"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

lunes, 4 de mayo de 2015

"El Caleuche Alemán" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Andrés Ávila Espinoza.







Mi nombre es Benjamín Bórquez. Quisiera relatarles una historia que está presente en el inconsciente de las personas de la Patagonia Insular, y de los fiordos que están más al sur. Pretendo narrar la experiencia que viví en mi juventud para que ustedes puedan generar sus propias conclusiones.

En 1942, trabajaba en un aserradero en la desembocadura del río Cisnes. Era común que los jóvenes saliéramos en busca de trabajo muy lejos de nuestros hogares, cruzando el peligroso Golfo de Corcovado para recalar en un lugar salvaje, franqueado por imponentes montañas de cumbres nevadas y selvas inexploradas, con riquezas extraordinarias. Aquí, en este confín del mundo, se asentaba el aserradero en el que trabajábamos unas 50 personas. Sin embargo, la temporada estaba llegando a su fin y era necesario buscar nuevos horizontes.

Recibí noticias de un tío paterno, capataz de una estancia en Cochrane, que necesitaban un peón. Él me había recomendado, por lo que me esperaban lo antes posible. Para llegar pronto a Cochrane era imprescindible navegar en el Vapor Tenglo, que surcaba los mares australes. Esta embarcación realizaba el viaje entre Puerto Montt y Puerto Aysén, una vez al mes. Para embarcarme, debía esperar al Tenglo que realizaba un complejo itinerario en los puertos de la Isla de Chiloé y el Archipiélago de las Guaitecas, teniendo que surcar las furiosas aguas del Golfo de Corcovado. Si se levantaba algún temporal, obligaba a la embarcación a capear el temporal en Quellón o Melinka y el itinerario cambiaba rotundamente.

El aserradero comenzaba a disminuir su producción debido al mal tiempo que adelantaba su aparición ese año, por lo que mi renuncia fue aceptada sin problemas. Luego de que el capataz estrechara fuertemente mi mano deseándome suerte, pasaron dos interminables días de espera junto a cuatro hombres que se dirigían a diferentes destinos del extremo sur, todos en busca de mejores oportunidades laborales.

Entre estos hombres llamaban la atención dos hermanos, de recia fisonomía esculpida por los rigores del trabajo, sus nombres: Ladislao y Artemio Chiguay. Gregorio Torres era otro, silencioso, de carácter ladino y bajo perfil. Finalmente, Juan Coñoecar, hombre pequeño, de mirada intrigante, se comportaba extraño; seguro se debía a su procedencia, el pueblo de Quicaví en la Isla de Chiloé.

Nos instalamos en una rancha construida para prestar refugio en situaciones de forzosa espera. Allí acortamos las horas con partidas de truco, tomando mate y fumando. Como el mal tiempo retrasara la aparición del Vapor, no nos quedó más opción que armarnos de paciencia y esperar.

En nuestra tercera vigilia, el viento soplaba con fuerza, colándose por las rendijas, provocándonos un frío estremecedor. Las partidas de truco y el mate con punta influyeron en que nos quedáramos en vela, alcanzándonos la madrugada. El temporal otorgó una tregua, y se instaló una pesada bruma a nuestro alrededor, que impedía ver más allá de una decena de metros.
Sólo la tenue luz de mi lámpara iluminaba, dejando ver el lúgubre rostro de mis compañeros como si de un vaticinio se tratara. Ya habíamos perdido la esperanza de que el Vapor apareciera desde el Canal Jacaf.

El sueño comenzaba a pasarnos la cuenta por lo que decidimos armar nuestros camastros en el suelo, cuando una poderosa luz nos sorprendió iluminando completamente el interior de la rancha, dando la sensación de estar en pleno día del verano más radiante del que tuviéramos recuerdo. Si aquella luz pertenecía al Vapor Tenglo, lo extraño era no sentir los motores y no verlo llegar, a pesar de lo atentos que estuvimos escudriñando la niebla.

