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lunes, 29 de mayo de 2017

"Bote" por Jorge Araya Poblete














Ilustración por Alex Olivares.
















Ese día el maestro constructor parecía no querer hablar con nadie, concentrado en sacar la mayor cantidad de tablas, de cada tronco apilado en el astillero. Luego de cortar los árboles más rectos que pudo encontrar, los puso en un coloso que remolcó hasta su casa para concretar su nuevo proyecto: un bote pesquero con motor fuera de borda. Sin embargo, para conseguir la madera tuvo que llevarse un mal rato, pues una comunidad indígena que vivía en el sector insistía en que no utilizara esos árboles; el maestro tuvo que llegar a amenazar a varios de los lugareños para conseguir el material necesario.

Al anochecer, contempló satisfecho su trabajo: había logrado quitar la corteza y pasar por sierra circular todos los troncos, para al día siguiente comenzar el armado. Según sus cálculos hasta le sobraría material. Esa noche dormiría tranquilo pensando en el trabajo pendiente.

Tres de la mañana. El incesante ladrido de unos perros lo despertó. Se asomó por la ventana y vio varias sombras entrando a su taller, para luego salir cargando el fruto de su trabajo Furioso,  tomó la escopeta y salió a enfrentar a los ladrones. En cuanto llegó a la puerta del galpón dio un disparo al aire como advertencia: en ese instante se dio cuenta que quienes estaban robando las tablas eran jóvenes de la comunidad indígena, al parecer siguiendo instrucciones de los ancianos. Luego de amenazarlos con llamar a Carabineros si no devolvían todo a su lugar, el maestro entró a su casa para volver con un viejo y enorme candado a cerrar la puerta del lugar. Definitivamente no dormiría el resto de esa noche.

martes, 2 de mayo de 2017

"El Caleuche Alemán" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Alex Olivares.













Mi nombre es Benjamín Bórquez. Quisiera relatarles una historia que está presente en el inconsciente de las personas de la Patagonia Insular, y de los fiordos que están más al sur. Pretendo narrar la experiencia que viví en mi juventud para que ustedes puedan generar sus propias conclusiones.

En 1942, trabajaba en un aserradero en la desembocadura del río Cisnes. Era común que los jóvenes saliéramos en busca de trabajo muy lejos de nuestros hogares, cruzando el peligroso Golfo de Corcovado para recalar en un lugar salvaje, franqueado por imponentes montañas de cumbres nevadas y selvas inexploradas, con riquezas extraordinarias. Aquí, en este confín del mundo, se asentaba el aserradero en el que trabajábamos unas 50 personas. Sin embargo, la temporada estaba llegando a su fin y era necesario buscar nuevos horizontes.

Recibí noticias de un tío paterno, capataz de una estancia en Cochrane, que necesitaban un peón. Él me había recomendado, por lo que me esperaban lo antes posible. Para llegar pronto a Cochrane era imprescindible navegar en el Vapor Tenglo, que surcaba los mares australes. Esta embarcación realizaba el viaje entre Puerto Montt y Puerto Aysén, una vez al mes. Para embarcarme, debía esperar al Tenglo que realizaba un complejo itinerario en los puertos de la Isla de Chiloé y el Archipiélago de las Guaitecas, teniendo que surcar las furiosas aguas del Golfo de Corcovado. Si se levantaba algún temporal, obligaba a la embarcación a capear el temporal en Quellón o Melinka y el itinerario cambiaba rotundamente.

El aserradero comenzaba a disminuir su producción debido al mal tiempo que adelantaba su aparición ese año, por lo que mi renuncia fue aceptada sin problemas. Luego de que el capataz estrechara fuertemente mi mano deseándome suerte, pasaron dos interminables días de espera junto a cuatro hombres que se dirigían a diferentes destinos del extremo sur, todos en busca de mejores oportunidades laborales.

Entre estos hombres llamaban la atención dos hermanos, de recia fisonomía esculpida por los rigores del trabajo, sus nombres: Ladislao y Artemio Chiguay. Gregorio Torres era otro, silencioso, de carácter ladino y bajo perfil. Finalmente, Juan Coñoecar, hombre pequeño, de mirada intrigante, se comportaba extraño; seguro se debía a su procedencia, el pueblo de Quicaví en la Isla de Chiloé.

