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lunes, 29 de mayo de 2017

"Bote" por Jorge Araya Poblete














Ilustración por Alex Olivares.
















Ese día el maestro constructor parecía no querer hablar con nadie, concentrado en sacar la mayor cantidad de tablas, de cada tronco apilado en el astillero. Luego de cortar los árboles más rectos que pudo encontrar, los puso en un coloso que remolcó hasta su casa para concretar su nuevo proyecto: un bote pesquero con motor fuera de borda. Sin embargo, para conseguir la madera tuvo que llevarse un mal rato, pues una comunidad indígena que vivía en el sector insistía en que no utilizara esos árboles; el maestro tuvo que llegar a amenazar a varios de los lugareños para conseguir el material necesario.

Al anochecer, contempló satisfecho su trabajo: había logrado quitar la corteza y pasar por sierra circular todos los troncos, para al día siguiente comenzar el armado. Según sus cálculos hasta le sobraría material. Esa noche dormiría tranquilo pensando en el trabajo pendiente.

Tres de la mañana. El incesante ladrido de unos perros lo despertó. Se asomó por la ventana y vio varias sombras entrando a su taller, para luego salir cargando el fruto de su trabajo Furioso,  tomó la escopeta y salió a enfrentar a los ladrones. En cuanto llegó a la puerta del galpón dio un disparo al aire como advertencia: en ese instante se dio cuenta que quienes estaban robando las tablas eran jóvenes de la comunidad indígena, al parecer siguiendo instrucciones de los ancianos. Luego de amenazarlos con llamar a Carabineros si no devolvían todo a su lugar, el maestro entró a su casa para volver con un viejo y enorme candado a cerrar la puerta del lugar. Definitivamente no dormiría el resto de esa noche.

jueves, 3 de noviembre de 2016

"La Mar" por Jorge Araya Poblete



Manuel remaba con todas sus fuerzas. No importaba hacia donde lo llevara su huida, solo le interesaba agrandar al máximo la distancia entre él y aquel lugar. La adrenalina apenas atenuaba los calambres que se apoderaban de todos sus músculos, los dolores articulares que invadían principalmente sus manos y espalda, y la vergüenza que carcomía su alma a cada segundo. Esa tormentosa madrugada había resultado peor que cualquiera de sus pesadillas, y ahora debía seguir luchando contra la mar por su vida, mientras rogaba porque ninguna otra calamidad empeorara su casi malograda existencia.

***

Manuel era el patrón de un barco mediano de pesca industrial algo viejo, pero aún completamente funcional gracias a los cuidados que se le daban y a una esmerada mantención. Por ya casi treinta años llevaba haciendo de la pesca su vida y sustento. A diferencia de la mayoría, era responsable con los recursos que extraía. La mar podía ser muy generosa, pero a la vez veleidosa y agotable; así, era cuidadoso de pescar sólo lo necesario para su subsistencia y la de aquellos que trabajaban con él; gracias a su forma de enfrentar a la naturaleza nunca le había faltado nada en la vida, e inclusive quienes se habían ido de su lado a trabajar por su cuenta y seguido su ejemplo, también habían logrado prosperar y ser exitosos.

Mientras abordaba recordó a su padre, hombre de mar —como también lo fue su padre, y el padre de su padre— quien le enseñó una costumbre exclusiva de su familia y cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, que causaba risas y burlas en el resto de los pescadores, pero que para quienes llevaban su apellido era tan sagrada como la honra de su madre o la protección divina de San Pedro apóstol: en cada faena el primer pez que sacara debía ser devuelto vivo como ofrenda a la mar, para mostrarle respeto y agradecimiento por las décadas de sustento familiar. Manuel nunca dejaba de cumplir esa máxima ineludible, que aprendió a los siete años cuando por primera vez fue de pesca; también recordaba como si fuera ayer que en su inocencia se atrevió a preguntar el porqué de dicha tradición, recibiendo un doloroso bastonazo en la cabeza de manos de su abuela, “¡Las tradiciones se siguen, no se cuestionan!”. A pesar de todas las travesuras de su niñez, las locuras de la adolescencia y del entorno agresivo en el que había nacido, aquella fue la única vez que alguien de la familia lo golpeó.

martes, 24 de marzo de 2015

"Pistolero" por Jorge Araya














Ilustración por Alex Olivares.





Una ridícula canción de amor. Un cepillo cilíndrico de cerdas blandas. Un pote de grasa. Incontables pensamientos. Unos cuantos sueños. Ningún deseo.

En la grabación, el cantante llevaba su voz a límites insospechados gracias a varios filtros digitales usados por el ingeniero de sonido en las distintas capas de la mezcla, para hacer sonar al artista como un ser excepcional, sin ser más que un simple humano. En la habitación el cepillo era untado en grasa, para luego lubricar con lentitud y parsimonia el cilindro para el cual fue fabricado. En su cabeza, frases confusas se agolpaban para salir sin lograr su objetivo. En su alma los sueños se apagaban en la medida que la madrugada avanzaba. Su cuerpo simplemente le pedía descanso, pero ya sin esperanzas.