Luego de interminables segundos de ceguera, la penumbra retornaba y el haz lumínico apuntó hacia la desembocadura del río, nos incorporamos para observar directamente la embarcación: quedamos atónitos. Ladislao Chiguay, que sabía de embarcaciones, se sorprendió al ver que las luces de navegación estaban ubicadas de manera insólita. Sugerí que tal vez, en su estadía en Puerto Montt, el barco habría sufrido alguna remodelación en su sistema de iluminación. Entonces, convencidos de que se trataba del Tenglo decidimos descender en dirección al muelle para abordar la chalupa y embarcarnos.

Mientras caminábamos, una mezcla de temor e incertidumbre se fue apoderando de nuestro ánimo. Juan Coñoecar, aseguraba que aquello no era de este mundo. Estallé en cólera, estábamos tensos y no mejoraba las cosas diciendo que el barco era de origen fantasmal. Le aclaré que si estaba en desacuerdo de abordar, podía quedarse a esperar un mes más su arribo, pero que nosotros no dejaríamos pasar la oportunidad, menos por sus supercherías. Juan, atemorizado, no reaccionó y el silencio reinó nuevamente dándome el control de la situación. Los demás estaban confundidos, pero dispuestos a terminar de una vez con la espera.

Al llegar al muelle, comenzó a caer un aguacero, que nos empapó en cuestión de segundos. Pese a esto subimos al bote y Artemio Chiguay tomó los remos, llevándonos a través de la atmósfera acuosa. A medio camino, entre el muelle y el Vapor, sólo oíamos los remos entrar y salir del agua, secundados por el sonido sordo de la lluvia torrencial. La embarcación a la que nos dirigíamos estaba en completo silencio, para Gregorio Torres era extraño que los motores estuvieran apagados. Los demás asintieron preocupados, con susurros apenas perceptibles. Sin embargo, nunca dimensionamos el estado de creciente temor en el que nos sumergíamos a cada instante.

Nos encontrábamos ya a unos 50 metros del barco. Juan Coñoecar rezaba, su siseo se sentía desde la popa del bote. De pronto, la potente luz del Vapor giró, enfocándonos directamente, deteniendo nuestro avance. Ahora al rezo de Juan Coñoecar se sumaba Gregorio Torres. Los hermanos Chiguay, permanecían quietos y en silencio. En lo personal, me invadió un miedo terrible, tanto que estuve a punto de unirme a los rezos, pero en ese instante sucedió algo inesperado. Un alarido trisó la atmósfera, dio paso a voces incoherentes y carcajadas que parecían endemoniadas, que provenían del Tenglo. El terror se apoderó de nosotros y antes de que pudiéramos recobrarnos del pánico, un suave zumbido, como el de un panal de abejas, se dejó oír. El agua comenzó a romper con fuerza sobre el casco del Vapor o lo que fuera que navegara por esas aguas en nuestra dirección, la colisión era inminente. Todo sucedió en cuestión de segundos…

Ladislao, que se encontraba en la proa, se lanzó al mar dejando tras de sí un grito despavorido. Yo me paralicé, no supe qué hacer, estaba entregado a la fatalidad.
Las carcajadas provenientes del barco se hicieron cada vez más inhumanas. Sentíamos la proximidad del desastre y esto nos enloquecía. Gregorio se desplomó al interior de la chalupa, no pudo soportar la tensión del momento, y Juan Coñoecar oraba ahora con alaridos, capaces de destrozar los nervios más fríos. Repentinamente, la luminosidad se esfumó, también cesó el ruido de abejas y segundos después, en la absoluta oscuridad, el bote fue súbitamente azotado y elevado por los aires por una gigantesca ola. Estuvimos a punto de zozobrar, sin embargo, la providencia que en estos casos se muestra misericordiosa, aún nos protegía.

Violentamente volvimos a nivel del mar, desorientados y a la deriva. Artemio había soltado los remos. Fue difícil mantener la calma luego de esta extrema situación.

