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viernes, 6 de febrero de 2015

"En las profundidades" por Javier Maldonado Quiroga













Bosquejo de ilustración por Johnny Aracena.










El edificio se levantaba ante él como el cadáver de una criatura gigantesca y repulsiva olvidada junto al borde del camino. El día comenzaba a decaer rápidamente, demasiado rápido para su gusto, por lo que apuró el paso. El silencio que reinaba en aquel sitio lo hacía sentir inquieto. El muchacho hubiera esperado la presencia de algún perro solitario, o uno que otro pájaro en las inmediaciones, pero no había nada, excepto por la densa vegetación que había ido creciendo alrededor de la estructura a lo largo de los años.

No tenía idea de cuánto tiempo llevaba abandonada, pero sabía que en algún momento, durante la infancia de sus padres, había sido un importante centro deportivo y, como era de esperarse, había terminado siendo reemplazada por un complejo mejor equipado y mucho más moderno en el centro de la ciudad. Ahora no era más que una mole gris que parecía resistirse al inexorable paso del tiempo.
Las murallas exteriores estaban cubiertas de algunos viejos grafitis, aunque el muchacho sabía que la mayoría de las personas había aprendido a evitar aquel lugar. Se comentaban cosas macabras en los alrededores. Hace algunos años, en los periódicos locales, se había publicado un reportaje sobre una secta que durante meses usó el edificio para llevar a cabo sus rituales. Todos los miembros habían sido detenidos, e incluso algunos encarcelados, aunque nunca se supo con claridad la naturaleza de su culto. Lo relevante de aquel incidente era el hecho de que poco tiempo después habían comenzado a suceder extraños fenómenos en la zona: ruidos y luces durante las noches, y posteriormente la inexplicable desaparición de algunas piezas de ganado.

viernes, 21 de noviembre de 2014

"La Sombra" por Javier Maldonado Quiroga













Ilustración por Visceral.









Cerró los ojos esperando que su silueta se hubiera desvanecido, pero cuando volvió a mirar la sombra seguía ahí, envuelta en tinieblas en un rincón junto a la pared. La noche era oscura e incluso la luna parecía haberse escondido, contagiada de sus temores.

Era idéntica a sí mismo, excepto por sus ojos que eran dos esferas negras como piedras de ónice. Trató de llamar a sus padres, pero con horror se dio cuenta de que no era capaz. El miedo se aferraba a su garganta, desgarrando su voz en un hilo colmado de angustia.

Volvió a cerrar los ojos pero esta vez no los abrió. Se dejó embriagar por aquella falsa oscuridad, pobre remedo de la otra, la real, que se apretujaba a su alrededor como los contornos de cientos de fantasmas, envidiosos de su vitalidad. De su calor.

El sueño llegó bajo la forma de una grotesca pesadilla donde veía aquellos ojos encima de él, observándolo desde los pies de su cama.

Junto a una respiración monótona e incesante.

O quizás solo era el viento.

A la mañana siguiente la sombra seguía ahí. La vio a través del espejo, en el baño, a su espalda. Observándolo, siempre observándolo.

No dijo nada. Quizás se había vuelto loco. Tantas veces había maldecido su suerte y ahora lo abrazaba la locura.

Afuera lloviznaba.

Su padre lo llevó a la escuela. Ninguno dijo nada al otro, como siempre. Ella seguía ahí, en el asiento de atrás. Evitó mirarla.

De haber podido se hubiera bajado del auto y hubiera corrido sin detenerse hasta desaparecer. No huía de aquella sombra de sí mismo, sino de lo demás. De todo lo demás.

Sabía lo que le esperaba una vez llegaran a destino.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

"Memento Mori" por Javier Maldonado Quiroga


La mujer observaba a su hija muerta. De pie en el salón de su casa, un cuarto amplio y poco iluminado, se asemejaba a un espectro solitario, toda vestida de negro, gélida, silenciosa. La niña estaba apoyada sobre un sofá, simulando estar sentada, con la cabeza afirmada por un soporte, de tal modo que se mantenía erguida. Los ojos, semiabiertos, miraban sin mirar, extraviados en el vacío. Su piel había perdido todo color y rastro de vida. Ya nada quedaba de aquella niña dulce e inquieta que se había convertido en la razón de su existencia. 

Toda aquella escena le parecía macabra. Un último retrato simulando una vida que ya no era. Su hija, su querida hija estaba muerta, y ella había tenido que posar junto a su cadáver, rígido, frío, con aquella espeluznante expresión en el rostro. Era como si de alguna forma le reprochara su muerte. ¡Pero ella no tenía la culpa!

Se dirigió hacia la cocina. Buscó en la despensa algo para comer, mas no encontró nada. Estaba quebrada. No tenía dinero para mantener aquella casa ni para comprar alimentos. Hacía una semana que la servidumbre se había marchado, dejándola abandonada a su suerte. A ella, que siempre los había tratado con amabilidad. Ahora, gracias a un viejo amigo de la familia podía costear los gastos fúnebres, gastos que de otra manera no habría sido capaz de solventar.

Observó por la ventana como comenzaba a oscurecer. El sacerdote llegaría en cualquier momento. Encendió unas velas en el salón y luego, sintiendo el peso del silencio que la rodeaba, se sentó. Cuando volvió a mirar el cuerpo de su hija tuvo la sensación de que este se encontraba en una postura levemente diferente, como si alguien lo hubiera movido. Asustada inspeccionó a su alrededor, buscando algún extraño que hubiera ingresado a su casa, pero solo pudo ver las sombras que comenzaban a invadir cada rincón de la habitación. Detrás de la pequeña estaba el retrato de su marido, con el rostro sereno como había sido mientras vivía. Pero la muerte también lo había reclamado demasiado pronto, muerto de tisis hacía tan solo seis meses. ¡Cuantas cosas habían cambiado desde entonces!

Si tan solo él aún estuviera junto a ella. Con el rostro ensombrecido por una pena que no se sentía capaz de soportar volvió la mirada hacia su hija. La niña parecía mirarla desde el sofá. Había decidido dejarla en la misma posición en que el fotógrafo la había retratado, prolongando aquella ilusión de vida, pero sabía que la muerte estaba ahí, agazapada, burlándose de su dolor.

Un violento acceso de tos la hizo doblarse sobre si misma, cubriéndose la boca con un pañuelo. Cuando se recuperó pudo ver pequeñas salpicaduras de sangre en toda la tela. Estaba enferma, lo sabía desde hacía semanas, y también sabía que no existía un tratamiento. Se consumiría de a poco, tal como había sucedido con su querido esposo, y no le hubiera parecido un mal destino si no hubiera sido por su hija. La niña no podía quedar abandonada a su suerte. Era demasiado frágil, demasiado parecida a su madre para soportar la vida en un orfanato.

Un quejido leve, apenas perceptible, la hizo estremecerse en su asiento. La mujer miró a su hija y pudo ver sus ojos fijos en ella, mientras sus labios muertos comenzaban a llamarla:

—Mamá.