grandes poderes y bestias tentaculares, entre otros. Todo ello me recordó al escritor de ficción de horror Howard Phillips Lovecraft y su mundo repleto de criaturas del mal. En efecto, me respondió, Keissell, Lovecraft había vislumbrado, “intuido”, desde la literatura tales seres; pero, la mitología de casi todos los pueblos ya era suficiente expresiva. Señaló que algunos ocultistas como Kenneth Grant vieron esta relación entre serpientes y Antiguos “lovecraftianos”; y que él había seguido la pista de estos investigadores. Es más, me señaló que antes de morir Grant le dio una carpeta inédita con sus investigaciones, de las cuales él era heredero.

El amor por la mitología le había permitido a Keissell descubrir la importancia de América en el culto a la serpiente. No por nada Quetzacóatl y Kukulkan eran serpientes emplumadas veneradas en el viejo México. Kukulkan recordaba al nombre Kutulu (¡el Cthulhu de Lovecraft!). La cultura de San Agustín, en Colombia, también había representado su adoración a la serpiente en esculturas. El pueblo Chan Chan en Perú, hizo algo parecido en sus edificios. Otro caso era el pueblo cañari (“hijos de la serpiente”), que fueron adoradores del ofidio, y que según ciertas leyendas el fundador de ese pueblo antes de desaparecer se transformó en una serpiente, sumergiéndose en un lago. Pero, América lo había proveído de una fuente que le permitía ampliar sus estudios: la creencia chilota como mapuche en un conflicto ocurrido ab origine entre dos serpientes: Caicai Vilú y Trengtreng Vilú. Esta dualidad representada entre la serpiente de agua (Caicai Vilú) y otra de tierra (Trengtreng Vilú) no era otra cosa que la eterna lucha entre bien y mal. Aunque Caicai Vilú fue derrotada, sin embargo su culto se habría mantenido por milenios, aunque en las sombras. Y era especialmente en la zona donde se libró la gran batalla, en la zona comprendida de Araucanía a Chiloé, al sur de Chile, donde se estaban realizando ciertos actos que según Keissell tenían relación directa con el renacer y recrudecimiento del culto antiguo...

Ello era lo que le obligaba a ir al sur chileno, primero a Chiloé y luego a un lugar de la costa de Araucanía llamado Nehuentúe, pues un conocido mapuche de la capital le había hablado sobre una machi de esa localidad que a ciertos lonkos le había advertido sobre la existencia de kalkus (brujos) que estaban intentando hacer volver a la serpiente Caicai Vilú.

Deseaba detenerlos, pues de lo contrario la humanidad peligraba.

viernes, 29 de agosto de 2014

"Mr. Graveyard" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Ana Oyanadel.







Los ángulos de la casona cambiaron de una forma vertiginosa. Un hedor impregnó todo el lugar dejando estupefactos al Señor y la Sra. Baylock. Los dos sintieron al unísono como una fuerza invisible les trituraba los huesos al tiempo que los azotaba de lado a lado contra las paredes. La sensación viscosa de aquella desagradable fuerza se tornó en un agudo dolor cuando unos inexistentes garfios cercenaban la piel de la pareja: cortando y mutilando. La sangre fluía de aquellos cuerpos de manera sobrenatural, como si la invisible entidad succionara los chorros de sangre que nunca llegaron a tocar el piso. Aquella noche, Mr. Graveyard veía la escena con gran satisfacción.

***

viernes, 22 de agosto de 2014

"Sacrificios" por Roderick Usher













Ilustración por All Gore.






La lámpara ilumina el rostro del tipo esposado a la silla. Lleva la ropa sucia y su cuidado pelo corto, que solía caer en una estudiada curva sobre el ojo derecho, ahora es una maraña de pasto, sangre y barro. Roberto, mi compañero, lo mira con desprecio. «Andrés Alarcón, Docente, Facultad de Antropología, Universidad de Concepción» consignaron los carabineros «Es un profe de universidad, uno de estos humanistas que se creen la cagada». Me da un poco de risa. Roberto estudió filosofía 3 años, pero lo dejó para «hacerse un hombre de verdad». Era lo que me calentaba de él. Ese intelectual convertido en bárbaro por culpa de «Fight Club». «De Ted Kaczynski» decía él.
«Ojo. Este huevón está loco» me susurra antes de entrar. Pongo la mano en su hombro. Puedo ver que está tenso.
—Andrés —digo, a modo de saludo, mientras Roberto se sienta frente al tipo, dejando caer ostentosamente el expediente sobre la mesa. Quiere hacer ruido. Que el hombre le vea enojado. Eso me aclara que parte de la rutina me toca— Tenemos una gran cantidad de evidencia inculpatoria. No escaparás fácil. Lo mejor es que te declares culpable y quizás la fiscalía te de alguna regalía…
El profesor suspira y echa la cabeza hacia atrás.