Juan Coñoecar, tendido sobre el cuerpo de Gregorio Torres, intentaba reanimarlo. Artemio llamaba desesperadamente a su hermano, sin obtener respuesta alguna, el tiempo transcurría y las gélidas aguas eran impiadosas con las almas que caían en ellas. De pronto, oímos una voz en la lejanía pidiendo auxilio. Comenzamos a remar frenéticamente con nuestras manos en esa dirección, mas no logramos ver nada sobre la superficie del agua, sólo su voz nos guiaba hasta que dimos con Ladislao que flotaba asido a uno de los remos. Era tal el estado de shock y de hipotermia en el que se encontraba, que se nos hizo muy difícil subirlo.

Una vez en la chalupa, Chiguay no dejaba de repetir que el Tenglo se había sumergido por debajo de nuestro bote, levantándonos a mucha altura. De inmediato, Juan Coñoecar atribuyó el desastre al barco fantasma conocido como El Caleuche, gatillando nuestra imaginación y sembrando un miedo aún más intenso al ya vivido. Sabíamos, por las leyendas, que muy pocas personas escapan vivas de un encuentro con este barco fantasma y las que lo hacen, perecen bajo extrañas circunstancias poco tiempo después.

Artemio Chiguay, trabajó desesperadamente con el único remo que poseía; mientras nosotros ayudábamos con nuestras manos. Exhaustos y aterrorizados, logramos llegar al muelle y descansar por un instante.

Sacamos fuera del bote a los débiles. Ladislao y Gregorio, conscientes del peligro que acabábamos de vivir, balbucearon algunas palabras temerosas, mientras que Juan Coñoecar, con ojos felinos, me enrostraba la advertencia hecha y desoída por todos nosotros gracias a mi intervención. Para él, todo coincidía; nos habíamos enfrentado al Caleuche.

«Este barco se presenta en las noches más oscuras, aparece de la nada y es capaz de navegar inclusive bajo el agua, por esa razón, fue imposible notar su presencia. Siempre navega iluminado y sus tripulantes son marineros muertos en vida, cuyo idioma es imposible de descifrar». Replicaba con vehemencia Juan Coñoecar.
Ya no cabía duda alguna, acabábamos de ver al mismísimo Caleuche, y nos habíamos salvado de milagro.

Luego de darle muchas vueltas a lo sucedido, decidimos retirarnos en silencio a nuestra rancha. El corazón me latía desbocadamente, dábamos gracias a Dios por habernos protegido de tan maléfica aparición, aunque nos acongojaba el temor a la leyenda que dice que nadie escapa de una experiencia así, que el Caleuche termina cobrando su precio.

El hecho que les he relatado es verdadero. Con él he cargado el resto de mi vida. Sin embargo, mi salvación vino de la mano de un acontecimiento anecdótico. Un hecho tan claro y revelador que me ha llevado a pensar que lo sucedido aquella noche de febrero del año 1942 no es más que el fruto del miedo, de la superstición e ignorancia en la cual nos fuimos envolviendo y adentrando a medida que los hechos nos parecían menos conocidos.

En Punta Arenas, luego de largos años, observé una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial, donde un acorazado americano combatía ferozmente con un submarino alemán y en una de sus escenas, tuve la visión que estremeció mi entendimiento. El submarino emergía de las profundidades del mar, de la misma manera que El Caleuche que creímos ver aquella noche.

Esa imagen me ha permitido plantear conjeturas, que por lo demás, explican la gran cantidad de avistamientos realizados en la Isla de Chiloé y en los canales australes vinculados al Caleuche por aquellos años.

Después de investigar y preguntar a personas, que por aquellos años vivieron en la zona, es que me permito aseverar que el barco llamado Caleuche, tan temido por generaciones, no es más ni menos que un submarino alemán, o varios en realidad, los que emergieron por estos parajes en plena Segunda Guerra Mundial, con la intención de abastecerse de alimentos, específicamente de papas y carne, trabando solapadas transacciones comerciales con lugareños y colonos, algunos de los cuales también eran de origen alemán. Estos encuentros sucedían en los sectores menos poblados del sur de Chile. Si comparamos las características propias de un submarino, agregándole una tripulación que posee un idioma incomprensible para las personas de habla hispana, obtendremos las mismas señas y cualidades atribuibles a nuestro criollo y fantasmal Caleuche.

