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| Ilustración por Andrés Ávila Espinoza |
Si me lo pregunta de esa
manera, le responderé que siempre me han gustado pálidas, con ojeras violáceas
y miradas perdidas. La falta de vitalidad es importante, jamás me fijaría en
una mujer extrovertida.
Para dar con ellas, basta con caminar por el
paseo peatonal al caer el crepúsculo, o ir a fiestas góticas donde es posible
encontrar especímenes increíbles, delgadas, cadavéricas. Una vez establecido el
contacto, les hablo y las seduzco con mis conocimientos en ocultismo y
metafísica, luego las convido a mi casa; bebemos y nos drogamos hasta que se
produce en ellas el sopor y la inconsciencia. A continuación, las llevo al
cuarto de baño para desnudarlas, situándolas al interior de la gran tina de
fierro enlozado que procedo a repletar de hielo. Así consigo emular el complejo
rigor mortis.
Cuando parecen verdaderos fiambres, las traslado
a mi lecho y las poseo tantas veces como puedo hasta quedar rendido junto a su
cuerpo inerte. Me recobro cuando su temperatura aumenta y comienzan a temblar
liberándose del ensueño. Como ve, mis relaciones no eran duraderas. Recobrada
la conciencia, ellas me amenazaban y acusaban, yéndose enfurecidas y tristes,
llorando desconsoladamente. ¡Yo no las obligué!


















