La oscuridad era una
gran mancha de tinta caída cubriendo el cuadro. La luna era una sonrisa macabra
y escuálida raspada con la uña sobre el telón de la noche. Las estrellas
semejaban un mezquino estarcido en blanco sobre la misma tela, mientras los dos
hombres caminaban sobre la hierba, húmeda por la niebla.
—¿Estás seguro que es por aquí, Roberto? —resollaba el primero, luego de
terminar de subir la colina cubierta de zarzas. Su gordura le hacía cansarse
fácilmente.
Roberto alzaba su linterna con
mano firme. Las habladurías de la gente no le infundían tanto temor como a su
amigo, cuyo haz de luz temblaba errático sobre el camino. Esta noche se lo
jugarían todo. Futuro, familia. Si la leyenda era mentira, entonces serían el
hazmerreír del pueblo.
—Sí, hombre. Si no estuvieses tan gordo, Jesús, te daría menos miedo, te
entraría menos sudor a los ojos y verías mejor el camino. Hemos estado aquí
muchas veces de día.
—No te rías de mí, huevón. No es que me guste mucho buscar entierros de
noche. Ya sabes como le dicen a este lugar.


















