"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

martes, 2 de agosto de 2016

"Huellas en la arena" por Pablo Delgado (Costa Rica)



     Sucedió tres días después de que vi desaparecer el barco de Daniel en el horizonte. Nunca había sentido miedo de estar sola en la casa, siempre tenía algo que hacer para pensar en esas cosas. Cuando terminaba las obligaciones del hogar —barrer, arreglar las redes de reserva, traer agua del pozo, buscar leña, entre otras—, solía sentarme en un tronco frente al mar para sentir la brisa en el rostro mientras el sol se ocultaba a lo lejos y las olas castigaban la arena. Después me preparaba algo ligero, que no me llevase mucho trabajo ya que solía acostarme antes de las siete. En esta lejana playa no hay nada que hacer cuando se extingue la luz del día. No tenía preocupación por la comida, ni por las otras cosas que pudiese necesitar durante las tres semanas que permanecía Daniel en el mar (candela, jabón, baterías…), ya que él solía dejarme todo para que yo no tuviese que hacer el extenuante viaje de tres horas entre los manglares y el pueblo, corriendo el riesgo de cruzar el estero. Pero esa noche todo cambió.

     Ya me encontraba durmiendo cuando escuché el ruido. Pensé que tal vez Daniel había regresado antes de tiempo. Salí de la casa, dejando la puerta cerrada —no deseaba que algún animal entrase—, caminé hacia la playa como lo hacía todo el tiempo, sin mirar mucho lo que me rodeaba. El cielo estaba nublado, pero no parecía que fuese a llover y el mar estaba agitado, como si algo le molestara. Poco era lo que podía ver con la débil luz de la linterna. Busqué por toda la playa, pero no encontré el bote. Cuando estaba a punto de regresar fue cuando las vi, huellas amorfas más grandes que las de un hombre. Al ver esas marcas en la arena, despertaron en mí viejos temores de cuando era niña. Mi abuela solía contarme cómo en las noches en que el mar se encontraba intranquilo, demoníacas criaturas salían de él para llevarse a quien se encontrase vagando, solitario. Eran seres llenos de escamas, con grandes ojos vidriosos. Siempre pensé que sólo eran cuentos para que los niños no se arrimaran a la playa cuando el sol se había ocultado, o una fantasiosa explicación sobre los barcos desaparecidos; pero ahora estas huellas estaban frente a mí, amenazando todo lo que yo creía. Iniciaban en el agua y se seguían tierra adentro, hacia la casa que Daniel me había construido con sus propias manos. Tomé el foco con fuerza y me encaminé de regreso.

     Todo el lugar había cambiado, el aire tenía cierta amargura que se me metía por la boca y se escurría por mi garganta, horribles sombras se mecían de un lado a otro mientras caminaba por el sendero. Con cada paso que daba me imaginaba aquella repulsiva cosa vagando por los árboles, buscándome.

viernes, 3 de junio de 2016

"La pureza" por Fraterno Dracon Saccis



Aquellos que sueñan de día

conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan de noche.
En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen,
al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto.
De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia
y mucho más del mero conocimiento propio del mal.
Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable»,
y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio,
«agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».
—“Eleonora”, Edgar Allan Poe.




