Cerca de la carnicería
de mi barrio, todos los días se ponía un viejo turnio, de nariz
larga, flaco como perro apeleado, a menearse y darse vueltas con un
cigarro en la boca. Yo no tenía más de catorce años en ese
entonces, cuando vivía con mis abuelos en el distrito periférico,
que quedaba a pocos kilómetros de la capital. Era un villorrio de lo
más sencillo. Casas espaciosas, antiguas, construidas en concreto,
más un par de plazuelas polvorientas y algunos almacenes, componían
el total de la comunidad donde yo vivía.
Vivían muchos viejos, en
su mayoría jubilados que se repartían entre borrachines con pasado
de oficinistas, y otro tanto más de alcoholizados militares en
retiro que nunca fueron a la guerra, y que se quedaron como
petrificados en sus asientos, con sus sueños rotos y sus mujeres
gordas y descuidadas.
Yo no sabía muy bien por
qué era el único niño de toda esa villa. Ahora que lo pienso,
haciendo cálculos, debieron haber vivido unas quinientas personas,
repartidas en algo así como 60 o 70 familias. Familias compactas de
ancianos con hijos mayores solterones y solteronas que no habían
conseguido matricidiarse bajo la iglesia o algún vínculo legal.
Entonces, ¿por qué yo era el único niño del pueblo? Seguramente
habían más, pero los mantenían escondidos, ocupados en tareas
mundanas. A los únicos niños que veía eran los de mi Liceo, pero
no quiero desviarme y seguir con mi historia.


















