
Bosquejo de ilustración por iGhor Alarcón.
No puedo correr más. Me cuesta
respirar. Caeré. Seré su víctima. No soy capaz de defenderme solo.
Tienen ocho brazos ansiosos por golpearme hasta matarme. No vale la
pena intentar luchar contra ellos… siempre han sido unos monstruos.
–¿Por
qué arrancas de nosotros, Howard?
–Somos tus compañeros de curso.
–Yo me sentaba junto a ti.
–¿O acaso te ibas a ir del colegio y la ciudad sin despedirte?
¿Por qué me acercaría a ellos si nunca fuimos amigos? Con ese asiático solo nos saludamos porque estaba toda la clase a mi lado; con los dos mestizos hicimos un trabajo de ciencia, pero me aburrieron con su regocijo en la ignorancia; y al árabe nunca le dirigí una mirada.
–¿No vas a responder? –Me gritó el más gordo–. ¿Tienes miedo?
¿Por qué metió su mano al bolsillo? ¿Está armado? Miro a mi rededor y descubro que escogí mal la calle para esconderme. El frío de la tarde aleja a los pocos transeúntes que podrían ayudarme.
–Estamos solos. Quieres saber lo que tengo aquí, ¿verdad?
He recuperado el aliento, pero
soy delgado y demasiado débil para enfrentarlos. Solo puedo actuar
como el astuto Dupin e intentar distraerlos hasta que alguien me
socorra.
Podría gritar desesperadamente
para llamar la atención de las familias en las casas, pero lucen
vidrios quebrados, profundas grietas en sus muros, probablemente
estén abandonadas o vivan en ellas pordioseros, inmigrantes o
criminales.
–No
tengo miedo. Imagino que escondes una navaja. Solo temo a lo
desconocido, no a lo oculto y obvio.





















