"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

domingo, 5 de abril de 2015

"Yeshua Non Mortus" por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por All Gore




Esta entrada es la segunda parte de "Yeshua Non Grato

La visión sumergida en rojo, penetrada  por rayos de luz distorsionada,  solo distinguía siluetas que se movían alrededor.

Los ojos lechosos fueron lo primero en adquirir movimiento. La comitiva de bienvenida se puso en guardia.

El tercer día había llegado. No sabían qué esperar exactamente, pero sí que iba a resucitar y no debía salir con vida de aquella antártica morgue.  Exorcistas y pistoleros desplegados para la segunda resurrección del mesías.

martes, 31 de marzo de 2015

"Yeshua Non Grato" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Visceral.














Padre no me dijo cómo regresaría.

Tampoco me lo dijo cuando morí, ni cuando regresé por primera vez.

El descenso fue doloroso, peor que clavos en las palmas desgarrando los tendones,  único soporte del peso de todo tu cuerpo.

El aire es veneno, un gas hiriente que castiga mi renacida respiración, como fuego que entra por la garganta, como hielo que congela las fosas nasales.

Recogí ropa tirada en la basura, los harapos hacen que la gente me mire con recelo. Me acerco para hacer una simple pregunta pero todos se alejan, hasta que al fin uno responde de mala gana, indicando con una mano un inmenso edificio y con la otra tapa su nariz. Lo que hay en la cima de la torre dominando la ciudad me da escalofríos.

Una cruz.

martes, 24 de marzo de 2015

"Pistolero" por Jorge Araya














Ilustración por Alex Olivares.





Una ridícula canción de amor. Un cepillo cilíndrico de cerdas blandas. Un pote de grasa. Incontables pensamientos. Unos cuantos sueños. Ningún deseo.

En la grabación, el cantante llevaba su voz a límites insospechados gracias a varios filtros digitales usados por el ingeniero de sonido en las distintas capas de la mezcla, para hacer sonar al artista como un ser excepcional, sin ser más que un simple humano. En la habitación el cepillo era untado en grasa, para luego lubricar con lentitud y parsimonia el cilindro para el cual fue fabricado. En su cabeza, frases confusas se agolpaban para salir sin lograr su objetivo. En su alma los sueños se apagaban en la medida que la madrugada avanzaba. Su cuerpo simplemente le pedía descanso, pero ya sin esperanzas.

La canción de amor terminó, junto con la lista de reproducción, dejando la habitación en silencio. El cepillo salió del cilindro casi sin grasa, quedando apoyado encima del pote a medio cerrar. Los pensamientos se hacían cada vez más bulliciosos y menos inteligibles. Los sueños acompañaban a los deseos en el limbo. Había llegado el momento de partir.

martes, 17 de marzo de 2015

"El Portal y el Trono de Oro" por H.E. Pérez.













Ilustración por Johnny Aracena.











En una reunión de fantasmas como la que he descrito, puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla.

Edgar Allan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.





I

Hoy encontré el portal que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Lo descubrí en una zona recóndita, lejana y oscura que no me atrevo a nombrar.

En unos roqueríos altos, húmedos, resbalosos y oscuros encontré el portal. La arena caliente quemábame los pies descalzos a medida que me acercaba. Caminé muchos kilómetros para hallarlo. Una bruma espesa y salina me obstruía el paso. Pero, al fin, descubrí la puerta que une ambos mundos.

II

En una caverna estrecha, oscura y húmeda, en la cima de los roqueríos, entré. Un túnel, un pasillo largo y lóbrego. Un recoveco.

Adentro, una tenue luz pálida, triste, pero cegadora en aquella oscuridad impenetrable. Temeroso me acerqué. Calmo, mas asustado, me aproximé. Mis ojos se cerraban por el fulgor de la irradiación. Lentamente perdí el miedo… ¡y entré!