—No saben nada. Traigan a mi abogado. Tengo derecho a una llamada telefónica—dice.
—¿Qué mierda no sabemos? ¿Acaso no está claro, huevón? —Masculla Roberto, golpeando la mesa— ¿te crees que esto es una película policial, pendejo? —Son las cuatro a.m. Roberto es padre soltero y su hijita quedó durmiendo sola. Lo último que quiere es un fanfarrón. Le pongo la mano sobre el hombro en nuestro acto clásico de «policía buena y policía malo». La dejo ahí. Ese cuello de toro me calienta, como siempre, a pesar de esta situación de mierda. Me distraigo pensando en moteles y guardias nocturnas en el Montero, en el sabor del semen de Roberto en mi boca. Respiro profundo para relajarme y centrarme. Me froto los ojos.
—Partamos por el principio. Si de verdad no tienes nada que ocultar ¿por qué huías de la casa de tu hermana cuando llegaron los carabineros? Ella los llamó, acusando que luego de desaparecer durante un año, querías robarte a su bebé…
—Me dio miedo —El hombre alza la vista, desafiante— Tengo traumas con ustedes, cerdos, desde los tiempo de la dictadura.
Su mentira está tan bien planeada que se la cree. No hay dudas en sus ojos claros, que nos miran con desdén. Pero ya ha sido suficiente. Abro la carpeta que Roberto dejó sobre la mesa y pongo frente a él la bolsa plástica.
—¿Reconoces esto? Lo encontramos en…—los colores abandonan el rostro del hombre al ver el cuchillo. Mi compañero me interrumpe.
—Tenemos el cuchillo con tus huellas y la sangre de ambos…—Roberto mastica cuidadosamente las palabras, dejando que hagan efecto sobre el orgulloso académico— Por si fuera poco, una vieja copuchenta de tu barrio dijo que te había visto yendo al mar con tu bebé.

martes, 19 de agosto de 2014

"La Verdadera Historia de Richard Upton Pickman" por Patricio Alfonso













Ilustración por Alex Olivares







Preludio

Surge la luna tras una nube negra, iluminando la faz del Boston dormido. Sus rayos alumbran un momento la oscura fachada de una casa, en el North End. En la entrada hay de pie una silueta. La luz de la luna muestra unos ojos rasgados, unas orejas demasiado puntiagudas, los pelos rojizos de su barba rala. A sus pies yace un maletín del que sobresalen algunos lienzos enrollados y los mangos de unos pinceles, y del cuello le cuelga una cámara fotográfica. El pintor Richard Pickman lanza una mirada irónica a la calle que baja hacia el mar de Massachussets, antes de levantar el maletín y ponerse a caminar en dirección a la Copp´s Hill, pasando por callejas torcidas flanqueadas por casas de techos puntiagudos y muros vacilantes. Las casas terminan, y Pickman sube por la ladera hasta la verja del viejo cementerio. La verja está cerrada con una cadena gruesa y cubierta de orín, pero Pickman la empuja creando un espacio para deslizar su delgado cuerpo. Como una sombra creada por los rayos de la luna, Pickman camina entre las antiguas tumbas. Llega por fin al sector más recóndito y ruinoso del camposanto. Tres figuras se alzan de una lápida destrozada. Se los podría tomar por cadáveres escapados de aquellos sepulcros. Completamente desnudos, fláccidos y esqueléticos, llevan en la piel el tono ceniciento de los muertos, manchado aquí y allá por parches de moho y descomposición. Sus manos y pies terminan en uñas enormes. Sus rostros, una mixtura atroz de cerdo, perro y ser humano deben ser familiares, sin embargo, a los habitúes del Art Club de Boston, donde Pickman exhibe sus pinturas. El pintor levanta la cámara fotográfica y el fogonazo del flash relampaguea entre las sombras del cementerio. Luego Pickman se abre paso entre el monstruoso trío.
    Hoy no me ocuparé mas de ustedes, gusanos de cárcava —les dice con tono de burla—. He venido a ver a una reina.