     Se había quedado empantanado esperando que apareciese la palabra precisa. Luis quiso pensar que fue el motor acercándose el que lo sacó del ritmo. Tenía la esperanza superficial de que diese vuelta en U, dándose cuenta de que había equivocado la dirección; aunque en el fondo deseaba que alguien llegase a interrumpirlo.
     Una vieja idea se removía en las fronteras de su mente, que separaba la consciencia de aquel otro mundo oscuro del que de vez en cuando lograba escaparse alguien. Ahora el fugitivo caminaba por el muro, tirando piedras hacia el océano de luz, a ver qué pasaba.
     El vehículo se detuvo frente a la casa. La lluvia aporreando el tejado se tragaba cualquier otro sonido, incluso el de las olas golpeando los roqueríos, hasta que resonó la puerta. No pudo imaginar quién podría ser a esa altura de la madrugada. Como siempre, abrió sin preguntar quien llamaba y se encontró con una figura empapada, que se le hizo familiar pero no logró reconocer de inmediato.
      —¿Vas a quedarte allí parado mirándome o debo sacudirme el agua como un perro para que despiertes? —la sonrisa breve, que nunca pudo quitarse a pesar de que se había arreglado la dentadura chueca de su infancia, le dio la última pista de quien estaba bajo su alero.
     —¡Alfredo! Perdona, pasa por favor.
     Le ofreció una muda de ropa mientras metía la suya en la secadora. Aunque estaba más corpulento que la última vez que lo vio, todo le había calzado casi perfecto. Toda su ropa era vieja y a él le quedaba holgada, de la época en que aún estaba casado, antes de que perdiera tanto peso. Cuando las tazas de café y el cenicero estaban sobre la mesa, al fin se sentaron a conversar.
     —Entonces, ¿Simplemente decidiste venir a visitarme, así sin más?.
     —No sé si sea tan al azar —se llevaba el dedo al entrecejo, siguiendo el hábito de acomodarse unos lentes ahora inexistentes. Otro gesto fallido que tampoco había cambiado—, fue más que lanzarme a la casa del conocido más cercano.
     —Sabes bien que somos más que conocidos...
     —A eso voy. Digamos que estoy en una... crisis, y necesitaba agarrarme de algo sólido. Necesitaba una dosis de pasado, de los tiempos en que tenía menos de qué ocuparme y preocuparme.
     Luis lo miró no muy convencido.
     —¿Es eso? Me suena una excusa rebuscada.
     —OK —Alfredo se rió, algo avergonzado—, en realidad no quería estar solo. Nada más que eso.
     —Y yo que vine a enclaustrarme a la casa de mis viejos para todo lo contrario —Alfredo lo miró contrariado y bajó la mirada, ajustándose los lentes fantasma. Luis soltó una carcajada—. Tranquilo, en el fondo yo tampoco estaba muy cómodo conmigo mismo.
     —¿Desde cuándo estás acá? Yo en realidad supuse que te encontraría aquí, luego de..
     —De hecho, Susana fue quien se vino primero para acá. Yo, sólo la seguí.
     —Perdona, no quería...
     —No, no te preocupes. Es bueno hablar de estos temas con alguien de confianza, y que además tenga cierta distancia para opinar, digamos, desde fuera.
     —No es que sea la persona más idónea para dar consejos amorosos, menos sobre... amigos tan cercanos.
     —Dios me libre de llegar a pedir consejos. Sabes, en realidad no es buena idea tratar lo de mi separación. Mejor, cambiemos de tema.
     —Mejor —Alfredo, no supo porqué, sintió la necesidad de agregar otro comentario—. No debe ser fácil el que te abandonase y nunca más diera señal alguna de vida —una vez que salieron las palabras de su boca se arrepintió de haberlas dicho. Afortunadamente Luis pareció no haberse dado por aludido.
     Se quedaron mirando el fondo de sus tazas. Mientras hablaban, el calor se había escapado del café y ya solo quedaba un concho tibio y espeso. Alfredo dio un salto cuando Luis se paró y lanzó la mano para quitarle la taza.
     —No podemos estar tomando cafecito como las viejas. ¿Cerveza, vino?
     —Vino —respondió Alfredo, no muy seguro de que fuese una buena idea ponerse a beber. Aún así, bajó la primera copa casi de un trago.

viernes, 20 de mayo de 2016

“Un largo viaje para comer” por Paulo Lehmann Preisler














Ilustración por All Gore.










