viernes, 17 de enero de 2014

"Lilith y el Hombre Lobo" por Aldo Astete Cuadra

 
Ilustración de Fabián Vásquez
Me reí de buena gana cuando me contaron que don Braulio era un hombre lobo, teoría sostenida vigorosamente por don Jaime y respaldada por otros dos conocidos. Cómo era posible que adultos educados, en prestigiosas universidades, me vinieran con semejante cuento.
No tardé en ponerme de mal humor, no tenía tiempo para escuchar historias transilvanas, así es que decidí dejar de lado la conversación y continuar con mi trabajo. Mientras terminaba la pintura de un cuadro, mi mente evocaba inconscientemente historias de hombres lobo oídas en la infancia; el germen de la duda ya se había anidado en mis pensamientos
De él se decía que constantemente cambiaba de domicilio, no pudiendo establecerse en ningún barrio por más de un mes. Esta situación ya era poco probable, pero asumiendo que así fuera, no necesariamente se debería a asuntos licantrópicos, aunque tampoco se conocía otra explicación para las mudanzas continuas. Don Braulio no llevaba mucho tiempo en la ciudad y según me enteré llegó desde Puerto Montt a trabajar al Servicio Médico Legal. Creo que era médico forense o por lo menos eso mencionaban algunos conocidos.
Todas estas habladurías no serían de mi incumbencia de no ser porque este hombre ahora se había mudado a la casa contigua. Hace una semana llegó en un camión de mudanzas del que bajaron algunas cajas de cartón, algunas plantas de interior, un acuario, y un pequeño canil del que emergió el ladrido chillón de un perro pequeño, tal vez un poodle, pero en la mudanza no vi ningún cajón de madera con tierra de cementerio o alguna jaula con barrotes de plata, tampoco esperaba verla, esas son ñoñerías. Luego, arribó don Braulio, solo, y despidió a los trabajadores de la mudanza. Ingresó a su hogar y no volví a verlo hasta ayer. 

Se cumplían cinco días con sus noches en las que el vecindario no había dormido con la tranquilidad habitual. Los aullidos agudos y destemplados se podían sentir a cuadras a la redonda y no cesaban durante horas, para continuar con pequeños intervalos silenciosos que eran sucedidos por nuevos alaridos desesperantes, similares a los gritos emitidos en las contracciones maternales. 
Algunos vecinos comentaban que se habían presentado por las noches a reclamar a la casa de don Braulio, pero habían sido oportunamente repelidos por un grandioso perro negro que gruñía sin ladrar. Era enorme, fibroso y de pelaje ralo de una raza desconocida, ni boxer, rottweiler, doberman, dogo, gran danés, menos alguno de pelaje largo.
Desde mi ventana también he intentado observar los movimientos de mi reciente vecino o de aquel perro que algunos dicen haber temido. De todos modos, los aullidos difícilmente deben ser de este mastín, más bien creo, se relacionan con aquella pequeña jaula, pero aquel animalito debe poseer una energía extraordinaria para soportar tantas horas de griterío. 
Hoy pude dar con don Braulio, me lo encontré en el supermercado. Se veía ojeroso, enfermizo, cansado. «Así me dejan los turnos de noche en el hospital» fue lo primero que me dijo antes de saludarme, seguro lo hizo ante mi expresión de asombro.
—No es mi intención ser descortés con un nuevo vecino, pero debe hacer algo con su perrito por las noches. Me atrevería a decir que todo el vecindario ha sufrido de su insomnio perruno y estridentes chillidos.
—Disculpe, lo que sucede es que Lilith no se ha logrado acostumbrar al cambio y para empeorar las cosas, me ha tocado este maldito turno nocturno. Pero hoy precisamente estaré en casa y podré hacerme cargo de ella.
—Se lo agradezco y creo que hablo por todo el vecindario, no sabe cuánto hemos sufrido por causa de Lilith… —en eso, noté que don Braulio había comenzado a molestarse y no alcancé a preguntarle por el otro perro, que yo personalmente no había notado.
—Bueno señora… eh
—Claudina —agregué.
—Señora Claudina, ha sido un gusto…
Don Braulio se marchó arrastrando los pies que sumado a su vestir desaliñado, a su cansancio y a su aseo personal me dieron en qué pensar.
Ya de noche, preparándome para ir a descansar, sentí la paz que tanto añoraba. Me acosté, pero se me hizo difícil conciliar el sueño, estaba pendiente de los sonidos nocturnos, tanto así que pude oír nítidamente unos gruñidos de juego canino, de esos que realizan los cachorros mientras pelean a modo de entretenimiento. Me levanté para mirar por la ventana en dirección de la casa de don Braulio y, para mi sorpresa, vi a dos perros negros y enormes correteándose por el jardín. Al interior de la casa, pude ver nítidamente a don Braulio que sostenía en su pecho a un animal pequeño de color oscuro que acariciaba mientras éste le devolvía agudos gemidos de agradecimiento. Debía ser Lilith. Daba la impresión que ambos observaban orgullosos a los mastines revolotear sobre la hierba. De pronto, observé que los ojos de don Braulio se clavaron en los míos. Sentí una especie de mareo y luego huí a mi habitación encerrándome con llave y no pretendo salir hasta que me atreva a pedir ayuda o escapar por mi propia cuenta cuando amanezca. Lo que vi me infundió terror, sus ojos brillaban, relucientes como dos hachones de fuego incandescente y súbitamente comprendí que don Jaime estaba en lo cierto y que los rumores nunca son completamente infundados.

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