Pickman se aproxima a un mausoleo de factura gótica que por su forma y dimensiones destaca entre las pobres y derruidas tumbas que lo rodean. La luz de la luna que pasa permite ver en el sombrío interior paredes cubiertas de nichos y un túmulo central. Pickman entra y se acerca, mirando dentro.


En el interior del túmulo los rayos lunares dejan ver el cuerpo yacente de una mujer envuelto en tules negros y con las manos cruzadas sobre el pecho.

    Hora de despertar, princesa. He venido a hacer tu retrato.

Las manos de la interpelada son tan pálidas como su rostro, con larguísimas uñas pintadas de negro. Su faz de bellos rasgos es tersa. Se la diría viva en la tumba, pero quien sabe que opinión merecería a quien se la topase en la Beacon Street. Pickman se inclina y con un beso roza apenas sus labios rojos.

    —Aquí está tu príncipe, Bella Durmiente.

jueves, 14 de agosto de 2014

"La Desolación del Solitario Tiempo" por Fraterno Dracon Saccis













"Nyarlathotep, El Caos Reptante" por All Gore






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I know that light is not for me
Save that of the moon over the rock tombs of Neb
Nor any debauchery save the unknown feasts of Nitokris
Beneath the great pyramid.

But in the loneliness of entombment,
I welcome the bitterness of alienage.


"Beneath Eternal Oceans of Sand" —Nile


Transcripción automática del mensaje captado a las 1825, envío por repetición desde Estación (abandonada) 0001 – Tierra
[BEGIN SCRIPT]
Intentaré ser lo más coherente en este informe que creo será el último que recibirán de mi parte.

Capitán Horad Robertson, número clave 3-1-1-9, a cargo del Crucero Wrap Tie-X-Cepto, único sobreviviente del transportador ID15031937, caído [segmento indescifrable] la Tierra. Se adjunta diagnóstico de errores de sistema del transportador, así como archivos de seguridad encriptados del Crucero Wrap, para ficha de proceso marcial. Como solicitud personal, hago el ferviente llamado a detener a como de lugar el proceso de repoblamiento del sistema natal. Espero que este mensaje llegue a tiempo.

Desde el crucero, previo al descenso, se realizaron todos los análisis posibles, desde la búsqueda de señales de radio por más primitivas que fuesen, hasta la ceremonia de presentación, donde no se detectó ninguna forma de vida con el raciocinio equivalente al humano. Los mediums no encontraron más que flora y fauna de nivel psíquico subdesarrollado.

Eliminados todos los factores de riesgo, conformé el equipo de descenso, dejando solo al oficial Sihttev monitoreando las funciones de la IA del crucero. Si bien la idea original era solo descender con el personal destinado al muestro, los mediums, oficiales Abbdey, Shultz y Veidt, solicitaron ser parte de la comitiva, aduciendo podría ser la única oportunidad de poner pie en la Madre Tierra. No hallando razón para negarse a la solicitud, los mencionados tripulantes se sumaron al teniente Garcés y a los oficiales Mindol, Hertz, Cutner y Brown.

El lugar elegido para tocar tierra fue el que alguna vez fuera Cabo Cañaveral, tanto por su valor simbólico como por las condiciones climáticas que presentaba el área. La entrada a la atmósfera se realizó sin mayor inconveniente, al menos hasta encontrarnos a unos 70 km. de la superficie.

En este punto, el informe se hará cada vez más difícil de hilar.

La cabina perdió su forma oval, estirándose mucho más allá de lo que está diseñada. Los telecontroles se fundieron de inmediato, pude sentir como los chips de mi nuca ardían y se derretían dentro de mi piel. El modo manual tampoco respondió, así como el resto de la tripulación ni mucho menos la IA del crucero ni el oficial Sihttey, sepultando mis esperanzas de que el piloteo remoto nos librara de estrellarnos. La temperatura se había elevado a unos 60° C y la aislación del traje no daba abasto. Los [segmento indescifrable]. Cuando el cristal del casco se agrietaba, la cabina dejó su carácter tridimensional para transformarse en una línea de luz, un haz ausente del calor infernal de hacía un segundo (o fueron horas, la memoria relativiza mucho). La paz se había apoderado de mi terror y lo había pulverizado.

