Hace ya algún tiempo que lo notaba algo
extraño. Se paraba horas observando los cadáveres que llegaban. Los miraba con
ojo analítico y hacía ciertas anotaciones en una vieja libreta. Anotaciones las
cuales nunca me mostró. Después, cuando la obsesión se hizo más evidente, me
tuvo que confesar que desde que entró a trabajar a la funeraria supo que la
“muerte” le había dado un propósito en la vida. Esa misma mañana lo sorprendí
acurrucado junto al cuerpo de un recién llegado. Avergonzado, me pidió
disculpas, tomó su dinero ahorrado de años y se fue. Por un tiempo no supe nada
más de él.
Pasaron unos cuantos meses y el negocio no
andaba bien. La muerte no dejaba ganancias. Incluso ya no tenía cadáveres de
indigentes y cuerpos sin reclamar que me compraba la universidad.... Una tarde,
a la hora del té, apareció mi amigo en la puerta
del local.
Su aspecto era desgarbado, ojeroso y de
rancios aromas... eso fue lo primero que me llamó la atención, al ver semejante
caricatura. Lo invité a tomar el té, para que me explicara qué había sucedido.
Me dijo que se compró una pequeña cabaña con el dinero ahorrado, allá por la
zona boscosa, a unos kilómetros fuera del pueblo, en donde se podía dedicar de
lleno a su singular pasatiempo. Después de dialogar por una hora, me llevó a su
cabaña. Debo confesar que sentí algo de temor, pues mientras conversábamos no
dejaba de analizarme de la misma forma que lo hacía con los cadáveres. Sentía
como un escalofrío me recorría de pies a cabeza.

















