Mostrando entradas con la etiqueta Visceral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Visceral. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de octubre de 2015

"La asunción del Dios–Carne / O la balada de Norman González" por Pablo Espinoza Bardi














Ilustración por Visceral.













¿Qué es uno menos?
¿Qué significa una persona menos en la faz del planeta?

Ted Bundy

Para mí, un cadáver tiene una belleza y una dignidad que ningún cuerpo
con vida puede alcanzar jamás. Hay una calma en la muerte que me tranquiliza.

John R. Christie


Uno de los retorcidos pasatiempos de Norman González, consistía en coleccionar animales muertos. Los metía en un costal y se los llevaba para su casa. En aquel tiempo su madre tenía algunos meses de fallecida y su padre había desaparecido en misteriosas circunstancias en un período similar de tiempo.

Su figura lánguida y miserable no pasaba desapercibida para la gente del barrio; de hecho, molestaba a la mayoría cuando éste se paseaba con cierto aire de grandeza por el lugar… hurgando en la basura y, a veces, comiendo de ella.
En una ocasión, a las afueras del mercado, se ganaría el total descontento de la comunidad. Norman le hablaba a un perro que estaba totalmente agusanado, posiblemente arrollado por algún vehículo en la carretera. De rodillas frente a él, amontonaba y hurgueteaba las vísceras que estaban regadas en el camino. Norman hablaba con la propiedad digna de un extraviado mental, frente a la perturbada y asqueada mirada de los transeúntes.

A veces (y sólo a veces) me detengo frente al cadáver de un perro / o de cualquier otro animal / pero me inclino por los perros / pues sus interiores siguen siendo jugosos después de días / a diferencia de un animal pequeño / entonces a veces (y sólo a veces) introduzco mis manos abriendo a la fuerza el estómago henchido / y remuevo las tripas y la sangre coagulada y los gusanos / y a veces (y sólo a veces) me llevo las manos empapadas a mi cara / y termino impregnado de sus caldos / y las pulgas saltan hacia mí enloquecidas y succionan mi sangre con fuerza ya que la sangre muerta no los satisface / entonces a veces (y sólo a veces) la gente piensa que mis actos tienen un fin de tipo sexual / pero yo me río señores claro que sí yo me río / pues para mí tiene un trasfondo superior / pues para mí es tan sólo “asimilación”.

Su padre pertenecía a una pequeña congregación religiosa de la cual fue uno de sus pastores. Lo expulsaron cuando su adicción al alcohol se hizo notoria e irreversible. Su esposa era la que más sufría. Si bien reflejaba un cierto retraso mental, ésta guardaba con profundo silencio los años de abusos físicos y psicológicos cometidos por su marido; incluso se decía que éste abusaba sexualmente del pequeño Norman frente a sus ojos.

martes, 31 de marzo de 2015

"Yeshua Non Grato" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Visceral.














Padre no me dijo cómo regresaría.

Tampoco me lo dijo cuando morí, ni cuando regresé por primera vez.

El descenso fue doloroso, peor que clavos en las palmas desgarrando los tendones,  único soporte del peso de todo tu cuerpo.

El aire es veneno, un gas hiriente que castiga mi renacida respiración, como fuego que entra por la garganta, como hielo que congela las fosas nasales.

Recogí ropa tirada en la basura, los harapos hacen que la gente me mire con recelo. Me acerco para hacer una simple pregunta pero todos se alejan, hasta que al fin uno responde de mala gana, indicando con una mano un inmenso edificio y con la otra tapa su nariz. Lo que hay en la cima de la torre dominando la ciudad me da escalofríos.

Una cruz.

martes, 3 de febrero de 2015

"Hoy, nada puede fallar" por Pablo Espinoza Bardi




“My semen is bleeding, 
the smell of decay"

I cum blood  – Cannibal Corpse



El sujeto se encuentra parado frente a la ventana del último piso, restregando su asquerosa verga contra el vidrio. Él está en la cima, on the top… intocable e invisible.    
Abajo, en la calle, transitan madres e hijos, padres y ancianos, todos haciendo una vida normal. Son como insectos –piensa apoyado en la ventana– o más bien como tiernos corderos dispuestos a ser sacrificados por un goce superior 

Entonces ve a un grupo de niños jugar a la "escondida" en el parque y eso lo llena de ternura. Se escupe la mano y fricciona su verga con más fuerza. Su entrepierna se pone rojiza y hiede a lo que guarda en el closet hace semanas, en tanto que unos piececitos que se asoman bajo la cama dan sus últimos estertores. 

Finalmente descarga su chorro hacia la ventana y al mundo. 
El hedor de su vicio inunda nuevamente la habitación. 

Pero todo está bien, la vida le sonríe. El estanque lo tiene lleno y la revisión técnica al día. El pinito olor–naranja es perfecto para tapar ciertos aromas y eso lo hace feliz, al igual que los peluches de plaza sésamo que adornan su furgón. ¡A ellos les encanta! –dice satisfecho– Hoy, nada puede fallar.

martes, 27 de enero de 2015

“En los dominios de la Serpiente” por Sergio Fritz Roa













Bosquejo de ilustración por Visceral.










1.-
KURT KEISSELL

Kurt Keissell es un nombre perdido dentro de la historia del mundo. Perdido, como el de tantos millones que se amontonan en esa niebla voraz que llamamos tiempo. La memoria es algo frágil y cruel. Al igual que en una lotería, los premiados son pocos. Y Keissell fue devorado por el olvido... hasta ahora, que deseo rescatar su valentía y hablar sobre su extraño caso, del cual el destino me hizo partícipe.

Vivió en una extrema soledad, unido a pocas cosas: libros de arqueología, recortes de diarios, ensayos sobre mitologías variadas. Como Charles Fort, fue un asombrado compilador de conocimientos arcanos y prohibidos.

Lo conocí en la Biblioteca Nacional. En aquella época ya trabajaba como bibliotecario, haciendo un reemplazo. Debido a la cortesía y puntualidad en mi llegada, postulé con éxito a un puesto fijo; siendo destinado a la sección de Historia. En esa sala pude ver cómo dos o tres veces a la semana un personaje rubio, de tamaño alto, ojos claros refugiados en unos lentes de gruesos marcos y voz cavernosa, solicitaba libros relacionados con un solo tema: la serpiente en las culturas y religiones. Recuerdo haberle entregado libros, revistas y separatas vinculadas con el culto a la serpiente, los dioses Nagas y aspectos de la mitología chilota y mapuche referentes a las serpientes Caicai Vilú y Trengtreng Vilú.

Debido a lo inusual de su búsqueda, he de confesar que no hallaba el momento de entablar conversación con este caballero misterioso.

