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martes, 28 de enero de 2014

"Lilith" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Khaoz Vortexx







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—¿Qué te sucede? Has actuado extrañamente desde que regresamos de Cancerá.
—Nada…
—Cómo que nada. Tanto te afectó el suicidio de tus amigos de infancia, tanta mierda te removieron en la cabeza.
—Sí, recuerdos que había sepultado.
—¿Recuerdos que impiden que se te pare?
—Discúlpame
—¿Qué puede ser tan sórdido como para que el deseo se te esfume?
—No sé si contarte. No sé cómo lo tomarás.
—Déjate de estupideces y cuéntamelo. Lo peor que puedes hacer es ocultarme cosas, sabes que lo detesto. Anda, suelta toda esa mierda.
—No es fácil hacerlo.
—¿Qué tan difícil puede ser recordar y hablar del pasado?, ni que hubieran visto un monstruo.
—Precisamente.
—¿Cómo, me estás hueviando?
—En realidad, no sé qué es lo que vimos.
—Espera, no estoy entendiendo nada, mejor me lo cuentas todo desde el principio.
—Sólo si prometes no comentar con nadie esto.
—Lo prometo
—Y prométeme que después no me juzgarás, sólo quiero descansar.
            —Me estás asustando, anda y cuéntame de una buena vez.
—Promételo
—Ya te lo prometo también, pero habla, me tienes intrigada.

«Cuando niños salíamos a jugar por los bosques, patrullarlos en busca de nuevas aventuras.  En fin, tenía 10 años, los mismos que Abel; Néstor era el mayor con 12, también era el líder.
»Un día invitó a Lilith, de 12 años, con quien de vez en cuando jugábamos en la plaza. Nos dirigimos hasta el río Flojo, nos internamos en el túnel y salimos del otro lado, junto a la cascada. Cruzamos la pampa de las Lagartijas y nos fuimos al bosque. Estábamos recorriendo una ladera, para encontrar lianas, cuando Abel me indicó hacia abajo. Néstor estaba frente a Lilith con los short abajo, ella lo miraba fijamente.
»Llegamos junto a ellos justo cuando Néstor le decía «ahora te toca a ti, queremos verte el chorito» Ella no lo dudó y bajó su short, nos miraba a los ojos. «¿Puedo metértela?» preguntó Néstor sin ninguna vergüenza. «Conozco una casa abandonada, del otro lado del bosque, vamos para allá mejor» dijo Lilith, se notaba segura, ni siquiera amenazó con que no contáramos nada, en el camino le íbamos corriendo mano, desesperados, por metérselo ya.
»Al salir del bosque, en un campo olvidado en el que crecían arbustos y zarzas, entre algunos manzanos repletos de líquenes, se veía una casa de dos pisos, el paso del tiempo no lograba disimular su color amarillo y marcos rojos. Nunca habíamos ido hasta ahí.
»Todo se confabulaba para que la aventura fuera la más extraordinaria de todas. Abel se quedó atrás, pero yo le tironeé de la mano, no podía arrepentirse en ese momento, ya estábamos afuera de la casa. Lilith, nos hizo una seña y abrió una portezuela, apenas perceptible en la parte inferior, debajo de la escalera de ingreso. Entramos detrás de ella, al principio veía poco, pero lentamente me fui acostumbrando a la oscuridad, a la poca luz que entraba por las rendijas. «Vengan por aquí» nos dijo y subió por una escalera. Ingresamos a un amplio salón con zarzas metiéndose por las esquinas, la luz se filtraba por las ventanas a medio tapiar. En el centro del salón había una escalera que llevaba al segundo piso, le faltaban varios peldaños.

viernes, 17 de enero de 2014

"Lilith y el Hombre Lobo" por Aldo Astete Cuadra

 
Ilustración de Fabián Vásquez
Me reí de buena gana cuando me contaron que don Braulio era un hombre lobo, teoría sostenida vigorosamente por don Jaime y respaldada por otros dos conocidos. Cómo era posible que adultos educados, en prestigiosas universidades, me vinieran con semejante cuento.
No tardé en ponerme de mal humor, no tenía tiempo para escuchar historias transilvanas, así es que decidí dejar de lado la conversación y continuar con mi trabajo. Mientras terminaba la pintura de un cuadro, mi mente evocaba inconscientemente historias de hombres lobo oídas en la infancia; el germen de la duda ya se había anidado en mis pensamientos
De él se decía que constantemente cambiaba de domicilio, no pudiendo establecerse en ningún barrio por más de un mes. Esta situación ya era poco probable, pero asumiendo que así fuera, no necesariamente se debería a asuntos licantrópicos, aunque tampoco se conocía otra explicación para las mudanzas continuas. Don Braulio no llevaba mucho tiempo en la ciudad y según me enteré llegó desde Puerto Montt a trabajar al Servicio Médico Legal. Creo que era médico forense o por lo menos eso mencionaban algunos conocidos.
Todas estas habladurías no serían de mi incumbencia de no ser porque este hombre ahora se había mudado a la casa contigua. Hace una semana llegó en un camión de mudanzas del que bajaron algunas cajas de cartón, algunas plantas de interior, un acuario, y un pequeño canil del que emergió el ladrido chillón de un perro pequeño, tal vez un poodle, pero en la mudanza no vi ningún cajón de madera con tierra de cementerio o alguna jaula con barrotes de plata, tampoco esperaba verla, esas son ñoñerías. Luego, arribó don Braulio, solo, y despidió a los trabajadores de la mudanza. Ingresó a su hogar y no volví a verlo hasta ayer.