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martes, 24 de noviembre de 2015

"El hombre / El Parte / El Octavo" por Roderick Usher














Ilustración por All Gore.










Era bien feo eso que estaba haciendo yo, me decía. Meterme en medio como si no supiera que lo que él estaba haciendo era una buena pega.

Se notaba que yo no era muy hombre. No como él. Él era del campo y en el campo se aprendía a ser hombre, aunque a uno no le gustara. El tufo a cerveza llena el aire. Y eso era lo que ella necesitaba: un hombre de verdad.

Mi mano derecha se movió instintivamente hacia el pecho, donde estaba mi arma. Pero no alcancé a tomarla. Él continuó.

La conoció porque él, ahí donde lo veía, era amigo de su marido y frecuentaba su casa. Cuando terminaron, él la consoló. Hacía tiempo le gustaba ella, así que aprovechó que estaba necesitada de cariño para acercarse y después usó todas las cosas que contaba o de las que se quejaba su marido para llegar bien adentro y conquistarla. Era bonita ella. Era una mujeraza, decía, gesticulando. Todo lo que él siempre había querido. Una mina fuerte, que no se anduviera con tonterías.

Pero su matrimonio no había terminado muy limpiamente, así que el ex esposo, su amigo —aunque era más bien el amigo de un amigo—, agrega, la maltrataba por teléfono.

Al menos eso siempre decía ella, que le respondía airada que no toleraría sus insultos y qué sé yo que otras cosas. Nunca puso atención. Él era un hombre y su mujer estaba sufriendo por culpa de un imbécil.

Así que lo despachó una noche. Era del campo, me decía. Eso era lo que hacían los hombres de verdad, continuaba. Hacerse cargo. Si su mujer sufría, él se encargaba. No tenia mucha plata tampoco, así que hubiese hecho cualquier cosa por ella, que además lo mantenía bien vestido y alimentado.

viernes, 22 de agosto de 2014

"Sacrificios" por Roderick Usher













Ilustración por All Gore.






La lámpara ilumina el rostro del tipo esposado a la silla. Lleva la ropa sucia y su cuidado pelo corto, que solía caer en una estudiada curva sobre el ojo derecho, ahora es una maraña de pasto, sangre y barro. Roberto, mi compañero, lo mira con desprecio. «Andrés Alarcón, Docente, Facultad de Antropología, Universidad de Concepción» consignaron los carabineros «Es un profe de universidad, uno de estos humanistas que se creen la cagada». Me da un poco de risa. Roberto estudió filosofía 3 años, pero lo dejó para «hacerse un hombre de verdad». Era lo que me calentaba de él. Ese intelectual convertido en bárbaro por culpa de «Fight Club». «De Ted Kaczynski» decía él.
«Ojo. Este huevón está loco» me susurra antes de entrar. Pongo la mano en su hombro. Puedo ver que está tenso.
—Andrés —digo, a modo de saludo, mientras Roberto se sienta frente al tipo, dejando caer ostentosamente el expediente sobre la mesa. Quiere hacer ruido. Que el hombre le vea enojado. Eso me aclara que parte de la rutina me toca— Tenemos una gran cantidad de evidencia inculpatoria. No escaparás fácil. Lo mejor es que te declares culpable y quizás la fiscalía te de alguna regalía…
El profesor suspira y echa la cabeza hacia atrás.

—No saben nada. Traigan a mi abogado. Tengo derecho a una llamada telefónica—dice.
—¿Qué mierda no sabemos? ¿Acaso no está claro, huevón? —Masculla Roberto, golpeando la mesa— ¿te crees que esto es una película policial, pendejo? —Son las cuatro a.m. Roberto es padre soltero y su hijita quedó durmiendo sola. Lo último que quiere es un fanfarrón. Le pongo la mano sobre el hombro en nuestro acto clásico de «policía buena y policía malo». La dejo ahí. Ese cuello de toro me calienta, como siempre, a pesar de esta situación de mierda. Me distraigo pensando en moteles y guardias nocturnas en el Montero, en el sabor del semen de Roberto en mi boca. Respiro profundo para relajarme y centrarme. Me froto los ojos.
—Partamos por el principio. Si de verdad no tienes nada que ocultar ¿por qué huías de la casa de tu hermana cuando llegaron los carabineros? Ella los llamó, acusando que luego de desaparecer durante un año, querías robarte a su bebé…
—Me dio miedo —El hombre alza la vista, desafiante— Tengo traumas con ustedes, cerdos, desde los tiempo de la dictadura.
Su mentira está tan bien planeada que se la cree. No hay dudas en sus ojos claros, que nos miran con desdén. Pero ya ha sido suficiente. Abro la carpeta que Roberto dejó sobre la mesa y pongo frente a él la bolsa plástica.
—¿Reconoces esto? Lo encontramos en…—los colores abandonan el rostro del hombre al ver el cuchillo. Mi compañero me interrumpe.
—Tenemos el cuchillo con tus huellas y la sangre de ambos…—Roberto mastica cuidadosamente las palabras, dejando que hagan efecto sobre el orgulloso académico— Por si fuera poco, una vieja copuchenta de tu barrio dijo que te había visto yendo al mar con tu bebé.