Una mañana en que la sala estaba prácticamente vacía, decidí abordarlo. Como suele ocurrir cuando se desea conocer a alguien, partí con palabras nada profundas, comentando la ausencia de lectores en el establecimiento aquel día. Al ver que ello no generaba más reacción que la de una simple afirmación, decidí atacar con mayor precisión; y, con la excusa de que tenía material sobre su interés (esto era cierto, aunque el texto no era de la institución sino mío, hallándose en mi hogar; libro que, por lo demás, trataba sobre aspectos mágicos y no propiamente folclóricos), pude entablar una conversación más libre y generosa, aunque todavía insuficiente. El nexo se había logrado, y, cada vez que pedía un texto, me saludaba con amabilidad para luego intercambiar algunas expresiones que iban más allá de lo bueno o malo del clima. Con el tiempo se generó una complicidad entre ambos; y, un jueves, a poco de terminar la jornada laboral, me preguntó si sería tan amable de acompañarlo a su hogar a fin de conocer el objeto de su investigación.

Aun cuando me sorprendió dicha invitación, era lo que había esperado. Envié un mensaje al email de un amigo, cancelando una reunión acordada para el atardecer con antiguos compañeros del liceo; y me puse la chaqueta, para dirigirme con Keissell al exterior.

El hogar de mi nuevo amigo se encontraba en el centro de Santiago, a pocas cuadras de la biblioteca. Era un departamento bastante ordenado y repleto de libros en estanterías que cubrían casi todas las paredes. Los textos, pude ver, se referían a mitología, religiones comparadas, arqueología y ciencias ocultas.

Me sirvió un café y unas galletas.

Mientras transcurrían las horas y la noche empezaba a extender su imperio, yo veía como Keissell se transformaba en un ser apasionado, que hablaba sobre amenazas extraterrestres, cultos proscritos y un futuro ominoso para la humanidad.

Su voz se elevaba, tomaba el cigarro nervioso y miraba desde el balcón hacia la noche como extasiado. Parecía un profeta loco, el mensajero de una secta o quizá un científico rechazado por la academia que anhelaba una venganza intelectual.

Quien viese y escuchase a Keissell esa noche, podría haber pensado que debido a su soledad, aquél estaba alejándose de la realidad y la sensatez, viviendo en un nerviosismo extremo, enfermizo. Y, sin embargo, su sinceridad era evidente (o al menos, a mí me pareció), como la lógica de sus argumentos, que, por extraños que pudieran ser, no dejaba de acompañarlos con pruebas, citas, y silogismos.

Señaló que el interés por las serpientes radicaba en la existencia de un culto primigenio en donde los ofidios eran el símbolo de una monstruosidad que acechaba en el tiempo a la raza humana. A través de distintas formas, los adoradores de la serpiente intentaban hacer renacer su credo y extenderlo al globo. Los ritos siempre eran brutales y sangrientos. En el fondo, anhelaban el caos, lo que sería propicio para el despertar de seres abominables, tales como hombres-serpientes, hombres-peces (“dagones” y “profundos” los llamaba), y hombres-alados (entre los que había piuchenes, vampiros, etc). Pero, existían más horrores, y los anteriores no eran sino solo los servidores que estaban en un estadio intermedio de poder. Los dioses en realidad eran otros: les llamaba los Antiguos, y eran serpientes gigantes, seres idiotas de grandes poderes y bestias tentaculares, entre otros. Todo ello me recordó al escritor de ficción de horror Howard Phillips Lovecraft y su mundo repleto de criaturas del mal. En efecto, me respondió, Keissell, Lovecraft había vislumbrado, “intuido”, desde la literatura tales seres; pero, la mitología de casi todos los pueblos ya era suficiente expresiva. Señaló que algunos ocultistas como Kenneth Grant vieron esta relación entre serpientes y Antiguos “lovecraftianos”; y que él había seguido la pista de estos investigadores. Es más, me señaló que antes de morir Grant le dio una carpeta inédita con sus investigaciones, de las cuales él era heredero.

El amor por la mitología le había permitido a Keissell descubrir la importancia de América en el culto a la serpiente. No por nada Quetzacóatl y Kukulkan eran serpientes emplumadas veneradas en el viejo México. Kukulkan recordaba al nombre Kutulu (¡el Cthulhu de Lovecraft!). La cultura de San Agustín, en Colombia, también había representado su adoración a la serpiente en esculturas. El pueblo Chan Chan en Perú, hizo algo parecido en sus edificios. Otro caso era el pueblo cañari (“hijos de la serpiente”), que fueron adoradores del ofidio, y que según ciertas leyendas el fundador de ese pueblo antes de desaparecer se transformó en una serpiente, sumergiéndose en un lago. Pero, América lo había proveído de una fuente que le permitía ampliar sus estudios: la creencia chilota como mapuche en un conflicto ocurrido ab origine entre dos serpientes: Caicai Vilú y Trengtreng Vilú. Esta dualidad representada entre la serpiente de agua (Caicai Vilú) y otra de tierra (Trengtreng Vilú) no era otra cosa que la eterna lucha entre bien y mal. Aunque Caicai Vilú fue derrotada, sin embargo su culto se habría mantenido por milenios, aunque en las sombras. Y era especialmente en la zona donde se libró la gran batalla, en la zona comprendida de Araucanía a Chiloé, al sur de Chile, donde se estaban realizando ciertos actos que según Keissell tenían relación directa con el renacer y recrudecimiento del culto antiguo...

Ello era lo que le obligaba a ir al sur chileno, primero a Chiloé y luego a un lugar de la costa de Araucanía llamado Nehuentúe, pues un conocido mapuche de la capital le había hablado sobre una machi de esa localidad que a ciertos lonkos le había advertido sobre la existencia de kalkus (brujos) que estaban intentando hacer volver a la serpiente Caicai Vilú.

Deseaba detenerlos, pues de lo contrario la humanidad peligraba.

martes, 20 de enero de 2015

"Made In" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Visceral.








   La anciana se movía de forma descontrolada. A ratos gemía, a ratos lanzaba fuertes alaridos, y luego hablaba en un distorsionado dialecto. Aquella noche se despertaron todos los del bloque. El esposo lloraba y golpeaba con impotencia la muralla del pasillo. Una señora del 34B se puso a rezar a la virgen santísima y un señor del final del pasillo el padre nuestro, pues aseguraba que esos espasmos eran producto de una posesión demoníaca. El conserje llamaba a la calma y, de paso, amenazaba con llamar a la policía o a un centinela si continuaban con aquellos rituales paganos de protección, pues desde que arribó a la tierra el “Bel-tha-ûr”, la colosal nave que demostró por fin a qué “imagen y semejanza” estábamos hechos, las religiones o cualquier acto de adoración conocido a la fecha fueron tratados como crímenes. Así era la ley. Lo más seguro, es que la anciana haya rechazado los órganos de proyección de vida (cosa común en los jubilados del sector de la periferia), ya que la mayoría eran hechos en indonesia o la india, sin las normas de calidad imperantes en el sistema… no son cosas del diablo, sólo es producto de la falta de información, o simplemente, por ahorrar unos cuantos pesos.

martes, 13 de enero de 2015

"La Española" capítulo V (final) por Diego Escobedo

Ilustración por Visceral




Villarroel ordenó desencallar el barco del roquerío, y dirigió la embarcación a enfrentarse directamente con el buque que los acechaba. 