     Aquél día me tocó estar en el puesto de vigilancia costera. Al igual que toda la gente de la isla, estuve atento a las noticias de la televisión sobre el gran terremoto en Japón. Como es costumbre en este tipo de casos seguí el protocolo y llamé a la Oficina Nacional de Emergencias para constatar posible evento de tsunami en nuestras costas. El encargado dijo que no me preocupara, que no había ninguna posibilidad de algún comportamiento extraño de las aguas por estos lares. En la tele dijeron lo mismo, por lo que pasé una tranquila tarde preocupado únicamente de a qué hora terminaba mi turno para ir a ver a mi familia y celebrar juntos el cumpleaños de mi hijo. Tal era mi relajo y el del ambiente que me quedé profundamente dormido. Cuando vi los muros de agua acercándose ya sabía que era demasiado tarde. Estaba atardeciendo y aún había algo de luz para calcular que las olas medían por lo menos unos 15 metros de altura. Rápidamente corrí a tocar la campana de aviso, pero apenas pude dar la alerta, el mar se nos vino encima y arrasó con el pueblo.
     Debo llevar a lo menos dos semanas entre los escombros esperando un rescate pero ¿les importará una pequeña isla con 600 habitantes en el culo del mundo? Además, si se dignan a venir, los esperaría la muerte, pues algo más trajeron las olas desde el otro lado del mundo, algo que sólo puede venir desde algún oscuro y abominable rincón olvidado del océano, cuya existencia nunca debió ser revelada.
     La primera vez que me encontré con ELLOS fue al volver por mi familia, el día de la tragedia. El escenario era desolador, el tsunami había arrasado con todo. Para llegar hasta el poblado desde la playa, había que caminar unos 2 kilómetros cuesta arriba y pasar por un estrecho camino de tierra rodeado de abundante vegetación, y aun así el agua logró traspasar esas barreras naturales, reduciendo a las casas a un caos de escombros, arena, barro y piedras. Al llegar a las ruinas de lo que fue mi hogar no encontré a nadie. Desesperado comencé a remover los restos de la casa y gritar el nombre de mis familiares, pero no había más respuesta que un silencio sepulcral.
     Luego de varias llamadas sin resultado desistí de la búsqueda, entregándome a la desesperanza y dolorosa sensación de vacío aprisionándome el pecho y estrujando mi estómago. En ese instante tomé real conciencia de mi extrema situación, a juzgar por el silencio estaba solo en la isla, sin posibilidades de comunicación con el exterior pues la catástrofe había cortado cables, destruido la central de energía y la señal de celular estaba muerta. Además el impacto había destrozado por completo la única radio que estaba en la caseta costera. Maldecía a la suerte, cuando un sonido lejano y conocido me puso en alerta. ¡Era una voz humana, la voz de mi padre!

sábado, 13 de febrero de 2016

Convocatoria para galería digital de dibujantes nacionales de horror














"Rebeca" ilustracion por Johnny Aracena









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Chile del Terror se ha destacado como una vitrina para los artistas nacionales de horror, tanto en nuestro blog como en nuestras antologías impresas. Es en esta senda que, aprovechando la gran cantidad de seguidores que tiene nuestra página de facebook, queremos invitar a los dibujantes de horror nacional, a enviarnos sus trabajos para formar parte de una galería en dicha plataforma, para llegar a más ojos y eventualmente abrir puertas a su talento.

En este llamado, solicitamos colaboraciones análogas, es decir que no recibiremos trabajos cuya técnica de creación sea digital.

La forma en que deberán participar es la siguiente.

Archivos .jpg o .png con una resolución de al menos 300 ppp. Se deberán enviar al correo chiledelterror@gmail.com incluyendo datos del autor, página web, contacto, título y técnica de cada uno de los trabajos.

Se recibirán un máximo de siete imágenes por autor. 

¡Esperamos sus aportes y... difundan la palabra!

viernes, 5 de febrero de 2016

EDITORIAL: ¿Y el aniversario?














Ilustración: "Goczecocogch" por All Gore.










Desde sus inicios, por allá por el 2011, Chile del Terror ha tenido una actividad constante, que ha tenido sus altos, con las publicaciones de nuestras dos antologías "Chile del Terror - Una Antología Ilustrada" y "Chile del Terror, Visiones Lovecraftianas", trabajos que han sido una cúspide en nuestra labor de creación y difusión del terror. Claro que en el último tiempo, nuestras publicaciones en el blog han ido disminuyendo hasta el punto de cesar por completo.

Eso, en la superficie...

El principal motivo de este congelamiento es que sus miembros se han embarcado en proyectos personales, separados totalmente o relacionados directa o indirectamente con esta iniciativa. 

Y henos aquí, reflotando la bestia...

Partiremos con un especial gráfico, que anunciaremos la próxima semana, porque el trabajo visual es parte fundamental de nuestra pequeña secta; para luego retomar las publicaciones de relatos. 

Eso es lo que podemos anunciar de momento. El resto... saldrá a la luz cuando llegue su hora. 

martes, 24 de noviembre de 2015

"El hombre / El Parte / El Octavo" por Roderick Usher














Ilustración por All Gore.










Era bien feo eso que estaba haciendo yo, me decía. Meterme en medio como si no supiera que lo que él estaba haciendo era una buena pega.