III

Silencio. Absoluto mutismo. Sólo escuchaba los latidos de mi corazón acelerado.

Oscuridad, pero brillante oscuridad. Tinieblas lúcidas. Opacidad resplandeciente. Absoluta penumbra. Sólo observaba lo que podía sentir mi cuerpo. ¡Ciego y sordo en las sombras!

Frío. Un frío inconmensurable. Me sentía despellejado en aquel lugar en el que entré voluntariamente.

Ahora era un ser ciego, sordo e insensible. Pero debía estar allí, pues yo descubrí el portal. Yo era el elegido… y elegí. De ese modo entré en el mundo de los no vivos.


viernes, 13 de marzo de 2015

"Inmolación" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Ana Oyanadel.






Esperó a que el cura convocase a sus fieles a comulgar para pararse sobre una banca y gritarle,


¡HIPÓCRITA!

Un anciano sentado junto a él comenzó a jalar de la manga de su camisa, intentando hacerlo bajar. Si quiso además insultarlo o hacer un ruego en el nombre de Dios, nadie se enteró ya que cayó al piso de un puñetazo. La placa saltó de su boca dibujando una estela de sangre y saliva.
Como una colonia de hormigas atacando el cadáver de un ave, docenas de feligreses se abalanzaron sobre él y así como se aglutinaron, el hormiguero se dispersó como si estuviese siendo inundado, cuando sacó un arma del bolsillo.
Para evitar la fuga, apuntó y disparó al primero que iba llegando a la salida. Los sesos salpicaron las altas puertas de madera. El eco del estruendo ahogó los gritos de consternación y pánico.

¡El próximo que intente salir ayudará a seguir decorando las puertas de la catedral! ¡Ahora regresen a sus lugares!
La multitud obedeció entre sollozos. Aunque algunos lo hicieron mirándolo desafiantes, la mayoría prefería mirar el piso y avanzar sin llamar la atención. Una vez que todos estaban ubicados, saltó de su lugar en las alturas y se dirigió al altar, donde el sacerdote permanecía firme con el cáliz en una mano y una hostia en la otra.

¿Crees que podrás quebrantar nuestra fe...?

Lo acalló golpeándolo con el dorso de la mano. Aunque el cura no soltó los elementos del sacramento, en su rostro se pudo ver que algo se desvaneció, alguna convicción, la valentía que el escudo de su condición clerical le ayudaba a mantener. Pero aún así no se movió de su lugar.
No era lo que esperaba, pensó. A estas alturas debería estar rezando, o mejor aún, llorando por su propia vida. Pero esto no cambia en nada mis planes.

viernes, 27 de febrero de 2015

"La Macabra Verdad del Señor Stevens" por H. E. Pérez













Ilustración por All Gore.












La Macabra Verdad del Señor Stevens1



No te enfades, ¡por Dios…!
Despréciame si quieres,
porque verdaderamente soy despreciable,
pero no me odies.

(Emily Brontë, Cumbres Borrascosas)



“Es totalmente desquiciado narrar lo sucedido aquella noche de invierno de 1926, pero los hechos son tan extraños, si es que extraños es la palabra idónea, que se ha vuelto casi una necesidad liberarme de este tormento y endosarlo a vosotros. Trataré de restringirme sólo a lo esencial de los acontecimientos y no a los detalles, para que así vuestras almas no se perturben en demasía.

“Recuerdo que todo comenzó con un huracanado y gélido viento que corría de oeste a este. Los árboles del Pasillo Principal del cementerio City Road Chapel de Londres se agitaban con violencia. Incluso, y rememoro con temor, más de un frasco con flores cayó al suelo quebrándose en gruesos trozos de vidrio, derramando una mezcla de agua y pétalos podridos.

“Pasé por el Pasillo directo a mi oficina ya que sentí necesario un descanso, pues algo agobiaba con gran tristeza mi alma: hace exactamente un año que no tenía noticias de mi mujer, y eso me ponía melancólico, pues la amaba con pasión.