Ambas naves se bombardearon recíprocamente, pero ninguna retrocedió. El combate de ultratumba llegó a su máximo clímax cuando el buque fantasma consiguió arrimarse al galeón español. En tropa abordaron zombies del tipo Grand Noir, vestidos con uniformes franceses. Entre ellos, era posible distinguir a ex uniformados bonapartistas, transfigurados en muertos vivientes. Saltaban y se colgaban de cuerdas y de mástiles como primates, babeantes, y enardecidos. Los soldados españoles se vieron en poco tiempo rodeados por un enemigo superior en fuerza y en número. 

Le chocó bastante a los grumetes ver el contraste entre el noble uniforme, rojo y azul, con el ser oscuro y fiero que lo portaba. Saltaban como ratas de un mástil al otro, y caían como leonas, sin piedad alguna, contra los españoles, quienes se defendían con todo lo que tenían de espadas, revólveres y cañones. Así y todo, la cubierta se cubrió de sangre, en una grotesca y sádica carnicería. Muchos Grand Noir agregaban al altivo sombrero francés, un collar de orejas y narices, y otros los intestinos de sus víctimas, delineando una imagen de lo más surrealista y fatídica. Cabezas, balas, corazones y lanzas volaban de un lado a otro, en un revoltijo irreconciliable.

Carbacho luchó de forma incansable con docenas de ellos, defendiendo la entrada al compartimiento de las municiones, una puerta sellada a la que se llegaba por una escalera que bajaba desde la cubierta. Terminó con un pie dislocado, un ojo morado, el labio sangrando y la mano izquierda inutilizada por el combate, así y todo siguió peleando a punta de sablazos contra los monstruos. En un arrebato de ira, los zombies se arrojaron contra su cuerpo, y del impacto rompieron la puerta de madera. En el breve instante en que hombre y monstruo yacían en el piso entre las maderas rotas, Carbacho sacó un cuchillo de su bolsillo y degolló al zombie. Tras él, dos criaturas más se aprestaban a devorarlo, pero fueron inutilizadas por dos certeros balazos del capitán, desde el fondo de la habitación.

jueves, 25 de diciembre de 2014

"No Navidad" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Visceral.








Al principio, no sabía qué creer, sin embargo, sí entendía que las muertes de niños se sucedían cada año en navidad. Como si de un sacrificio tácito entre la comunidad y Santa Claus se tratara. En este pueblo la navidad era cosa de cuidado, no se dejaba de celebrar (una celebración como esta es capaz de sobrevivir a cualquier dificultad), simplemente se tomaban los resguardos, nadie hacía alarde de su celebración, era a puertas cerradas, ningún niño salía de casa en víspera o el día de navidad, nadie hacía ostentación de sus regalos, si es que los había. Quienes no cumplieran con aquel resguardo debían asumir las consecuencias.
No se trataba de una dulce navidad, ya me lo habían hecho saber a medida que conocía personas y la fecha se acercaba, también me sugirieron tener encendida la estufa en víspera, independiente del calor que en diciembre se instala en estos parajes. «Con fuego evitas que uno de los accesos, tal vez el principal, esté libre, tampoco abras las ventanas, menos la puerta si es que alguien golpea. No salgas de tu casa bajo ninguna circunstancia. Y sobre todo cuida de tus hijos, ellos son las principales víctimas, las que sucumben ante la navidad, y en este caso, ante el Viejo Pascuero, y esto último es literal»
Lo primero que oí sobre Santa en el pueblo es que en él le habían dado muerte, que ese hecho aconteció hacía ya 30 años, pero que desde que la animita que recordaba el lugar en que dejaron el cuerpo apuñalado y golpeado del Viejo Pascuero fue destruida y lanzada en pedazos al zanjón unos meses después de su muerte, nunca más la navidad fue una fecha para celebrar abiertamente. La Misa del Gallo se realizaba sólo con ancianos que ya no temían morir, pues la muerte les rondaba. Se pedía porque el flagelo de Santa Claus terminara, pedían perdón por haber profanado su sagrado espacio de recuerdo. Ahora, en ese mismo lugar una decena de animitas conmemoran el hecho original, algunas tienen devotos seguidores foráneos al pueblo que afirman haber obtenido milagros de Santa, milagros que se producen en navidad, en una «No Navidad» para nuestros vecinos..
Mi hija venía insistiendo en celebrar la navidad, en tener árbol y regalos, antes de mudarnos habíamos quedado en que esta sería una con más regalos que la anterior, si es que se portaba bien, ella creía en Papá Noel como le dicen en los dibujos animados, nosotros no hacíamos nada por desalentarla o incentivarla, creíamos junto a mi esposa, que debía seguir su propio proceso, así como con otras creencias.
En víspera estuvimos algo aislados por culpa de la varicela que atacó a mis dos hijos, así que las bajadas al pueblo eran netamente prácticas, nada de vida social o esparcimiento, en el campo lo teníamos todo. Estábamos pasando por un dulce momento familiar, pese a la enfermedad, pues al cuidarnos mutuamente nos habíamos unido como nunca antes. Por lo que olvidé por completo lo de la maldición navideña en que el pueblo se sumía, nunca tomé en serio lo que decían.


martes, 2 de diciembre de 2014

"La Española" capítulo III, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.












