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El fuego deja de arder. El anciano, encorvado, maldice por lo bajo y despacio, doliendo cada hueso y echa leña en la salamandra. Con el tizón mueve la figurita de madera, antes parda, ahora negra. El fuego huele a sudor. La sala en penumbras se nota austera. Sobre el escuálido sofá cuelga un pellejo de vaca, sucio, polvoriento, añejo. Unas palabras, incógnitas, se pierden entre el tenue humo. El anciano tose y vuelve a sentarse, acariciando la piel. Un manojo de pelos cae al suelo.
La cama es antigua, desgastada, de fierro fraguado y doblado en un respaldo que asemeja un rosal. En el colchón aún hay marcas de la menarquía que el agua no logró sacar. Llevan ahí un día. Tapada con un cubrecama de pieles de conejo, ella duerme. El tieso abrigo impide adivinar formas, menos notar si respira. En la pared cuelga un crucifijo de plata.
Iván cabalga. A lo lejos, asoma el pueblo.


