Todos nos habíamos convertido en un haz de luz.

viernes, 8 de agosto de 2014

"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por All Gore








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Josefa me esperaba a la entrada del emporio que se encontraba cerrado. Su rostro reflejaba una gran preocupación. Una vez al interior de su casa me comentó que había entablado una extraña conversación con un misterioso hombre en el velorio de su vecina. Describió al sujeto con ojos celestes y cabello cano le daban un aspecto fantasmal que se acentuaba por la voz grave y pausada. Utilizaba un sombrero de ala corta vistiendo de riguroso negro y sosteniendo en su mano un bastón tallado que terminaba en una horrenda figura. Le solicitó mi dirección para tratar un asunto que enfatizó ser de sumo cuidado. Josefa le sugirió asistir al funeral, en donde seguro podría encontrarme, evitando revelar mi domicilio temporal, intuyendo que mejor sería llevar a cabo la entrevista en algún espacio abierto y neutral. El hombre la observó un momento con una profundidad marina, cegadora, como si intentara escudriñar en sus pensamientos, Josefa dice haberse sentido abusada, algo se había introducido en su cuerpo, tal vez a través de los ojos, su menté se aflojó y un sopor casi la desarmaron frente a este hombre, que finalmente se despidió fríamente saliendo del velorio para unirse en la esquina a un segundo hombre de características similares, ellos se miraron sin decir nada y emprendieron un andar lento apoyando sus bastones, parecían estar sincronizados en sus movimientos, se perdieron al doblar por una esquina hacia el pueblo.
Intenté tranquilizar a Josefa mintiéndole, diciendo que, tal vez, se trataba de alguna trivialidad, de una información sin mucho asidero que dos personas seniles intentaban ofrecer, que esperaba que aparecieran en el cementerio y que dejara de preocuparse, por más que sus presentimientos le indicaran algo distinto. Más tarde, nos unimos al responso en dirección al cementerio, muchos vecinos estaban en la comitiva, centenares de personas que parecían tener más, un rostro de preocupación, que de pena o dolor ante la partida de la menor. Se trataba del suicidio 25 en menos de dos meses y nadie aún lograba desentrañar las razones por las que adultos, jóvenes y niños estaban tomando semejantes decisiones. Existía una especie de atmósfera de pesimismo instalada en el complejo habitacional Artreno, una depresión masiva y popular, algo que era imposible de explicar con argumentos racionales. Tal vez lo que los hombres de bastón me dijeran podría dar luces o encaminar mis averiguaciones. Esperaba ansioso verlos aparecer, recorrí el trayecto hasta el cementerio en vilo, imaginando el curso de una supuesta conversación, estaba seguro de que aquello no podía sino significar que ambos estaban relacionados con todo este misterio. Luego del ritual mortuorio, de toda la retórica de los discursos y del sentido llanto de familiares y amigos, se marcharon, dejando solo el cementerio, como debe ser el descanso de los muertos, en tranquilidad, una que sólo otorga la soledad. Le pedí a Josefa que se adelantara, que se fuera a su casa y que pensara bien en lo que le había sugerido, aquello de abandonar la villa y el pueblo.  Yo esperaría unos minutos más, debía hablar con ellos en ese preciso momento, para no continuar involucrándola en mis investigaciones. Un presentimiento me indicaba que se presentarían en cualquier momento, la frente y las manos me sudaban, entré en una especie de crisis nerviosa y debí sentarme en una lápida.