“Cuando faltaban aproximadamente diez metros para llegar mi lámpara se apagó. Quedé, entonces, en plena penumbra, sólo la esporádica luz de la luna, que surgía de vez en cuando entre las espesas nubes, me iluminaba. Saqué fósforos desde el bolsillo de mi pantalón y con ellos volví a encender la mecha. Fue ahí cuando a mi diestra, a unos setenta metros de distancia, vi bajar una rápida sombra desde el empalme del Muro Oeste con el Norte. Me asusté. Pero de inmediato llegó a mi cerebro la idea de que ésta se había provocado por el efecto que produjo la súbita lumbre del candil en mis pupilas cansadas. Me tranquilicé y pretendí caminar, sin embargo, un sonido metálico me detuvo. Quedé inmóvil bajo la égida de un ángel de mármol, el cual da la bienvenida al Pasillo. Temeroso, llevé con lentitud mi mano al cinturón, palpé la funda del revólver y traté de asirme de él, mas no pude hacerlo, pues en ese momento recordé que lo había olvidado sobre el escritorio de mi oficina. Decidí ir a buscarlo.



“Caminé rápidamente. Más bien, los pasos que di fueron largos, para que así la distancia entre el ángel de mármol y la oficina se redujera al mínimo. Declaro que, a pesar de los ocho años que llevaba trabajando en el cementerio, y que he visto muchas imágenes siniestras y he oído muchos ruidos extraños, me sentía temeroso. Bien pudo haber sido un ágil felino que se deslizó hacia el interior del recinto, o una paloma u otra ave que, con su aletear ligero, haya provocado ese sonido, el que yo mal interpretaba como metálico. Sin embargo, la rigidez de mis miembros y la agitación de mi pulso decían lo contrario.

“Abrí la puerta de mi despacho e ingresé con premura, cerrando apenas entré. Encendí otra lámpara con el fin de iluminar mejor la estancia y me percaté que todo estaba en su lugar: a mi siniestra el espejo de cuerpo entero – hermoso regalo de mi esposa -, junto a él el sofá y, más allá, mi escritorio apegado a la ventana que da a la calle. Sobre él la lámpara, el teléfono, unos documentos, mi pluma, el tintero, y ahí, junto a un vaso con agua, mi revólver. Lo tomé y lo enfundé. Sabía que estaba cargado.



sábado, 21 de febrero de 2015

"Encuentro en el Parque Stix" por Armando Rosselot













Detalle de ilustración de LordNecro Arlequin (Necroscopio).








Sabía que lo que hice no era bueno, había degollado a la abuela y a su nieta por unos cuantos billetes. Entré con temor al parque Stix, huyendo. Aminoré el paso al creer que había oído algo. Pensé en otro asaltante, o en varios, en lo que sería una cuchilla clavada en mi vientre y el frío de la muerte acariciándome, o tal vez, un disparo en la cabeza, un golpe fuerte en la nuca que haría que poco a poco dejara de percibir todo alrededor hasta caer inconsciente en los brazos de la oscuridad. Apuré el paso, tanto que en un momento me di cuenta que corría. Paré, respiré hondo, y cuando me disponía a seguir mi camino fue cuando sentí una presencia detrás mío.

Me volteé rápido y lo vi. Vi lo que creí era sólo posible en las pesadillas, tanto que no pude moverme y el miedo fue tan inmenso que doblegó mi mente en décimas de segundo dajándome en una especie de hipnósis.

Él tocó mi rostro con una suavidad repugnante, con algo similar a una mano y me observó con su único e inmenso ojo, embutido en aquella cabeza sin boca que irradiaba un ardor imposible y un grito convertido en un susurro preso de la carne y los huesos. Jaló de mí con descomunal fuerza y apoyó su húmedo cráneo sobre mi cabeza. En ese momento conocí la verdad.