Nos instalamos en una rancha construida para prestar refugio en situaciones de forzosa espera. Allí acortamos las horas con partidas de truco, tomando mate y fumando. Como el mal tiempo retrasara la aparición del Vapor, no nos quedó más opción que armarnos de paciencia y esperar.

En nuestra tercera vigilia, el viento soplaba con fuerza, colándose por las rendijas, provocándonos un frío estremecedor. Las partidas de truco y el mate con punta influyeron en que nos quedáramos en vela, alcanzándonos la madrugada. El temporal otorgó una tregua, y se instaló una pesada bruma a nuestro alrededor, que impedía ver más allá de una decena de metros.
Sólo la tenue luz de mi lámpara iluminaba, dejando ver el lúgubre rostro de mis compañeros como si de un vaticinio se tratara. Ya habíamos perdido la esperanza de que el Vapor apareciera desde el Canal Jacaf.

sábado, 15 de abril de 2017

"Perro muerto" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Alex Olivares.












La tranquilidad de tres parroquianos de un restaurante de mala muerte, es interrumpida por los gritos destemplados de una niña, que al principio parece ser a causa de un berrinche, pero estos van tomando un cariz gutural, espantoso. El personal del restorán sale disparado hacia una pequeña puerta verde ubicada al final del pasillo de los servicios sanitarios. 

A medida que los gritos aumentan y los ruidos de lo que parece ser una pelea se tornan amenazantes, los contertulios, que de costumbre son indolentes, comienzan a inquietarse. 
De pronto la diminuta puerta verde se abre, emergiendo una de las meseras con el rostro desencajado, se acerca a la mesa en que los tres hombres la observan expectantes. Uno está a punto de preguntar a la mujer cómo se siente, pero ella los hace callar indicando la puerta verde del final del pasillo, algo va a suceder... 

Una especie de sollozo, similar a esas oleadas de aullidos de perros que por las noches, por esas raras noches nos desvelan, va ganando volumen. La mujer se impacienta, va dubitativa en dirección al pasillo. Se detiene en seco, porque la puerta verde se está abriendo y de ella brota el sollozo que se transforma en estruendo gutural. Lo emite una pequeña de unos siete años, desaliñada, lleva en sus manos una muñeca negra, desnuda. La mujer, como movida por una idea apremiante, se abalanza para intentar arrebatársela, forcejea con la niña y la cabeza de plástico sale volando, cae al piso, rueda hasta las inmediaciones de la mesa de los tres hombres que, observan aterrados como al detenerse, la cabeza de muñeca abre unos enormes ojos y esboza una sonrisa insana. 

La niña emite un grito imposible y se calla con mirada perdida en algo indefinible sobre la mesa de los tres parroquianos. Los hombres huyen atropellándose en la salida, han abandonado el restorán de mala muerte, interpretando el no menos despreciable “Perro muerto”.

martes, 24 de marzo de 2015

"Pistolero" por Jorge Araya














Ilustración por Alex Olivares.





Una ridícula canción de amor. Un cepillo cilíndrico de cerdas blandas. Un pote de grasa. Incontables pensamientos. Unos cuantos sueños. Ningún deseo.

En la grabación, el cantante llevaba su voz a límites insospechados gracias a varios filtros digitales usados por el ingeniero de sonido en las distintas capas de la mezcla, para hacer sonar al artista como un ser excepcional, sin ser más que un simple humano. En la habitación el cepillo era untado en grasa, para luego lubricar con lentitud y parsimonia el cilindro para el cual fue fabricado. En su cabeza, frases confusas se agolpaban para salir sin lograr su objetivo. En su alma los sueños se apagaban en la medida que la madrugada avanzaba. Su cuerpo simplemente le pedía descanso, pero ya sin esperanzas.

