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Intranquilo daba vueltas por la sala, fumaba aunque la mayor parte del cigarro se consumía entre sus dedos. Todos se habían retirado a sus habitaciones, su mujer y sus dos hijas. Muy a su pesar ingresó al baño, encendió el calefón y se miró al espejo. No recordaba cuándo la ducha se había convertido en algo desagradable hasta el punto de evitarla por todos los medios, descuidando así su aseo personal. No le gustaba el reflejo que el espejo le devolvía, un rostro sombrío y cansado que evidenciaba la desastrosa vida que soportaba. Intentaba evitar que su familia se percatara de su mala racha, se engañaba pensando que su mujer aún continuaba a su lado como cuando eran jóvenes.
Tomó al
azar un raído libro del anaquel reservado para albergar las lecturas en el
baño, lo abrió por el centro y tras hojearlo un poco dio con el título “La
gallina degollada”.
Tras leer
el cuento, maquinalmente se quitó la ropa, no quería ducharse, pero su hedor ya
no soportaba más excusas, percibía la
molestia de las personas que se le acercaban, mujer e hijas incluidas.
Giró el
grifo, estiró con disgusto la mano para sentir cómo lentamente el agua se
tornaba tibia. Decidió que la temperatura estaba bien e ingresó a la tina,
corrió la cortina y se dejó empapar resignado. Casi llegó a sentir agrado ante
la tibieza del agua deslizándose rápidamente por el cuerpo en una verticalidad
gravitante, reponedora. Sin embargo, su mente se instaló en la infancia, en los
momentos olvidados y vedados por su memoria, la sensación de angustiosa
violencia, de completo desamparo provocaron los primeras lágrimas que se
confundieron con el agua que corría por su rostro.


















