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jueves, 4 de octubre de 2012

"La Iniciación" por Pablo Espinoza Bardi


'Neonomicon' - Alan Moore & Jacen Burrows
También puedes escuchar en formato audio cuento aquí.   


Cada noche veo aquella Torre ubicada en las ruinas de un templo, rodeado de dunas y colinas al norte de Kadath. Las sensaciones corpóreas que experimento en aquellas perseverantes sesiones nocturnas me convencen cada vez más de la monstruosa realidad de mis sueños. En un principio me sentía aterrado, pues las enormes criaturas que se mueven en esta realidad se asemejan a horrores recordados de una época anterior. Cada vez me es más difícil volver. Cada vez que despierto algo de mí en queda en ese lugar...  y algo mucho peor sale.

“El Vademécum negro de Absu”
 Ex Libris, Cornelius Ormus (1606).



     El retorno al hogar siempre está lleno de recuerdos de todo tipo; recuerdos buenos y otros no tanto. En mi caso me inclino por el segundo. Mi familia siempre ha sido muy estricta, y sobre todas las cosas fanático-religiosa, motivo por el cual mi crianza fue distinta a la de los demás niños, nunca pasé una navidad normal y nunca recibí un abrazo cálido por parte de mis padres... de hecho no me dejaban siquiera salir de la casona. En el caso de la educación, esta corría por parte de unos monstruosos tutores (dos asignados por familia) que solo hablaban de la palabra de nuestro Señor, y todo lo que se saliera de esa palabra era condenable y pecaminoso: “Haz todo lo que se antoje, mientras sea la voluntad de la palabra...”. La verdad esta frase decía mucho y poco a la vez. Ese “todo lo que se antoje” se limitaba tan sólo a unas leyes establecidas por esta secta cristiana, que según ellos tenía procedencia divina. Los tutores influyeron en la triste decisión de trasladarme y alejarme lo antes posible, ya que estaba influyendo de manera negativa en la ascensión espiritual de mis padres. Incluso me llamaron Leviatán ¡A un niño de sólo once años de edad!
        
    El motivo de mi llegada se debe a la enfermedad de mi padre, la cual lo tiene postrado, el doctor me ha dicho que su muerte es inminente... sólo es cuestión de días. Por desgracia mi madre me ha estado evitando desde que llegué, quizás por vergüenza y por miedo a que le reproche todo.
        
    Los recuerdos empiezan a florecer de a poco en mi mente mientras recorro los jardines de la enorme casa situada en las afueras de Providence, Rhode Island. Recuerdo perfectamente cuando niño, a la edad de seis años, la llegada de esta secta de fanáticos cristianos. Se presentaron como los portadores de la palabra de Cristo y los precursores del nuevo Eón. Sus imponentes templos se extendían por todo Massachusetts como viles langostas en una plantación, sacando dinero a los fieles y para prepararlos en la Ascensión final. Los “Tutores de la Palabra” tenían la misión de asesorar a las familias, imponiéndoles el nuevo estilo de vida bajo los dogmas de la secta. En realidad, se encargaban de lavar el cerebro y recaudar fondos.