Caída la noche, el capitán, el padre, Carbacho y el Doctor Pérez se reunieron en el camarote del primero.
—Es como una pesadilla. Una terrible pesadilla— meditó el capitán, con su mano sana en su barbilla.
—Aún no puedo creer que tengamos un zombie en el barco— dijo Carbacho.
—¿Cómo se ha portado Núñez?— preguntó Villarroel.
—Desde que lo encadenaron ha gritado como loco— contestó el primer oficial— nadie ha vuelto a bajar, pero se escucha desde la cubierta. Ya no habla con su voz, ni siquiera habla en lengua de cristianos, capitán.
—¿Y Grenouille, no ha dicho nada más?
—Según me dijo, las transformaciones son rápidas— respondió Pérez—, y antes de la medianoche Núñez será una de esas criaturas que tanto teme.
—¿Y su salud, qué me dice, doctor?
—Ese hombre es todo un caso. Nunca antes había visto a alguien con tanto pánico y ansiedad, capitán. Vivirá, pero yo diría que los nervios terminarán por matarlo. Aún no me explicó como sobrevivía en esas condiciones en la cueva. Muchas de las conchas que le extraje de la piel, actuaban como costras. Incluso encontré sanguijuelas y mariscos, que nunca antes había visto, en su cuerpo. Es todo tan increíble. Ni sabemos cuánto tiempo estuvo allí…
Claramente todo esto es una prueba de Fe— opinó el padre— el señor nos ha enviado al purgatorio mismo, donde deambulan estos seres que no están ni vivos ni muertos. Es aquí donde tenemos que ser más fuertes que nunca.
—¿Qué sugiere usted, padre?— preguntó Carbacho.
—Lo he pensado mucho. Mi mayor temor es que estemos ante el mismísimo Apocalipsis— afirmó, con biblia en mano, consultando uno de los últimos evangelios— el libro de la Revelación es bastante explícito: “Los muertos se levantarán de sus tumbas…” yo en lo personal, no creo que ésta sea tal catástrofe. Pareciera ser más bien un artificio del demonio. Y aunque fuera el Apocalipsis, aún podemos salvarnos por medio de la Fe, así como aún podemos salvar a Núñez.
—¿Qué insinúa, padre?— preguntó el capitán.
—Tenemos que sacarle el demonio del cuerpo a Núñez, y creo saber cómo…
Nadie entre los cuatro se atrevió a pronunciar la palabra, pero Villarroel reaccionó antes de que se explayara en su idea.
—No, padre. Es una locura.
—Es la única alternativa.
—¡No funcionará! Ni usted ni yo sabemos cómo se hace.
—No, pero cuando estuve en Roma, hablé con sacerdotes que sí lo habían hecho. Jamás lo he intentado, pero tengo una noción de cómo se hace.
—Si me lo permiten, caballeros— intervino el doctor— yo creo que debemos buscar una solución científica para este problema. Este hombre experimenta una enfermedad, con síntomas similares a los de la rabia, si tan sólo pudiéramos llevarlo a España…
—¡Está usted loco, doctor!— vociferó el capitán— tenemos que destruir a este maldito, antes de que nos destruya a nosotros. Ya escuchó a Grenouille, balas y sables, son la única solución.
—Caballeros, por favor cálmense— dijo Carbacho— escuchen, el capitán tiene razón. Las cadenas no resistirán mucho tiempo. Esta criatura tiene una fuerza sobre humana. No hay forma de llevarlo a España. Lo que sea que decidamos hacer, tiene que ser pronto.
Tras una larga pausa, finalmente el padre dijo:
—Capitán, sólo le estoy pidiendo una oportunidad, si mi idea no funciona, le doy permiso para que ejecute a ese infeliz. Y usted, doctor, tendrá que contentarse con estudiar los restos. Pero por favor, sólo le pido que tenga fe…
Contemplando la isla por una ventanilla en la pared, y con una angustiada expresión en el rostro, el capitán meditó unos instantes antes de dar su aprobación.


viernes, 28 de noviembre de 2014

"El mal negocio" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Visceral.













Aquel día Sergio debía aguardar en Ancud a que lo recogieran en el auto para continuar viaje hasta Valdivia. Estuvo un buen tiempo recorriendo las angostas y monótonas calles hasta que decidió esperar en un café. El tiempo ahí transcurrió igual de lento, pero se entretuvo al menos, con unos libros que habían sobre el mesón y con música que emergía de una radio local.

Aún restaba una hora de espera, cuando las transmisiones se vieron interrumpidas con un informe de último minuto: se había diagnosticado a una serie de personas con un tipo de rabia hasta el momento desconocida, todos en Quellón. La noticia además agregaba que hasta ahora los médicos del hospital quellonino estaban enviando muestras a Santiago para establecer qué clase de infección era y el grado de contagio que esta tendría. Por el momento los pacientes estaban estables y en su mayoría se trataba de adolescentes y jóvenes.

Se preocupó, no sabía nada de su novia y sus amigos, debían llegar en cualquier momento a la Plaza de Armas a recogerlo. Pagó la cuenta y desandó las calles hasta el lugar de encuentro. No debió esperar demasiado. Tras saludar notó un poco tenso el ambiente. De parte de su novia, nada, pero de sus amigos, podría decirse que había un telón invisible entre ellos separándolos, aunque ambos fingieron estar bien y alegrarse al verlo, un gesto de Viviana le fue suficiente para no realizar preguntas. 

Lorenzo arrancó el vehículo y se fue en dirección de la costanera, enfilando hacia el camino que conduce hacia la playa de Lechagua.  

—¿Imagino Sergio, que a ti no te importará que me desvíe unos minutos para hacer un negocio no? —preguntó con tono sarcástico Lorenzo.

—Pues claro que no —respondió Sergio—, minutos más, minutos menos no harán demasiada diferencia, una vez salgamos de la isla y estemos en la autopista, además así aprovechamos de conocer un poco…

—A mí sí me molesta —dijo Franca—, se supone que debemos estar antes de las 8 de la mañana en Chillán y aún queda mucho por conducir, para mí cada minuto cuenta, sobre todo cuando conduce uno de noche…

—Pero mi amor, si no voy a demorar nada, Denis me dio un buen dato, no nos demoraremos nada. Llegamos, compramos y nos vamos enseguida, nadie se bajará a turistear, ¿cierto muchachos?

—Claro que nadie bajará, pero entiendo a Franca, Lorenzo. Ella está nerviosa pues nunca ha manejado distancias tan largas y además de noche… —Dijo Viviana utilizando aquello que llaman empatía femenina.

—Pero si yo manejaré, cuál es el problema…

—El problema es que anoche saliste a beber y no has dormido lo suficiente, te dará sueño y yo tendré que manejar y no conozco bien el camino.

—Despreocúpate mujer… ya verás cómo este negocio me dará energías y sí que me quede dormido te preocupa, pues atravesando el canal manejas tú y yo duermo hasta que nuestros amigos se bajen en Valdivia, y de ahí en adelante sigo descansado y feliz de ir con una durmiente tan bella como tú.

La situación mientras más se discutiera, más compleja se tornaría, él ya lo sabía, conocía perfectamente a Franca y sus exageraciones no siempre justificadas, al menos no para él. Así que decidió desviar el tema.

martes, 25 de noviembre de 2014

"La Española" capítulo II, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.









