viernes, 31 de enero de 2014

"Los Señores de los Andes" por Rodrigo Muñoz














  • Ilustración por Ana Oyanadel




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    Relato ganador del concurso Austronomicón: Los Nombres Perdidos del Sur”.


    Los fuertes golpeteos de la lluvia contra las tejas de aquella vieja habitación hicieron que recobrase repentinamente la consciencia tras un largo y profundo sueño. La noche austral había expandido por completo su oscuro manto a cada rincón del cielo. A lo lejos el delirante canto del Chihued por mi ventana hacía presagiar lo que vendría. Hoy más que nunca reniego de su canto ensombrecido.

    Frotando mis ojos lentamente sentado a orillas de la cama pude observar junto a la puerta la silueta silenciosa de aquella anciana mujer. Supe que al fin había llegado el momento.

    Hacían ya seis días de mi arribo al pequeño pueblo de Calcumahuida con el afán de investigar en profundidad sobre el misterioso pueblo descrito por el marinero británico Allen Francis Gardiner en su paso por tierras Australes; los enigmáticos Tachwüll, narrados por los indígenas de la zona a través de sus leyendas como una antigua raza primigenia de semi hombres, habitantes del recóndito corazón de la cordillera de los Andes. Hoy para mi desgracia, me doy cuenta que he indagado a través de aguas que por milenios no habían sido agitadas, y despertado horrores que hasta el día de hoy no me dejan en paz.

    La anciana fue guiándome de manera silenciosa por aquellas calles empantanadas por la lluvia cesante, adentrándonos por senderos y húmedos bosques hasta llegar por fin luego de dos horas de caminata a las faldas del cerro Yeco.

    Una oscura cueva fue de pronto iluminada por la llama crepitante de una antorcha. La anciana señalo con su pálida mano el acceso hacia las entrañas del cerro. Mientras que mi corazón palpitaba de completo nerviosismo ante lo desconocido, continuamos caminando durante mucho tiempo, guiados únicamente por la tenue llama de la antorcha, la cual hacia vislumbrar ocasionalmente extraños símbolos tallados en las paredes rocosas. Un extraño viento resonó funestamente a través de aquellas grietas, provocando que de súbito la anciana detuviese sus pasos, exhalando débilmente un nombre que hasta el día de hoy retumba en mi cabeza… häleksem…

    Retomamos el camino prontamente hasta llegar a la salida de un desfiladero, desde donde se podía apreciar en plenitud la majestuosidad de los Andes. Supe de inmediato que ya estábamos muy lejos de Calcumahuida.

    Con voz entrecortada la anciana indicó que de aquí en adelante pasara lo que pasara no hiciera ningún ruido. Luego de esto sacó de entre sus ropas un extraño instrumento con el cual emitió un leve silbido. Al cabo de un rato el llamado tuvo respuesta.

    A lo lejos, en las montañas vecinas, cientos de pequeñas luces comenzaron a aparecer. El espectáculo era asombroso, iluminando de este modo la oscura noche. Eran pequeñas llamas provenientes de la montaña, todas ellas revoloteando como un reflejo de las
    estrellas. Los señores de los andes habían despertado.

    Quede completamente anonadado ante tan asombroso espectáculo. De entre las fauces de la tierra se lograba escuchar el sonido milenario de los hijos del sur, los Tachwüll permanecían en sus casas de piedra bajo el alero de los andes.

    De pronto a lo lejos vislumbré sobre las montañas cientos de siluetas convocadas al ritual. Eran criaturas diminutas que se alzaban ante la luna. Mi asombro me impedía pronunciar palabra alguna, sin embargo aquella atmósfera solemne comenzó lentamente a tornarse preocupante. Un fuerte viento se alzó sobre las fogatas, provocando que de pronto aquellas criaturas comenzaran a fijar su mirada en donde nos encontrábamos. Mi asombro
    se tornó en angustia al percatarme que dichos seres comenzaban a acercarse.


    De súbito voltee mi mirada hacia donde se encontraba la anciana, y ante lo que mis ojos vieron no pude contener el espanto. Un fuerte grito de terror estremeció por completo la montaña. De inmediato corrí hacia la cueva nuevamente, atravesando la oscuridad presa del pánico y escuchando a lo lejos los agudos gritos de agonía de la vieja consumida por las llamas. Aun mantengo en mi mente su horrible rostro desfigurado por el viento. 
    ¡Su cuerpo había sido devorado por los Andes!

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