La canción de amor terminó, junto con la lista de reproducción, dejando la habitación en silencio. El cepillo salió del cilindro casi sin grasa, quedando apoyado encima del pote a medio cerrar. Los pensamientos se hacían cada vez más bulliciosos y menos inteligibles. Los sueños acompañaban a los deseos en el limbo. Había llegado el momento de partir.

martes, 19 de agosto de 2014

"La Verdadera Historia de Richard Upton Pickman" por Patricio Alfonso













Ilustración por Alex Olivares







Preludio

Surge la luna tras una nube negra, iluminando la faz del Boston dormido. Sus rayos alumbran un momento la oscura fachada de una casa, en el North End. En la entrada hay de pie una silueta. La luz de la luna muestra unos ojos rasgados, unas orejas demasiado puntiagudas, los pelos rojizos de su barba rala. A sus pies yace un maletín del que sobresalen algunos lienzos enrollados y los mangos de unos pinceles, y del cuello le cuelga una cámara fotográfica. El pintor Richard Pickman lanza una mirada irónica a la calle que baja hacia el mar de Massachussets, antes de levantar el maletín y ponerse a caminar en dirección a la Copp´s Hill, pasando por callejas torcidas flanqueadas por casas de techos puntiagudos y muros vacilantes. Las casas terminan, y Pickman sube por la ladera hasta la verja del viejo cementerio. La verja está cerrada con una cadena gruesa y cubierta de orín, pero Pickman la empuja creando un espacio para deslizar su delgado cuerpo. Como una sombra creada por los rayos de la luna, Pickman camina entre las antiguas tumbas. Llega por fin al sector más recóndito y ruinoso del camposanto. Tres figuras se alzan de una lápida destrozada. Se los podría tomar por cadáveres escapados de aquellos sepulcros. Completamente desnudos, fláccidos y esqueléticos, llevan en la piel el tono ceniciento de los muertos, manchado aquí y allá por parches de moho y descomposición. Sus manos y pies terminan en uñas enormes. Sus rostros, una mixtura atroz de cerdo, perro y ser humano deben ser familiares, sin embargo, a los habitúes del Art Club de Boston, donde Pickman exhibe sus pinturas. El pintor levanta la cámara fotográfica y el fogonazo del flash relampaguea entre las sombras del cementerio. Luego Pickman se abre paso entre el monstruoso trío.
    Hoy no me ocuparé mas de ustedes, gusanos de cárcava —les dice con tono de burla—. He venido a ver a una reina.

Pickman se aproxima a un mausoleo de factura gótica que por su forma y dimensiones destaca entre las pobres y derruidas tumbas que lo rodean. La luz de la luna que pasa permite ver en el sombrío interior paredes cubiertas de nichos y un túmulo central. Pickman entra y se acerca, mirando dentro.


En el interior del túmulo los rayos lunares dejan ver el cuerpo yacente de una mujer envuelto en tules negros y con las manos cruzadas sobre el pecho.

    Hora de despertar, princesa. He venido a hacer tu retrato.

Las manos de la interpelada son tan pálidas como su rostro, con larguísimas uñas pintadas de negro. Su faz de bellos rasgos es tersa. Se la diría viva en la tumba, pero quien sabe que opinión merecería a quien se la topase en la Beacon Street. Pickman se inclina y con un beso roza apenas sus labios rojos.

    —Aquí está tu príncipe, Bella Durmiente.

viernes, 23 de mayo de 2014

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Alex Olivares







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Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua,
hacia una meta que vislumbraba vagamente.
(El Sello de R’lyeh, August Derleth)

Me es difícil saber a ciencia cierta dónde me encuentro, todo me es ambiguo. Sólo tengo recuerdos vagos de una vida aparentemente inventada e ilusoria. Quizá sea el producto de un mal sueño, de los que son muy difíciles de despertar. Pero mi mente trae constantemente recuerdos repetitivos, de esos que te los llegas a creer y, sin embargo, resultan totalmente contradictorios a la hora de emitir un juicio o una respuesta sensata.
¿Otras vidas? Posiblemente.
El sueño involucionado comienza en una pequeña biblioteca, en la que me instruí en un primigenio-terror-fusionado tras ásperas y polvorientas páginas. Sin saber, me había iniciado en lo oculto y hermético, y en la literatura al mismo tiempo. En aquellas protervas lecturas envueltas en pasión epiléptica vi un libro que llamó mi atención… se trataba de un cuento de terror, de esos de nombre extraño. Su nombre; “La llamada de Cthulhu”. Pero más extraño aún y como un punzante dèjá vu, me resultaba el nombre de aquel demencial escritor: H.P Lovecraft.

jueves, 6 de febrero de 2014

"This Magic Moment" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Alex Olivares







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     Cuando entré a aquella casa ya estaban muertos… claro, aún no lo sabían, pues eran materia prima para mis impulsos.
     …Lou Reed nos hablaba sobre este «mágico momento» en la radio.




miércoles, 5 de febrero de 2014

"Malas Nuevas" por Patricio Alfonso













Ilustración por Alex Olivares







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     Otra vez el viejo loco anduvo haciendo experimentos en el jardín. Las lombrices no debieran tener pies, ni subir las escaleras, ni venir por ti.

viernes, 24 de enero de 2014

"Prisionera" por F. A. Real H.













