
Ilustracion por All Gore
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Sábado 23 de junio de 1928. “Posada Saint Louis”, Littlecarob. Segundo día de investigación.
Me levanté temprano en la mañana. Sentía un leve dolor de cabeza, pero sin parangón con las fiebres sufridas los días anteriores. En la noche llovió suave, en forma esporádica y, por fin, los malditos gatos no se hicieron presentes sobre mi techo. Tenía mucho ánimo, por lo que me dediqué a arreglar mis apuntes. Tanto afán puse en ello que ni siquiera sentí ganas de almorzar, aunque ya eran más de las dos de la tarde.
Una vez que estuve listo, empaqué mis enseres y salí de la habitación. En el pasillo vi a Stephie, quien me miró sorprendida al verme cargar mis maletas: - ¿Y tú, a dónde vas? – me interrogó con dulzura.
- Me voy – le dije; y sus ojos brillaron -. Aunque sólo de la posada, del pueblo aún no.
- ¿Qué quieres decir?
- Visitaré a esa mujer de la que hablamos anoche – dije con seguridad – y le pediré alojamiento para investigar su historia.
- ¿Qué? ¿Acaso estás loco? – gritó exasperada.
- No, aún no – dije riendo.
- ¡Pero… puede ser peligroso! – dijo mientras aferraba sus tibias manos a las mías.
- ¿Por qué? ¿Temes que me convierta en gato? – dije, burlón. En eso estábamos cuando llegó el señor Joseph.
- Al parecer – dijo sonriente – regresáis a vuestro hogar. Fue una corta pero muy agradable visita, Ernest.
- No se va del pueblo – dijo Stephie, sollozando.
- ¿Entonces? – preguntó el dueño de la posada.
- Voy a la casa de la colina… la vivienda de la que hablamos anoche.
Al señor Joseph se le fueron los colores del rostro al escuchar mis palabras y enmudeció por unos instantes, sin embargo, reaccionó cuando le pagué mi estadía: - ¡Que la suerte os guíe! – díjome. Dio media vuelta y desapareció en la cocina. Entonces, me despedí del resto de los residentes y salí de la pensión. Había caminado un par de metros cuando sentí unos pasos ligeros que me seguían.
- ¡Esperad! – era Stephie -. Te acompañaré hasta la plaza.
Caminamos sin hablar. Llegamos a la intersección de la calle Saint Louis (donde quedaba la pensión) con la Calle Principal (la que atravesaba todo el pueblo). Doblamos a la izquierda y seguimos caminando, en silencio. Rápidamente asomó la calle Father Peter, la cruzamos y de inmediato pusimos pie en la Plazuela General. Allí Stephie despidióse de mí: - ¡Ojalá que vuestro trabajo resulte bien! – díjome con lastimera voz.
- Eso mismo espero yo – le respondí.
- ¡Ten cuidado! Recuerda tus palabras: “los mitos tienen algo de realidad”.
Mi confianza titubeó al escuchar tal comentario. – No os preocupéis – dije -. Espero que esta realidad no sea tan macabra.


















