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| Ilustración por All Gore |
Tanas subía todas las mañanas al
techo de su casa de dos pisos para respirar el aire fresco matinal, pasaba
horas en aquel lugar meditando sobre la realidad en que estaba su
existencia. Se había acostumbrado a observar el horizonte meditando en cuáles
serían los siguientes pasos a seguir.
La mañana transcurría como todas las
demás, el resplandeciente astro iluminaba las montañas a lo lejos, el aire
fresco y puro que bajaba desde la cordillera le hacía sentir algo mejor, un
respiro. Con su mirada fija y perdida más arriba de los cerros, logró divisar, para
su sorpresa, un punto negro metálico. Pensando que podría ser problema de su
vista, se refregó los ojos, pero aquel punto no desapareció. Volvió a mirar el punto aquel, por un tiempo, hasta que comenzó a aumentar el radio
lentamente, casi imperceptible al inicio, sin embargo, al cabo de unos minutos
tomó un diámetro similar al de la luna cuando se observa en su máxima plenitud.
Conservaba el color negro, como una marea moviéndose en su interior que en sus
cimas adquiría un tono azul opaco. Se sentía desconcertado y atraído por
aquella extraña esfera. Sin quitarle la vista de encima se percató de un humo que
se colaba por detrás, fluía lentamente hasta cubrir el horizonte, ocultando las
casas, las calles, era una oscura niebla que tragaba y escondía todo a su
alrededor. Sorprendido, observó, sin moverse de su posición, la niebla llegar
hasta los techos contiguos, como un espeso río líquido, pronto se vio envuelto
también. Qué demonios estaba sucediendo. Su miedo no lograba darle fuerzas para
reaccionar, estaba paralizado, sintiendo que en cualquier momento colapsaría.


