Ilustración por Alex Olivares







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     Primero, me encadenaron a la tierra.

     Ahí me dejaron, anclada e incapaz de volver a vagar con la libertad de antaño. A ellos y a su progenie los maldije en todas las lenguas que conocía y esperé paciente el día de mi venganza, en que me cobraría mi pago con su sangre... o la de sus descendientes.

     No contentos con haberme hecho prisionera, me vendieron como una esclava. Aunque odié a todos los que me poseyeron, debo decir que hubo algunos que fueron más cuidadosos y tuvieron la deferencia de tratarme con algo que asemejaba el respeto. Fue gracias a esa piedad que pude recuperar la fortaleza de mis primeros años y tuve algo de paz en mi corazón, aunque nunca olvidé que seguía estando bajo el yugo infame de mis opresores.

      Y luego… bueno, luego vinieron los malos tiempos.

     Tuve dueños déspotas y engreídos, que creyeron que podían hacer con mi cuerpo lo que se les diera la gana. No sin una breve sonrisa, observé cómo fueron sufriendo los más terribles e inexplicables destinos. Algunos, en sus estertores agónicos, murieron asegurando que yo había sido la culpable de su fin pero, por supuesto, nadie daba crédito a esas palabras. ¿Cómo era posible que yo hubiese sido la culpable? ¿Yo, la que no se movía para nada?

     Otros aseguraban que criaturas imposibles habitaban en mi interior, monstruosidades innombrables llenas de odio hacia cualquiera que intentara vivir conmigo. Incluso hubo un par que trajo «expertos» para que me examinasen… ¡Y hasta sacerdotes para me bendijeran con sus balbuceos incoherentes! El resultado en todos los casos fue el mismo: me apaciguaba por un tiempo —más que nada por precaución— pero siempre terminaba volviendo a las andanzas. Solía esperar hasta que mi propietario anterior se cansara de luchar contra mí y me vendiera a algún iluso que lograra engañar con embustes y maquillaje; después de todo, el tiempo me había pasado la cuenta y mi juventud no era sino un lejano recuerdo.

      Entonces las cosas comenzaron a empeorar.

martes, 10 de diciembre de 2013

"Noches en vela por mami" Por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por Alex Olivares

Rip the veins from human necks
Until they're wet with life
Razor-blades love teenage flesh
An epidermoty
I'll bring back a souvenir
For it's my mommy's dream

—“Mommy, can I go out and kill tonight” The Misfits


Mami creía que no la veía, pero podía verla muy bien.

Todas las noches, cuando estaba seguro de que dormía profundamente, con un clavo raspaba el ladrillo bajo su ventana —nunca dejaba las persianas abiertas— hasta que logré hacer un orificio lo suficientemente grande para vigilarla. Solo una vez se asomó a averiguar qué producía el rasqueteo, pero alcancé a ocultarme entre las sombras de la chatarra que rodeaba la casa. Balbuceó insultos a los ratones y regresó a su inmundo colchón tirado en el piso. Fuera de esa noche, siempre quedaba inconsciente después—y a veces antes o durante— de que se la follara algún borracho que se largaba subiéndose el pantalón luego de descargarse en ella.

Mami siempre tuvo novios de la misma calaña: traficantes, alcohólicos —jamás bebí una gota de alcohol por mi voluntad—, ladrones de poca monta y la mayoría de las veces, eran su chulo. El último que conocí personalmente fue Freddy. Al principio me trataba bien, me traía algún caramelo, una revista o me daba dinero para que hiciera lo que me placiera. Todo era una inversión entendí con los años, una forma de llegar a la gallina de los huevos de bronce. Y para explotar a una gallina ponedora no se necesitan sus polluelos. Cuando tuvo a mami en sus manos, reportándole cada paso dado y cada peso ganado, fue cuestión de tiempo para que encontrara la forma de deshacerse de mí.