Completamente rodeados, con los muertos acercándose a paso lento, los ojos clavados en los intrusos y el monstruo rugiendo furiosamente tras ellos, los españoles se sintieron totalmente acorralados.
La criatura aún exhibía el agujero que atravesaba su pecho, a la altura del corazón. Pegó otro inhumano alarido y los muertos retrocedieron. Un par de ellos ya estaban forcejeando con los dos grumetes en pie, pero estos los soltaron rápidamente ante el bestial alarido. Claramente seguían las órdenes de ese monstruo y éste quería su presa para él sólo.
Se acercó lentamente, riendo y babeando. Los españoles retrocedían, sin poder creer lo que veían. El capitán se percató de que la criatura no sólo jugaba con ellos: si se movía lento era porque aún cojeaba de su pierna izquierda. Los sablazos que le profirió no habían sido en vano.
Observó con cautela a su alrededor. Era un hombre de armas y sabía sacarle provecho estratégico a su entorno, aún en las peores condiciones. Fraguó en su cabeza una posible salida, su única esperanza. “Cuando de la orden, saltarán lejos” le susurró a sus hombres. Siguió retrocediendo con los demás. Los muertos le hacían espacio a la presa del monstruo. Se ubicaron en círculo, en torno a lo que iba a ser un auténtico circo romano. Ya estaban prácticamente al centro del hall, justo lo que necesitaba el capitán, cuando el monstruo pegó un salto de jaguar en dirección a sus víctimas.
    ¡¡Ya!! gritó el capitán.
En un solo movimiento sacó el revólver y disparó a la cadena que sostenía el enorme candelabro en el techo. Saltó a su derecha junto con dos de sus hombres, mientras que el padre saltó a su izquierda. Cuando el monstruo volvió a tocar el piso, una araña de candelabros lo aplastó, levantó todo el polvo de la sala y rompió las tablas del piso a su paso.
A los hombres les tomó unos instantes reorientarse. El polvo demoró en disiparse, pero el monstruo no dejó de emitir alaridos. Cuando recuperaron la visión, lo distinguieron claramente retorciéndose entre los escombros. El capitán se incorporó rápidamente y dio la orden de disparar. Él y los otros dos grumetes dispararon todo su arsenal contra el monstruo apresado hasta agotar sus balas. Cuando Villarroel comprobó que el gatillo ya no disparaba nada, tiro el revólver al piso y desenvainó nuevamente su espada. Se acercó decidido al monstruo. Su rostro estaba aún más deforme por la rabia y las heridas proferidas, y se tensó aún más cuando el Capitán Villarroel le amputó su brazo izquierdo.
Hecho el corte, el monstruo estalló en ira y rompió todos los fierros del candelabro que lo apresaban. Con su brazo bueno golpeó de forma tan poderosa al capitán contra su vientre que lo lanzó varios metros contra la pared izquierda de la sala. Villarroel cayó contra un mueble cubierto por sábanas (ese resultó ser un auténtico mueble). El impacto lo desmoronó, desparramando su contenido: platos rotos, copas, botellas vacías, pequeñas bolsas selladas, biblias y cruces de distintos tamaños.
El monstruo se dirigió tambaleando, pero aún jadeante y furioso, sobre el capitán Villarroel. De su brazo amputado no brotaba sangre, sino que goteaba un líquido verdoso, espeso y de olor inmundo. Con la mano derecha agarró al aturdido capitán por el cuello. Sin ninguna dificultad, lo sostuvo a veinte centímetros del piso. El capitán pataleaba y luchaba por respirar, mientras que el monstruo lo sostenía con su brazo firme y decidido. Lo sopesaba, contemplaba a ese pequeño e indefenso mortal. Despidió una risa maliciosa, y luego abrió sus fauces de par en par, acercando sus colmillos al cuello del capitán.
La bestia se detuvo en seco, repentinamente. Sus ojos oscuros parecía que se habían nublado. Soltó al capitán, quien cayó rendido al piso, recuperando el aire. Miró hacia arriba: el agujero del corazón de la bestia había sido atravesado por una especie de estaca. Se puso de rodillas, y cayó rendido contra el piso.
Villarroel se alejó para que el monstruo no se desplomara sobre él. Entonces pudo ver quién estaba detrás: el padre San Juan. Sobre la espalda de la criatura se erguía, cual bandera, una gruesa cruz cristiana, de medio metro de alto. La estocada que le acertó el religioso resultó ser el golpe de gracia definitivo. Nunca supieron si fue debido al poder de Dios que representaba, o a que el corazón de esas criaturas aún latía como órgano de mortal. Nadie sabía.
    ¿Está bien?- preguntó el padre San Juan al capitán, al tiempo que le ofrecía su mano.
Respondió afirmativamente con la cabeza, y dejó que el padre lo ayudara a levantarse. Los españoles se reagruparon, al mismo tiempo que los muertos vivientes retomaban la iniciativa. Aún con la adrenalina en sus venas, el capitán agarró un fierro del candelabro y no titubeó en comprobar lo fácil que era repeler a los reanimados golpeándolos con un objeto contundente. Cargaron a Núñez (quién habían dejado olvidado en el piso en medio de la confusión, por fortuna los muertos no se le acercaron), rompieron uno de los cristales, y salieron de ese endemoniado edificio.
Trotando suavemente regresaron a la playa. En el camino, Villarroel trató de mantener la calma entre sus hombres, pero fue difícil: los escombros que hace sólo unos minutos estuviesen inertes ahora se movían. De los rincones más inverosímiles brotaban torpemente más cuerpos putrefactos reanimados. Del piso surgían manos amputadas que se agarraban a las piernas de los marineros; incluso vislumbraron un esqueleto sin piernas que reptaba sobre una masa de apéndices e intestinos que brotaba de su tórax, arrastrándose a duras penas con sus huesudos brazos.
Era un ambiente surreal. Equiparable a los peores relatos del infierno que les contaran en la iglesia. Afortunadamente todas esas criaturas eran igual de lentas y desorientadas. De una patada era fácil alejarlas. La clave estaba en no dejarse encerrar por grupos de esas cosas. No obstante, la piel se les volvió a erizar cuando escucharon de una grieta en el suelo el claro alarido bestial del monstruo que mataron en la gobernación. Habían más. Muchos más.
Esperaron a estar en el bote, ya a varios metros de la orilla, para soltar las preguntas.

viernes, 21 de noviembre de 2014

"La Sombra" por Javier Maldonado Quiroga













Ilustración por Visceral.









Cerró los ojos esperando que su silueta se hubiera desvanecido, pero cuando volvió a mirar la sombra seguía ahí, envuelta en tinieblas en un rincón junto a la pared. La noche era oscura e incluso la luna parecía haberse escondido, contagiada de sus temores.