martes, 5 de agosto de 2014

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias

 Un 20 de agosto de 1890 nacía Howard Phillips Lovecraft, cuya obra ha influenciado de forma directa o indirecta a prácticamente toda la ficción contemporánea. Principalmente en el aspecto estético, pero de una forma más relevante a mi parecer, en la profundidad con que se aborda el terror desde una mirada personal, es decir, explorar los propios miedos, escarbar en la propia mente y sacar los demonios para enfrentarlos y compartir el trauma con el lector. No será el primero en utilizar este rito que para muchos puede ser un exorcismo, o bien una forma de liberar del subconsciente aquello que solo nos visitaba en sueños para que nos atormente en cada espacio que el diario vivir nos deja. Sí es uno de los autores que a fuerza de golpes logra forjar un estilo único para su época y que recién en el último cuarto del siglo XX es explorado masivamente en sus aspectos más filosóficos. El horror cósmico más allá del aspecto visual (donde en los años 80 en el cine tuvo su auge de la mano de directores como Stuart Gordon o John Carpenter), ha tocado una fibra que la comodidad de la fe en un más allá, en una prolongación mística de la vida, protegían: la inmensidad del cosmos, lo inconmensurable del tiempo se cae sobre nuestras cabezas aplastándonos mas no empequeñeciéndonos, si no que mostrándonos la realidad de nuestra diminuta existencia.
Esta faceta y por supuesto la querida galería de monstruos góticos e indescriptibles serán habitantes este mes del especial de Chile del Terror dedicado a la figura de El Sumo Sacerdote Ech Pi El, con textos e ilustraciones tanto de nuestro staff como de nuestros colaboradores más destacados.
Y no solo de Lovecraft viviremos este agosto, ya que además presentamos una nueva venta en verde de Austroarbórea Editores, esta vez proyectando re editar las obras de dos de nuestros escritores: Pablo Espinoza Bardi y su “Necrospectiva”, y Aldo Astete Cuadra y su “Mente Suicida y Otras Muertes”, ambos libros publicados originalmente por Cinosargo Ediciones, y que en esta nueva propuesta buscan asemejarse al formato que nos entregó “Chile del Terror – Una Antología Ilustrada” (de la cual quedan muy pocas copias), formando un corpus fantástico acorde a la línea de Austrobórea.
Así que están invitados a participar en esta preventa adquiriendo por un precio preferencial dos grandes trabajos de horror, además de pasada apoyando un proyecto independiente.

viernes, 23 de mayo de 2014

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Alex Olivares







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Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua,
hacia una meta que vislumbraba vagamente.
(El Sello de R’lyeh, August Derleth)

Me es difícil saber a ciencia cierta dónde me encuentro, todo me es ambiguo. Sólo tengo recuerdos vagos de una vida aparentemente inventada e ilusoria. Quizá sea el producto de un mal sueño, de los que son muy difíciles de despertar. Pero mi mente trae constantemente recuerdos repetitivos, de esos que te los llegas a creer y, sin embargo, resultan totalmente contradictorios a la hora de emitir un juicio o una respuesta sensata.
¿Otras vidas? Posiblemente.
El sueño involucionado comienza en una pequeña biblioteca, en la que me instruí en un primigenio-terror-fusionado tras ásperas y polvorientas páginas. Sin saber, me había iniciado en lo oculto y hermético, y en la literatura al mismo tiempo. En aquellas protervas lecturas envueltas en pasión epiléptica vi un libro que llamó mi atención… se trataba de un cuento de terror, de esos de nombre extraño. Su nombre; “La llamada de Cthulhu”. Pero más extraño aún y como un punzante dèjá vu, me resultaba el nombre de aquel demencial escritor: H.P Lovecraft.

martes, 4 de marzo de 2014

"El Espejo" por Paul Eric













Ilustración por Ana Oyanadel







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Mojó su rostro con agua fría. La nieve, que caía incesante allá afuera, ayudaba a que su cuerpo se entumeciera. John sintió como cada uno de los vellos de sus brazos se erizaban. Tomó entonces una de las muchas toallas que había en uno de los tantos tocadores de aquella mansión, y se la llevó a la cara. ¿Realmente iba a hacer lo que el señor Letter pedía? Sin darse cuenta, la toalla cayó pesada al suelo —fina baldosa de un gris oscuro, que parecía un gran diamante encerado—. Se puso de pie y vio su rostro en el espejo: parecía más demacrado que de costumbre. Más blanco que ayer, más frío que el mes anterior. Sus ojeras cansadas eran como la punta de dos cucharas derretidas. Los labios delgados estaban agrietados, rojos como la sangre de una inofensiva criatura recién nacida.

Tuvo esa sensación única de que alguien más lo miraba tras su reflejo. ¿Acaso era él mismo? «No importa» concluyó. Ya tenía puesto el delantal blanco y se acomodaba los guantes de goma. Suspiró, y se dirigió a la puerta, tras la cual esperaba Donald Letter.

