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| "Rabid" por ~rbruneau |
¡Mira! La muerte se ha izado un trono
en una extraña y solitaria ciudad
allá lejos…
donde el bueno y el malo
el mejor y el peor
han ido a su reposo eterno.
Edgar Allan Poe
Recuerdo bien aquella monótona tarde de agosto,
de tiempo inestable. Las lluvias sucedían al sol y el frío al viento. Pocas
personas se veían en las anegadas calles
de Quellón.
Me llamó la atención su caminar descalzo. Nadie transita así por el
centro de un pueblo, y menos luego de la lluvia; seguro no estaba en sus
cabales. Otro aspecto llamativo era un tatuaje de serpiente que reptaba por su
cuello mostrando la bífida lengua cerca de su mandíbula. Caminaba acelerado,
como si en algún lado le aguardaran o algo le apremiara. Pasó indiferente por
mi lado, fumando a grandes bocanadas, como he visto hacer a los
esquizofrénicos. Se detuvo más allá para regresar y situarse a escasos metros
de mí.
Recordé haberlo visto ocasionalmente, primero como suplementero del
diario “El Insular” y, tiempo después, ebrio y perdido por las calles de
Quellón. Tal vez me reconoció, pues me miró fijamente, con los ojos
desencajados, como si buscase un pretexto para actuar violentamente. Fingí no
percibir su mirada. Mi vista se centró al interior del local de artesanías
buscando contacto con la dependienta. Siempre les he temido a los locos, a su
fuerza descomunal y a su mínima capacidad de autocontrol. No volví la cabeza, un
miedo indescriptible me paralizó. Sentí cómo el humo de su cigarro cubrió todo
a mi alrededor, mientras un sudor frío comenzó a brotar como pequeñas gotas en
mi frente. Finalmente, se marchó caminando rápidamente en dirección al muelle
fiscal.


















