
Bosquejo de ilustración por Johnny Aracena.
El edificio se levantaba
ante él como el cadáver de una criatura gigantesca y repulsiva
olvidada junto al borde del camino. El día comenzaba a decaer
rápidamente, demasiado rápido para su gusto, por lo que apuró el
paso. El silencio que reinaba en aquel sitio lo hacía sentir
inquieto. El muchacho hubiera esperado la presencia de algún perro
solitario, o uno que otro pájaro en las inmediaciones, pero no había
nada, excepto por la densa vegetación que había ido creciendo
alrededor de la estructura a lo largo de los años.
No tenía idea de cuánto tiempo
llevaba abandonada, pero sabía que en algún momento, durante la
infancia de sus padres, había sido un importante centro deportivo y,
como era de esperarse, había terminado siendo reemplazada por un
complejo mejor equipado y mucho más moderno en el centro de la
ciudad. Ahora no era más que una mole gris que parecía resistirse
al inexorable paso del tiempo.
Las murallas exteriores estaban
cubiertas de algunos viejos grafitis, aunque el muchacho sabía que
la mayoría de las personas había aprendido a evitar aquel lugar. Se
comentaban cosas macabras en los alrededores. Hace algunos años, en
los periódicos locales, se había publicado un reportaje sobre una
secta que durante meses usó el edificio para llevar a cabo sus
rituales. Todos los miembros habían sido detenidos, e incluso
algunos encarcelados, aunque nunca se supo con claridad la naturaleza
de su culto. Lo relevante de aquel incidente era el hecho de que poco
tiempo después habían comenzado a suceder extraños fenómenos en
la zona: ruidos y luces durante las noches, y posteriormente la
inexplicable desaparición de algunas piezas de ganado.


