Había otro hombre allí; el criado; quien había dedicado la mayor parte de su vida a los servicios del señor Letter —según había oído antes en las cercanías por los lugareños. La primera vez que había entrado a la mansión, hacía ya una semana, notó que el criado —siempre vestido de un traje de completo negro y corbatín— lo vigilaba con la mirada. No había conversación entre ellos dos salvo cuando John llegaba, en su Fleetwoon gris del cuarenta y uno: lo único que John realmente se había animado a comprar para él mismo. El resto era todo para su esposa Irene y su pequeño hijo, Johnny. Los colegas a veces le hacían bromas en el hospital sobre el antiguo Fleet. Pero él se sentía, en cierta forma, identificado con el coche, pues también tenía cuarenta y un años. 

Ahora que tenía a Donald Letter ante sus ojos, acostado en una camilla de patas de acero y soporte metálico, por alguna razón John recordó su coche. Lo imaginó en el inmenso jardín sin techo, aguantando cada uno de los gruesos copos de nieve cayéndole encima. Comparó la barba blanca de Letter con el paisaje de afuera. Era probable que no fuera, siquiera, parecida. La de su paciente resultaba aún más pálida; como la leche.

El doctor John Ridell inició el trayecto hacia el cuerpo del anciano, hacia la cirugía que había aceptado realizar, pese a que nunca antes algo como lo que estaba a punto de realizar había sido siquiera considerado por la medicina moderna.

viernes, 6 de septiembre de 2013

"El Ojo Oceánico" por Juan Mayor *

"Ojo Metálico" por Alex Olivares
*Relato ganador del concurso ¿Cómo sería el resurgimiento de R'lyeh?

Me arrepiento tanto de haber tomado la decisión de cruzar el Océano Pacífico en esa embarcación… Si no hubiera vivido todas esas atrocidades aquella noche, no dependería de este pequeño atisbo de cordura para dejar registro de lo que…presencié… Pero debo escribirlo, antes de que aquello me atrape nuevamente. Aquel pandemonio innombrable, con sus extensiones aceitosas y sus ventosas que me observan, impávidas, en la complicidad silenciosa de esta habitación…

Esa noche, en alta mar, había un silencio que nunca en la vida había sentido. Una quietud en la cual cualquier sonido involuntario retumbaba en el ambiente, como si estuviera entre dos grandes peñascos. Ni siquiera el eco que se producía ondeaba el agua, por lo que empecé a desorientarme con el ruido circundante y a cuestionarme al unísono si lo que estaba viviendo era un sueño. Lo que me causó mayor preocupación fue el hecho de que el agua despedía un hedor que…no, no puedo describir… Luego, sentí que un vapor - supongo que fue lo que produjo ese olor - hacía hervir el océano de una manera que se asemejaba a estar sobre una enorme masa gelatinosa. Al mirar hacia abajo, pude presenciar miles de ojos que parecían burbujas que estallaban y alteraban mis sentidos de forma espantosa. En ese vértigo, pude distinguir figuras geométricas ciclópeas, difíciles de concebir por una mente humana. Eran como pilares calcáreos de origen antiquísimo que sostenían algo que no pude descubrir al principio…pero que, poco a poco, asimilo cuando veo ciertas imágenes en mis episodios de locura… Siento que aquello quiere volver…seguiré lo más que pueda…


martes, 27 de agosto de 2013

"Yo Soy Arkham" Por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por Alex Olivares

El clamor de la gente hace vibrar las ventanas de mi habitación. Puedo sentir su odio atravesar la madera de las paredes y llegar hasta mi escritorio. Todo haría pensar que preferirían estar aprovechando los últimos momentos con sus seres queridos pero no: han elegido tomar al chivo expiatorio para aplacar su frustración ante el inminente fin del mundo.

Que esté escribiendo estas líneas puede parecer tan absurdo como la actitud de la multitud enardecida, pero la verdad, no tengo ser querido alguno a quien abrazar.  Soy el último de mi familia, un linaje de alta alcurnia que —debo reconocer con dolor— conmigo ha llegado a un triste fin. Lo único que me queda es la nutrida biblioteca de mi fallecido abuelo, y esta pila de manuscritos que me han llevado a mí y al resto del mundo a la perdición.

Tal vez se haya cruzado en su camino alguno de mis relatos, editados en cierta revista de ficciones más bien hipermasculinizadas, cuyas portadas difícilmente evocan mi prosa o la de mis compañeros y corresponsales de El Círculo. Las ilustraciones de esta publicación podrían sugerirle una cruza entre las aventuras de Julio Verne con La Venus de von Sacher-Masoch.