Se notaba que yo no era muy hombre. No como él. Él era del campo y en el campo se aprendía a ser hombre, aunque a uno no le gustara. El tufo a cerveza llena el aire. Y eso era lo que ella necesitaba: un hombre de verdad.

Mi mano derecha se movió instintivamente hacia el pecho, donde estaba mi arma. Pero no alcancé a tomarla. Él continuó.

La conoció porque él, ahí donde lo veía, era amigo de su marido y frecuentaba su casa. Cuando terminaron, él la consoló. Hacía tiempo le gustaba ella, así que aprovechó que estaba necesitada de cariño para acercarse y después usó todas las cosas que contaba o de las que se quejaba su marido para llegar bien adentro y conquistarla. Era bonita ella. Era una mujeraza, decía, gesticulando. Todo lo que él siempre había querido. Una mina fuerte, que no se anduviera con tonterías.

Pero su matrimonio no había terminado muy limpiamente, así que el ex esposo, su amigo —aunque era más bien el amigo de un amigo—, agrega, la maltrataba por teléfono.

Al menos eso siempre decía ella, que le respondía airada que no toleraría sus insultos y qué sé yo que otras cosas. Nunca puso atención. Él era un hombre y su mujer estaba sufriendo por culpa de un imbécil.

Así que lo despachó una noche. Era del campo, me decía. Eso era lo que hacían los hombres de verdad, continuaba. Hacerse cargo. Si su mujer sufría, él se encargaba. No tenia mucha plata tampoco, así que hubiese hecho cualquier cosa por ella, que además lo mantenía bien vestido y alimentado.

viernes, 23 de octubre de 2015

"La asunción del Dios–Carne / O la balada de Norman González" por Pablo Espinoza Bardi














Ilustración por Visceral.













¿Qué es uno menos?
¿Qué significa una persona menos en la faz del planeta?

Ted Bundy

Para mí, un cadáver tiene una belleza y una dignidad que ningún cuerpo
con vida puede alcanzar jamás. Hay una calma en la muerte que me tranquiliza.

John R. Christie


Uno de los retorcidos pasatiempos de Norman González, consistía en coleccionar animales muertos. Los metía en un costal y se los llevaba para su casa. En aquel tiempo su madre tenía algunos meses de fallecida y su padre había desaparecido en misteriosas circunstancias en un período similar de tiempo.

Su figura lánguida y miserable no pasaba desapercibida para la gente del barrio; de hecho, molestaba a la mayoría cuando éste se paseaba con cierto aire de grandeza por el lugar… hurgando en la basura y, a veces, comiendo de ella.
En una ocasión, a las afueras del mercado, se ganaría el total descontento de la comunidad. Norman le hablaba a un perro que estaba totalmente agusanado, posiblemente arrollado por algún vehículo en la carretera. De rodillas frente a él, amontonaba y hurgueteaba las vísceras que estaban regadas en el camino. Norman hablaba con la propiedad digna de un extraviado mental, frente a la perturbada y asqueada mirada de los transeúntes.

A veces (y sólo a veces) me detengo frente al cadáver de un perro / o de cualquier otro animal / pero me inclino por los perros / pues sus interiores siguen siendo jugosos después de días / a diferencia de un animal pequeño / entonces a veces (y sólo a veces) introduzco mis manos abriendo a la fuerza el estómago henchido / y remuevo las tripas y la sangre coagulada y los gusanos / y a veces (y sólo a veces) me llevo las manos empapadas a mi cara / y termino impregnado de sus caldos / y las pulgas saltan hacia mí enloquecidas y succionan mi sangre con fuerza ya que la sangre muerta no los satisface / entonces a veces (y sólo a veces) la gente piensa que mis actos tienen un fin de tipo sexual / pero yo me río señores claro que sí yo me río / pues para mí tiene un trasfondo superior / pues para mí es tan sólo “asimilación”.

Su padre pertenecía a una pequeña congregación religiosa de la cual fue uno de sus pastores. Lo expulsaron cuando su adicción al alcohol se hizo notoria e irreversible. Su esposa era la que más sufría. Si bien reflejaba un cierto retraso mental, ésta guardaba con profundo silencio los años de abusos físicos y psicológicos cometidos por su marido; incluso se decía que éste abusaba sexualmente del pequeño Norman frente a sus ojos.