
Los monjes
terminaron su misa de la mañana. Luego de que las paredes de la abadía
albergaran sus cuidadas voces en un perfecto canto gregoriano, cada uno de
ellos se retiró a sus habitaciones a seguir con sus oraciones del día. La
abadía se encontraba enclavada a la mitad de un monte medianamente alto, por lo
cual tenía el aislamiento suficiente y necesario como para que nadie se
distrajera ni tampoco les fuera exageradamente complicada la vida.
El monje más joven de la abadía llevaba menos de un año en el lugar. Cuando niño y adolescente participaba activamente en el coro de la iglesia, por tanto el lugar donde estaba lo llenaba plenamente. Esperaba la llegada de cada mañana para sacar a relucir su único orgullo: la voz... pero luego un sentimiento de culpa lo invadía por pecar de orgulloso, lo cual lo dejaba el resto del día a merced del sufrimiento. Pese a que el abad le repetía una y otra vez que su voz era un don del Padre y que sólo la usaba para dedicar cantos a Él, su alma lo torturaba. Así, un día optó por no cantar, lo cual fue inmediatamente corregido por su abad.

