lunes, 9 de abril de 2012

"Padre" por Roderick Usher


Estamos ella y yo en un pueblo de habitantes negros. Parece un lugar conocido, una de las tantas colonias portuguesas o francesas que recuerdo de mis misiones en el Congo o algún otro lugar de mi juventud. La arquitectura es antigua, colonial, las calles de adoquines, polvorientas, y todos los muros de adobe cubiertos de cal blanca.
Ella me arrastra de la mano hasta una especie de galería oscura. Recuerdo que cuando niño, en mi ciudad natal, había galerías como esta: Oscuras, conociendo como única luz a los mismos los tubos fluorescentes, puestos ahí cuando las construyeron, en terrenos en los cuales habían conventillos que albergaron niños con cólera y obreros muertos de tifus hace cien años o más. En mi infancia estaban llenas de tiendas donde vendían insumos médicos, vitrinas con probetas y aparatos químicos, armas, televisores usados y repuestos hidráulicos. Con olor a orina y a polvo, a veces con vómito en las esquinas y oscuros salones de billar donde podías comprar droga o ser asesinado. Esta galería es igual de sórdida, pero es un hospital. Un hospital horrible y lóbrego, lleno de las mismas vitrinas y escaparates, que le hacen parecer más bien un museo de anatomía.
¿Has estado alguna vez en un museo de anatomía? Son un poema a aquellas cosas horribles a las que debes acostumbrarte cuando trabajas en un hospital. Y solo mentes enfermas y morbosas pueden hacer de esas aberraciones un museo. Pensar que las mismas manos que traen niños al mundo, las mismas mentes que buscan sanar enfermedades, tienen el morbo de coleccionar frascos con fetos con malformaciones incompatibles con la vida. Hileras de enormes estanterías, donde la cabeza cortada de un niño deforme y nunca reconocido que murió al nacer, flota en un líquido turbio, al lado de una piscina donde se enrosca el cadáver de un hombre que murió con el 98% de su cuerpo quemado: Una asquerosa cazuela humana de tamaño familiar. Un poco más allá, la momia de un vagabundo, desecado cuidadosamente para dejar ver cada uno de los nervios que recorren su cara. Los ojos vacíos observando la nada hace décadas.

lunes, 20 de febrero de 2012

"El Entierro" por Roderick Usher

  La oscuridad era una gran mancha de tinta caída cubriendo el cuadro. La luna era una sonrisa macabra y escuálida raspada con la uña sobre el telón de la noche. Las estrellas semejaban un mezquino estarcido en blanco sobre la misma tela, mientras los dos hombres caminaban sobre la hierba, húmeda por la niebla.


—¿Estás seguro que es por aquí, Roberto? —resollaba el primero, luego de terminar de subir la colina cubierta de zarzas. Su gordura le hacía cansarse fácilmente.

Roberto alzaba su linterna con mano firme. Las habladurías de la gente no le infundían tanto temor como a su amigo, cuyo haz de luz temblaba errático sobre el camino. Esta noche se lo jugarían todo. Futuro, familia. Si la leyenda era mentira, entonces serían el hazmerreír del pueblo.

—Sí, hombre. Si no estuvieses tan gordo, Jesús, te daría menos miedo, te entraría menos sudor a los ojos y verías mejor el camino. Hemos estado aquí muchas veces de día.

—No te rías de mí, huevón. No es que me guste mucho buscar entierros de noche. Ya sabes como le dicen a este lugar.

—“El Bajo de Los Brujos” —contestó Roberto, con una sonrisa— Mira, si lo que se cuenta es verdad, entonces nos va a ir bien. Ni brujos o ninguna mierda de cuentos me van a quitar ese tesoro. Ahí está la palmera.