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jueves, 25 de octubre de 2012

"El Suicidante del Moraleda" por Aldo Astete Cuadra



Elías llevaba horas navegando entre los canales australes. Desde el techo de la barcaza disfrutaba de un paisaje esplendoroso junto a una decena de personas que indicaban extasiadas hacia algún cerro cortado a pique o ante la aparición de algún lobo de mar que acompañaba por tramos a “La Pincoya” con rumbo hacia Puerto Chacabuco. 

Al atardecer, se encontraron cerca de una pequeña caleta de pescadores. La temperatura declinó abrúptamente, provocando que los curiosos turistas ingresaran a la comodidad de sus butacas. Elías se sentó, esperando que las personas se durmieran pronto. Finalmente, decidió salir, pues aún restaban un par de horas para llegar a Puerto Aguirre y luego de aquel lugar habría tiempo para dormir como los demás, pero antes era necesario conectarse con su interior y disfrutar del paisaje nocturno del Canal Moraleda.
Acompañado de una botella de pisco sour que ayudaba a llevar mejor la soledad, se acomodó cerca de los tubos de escape de los motores que se encontraban en el techo.  La tibieza alrededor de éstos le permitía soportar la gélida noche austral, rutilante de estrellas y con media botella en el gaznate, la noche se mostraba magnífica. 

Estaba observando el movimiento del universo y de improviso, observó a su derecha a un hombre maduro, vestido de traje oscuro, camisa blanca y pañuelo al cuello, parado sobre la baranda de popa, balanceándose con la clara intención de saltar a las frías aguas del Canal. 

Instintivamente Elías quiso ayudar, apresurándose a gritarle para evitar lo que parecía inevitable, pero el hombre, después de mirarle con un gesto extraño saltó al vacío perdiéndose entre la estela de espuma que resaltaba como la línea continua de una carretera en medio del Canal.  

lunes, 4 de junio de 2012

"Recordar", por Paul Eric

Hay que basarse en los placeres de la vida. No hay que regresar el pasado sino vivir el presente, pues ni el futuro importa. Eran la clase de cosas que solía recordar Francisco con una antigua pareja. Cosa curiosa, pues al recordarla, hacía caso omiso a una de sus leyes. Pero ¿cómo no pensar en ella? No de aquella forma donde sus cejas se fruncían, ni tampoco sus fuertes discusiones; que más de alguna vez llegaron a las manos. Ella sonreía y él respondía haciéndole el amor. Una sinergia de dos personas de impecables imperfecciones, pero que bajo las sábanas formaban una armoniosa amalgama.
     Ella mujer separada de más de treinta años —no importaba la exactitud— y él, un joven que aún no entendía de responsabilidades. Juntos no alcanzaban a ser dinamita, pero de todas maneras estallaban tras los orgasmos.
     No eran como el resto de las parejas amándose por las calles pálidas de soledad en Rancagua, todo cuanto podían hacer era ser distintos. La gente los miraba, no importaba. ¿Raros? Quizás.
     El futuro, de nuevo, no importaba. Pero en algún momento todo terminaría. Era algo de lo que ella solía hablar con frecuencia. Todo lo que sube tiene que bajar, pensaba Francisco, y es que ella no podía estar, cada noche, montada en él.
     Duró lo que duró. Francisco se había ido.

 Dos pastillas para dormir.

     Siempre es bueno traer a la mente ideas que van más allá de lo racional, pues Ella no sólo creaba sino planificaba sin necesidad de escribir o dibujar algún mapa.
     Ya ni siquiera, sumida en la tristeza, era algo más. El fundirse en el rincón de su habitación, sentada en el suelo, de rodillas en la frente, la locura de extrañar lo imposible era ahora rutina.
     Todos los días, mirando aquel muro vacío que era ahora el mar mismo del ahogo desesperado, eran para ella otra manera más de no dejar tiempo para dudas ni interrupciones.

Dos pastillas más.