Era idéntica a sí mismo, excepto por sus ojos que eran dos esferas negras como piedras de ónice. Trató de llamar a sus padres, pero con horror se dio cuenta de que no era capaz. El miedo se aferraba a su garganta, desgarrando su voz en un hilo colmado de angustia.

Volvió a cerrar los ojos pero esta vez no los abrió. Se dejó embriagar por aquella falsa oscuridad, pobre remedo de la otra, la real, que se apretujaba a su alrededor como los contornos de cientos de fantasmas, envidiosos de su vitalidad. De su calor.

El sueño llegó bajo la forma de una grotesca pesadilla donde veía aquellos ojos encima de él, observándolo desde los pies de su cama.

Junto a una respiración monótona e incesante.

O quizás solo era el viento.

A la mañana siguiente la sombra seguía ahí. La vio a través del espejo, en el baño, a su espalda. Observándolo, siempre observándolo.

No dijo nada. Quizás se había vuelto loco. Tantas veces había maldecido su suerte y ahora lo abrazaba la locura.

Afuera lloviznaba.

Su padre lo llevó a la escuela. Ninguno dijo nada al otro, como siempre. Ella seguía ahí, en el asiento de atrás. Evitó mirarla.

De haber podido se hubiera bajado del auto y hubiera corrido sin detenerse hasta desaparecer. No huía de aquella sombra de sí mismo, sino de lo demás. De todo lo demás.

Sabía lo que le esperaba una vez llegaran a destino.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"La Española" Capítulo I, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.






CAPÍTULO 1

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”
Juan 6:54

Los suspiros guturales se escuchaban desde el otro extremo del pasillo. El capitán le pisaba los talones al Padre San Juan, a medida que avanzaban temerosos por el estrecho y poco iluminado pasaje. Cada madera que pisaban chirriaba de forma exagerada, pero el ser que los esperaba en la habitación del fondo parecía indiferente a estos ruidos. En realidad era indiferente a las cadenas y a todo su sufrimiento en el mundo terrenal. Su dolor venía de mucho más allá, de las profundidades insondables, de abismos demoníacos. Con sus animalescos aullidos y voz inhumana, los dos hombres de Fe sentían con toda claridad las maldiciones del infierno retumbar en sus cristianos oídos. El padre se persignó dos veces más antes de atravesar el umbral. Retrocedió bruscamente cuando la criatura agitó las cadenas, sacando chirridos de desencaje de las tablas. El capitán lo calmó, echó un vistazo.

—Sigue encadenado. Entremos— susurró.

***

El Capitán Villarroel tenía miedo. No tenía caso negarlo. Tanto como San Juan. Ni éste último tenía muy claro lo que debía hacer. Cómo demonios llegué a esto, cavilaba una y otra vez. En sus veinte años de servicio a la armada imperial, con todos sus gajes y altibajos, no recordaba una situación tan al límite. Y es que a ninguna generación de la escuela naval les enseñaron a lidiar con el infierno mismo.

Ese era precisamente el destino que había apresado al Capitán y sus Hombres: El Infierno, el mismísimo Hades. No había otro nombre para describir a ese lugar, que en los mapas convencionales, esos que aún incluyen dragones, serpientes y demases monstruos marinos en sus cartas de navegación, figura como la isla de La Española. Antigua adquisición colonial que le diera tanta fortuna a la Madre España. Claro que las cosas habían cambiado.

Corrían vientos de cambios en las aguas de Europa y las Américas. Mientras los aliados franceses se guillotinaban entre sí, en el caribe, en Saint-Domingue (porción oriental de La Española, cedida por el imperio a Francia) los esclavos negros aprovechaban la confusión republicana, y esas disparatadas ideas de igualdad y libertad, para rebelarse contra sus amos blancos. Que los superaran en número de diez a uno contribuyó bastante. Ni las tropas del cerdo chaparro de Bonaparte pudieron contenerlos, y los rebeldes terminaron proclamando la “República Negra de Haití”. Un duro golpe para Francia, y para la esclavitud en todo el mundo.

No contentos con eso, los endemoniados negros expandieron su revuelta más allá de las sierras montañosas que los separaban de los dominios hispanos. Lograron conquistar el Santo Domingo Oriental allá por 1822. Habían pasado tres años desde eso, y prácticamente no se sabía más de la isla. Los negros y las grandes potencias se encargaron de cortar toda conexión con el mundo exterior. Sólo se sabía que esos bárbaros ni siquiera habían liberado a los esclavos, como prometían. Si no que se dedicaban a saquear la comida de los dominicanos, a masacrar a los blancos, y obligaban a todos en la isla a hablar su vulgar e inentendible idioma, que poco y nada respetaba del francés tradicional.

Ese era el escenario con que los hombres de bandera cruzada surcaban en el Silvestre Segundo, antiguo y veloz galeón de Villarroel, las aguas centroamericanas. El capitán, un hombre alto, de cabello castaño y complexión fuerte, con su experiencia había creído que sabía a lo que se enfrentaba. Ahora lo dudaba, cada vez más. Su misión no era reconquistar, sino simplemente hacer un reconocimiento del terreno. Claro que el capitán vasco no necesitaba mayores razones para escarmentar él mismo a esos negruscos altaneros.

—Capitán, estamos a menos de una legua de La Española ¿ordeno subir las velas?— le consultó un marino joven, moreno y de acento andaluz. Villarroel oteaba el horizonte desde la proa con una impávida expresión.

—Hágalo, y mande a un grumete con catalejo a acompañar a Sánchez allá arriba. Extrañamente no se ve nada, Carbacho.

—A la orden, mi capitán.

Carbacho era el primer oficial del barco, uno de los más jóvenes de la marina imperial. No tuvo tiempo de comentarle su sorpresa al capitán por lo repentino de la neblina. Algo inusual para esas aguas. En pocos minutos la embarcación se vio abrazada por gruesos borbotones de nubes. Villarroel procuró no darle importancia. La nave hacía muy poco que había surcado las aguas de una isla de nombre “Niebla” donde se daba un fenómeno similar, próxima a una lejana ciudad llamada Valdivia. Claro que el clima era totalmente distinto entre ambas latitudes.

Como fuese, Haití recibió a los marineros envuelta en un halo de nubes y misterio. Un mal presentimiento le erizó la piel a distintos grumetes. Villarroel lo notó en cuanto dos fulanos que trapeaban la cubierta, se paralizaron ante la imagen de la intimidante isla.

—¿Piensan pintar el paisaje o qué? ¡Vuelvan a trabajar, carajo!— les espetó Villarroel sacándolos de su trance.

viernes, 4 de julio de 2014

"Los Gatos de la Señora Dark" (Segunda Parte - Final) por H. E. Pérez













Ilustracion por All Gore








.

