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domingo, 11 de diciembre de 2011

"Cerdos y machetes" por Pablo Rumel


Cerca de la carnicería de mi barrio, todos los días se ponía un viejo turnio, de nariz larga, flaco como perro apeleado, a menearse y darse vueltas con un cigarro en la boca. Yo no tenía más de catorce años en ese entonces, cuando vivía con mis abuelos en el distrito periférico, que quedaba a pocos kilómetros de la capital. Era un villorrio de lo más sencillo. Casas espaciosas, antiguas, construidas en concreto, más un par de plazuelas polvorientas y algunos almacenes, componían el total de la comunidad donde yo vivía.

Vivían muchos viejos, en su mayoría jubilados que se repartían entre borrachines con pasado de oficinistas, y otro tanto más de alcoholizados militares en retiro que nunca fueron a la guerra, y que se quedaron como petrificados en sus asientos, con sus sueños rotos y sus mujeres gordas y descuidadas.

Yo no sabía muy bien por qué era el único niño de toda esa villa. Ahora que lo pienso, haciendo cálculos, debieron haber vivido unas quinientas personas, repartidas en algo así como 60 o 70 familias. Familias compactas de ancianos con hijos mayores solterones y solteronas que no habían conseguido matricidiarse bajo la iglesia o algún vínculo legal. Entonces, ¿por qué yo era el único niño del pueblo? Seguramente habían más, pero los mantenían escondidos, ocupados en tareas mundanas. A los únicos niños que veía eran los de mi Liceo, pero no quiero desviarme y seguir con mi historia.