Hace
años nos juntamos con nuestras primas de Puente Alto, Carla y Gloria. Fuimos
con mi hermano menor por un par de días aprovechando las vacaciones de verano.
Lo
pasábamos tan bien. Cada vez que estábamos los cuatro reunidos éramos los
mejores primos del mundo. Pronto, fui descubriendo que el mundo no es más que un
palco donde las personas cada vez quedan más apretadas y de ahí en más, sálvese
quien pueda.
Las primas se habían cambiado hace
poco de casa. Pasaron de vivir en La Papelera , a una nueva villa que se construía
cerca de un cementerio. Eran muchas las casas nuevas y aún sin ocupar, así que
no era raro que, a ratos, uno se encontrara totalmente solo por las calles. No
deambulaba nadie, sólo se hacía presente el eco del avanzar de nuevas marchas
de hormigas. Más de alguna vez, pensé que la familia de mi tío Ricardo fue la primera
en mudarse a la zona.
La más grande de mis primas, Carla,
siempre tuvo un afán intrigante —para
el resto de los otros primos— de
entenderse, o mirar de cerca, todo lo que fuera sobrenatural y que estuviera al
alcance de la mano. No miento si nombro la Ouija , las Cartas Negras, el horóscopo negro, contar
el máximo de historias terroríficas en el menor tiempo posible… ella era así,
qué le íbamos a hacer, pero nosotros disfrutábamos del Miedo. Hasta ése punto,
ser parte de los pequeños era una ventaja porque te divertías con aquello; independiente de que fuese mentira o no, nosotros queríamos pensar que todo era
real.
Aquella madrugada de martes de verano,
sería La Madrugada ,
nuestra gran hazaña. Quién sabe cómo, pero Carla nos convenció de que visitaríamos
el cementerio para ver si vivíamos una experiencia que valiese la pena recordar
cuando fuésemos todos viejos.
Cada uno llevó su respectiva mochila,
lo cual era extraño puesto que no cargábamos nada. Una de las leyes del plan.
Entrar al cementerio no era para
nada complicado, pues eran sólo dos guardias para lo que parecía ser un inmenso
parque lleno de verde. Simplemente esperamos a que los hombres rodearan lo
suficiente el lugar, por la otra entrada, y luego nos adentramos evitando las
pocas lámparas pálidas que se mantenían prendidas por las noches —a veces te
preguntas si con intención los dueños de los cementerios compran pequeñas
ampolletas donde, al parecer, la idea es que iluminen lo menos posible y todo
se vuelva tediosamente lúgubre.


