Nunca supe con qué droga tenía laceada a mami, aunque la verdad ella recibía todo lo que le dieran. Aún ahora es incapaz de decir que no. Fuera lo que fuera, Freddy ejercía un control total sobre ella. Si él le ordenaba que se la chupara al primer tipo que se le cruzara en la calle, ella accedía sin poner pero.

No debería haberme extrañado lo que ocurrió esa noche.

Viajábamos regularmente para cambiarnos de ciudad. Mami se hacía rápidamente mala fama entre las mujeres, ya que se metía con cualquiera que le ayudara a reunir la cuota que le exigía su hombre. Y eso incluía a casados, autoridades entre ellos; uno que otro sacerdote y siempre, había policías metiéndose bajo sus faldas.

En la carretera, en un bosque sin señal ni más luz que la escuálida luna, nos detuvimos saliendo por una camino de tierra hasta que llegamos al borde de los árboles. Freddy me ordenó que bajara y tras él venía mami, con una pistola en su temblorosa mano.

—¡Hazlo de una puta vez! —le gritó mientras miraba vigilando hacia el camino.

—No puedo Freddy… es mi pequeño…

—Entonces te quedas con tu pequeño espanto en medio de la nada. Yo me largo —y arrojó el cigarrillo a mi cara girando sobre sus talones para subir al auto. La braza golpeó justo en mi pómulo, pero tenía otros dolores no físicos de que preocuparme.

Mami se debatió entre atender la quemadura que tenía bajo mi ojo y salir a detener a su hombre. Lo dudó cinco segundos y se detuvo junto a mí. Freddy se volteó sorprendido por la decisión, hasta que vio que levantó el arma y me apuntó a la cabeza.

Puso el dedo en el gatillo.

jueves, 21 de noviembre de 2013

"Funesta Luz" por Patricio Alfonso

Ilustración por Alex Olivares


“Gorgo, Mormo, thousand-faced moon, look favourably on our sacrifices”
H.P. Lovecraft


El fin del mundo vendrá cuando eclosione la luna. Porque la luna es un huevo. Cuando el huevo que ahora es la luna fue puesto, era pequeño. Pequeño en relación con su tamaño actual, pequeño comparado con la criatura que lo puso y - por supuesto - comparado con el universo (Sigue siendo pequeño comparado con el universo) El lugar de la puesta fue el espacio sideral, en una zona por cierto desconocida que es la morada de criaturas abismales. Y si es cierto que resulta mejor no describir a dichas criaturas, no lo es menos que una de ellas es la madre de la luna. Así se la puede denominar con toda propiedad, pues fue la que puso el huevo.

Merced a un mecanismo inherente a su propia biología interna, el huevo no permaneció en el lugar de la puesta sino que se desplazó. Su desplazamiento no fue poca cosa, puesto que implicó cantidades astronómicas (nunca tan bien dicho) de tiempo y espacio. Durante su recorrido, el huevo fue creciendo, y cuando fue capturado por la órbita del planeta que nosotros llamamos Tierra, si bien no tenía su talla actual, era más grande que en el momento de la puesta.

martes, 22 de octubre de 2013

"Manuel Octavio Bermúdez" por Alex Olivares y Aldo Astete Cuadra

"El Monstruo de los Cañaduzales" por Alex Olivares

Cañaduzales
Por Aldo Astete Cuadra

¿¡Quién anda ahí!?
¡Malditos dejen de joder!
no les basta con estos 26 años
acaso deben seguir atormentándome
Repito, malditos ¿¡quién puta anda ahí!?
No dejo de ver sus cuerpos, sus rostros,
descomponiéndose a la sombra de la caña
con sonrisas despellejadas sin labios
Por qué debían mostrarme lo que el gusano
les hace a sus cuerpecitos
Por qué debían atormentarme con interrogatorios y pruebas
si confesé todo, a unos y a otros sodomicé y lo asumo.

martes, 15 de octubre de 2013

"Candyman" por Pablo Espinoza Bardi

Ilustración por Alex Olivares

Todos en la familia terminamos odiando al viejo Ordoñez. Cada día lo descuidamos más y más hasta llegar a esto: el abandono total. De vez en cuando debíamos abrir las puertas y ventanas para ventilar el lugar. Sacarlo en su silla de ruedas hacia el pasillo del bloque y dejarlo ahí hasta ya entrada la noche. Su peste nos ponía de mal humor. Las peleas eran comunes al principio, sobre todo cuando debíamos turnarnos para darle la comida o asearlo.