Sábado 23 de junio de 1928. “Posada Saint Louis”, Littlecarob. Segundo día de investigación.

Me levanté temprano en la mañana. Sentía un leve dolor de cabeza, pero sin parangón con las fiebres sufridas los días anteriores. En la noche llovió suave, en forma esporádica y, por fin, los malditos gatos no se hicieron presentes sobre mi techo. Tenía mucho ánimo, por lo que me dediqué a arreglar mis apuntes. Tanto afán puse en ello que ni siquiera sentí ganas de almorzar, aunque ya eran más de las dos de la tarde.

Una vez que estuve listo, empaqué mis enseres y salí de la habitación. En el pasillo vi a Stephie, quien me miró sorprendida al verme cargar mis maletas: - ¿Y tú, a dónde vas? – me interrogó con dulzura.

- Me voy – le dije; y sus ojos brillaron -. Aunque sólo de la posada, del pueblo aún no.

- ¿Qué quieres decir?
- Visitaré a esa mujer de la que hablamos anoche – dije con seguridad – y le pediré alojamiento para investigar su historia.

- ¿Qué? ¿Acaso estás loco? – gritó exasperada.

- No, aún no – dije riendo.

- ¡Pero… puede ser peligroso! – dijo mientras aferraba sus tibias manos a las mías.

- ¿Por qué? ¿Temes que me convierta en gato? – dije, burlón. En eso estábamos cuando llegó el señor Joseph.

- Al parecer – dijo sonriente – regresáis a vuestro hogar. Fue una corta pero muy agradable visita, Ernest.

- No se va del pueblo – dijo Stephie, sollozando.

- ¿Entonces? – preguntó el dueño de la posada.

- Voy a la casa de la colina… la vivienda de la que hablamos anoche.

Al señor Joseph se le fueron los colores del rostro al escuchar mis palabras y enmudeció por unos instantes, sin embargo, reaccionó cuando le pagué mi estadía: - ¡Que la suerte os guíe! – díjome. Dio media vuelta y desapareció en la cocina. Entonces, me despedí del resto de los residentes y salí de la pensión. Había caminado un par de metros cuando sentí unos pasos ligeros que me seguían.

- ¡Esperad! – era Stephie -. Te acompañaré hasta la plaza.

Caminamos sin hablar. Llegamos a la intersección de la calle Saint Louis (donde quedaba la pensión) con la Calle Principal (la que atravesaba todo el pueblo). Doblamos a la izquierda y seguimos caminando, en silencio. Rápidamente asomó la calle Father Peter, la cruzamos y de inmediato pusimos pie en la Plazuela General. Allí Stephie despidióse de mí: - ¡Ojalá que vuestro trabajo resulte bien! – díjome con lastimera voz.

- Eso mismo espero yo – le respondí.

- ¡Ten cuidado! Recuerda tus palabras: “los mitos tienen algo de realidad”.

Mi confianza titubeó al escuchar tal comentario. – No os preocupéis – dije -. Espero que esta realidad no sea tan macabra.

martes, 24 de junio de 2014

"Los Gatos de la Señora Dark" (Primera Parte) por H. E. Pérez













Ilustracion por Visceral








.










Entonces me precipité hacia el terrible brocal y dirigí una mirada al fondo; el brillo de la bóveda inflamada iluminó sus más recónditas cavidades; pero durante un momento de extravío mi espíritu no pudo explicarse la significación de lo que veía.

(Edgar Allan Poe, El pozo y el péndulo)




Littlecarob es una aldea muy conocida por las oscuras historias que los aldeanos, y la gente que ha conocido el pueblo, cuentan del sector.

Apenas cae la noche del 23 de junio, la famosa Noche de San Juan, los habitantes más jóvenes se reúnen en la plazuela del pueblo, alrededor de la pileta, para contar aquellas misteriosas historias que, de generación en generación, se han narrado desde décadas perdidas. Cuentos aún vigentes de personas ya idas que, gracias a estos relatos, todavía siguen vivas, seduciendo o llenando de temor a quienes oyen estas leyendas.

Tal era la popularidad de estos oscuros relatos que traspasaban no sólo los límites del tiempo, sino que también las distancias territoriales.

¿Cómo me enteré de lo que os estoy contando?... de la siguiente forma: mi maestro, el señor E…, profesor Licenciado en Literatura y Gramática Contemporánea de la Universidad Saint Thomas, nos ofreció a mí y a mis compañeros una cátedra en la que el tema central era la importancia que reviste para la cultura moderna las leyendas populares que se transmiten de voz en voz. Habló de distintos pueblos y civilizaciones y de la trascendencia cognitiva de sus propios mitos. De tal modo terminó su conferencia cuando nos pidió que investigáramos sobre estos asuntos. Así me interesé por estudiar las historias de la lejana, y para mí desconocida, Littlecarob.

Entonces organicé mis enseres y me preparé para dirigirme al lugar en el que se desarrollaría mi trabajo investigativo.
*

martes, 6 de mayo de 2014

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Visceral







.
No quise hablar de esto durante mucho tiempo. Los recuerdos es mejor dejarlos olvidados. En ocasiones hablar a uno lo empequeñece, ridiculiza y peor aún, te hace cuestionar lo que crees haber visto y vivido. Son más de diez años en los que no ha pasado un día sin que me atormente aquel recuerdo. La rompiente del mar y las olas espumosas me perturban, siento que en cualquier momento saldrán de las olas, aquellas bestias, aquellos engendros que terminaron con la vida de mis amigos. Hablaré en esta ocasión pues se aproxima la última luna de sangre y quiero, más que nada en este mundo darles paz a sus almas.
En otoño del 2003, viajé junto a tres amigos a Punta de Lobos, sin duda el mejor lugar del planeta para el surf. No tenía experiencia corriendo olas grandes, pero no fue difícil conocer lo esencial para aventurarme al breakpoint. Todas las tardes esperábamos la puesta de sol sentados en nuestras tablas; una vez que éste se sumergía, inmediatamente, el mar cobraba un vigor oscuro y las olas crecían de manera descomunal.
Una tarde, al bajar por el acantilado nos encontramos con un hombre que nos detuvo. Éste se presentó como un experimentado marero, que nos había observado y nos daría un consejo, algo que debíamos tener en cuenta o de lo contrario sufriríamos las consecuencias.
«Hijos, no entren al mar, esta noche se producirá una gran luna de sangre y sus consecuencias son desastrosas. Hace años que no se daba una; la última vez cobró la vida de seis jóvenes que no quisieron escuchar, que no creyeron en mis palabras. Esta luna de sangre coincide con el momento de mayor apogeo de los sirenos; aquellos seres con cuerpo mitad humano y mitad pez que contagian a los humanos transformándolos en uno de ellos, en un no-vivo. Nunca se sabe cuando aparecerán en Punta de Lobos, excepto en las lunas de sangre, el momento propicio para atacar en los peñones… si hasta los lobos desaparecen ¿o acaso pueden ver alguno esta tarde?»

martes, 18 de febrero de 2014

"Vórtice" por Fraterno Dracon Saccis













Ilustración por Visceral







.