Sembrada la simiente de las ciencias de civilizaciones antiguas, su imaginería, su mitología, su cosmovisión en general, desde los libros empolvados compartidos con mi abuelo y que recibí como herencia; regado con los nuevos conocimientos de este siglo. Es esta iluminación la que aún deja un atisbo de mi ser en esta era. El resto de mi esencia pertenece al pasado, a los años que ya no volverán, pero que han hendido a la humanidad con sus delicados colmillos.

Mis inicios —debo admitir— fueron de una emulación ahora noto vergonzosa, de mis influencias más patentes. Poe, Dunsay, por supuesto Blackwood (caballero que dejó este mundo teniendo una gran opinión de mi obra), marcaban mi estilo, dando espacio a mis prejuicios de hombre de poco mundo con pretensión de lo contrario.

Fue en mis sueños, que para muchos serían horribles pesadillas, donde encontré la verdadera sabia de mis cuentos.

Visiones de mundos indescriptibles para el lenguaje humano. Seres —si es que cabe señalarlos con tal calificación— que desafían las leyes de la física y la cordura. Si quedase tiempo a la realidad, le invitaría a leer mis transcripciones de esas imágenes. Mas solo podré entregar este testimonio.

lunes, 26 de agosto de 2013

CONCURSO | ¿Cómo sería el resurgimiento de R'lyeh?

En el marco de nuestro homenaje a Howard Phillips Lovecraft, nos complace invitar a nuestros lectores a participar en el siguiente concurso:

La morada del gran Cthulhu, aquel que está muerto pero soñando, queda ubicada frente a nuestras costas (latitud 47º 9' S, longitud 126º 43' O, coordenadas establecidas por Lovecraft en "La Llamada de Cthulhu". Haremos caso omiso de los datos dados por Derleth.), por lo que tendríamos el dudoso privilegio de estar en primera fila ante el resurgimiento de la ciudad hundida.

En un relato de no más de seiscientas palabras, cuéntanos ¿Cómo sería el resurgimiento de R'lyeh?. Lo importante es que dejes que tu subconsciente libere aquella información atrofiada, que la verdad sobre Los Primigenios y Los Antiguos sea develada. Bueno, eso, y que tu texto sea publicado a más tardar el día jueves 29 de agosto del año en curso a las 14:00 hrs. (hora de Chile), como comentario en esta entrada.

¿Cuál es el premio?

viernes, 23 de agosto de 2013

Howard Phillips Lovecraft: Un tributo gráfico por Ana Oyanadel, Alex Olivares y All Gore

Ilustración por Alex Olivares

"Horror Cósmico". Ilustración por All Gore

Ilustración por Ana Oyanadel.

martes, 20 de agosto de 2013

"El Meteoro" Por Aldo Astete Cuadra

Ilustración por All Gore

Los habitantes observaban atónitos, cómo el cielo se iluminaba con diversos reflejos multicolores y sonidos perturbadores del orden de los truenos, pero con tonos musicales graves y desquiciados que parecían obedecer a cierta inteligencia maligna. Todos asistían al suceso, ensimismados. El causante de semejante espectáculo se presentaba como una bola de fuego incandescente que extendía una estela deforme y colorida a kilómetros de distancia.
Cercana ya la media noche, sintieron pavor al constatar que un meteoro se aproximaba al pueblo y que su caída parecía ser inminente. Sin embargo, una fuerza desconocida impedía que los presentes huyeran; nadie quería perderse detalle, un morbo suicida los detenía a pesar del miedo que se alojaba en sus interiores.
En un instante, la hipnosis pareció fluctuar y el temor trastocó las mentes de las mujeres que comenzaron a rezar Padre Nuestros y Ave Marías, mientras los niños chillaban como barracos, buscando el consuelo de los padres que se mantenían mirando hacia el cielo sin decidir moverse de sus lugares con el semblante ausente, indiferentes a las escandalosas manifestaciones de sus seres queridos.
Finalmente, el aerolito y su luminosidad inundaron la atmósfera del poblado y la bahía circundante, con un bochorno nauseabundo, acompañado de ráfagas de arena, echando por tierra algunas viejas edificaciones, así como a todas las personas que no estuvieran a buen resguardo, llevándose consigo animales pequeños y gran parte de los sembradíos y frutas que aún se encontraban en los árboles. Entre todo ese alboroto, sólo unos pocos fueron testigos privilegiados de cómo el meteoro se estrelló en un silencio inusitado hacia el norte del poblado, entre los frondosos bosques que se empinaban en los montes y que rodeaban el caserío erigido frente al mar. Lo extraño fue que no se percibió explosión alguna, ni se sintió movimiento telúrico, o sonido de impacto, más bien parecía que el meteoro había aterrizado.
Mientras los pobladores, aún atónitos y reponiéndose de las magulladuras, comentaban lo sorprendente de no haber sentido una explosión, oyeron la voz desgarrada de uno de los jóvenes que pedía que voltearan para mirar a través de una nube de polvo que levitaba en el ambiente y hacía dificultosa la respiración. En el horizonte, cortado por un cielo demasiado brillante aún, se elevaba un inmenso hongo a varios cientos de metros para dispersarse, en forma de viento húmedo, cayendo con el estrépito de una ruma de troncos y golpeando nuevamente al pueblo, provocando severos daños materiales que, a esas alturas, quedaban en un segundo plano, ante la providencial escapada.