Con el tiempo lo fuimos olvidando. A veces pasaban días y nadie se acordaba de él. Se hizo una rutina dejarle una bandeja con comida, agua, una bolsa con caramelos y algo de morfina…, y a los días volvíamos para repetir el proceso. En ocasiones, tan sólo le dejaba la morfina y una bolsa con sus caramelos favoritos. Entrar a su cubículo me significaba una tortura. El olor a mierda mezclado con la morfina me ocasionaba terribles migrañas. Ni siquiera con dejarle la ventana abierta desaparecía la hediondez. A veces miraba su rostro repleto de surcos y cicatrices… su asquerosa barba repleta de comida y moscas… y miraba directo a sus ojos nublados y estos estaban llenos de odio. Sentía que en cualquier momento saltaría desde su silla para estrangularme…, sé que lo haría, yo en su lugar lo haría.

viernes, 4 de octubre de 2013

"Arte y Culto a Goczecocogch"




Logo por All Gore

"Protubers" por All Gore
"Fraksholus" por Alex Olivares
"Goczecocogch" por Ana Oyanadel

lunes, 23 de septiembre de 2013

"El Hombre Marino" por Aldo Astete Cuadra


Hace unos años, veía, de tarde en tarde, a la señora Eugenia Torres pasar por el frente de mi casa, ahí por la playa. Se dirigía hasta «Punta de Lapas», a la punta en donde se unen las corrientes y regresaba al rato, ya de noche. Un día salí a comentarle que no era muy recomendable que fuera sola a esas horas hasta allá, pues ahí pasaban cosas extrañas, varios vecinos decían haber visto el «barco fantasma». Ella me dijo que no creía en esas cosas, así que la acompañé haciéndome la valiente, nunca iría sola durante la tardenoche hasta la puntilla. Nos sentamos a unos metros del agua. Conversamos de algunas cosas que ya ni recuerdo, hasta que lo vi clarito y no pude evitar dar un grito ahogado. Se trataba de un hombre que emergía del agua hasta la cintura y nos miraba desde lejos. Se sumergió enseguida. La señora Eugenia Torres no vio nada, pero inmediatamente el hombre, que vestía un traje negro volvió a aparecer y ahí sí que ella lo vio. Las dos salimos corriendo, yo me vine hasta mi casa y ella siguió corriendo por la playa hasta la suya que quedaba en la Medialuna.

viernes, 6 de septiembre de 2013

"El Ojo Oceánico" por Juan Mayor *

"Ojo Metálico" por Alex Olivares
*Relato ganador del concurso ¿Cómo sería el resurgimiento de R'lyeh?

Me arrepiento tanto de haber tomado la decisión de cruzar el Océano Pacífico en esa embarcación… Si no hubiera vivido todas esas atrocidades aquella noche, no dependería de este pequeño atisbo de cordura para dejar registro de lo que…presencié… Pero debo escribirlo, antes de que aquello me atrape nuevamente. Aquel pandemonio innombrable, con sus extensiones aceitosas y sus ventosas que me observan, impávidas, en la complicidad silenciosa de esta habitación…

Esa noche, en alta mar, había un silencio que nunca en la vida había sentido. Una quietud en la cual cualquier sonido involuntario retumbaba en el ambiente, como si estuviera entre dos grandes peñascos. Ni siquiera el eco que se producía ondeaba el agua, por lo que empecé a desorientarme con el ruido circundante y a cuestionarme al unísono si lo que estaba viviendo era un sueño. Lo que me causó mayor preocupación fue el hecho de que el agua despedía un hedor que…no, no puedo describir… Luego, sentí que un vapor - supongo que fue lo que produjo ese olor - hacía hervir el océano de una manera que se asemejaba a estar sobre una enorme masa gelatinosa. Al mirar hacia abajo, pude presenciar miles de ojos que parecían burbujas que estallaban y alteraban mis sentidos de forma espantosa. En ese vértigo, pude distinguir figuras geométricas ciclópeas, difíciles de concebir por una mente humana. Eran como pilares calcáreos de origen antiquísimo que sostenían algo que no pude descubrir al principio…pero que, poco a poco, asimilo cuando veo ciertas imágenes en mis episodios de locura… Siento que aquello quiere volver…seguiré lo más que pueda…


