Manejaba
por “La carretera de la muerte”. Cerca de las tres de la madrugada y pese a
conocer bien el camino, lo hacía de mal humor. Las curvas y continuas cuestas
le desquiciaban, las luces de los otros vehículos le desorientaban y aún más
las de “aquellos idiotas” incapaces de bajarlas. En definitiva le desagradaba
manejar de noche.
La
carretera estaba vacía. Sólo de vez en cuando se cruzaba con algún camión de
grandes luces incandescentes que lo obligaba a disminuir la velocidad para no
despistarse, maldecía, sin embargo, retornaba a su velocidad habitual, bastante
prudente por lo demás. A medio camino una caravana de camiones salmoneros
repletos de bins, le obligó a detenerse en la berma cerca del lago Tarahuín,
provocando una instantánea descompensación en sus nervios que lo dejó con una
sensación de ira y violencia pocas veces vivida. Esta caravana de grandes focos
que lo cegaban más que mirar al sol directamente, le provocó los mismos
estornudos involuntarios que le desconectaban de la realidad por escasos
segundos, pero que al volante podrían ser los mismos que se necesitaran para
volcar. ¿Qué tenía que hacer a estas horas de la noche manejando de Castro a
Quellón? ¿por qué había aceptado hacer aquel favor?
“Nunca
más llevaría a nadie a Castro si con ello estaba obligado a retornar de noche”.
Se
recriminaba por no aceptar la invitación que le hicieran para quedarse a alojar.
Sí, él era el culpable de todo lo que ocurría.


