jueves, 4 de octubre de 2012

"La Iniciación" por Pablo Espinoza Bardi


'Neonomicon' - Alan Moore & Jacen Burrows
También puedes escuchar en formato audio cuento aquí.   


Cada noche veo aquella Torre ubicada en las ruinas de un templo, rodeado de dunas y colinas al norte de Kadath. Las sensaciones corpóreas que experimento en aquellas perseverantes sesiones nocturnas me convencen cada vez más de la monstruosa realidad de mis sueños. En un principio me sentía aterrado, pues las enormes criaturas que se mueven en esta realidad se asemejan a horrores recordados de una época anterior. Cada vez me es más difícil volver. Cada vez que despierto algo de mí en queda en ese lugar...  y algo mucho peor sale.

“El Vademécum negro de Absu”
 Ex Libris, Cornelius Ormus (1606).



     El retorno al hogar siempre está lleno de recuerdos de todo tipo; recuerdos buenos y otros no tanto. En mi caso me inclino por el segundo. Mi familia siempre ha sido muy estricta, y sobre todas las cosas fanático-religiosa, motivo por el cual mi crianza fue distinta a la de los demás niños, nunca pasé una navidad normal y nunca recibí un abrazo cálido por parte de mis padres... de hecho no me dejaban siquiera salir de la casona. En el caso de la educación, esta corría por parte de unos monstruosos tutores (dos asignados por familia) que solo hablaban de la palabra de nuestro Señor, y todo lo que se saliera de esa palabra era condenable y pecaminoso: “Haz todo lo que se antoje, mientras sea la voluntad de la palabra...”. La verdad esta frase decía mucho y poco a la vez. Ese “todo lo que se antoje” se limitaba tan sólo a unas leyes establecidas por esta secta cristiana, que según ellos tenía procedencia divina. Los tutores influyeron en la triste decisión de trasladarme y alejarme lo antes posible, ya que estaba influyendo de manera negativa en la ascensión espiritual de mis padres. Incluso me llamaron Leviatán ¡A un niño de sólo once años de edad!
        
    El motivo de mi llegada se debe a la enfermedad de mi padre, la cual lo tiene postrado, el doctor me ha dicho que su muerte es inminente... sólo es cuestión de días. Por desgracia mi madre me ha estado evitando desde que llegué, quizás por vergüenza y por miedo a que le reproche todo.
        
    Los recuerdos empiezan a florecer de a poco en mi mente mientras recorro los jardines de la enorme casa situada en las afueras de Providence, Rhode Island. Recuerdo perfectamente cuando niño, a la edad de seis años, la llegada de esta secta de fanáticos cristianos. Se presentaron como los portadores de la palabra de Cristo y los precursores del nuevo Eón. Sus imponentes templos se extendían por todo Massachusetts como viles langostas en una plantación, sacando dinero a los fieles y para prepararlos en la Ascensión final. Los “Tutores de la Palabra” tenían la misión de asesorar a las familias, imponiéndoles el nuevo estilo de vida bajo los dogmas de la secta. En realidad, se encargaban de lavar el cerebro y recaudar fondos.