lunes, 2 de septiembre de 2013

Editorial de Septiembre

Logo por Alex Olivares
Chile del terror, en este mes de septiembre, tiene muchas novedades y especiales para hacer de todos quienes gozan del terror y siguen nuestro sitio, unas fiestas patrias inolvidablemente siniestras.
Pero antes, hay una serie de avisos necesarios que debemos incluir en esta editorial, como los ganadores de diversos concursos que hemos realizado en el mes de agosto:
En el concurso sobre un poema gore para adjudicarse los tres libros de Pablo Espinoza Bardi (Urlo, Necropestiva vol. 2 Cuentos de Gore, locura y muerte y La maldición de los Whateley’s) el ganador es Rodrigo Figueroa con su poema "Snuff". El envío lo haremos esta semana toda vez que se ha levantado la huelga de Correos de Chile que nos tenía complicados, y esto es válido para los demás ganadores de otros concursos..
En el concurso sobre la mejor definición de “ominoso” realizada en nuestro facebook la ganadora del primer número de la revista Ominous Tales es para Fauna del Bosque que ya dentro de esta semana, podrá contar con su revista.
Por último, el premio de una polera de Chile del Terror conmemorativa del natalicio de H.P. Lovecraft por escribir una ficción de ¿cómo sería el resurgimiento de R’yleh? es para Juano y su relato “El Ojo Oceánico”.
Luego de comunicar a los esmerados y creativos ganadores de los concursos del último tiempo, queremos contarles que se están subiendo una serie de audiocuentos, principalmente los realizados para la conmemoración del aniversario anterior en honor Lovecraft, así como otros relatos.
Este mes, es especial, es un periodo en el que emerge toda la chilenidad y es por eso que hemos decidido realizar un especial mitológico con una serie de relatos vivenciales redactados por nuestro staff de escritores, quienes han realizado un rescate de la memoria de personas anónimas quienes se han enfrentado a situaciones que los han puesto de cara a los mitos más horrorosos de  nuestro país, especialmente de las zonas en que habitamos y que además serán concienzudamente ilustrados por nuestro staff de dibujantes. Este especial se prolongará hasta la última semana de septiembre. A partir martes 24 del mismo mes daremos inicio a un especial largamente esperado tanto por nosotros, como por quienes ya se han empapado del terror materialista cósmico de Cult of Goczecocogch, una serie de relatos, cómic, ilustraciones y poemas que aumentan la mitología de este ser omnipotente que se niega a ver las estrellas desde las profundidades abisales de Cancerá.
No me queda más que instarlos a continuar visitándonos, tanto en nuestro blog, como en facebook, leyendo nuestro terror nacional y participando activamente en las iniciativas y concursos que estaremos comunicando oportunamente. Desde ya estamos agradecidos por la fuerza que ha tomado este proyecto, al transformarse, estamos seguros, en una de las alternativas más validas y pujantes del terror nacional.



Editor Chile del Terror

martes, 27 de agosto de 2013

"Yo Soy Arkham" Por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por Alex Olivares

El clamor de la gente hace vibrar las ventanas de mi habitación. Puedo sentir su odio atravesar la madera de las paredes y llegar hasta mi escritorio. Todo haría pensar que preferirían estar aprovechando los últimos momentos con sus seres queridos pero no: han elegido tomar al chivo expiatorio para aplacar su frustración ante el inminente fin del mundo.

Que esté escribiendo estas líneas puede parecer tan absurdo como la actitud de la multitud enardecida, pero la verdad, no tengo ser querido alguno a quien abrazar.  Soy el último de mi familia, un linaje de alta alcurnia que —debo reconocer con dolor— conmigo ha llegado a un triste fin. Lo único que me queda es la nutrida biblioteca de mi fallecido abuelo, y esta pila de manuscritos que me han llevado a mí y al resto del mundo a la perdición.

Tal vez se haya cruzado en su camino alguno de mis relatos, editados en cierta revista de ficciones más bien hipermasculinizadas, cuyas portadas difícilmente evocan mi prosa o la de mis compañeros y corresponsales de El Círculo. Las ilustraciones de esta publicación podrían sugerirle una cruza entre las aventuras de Julio Verne con La Venus de von Sacher-Masoch.