—Daniel, llévate a tu hermana en la camioneta…
—Pero papá, si yo no sé…
—Ya sé que en la noche sacas las llaves. No vamos a discutir eso en este momento. Ándate con tu hermana y cuando esto se calme nos juntamos.
—No quiero dejarlos, vámonos todos.
—Hazme caso que todo se va a arreglar.

Daniel sabía muy bien que no volvería a ver a sus padres con vida. La muerte de la madre era inminente. La infección del tobillo había derrotado a cada uno de los antibióticos administrados, esparciendo su color necrótico por toda la pierna hasta la zona de la ingle. Daniel también sabía que, lo que la había mordido no fue un perro.

—Hijo, voy a estar bien. Lo mejor es que ustedes vayan al regimiento primero —la mujer tosió hasta que los labios se le humedecieron de sangre. Se tapó la boca intentando disimularlo—. Después que ustedes lleguen, los militares nos vendrán a buscar.
—Pero mamá, hace rato que no sabemos nada de la zona de seguridad.
—Las malas noticias son las primeras en saberse, así que no ha de haber ningún problema —intervino el padre, mostrando molestia por los peros de su hijo—. Ustedes hágannos caso y todo va ha salir bien.

La madre aprovechó el momento para escupir coágulos en una toalla y limpiarse la boca con esta. Los rastros de sangre parecían lápiz labial descorrido. Nadie hizo comentario alguno.

—Mis niños —extendiendo los brazos para que se acercaran—, no se preocupen de más, que luego me voy a poner en pie y vamos a estar juntitos de nuevo.

Continuaron abrazados entre lágrimas, hasta que la madre sufrió otro acceso de tos.

Comprendiendo que los padres los intentaban proteger y que no habría manera de hacerlos cambiar de opinión, Daniel tomo de la mano a su hermana de doce años y se dirigieron en la camioneta a la zona de seguridad indicada por las autoridades. El último comunicado oficial lo habían escuchado hacía dos semanas, antes de que la electricidad y las comunicaciones desaparecieran de forma definitiva de sus vidas.

Daniel le aconsejó a Sara, cuatro años menor, que se acurrucara a dormir y aprovechara de descansar mientras duraba el viaje. La niña en poco rato cayó en un sueño profundo.

El trayecto transcurrió sin mayores sobresaltos que algunos muertos que se abalanzaban al vehículo y que al ser embestidos, reventaban como tomates podridos. Poco les faltaba para llegar cuando a Daniel algo comenzó a inquietarlo. A medida que se acercaban al recinto militar, la cantidad de cadáveres caminantes en vez de disminuir como sería la lógica, aumentaba. Varios de ellos con trajes mimetizados.

Al fin llegaron al frontis del regimiento.

martes, 21 de enero de 2014

"Algunos Relatos de la Zona Extraña" por Visceral










"Sustentable"

"Manchas"







.
.

viernes, 10 de enero de 2014

"¿Te sientes hoy con suerte?" por Pablo Espinoza Bardi

Ilustración por Visceral



«..Decidí comérmela. La llevé a una casa abandonada en Westchester
en la que me había fijado. En el primer piso me desvestí
completamente para evitar manchas de sangre. Cuando me vio
desnudo se echó a llorar y quiso huir, pero la alcancé. La desnudé, se
defendió mucho, me mordió y me hizo algunos rasguños. La
estrangulé antes de cortarla en pedacitos para llevarme a casa toda su
carne, cocinarla y comérmela…»

Albert Fish



Esta es la fecha que más te gusta ¿no es así? Todo es alegría, paz y amor, y eso se puede respirar en el ambiente desde que empieza diciembre, desde que terminan las clases. Pero hay que trabajar y es tiempo de sacar ese disfraz del baúl. Es tu época favorita en donde «ellos» salen felices de sus hogares enseñando sus desproporcionadas sonrisas... pobres... ya puedes sentir aquellos pendejos sentados en tus rodillas... y lo mejor de todo es que sus padres lo consienten y te dan algo de dinero por ello... así es la navidad. Pero dime: ¿Te sientes hoy con suerte? A metros se puede sentir tu maligno hedor. Se podría decir que eres la turbiedad en su máximo estado. Eres la costra que de vez en cuando supura tragedia..., pero tranquilo, no me hagas caso... sigue con lo tuyo, hoy puede ser uno de esos días ¿quién sabe? Siempre te presentas de la misma forma. Eres como una repulsiva caricatura que por décadas se viste igual. Pantalón, terno y camisa sebosa, además de una mariconcita corbata que resalta aún más tu patética personalidad..., bueno, salvo en diciembre, en donde lo «rojo»” predomina. Así vas de lugar en lugar, abriendo tu asquerosa boca que sabe guardar la mentira. Así escoges a tus víctimas. Siempre en los paraderos de micro. Siempre afuera de las escuelas... pobre enfermo, ya puedes visualizar la cena, la mesa arreglada como tiene que ser, con hermosos motivos navideños, el vino, las ensaladas y las salsas... y por supuesto... la carne:

viernes, 25 de octubre de 2013

"Albert Fish" por Visceral y Pablo Espinoza Bardi

Albert Fish por Visceral


HIPERHEDONISMO; CORTESÍA DEL VIEJO FISH
Por Pablo Espinoza Bardi

«Que alegría morir en la silla eléctrica.
Será el último escalofrío.
El único que todavía no he experimentado».

Albert Fish


I.

El informe psiquiátrico reveló lo siguiente:
el viejo Fish era un homosexual
el viejo Fish era un masoquista
el viejo Fish era un voyeurista
el viejo Fish era un coprófago
el viejo Fish era un fetichista
el viejo Fish era un pedófilo
el viejo Fish era un caníbal
el viejo Fish era un sádico

Los que no conocen al viejo Fish dirán que es inofensivo, que es un anciano incapaz de matar una mosca, que su avanzada edad —que su rostro cansino— que su no sé qué / es impedimento para cometer atrocidades de todo tipo.

Los que conocen al viejo Fish, dirán que es una aberración que escapa del precario entendimiento humano. Que es un peligro para la sociedad etc – etc – etc.

Los que conocieron íntimamente al viejo Fish (y me refiero a aquellos pobres niños), si estuviesen con vida dirían que es un MONSTRUO salido de sus peores pesadillas. Tan simple como eso.

II.