La canción de amor terminó, junto con la lista de reproducción, dejando la habitación en silencio. El cepillo salió del cilindro casi sin grasa, quedando apoyado encima del pote a medio cerrar. Los pensamientos se hacían cada vez más bulliciosos y menos inteligibles. Los sueños acompañaban a los deseos en el limbo. Había llegado el momento de partir.

martes, 10 de julio de 2012

"Klaus" por Doctor Blood



También puedes escuchar el relato aquí o descargarlo desde nuestro podcast
El monje Klaus despertó de una horrorosa pesadilla; de solo pensar en la sarta de herejías que había soñado se atemorizaba nuevamente, y pensaba en todas las oraciones de penitencia que le daría su abad. La noche anterior fue horrible para el monje, hervía en fiebre y una tos seca hería su garganta. Un barbero cirujano lo visitó y entre sueños, le escuchó decir algo sobre una peste que le afectaba el pulmón; pero luego el abad sentenció que era el justo pago por sus pecados no confesados. Entre el dolor de cabeza y el sudor no lograba conciliar el sueño, y cada vez se ahogaba con más facilidad. Pasada la medianoche logró conciliar el sueño para recaer en su fatídica pesadilla.

martes, 22 de mayo de 2012

"Puerta" por Doctor Blood


"Close the Door" by ~Buszujacy-w-zbozu
        Cada cierto tiempo la puerta de la casa que daba al patio crujía sin razón aparente. La joven dueña de la vieja casona recibida de herencia de su abuela ya estaba acostumbrada al continuo sonido. Día y noche, invierno y verano, siempre la puerta del patio crujía y crujía; no importaba que estuviera abierta o cerrada, la puerta jamás dejaba de crujir.
         Su abuela, quien edificó esa casona en un terreno a su vez heredado de su propia abuela, era una mujer extraña. Dueña de conocimientos pasados de boca en boca por varias generaciones. Era una especie de guardiana de toda esa información que, más que nada, conformaba principalmente una suma de secretos incontables acerca de las familias de la ciudad. Su casa era un enclave soñado para historiadores y trovadores, quienes luego de conversar una tarde entera con la sabia mujer, tomando mate amargo, salían maravillados de todo lo que la abuela sabía acerca de lo que le preguntaran. Lo único que la mujer jamás revelaba era su fuente: si alguien se atrevía a preguntar por ello la mujer se sumía en un mutismo que obligaba a sus interlocutores a abandonar la casa y no volver nunca más. La abuela era en general una mujer feliz de la vida salvo por un detalle: su hija, la llamada a heredar todo, no se interesó nunca por nada de su madre. Así, cuando creció su nieta y mostró un interés sincero por ella, encontró a quien legar su mente.
         La niña tenía libertad absoluta en la casa de la abuela, no había lugar vedado ni pregunta no respondida. Cuando cumplió los quince, y presa de la curiosidad propia de una chica de su edad y de la influencia de las historias escuchadas, le preguntó a la matriarca de dónde salía todo lo que sabía, a ver qué pasaba. Para su sorpresa su abuela no se enojó, sino que la llevó al fondo del patio y le mostró la raíz de la vieja higuera. Ahí le explicó que estaba enterrado el cuerpo de una vieja bruja, quemada hacía ya trescientos años, y que era la fuente de toda sabiduría en la familia. También le hizo una advertencia: toda la casa estaba hecha de modo tal de contener el alma de la bruja en su lugar. Si algo de la estructura de la casa salía de sitio, las consecuencias serían insospechadas. Entendiendo apenas la mitad de lo que escuchó, no le dio mayor importancia y siguió haciendo su vida.

lunes, 12 de diciembre de 2011

"Lengua Muerta" por Doctor Blood


 Los monjes terminaron su misa de la mañana. Luego de que las paredes de la abadía albergaran sus cuidadas voces en un perfecto canto gregoriano, cada uno de ellos se retiró a sus habitaciones a seguir con sus oraciones del día. La abadía se encontraba enclavada a la mitad de un monte medianamente alto, por lo cual tenía el aislamiento suficiente y necesario como para que nadie se distrajera ni tampoco les fuera exageradamente complicada la vida.


El monje más joven de la abadía llevaba menos de un año en el lugar. Cuando niño y adolescente participaba activamente en el coro de la iglesia, por tanto el lugar donde estaba lo llenaba plenamente. Esperaba la llegada de cada mañana para sacar a relucir su único orgullo: la voz... pero luego un sentimiento de culpa lo invadía por pecar de orgulloso, lo cual lo dejaba el resto del día a merced del sufrimiento. Pese a que el abad le repetía una y otra vez que su voz era un don del Padre y que sólo la usaba para dedicar cantos a Él, su alma lo torturaba. Así, un día optó por no cantar, lo cual fue inmediatamente corregido por su abad.