Sembrada la simiente de las ciencias de civilizaciones antiguas, su imaginería, su mitología, su cosmovisión en general, desde los libros empolvados compartidos con mi abuelo y que recibí como herencia; regado con los nuevos conocimientos de este siglo. Es esta iluminación la que aún deja un atisbo de mi ser en esta era. El resto de mi esencia pertenece al pasado, a los años que ya no volverán, pero que han hendido a la humanidad con sus delicados colmillos.

Mis inicios —debo admitir— fueron de una emulación ahora noto vergonzosa, de mis influencias más patentes. Poe, Dunsay, por supuesto Blackwood (caballero que dejó este mundo teniendo una gran opinión de mi obra), marcaban mi estilo, dando espacio a mis prejuicios de hombre de poco mundo con pretensión de lo contrario.

Fue en mis sueños, que para muchos serían horribles pesadillas, donde encontré la verdadera sabia de mis cuentos.

Visiones de mundos indescriptibles para el lenguaje humano. Seres —si es que cabe señalarlos con tal calificación— que desafían las leyes de la física y la cordura. Si quedase tiempo a la realidad, le invitaría a leer mis transcripciones de esas imágenes. Mas solo podré entregar este testimonio.

viernes, 23 de agosto de 2013

Howard Phillips Lovecraft: Un tributo gráfico por Ana Oyanadel, Alex Olivares y All Gore

Ilustración por Alex Olivares

"Horror Cósmico". Ilustración por All Gore

Ilustración por Ana Oyanadel.

martes, 20 de agosto de 2013

"El Meteoro" Por Aldo Astete Cuadra

Ilustración por All Gore

Los habitantes observaban atónitos, cómo el cielo se iluminaba con diversos reflejos multicolores y sonidos perturbadores del orden de los truenos, pero con tonos musicales graves y desquiciados que parecían obedecer a cierta inteligencia maligna. Todos asistían al suceso, ensimismados. El causante de semejante espectáculo se presentaba como una bola de fuego incandescente que extendía una estela deforme y colorida a kilómetros de distancia.
Cercana ya la media noche, sintieron pavor al constatar que un meteoro se aproximaba al pueblo y que su caída parecía ser inminente. Sin embargo, una fuerza desconocida impedía que los presentes huyeran; nadie quería perderse detalle, un morbo suicida los detenía a pesar del miedo que se alojaba en sus interiores.
En un instante, la hipnosis pareció fluctuar y el temor trastocó las mentes de las mujeres que comenzaron a rezar Padre Nuestros y Ave Marías, mientras los niños chillaban como barracos, buscando el consuelo de los padres que se mantenían mirando hacia el cielo sin decidir moverse de sus lugares con el semblante ausente, indiferentes a las escandalosas manifestaciones de sus seres queridos.
Finalmente, el aerolito y su luminosidad inundaron la atmósfera del poblado y la bahía circundante, con un bochorno nauseabundo, acompañado de ráfagas de arena, echando por tierra algunas viejas edificaciones, así como a todas las personas que no estuvieran a buen resguardo, llevándose consigo animales pequeños y gran parte de los sembradíos y frutas que aún se encontraban en los árboles. Entre todo ese alboroto, sólo unos pocos fueron testigos privilegiados de cómo el meteoro se estrelló en un silencio inusitado hacia el norte del poblado, entre los frondosos bosques que se empinaban en los montes y que rodeaban el caserío erigido frente al mar. Lo extraño fue que no se percibió explosión alguna, ni se sintió movimiento telúrico, o sonido de impacto, más bien parecía que el meteoro había aterrizado.
Mientras los pobladores, aún atónitos y reponiéndose de las magulladuras, comentaban lo sorprendente de no haber sentido una explosión, oyeron la voz desgarrada de uno de los jóvenes que pedía que voltearan para mirar a través de una nube de polvo que levitaba en el ambiente y hacía dificultosa la respiración. En el horizonte, cortado por un cielo demasiado brillante aún, se elevaba un inmenso hongo a varios cientos de metros para dispersarse, en forma de viento húmedo, cayendo con el estrépito de una ruma de troncos y golpeando nuevamente al pueblo, provocando severos daños materiales que, a esas alturas, quedaban en un segundo plano, ante la providencial escapada.