Aquella noche de 1942, en las solitarias aguas australes, la total ausencia de sonido, su aparición fantasmal, la potencia de sus luces incandescentes, las risas endemoniadas, las palabras indescifrables y la desaparición por debajo de nuestra chalupa, confirman claramente que aquello que Juan Coñoecar y el resto de los desafortunados testigos atribuimos al Caleuche, no es más que un desdichado encuentro de cinco hombres temerosos, con un artilugio tecnológico muy desconocido para la fecha y lugar en que nos encontrábamos en aquel entonces.
Para quién aún tenga dudas de lo que acabo de relatarles, escribo textualmente la descripción que hiciera Manuel Romo Sánchez en su Diccionario de la Brujería de Chiloé, acerca del Caleuche.

«Caleuche. m. Barco mítico que recorre los mares tripulado por brujos y marinos muertos en naufragios. Cuando se le ve, se observa que está muy iluminado y en su interior se aprecia el bullicio de una alegre fiesta. Puede alcanzar grandes velocidades, tiene el poder de hacerse invisible y de navegar tanto sobre la superficie como bajo el agua. Suele ocultarse en medio de una densa niebla».





domingo, 5 de abril de 2015

"Yeshua Non Mortus" por Fraterno Dracon Saccis

Ilustración por All Gore




Esta entrada es la segunda parte de "Yeshua Non Grato

La visión sumergida en rojo, penetrada  por rayos de luz distorsionada,  solo distinguía siluetas que se movían alrededor.

Los ojos lechosos fueron lo primero en adquirir movimiento. La comitiva de bienvenida se puso en guardia.

El tercer día había llegado. No sabían qué esperar exactamente, pero sí que iba a resucitar y no debía salir con vida de aquella antártica morgue.  Exorcistas y pistoleros desplegados para la segunda resurrección del mesías.

martes, 31 de marzo de 2015

"Yeshua Non Grato" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Visceral.














Padre no me dijo cómo regresaría.

Tampoco me lo dijo cuando morí, ni cuando regresé por primera vez.

El descenso fue doloroso, peor que clavos en las palmas desgarrando los tendones,  único soporte del peso de todo tu cuerpo.

El aire es veneno, un gas hiriente que castiga mi renacida respiración, como fuego que entra por la garganta, como hielo que congela las fosas nasales.

Recogí ropa tirada en la basura, los harapos hacen que la gente me mire con recelo. Me acerco para hacer una simple pregunta pero todos se alejan, hasta que al fin uno responde de mala gana, indicando con una mano un inmenso edificio y con la otra tapa su nariz. Lo que hay en la cima de la torre dominando la ciudad me da escalofríos.

Una cruz.

martes, 24 de marzo de 2015

"Pistolero" por Jorge Araya














Ilustración por Alex Olivares.





Una ridícula canción de amor. Un cepillo cilíndrico de cerdas blandas. Un pote de grasa. Incontables pensamientos. Unos cuantos sueños. Ningún deseo.

En la grabación, el cantante llevaba su voz a límites insospechados gracias a varios filtros digitales usados por el ingeniero de sonido en las distintas capas de la mezcla, para hacer sonar al artista como un ser excepcional, sin ser más que un simple humano. En la habitación el cepillo era untado en grasa, para luego lubricar con lentitud y parsimonia el cilindro para el cual fue fabricado. En su cabeza, frases confusas se agolpaban para salir sin lograr su objetivo. En su alma los sueños se apagaban en la medida que la madrugada avanzaba. Su cuerpo simplemente le pedía descanso, pero ya sin esperanzas.

La canción de amor terminó, junto con la lista de reproducción, dejando la habitación en silencio. El cepillo salió del cilindro casi sin grasa, quedando apoyado encima del pote a medio cerrar. Los pensamientos se hacían cada vez más bulliciosos y menos inteligibles. Los sueños acompañaban a los deseos en el limbo. Había llegado el momento de partir.

martes, 17 de marzo de 2015

"El Portal y el Trono de Oro" por H.E. Pérez.













Ilustración por Johnny Aracena.











En una reunión de fantasmas como la que he descrito, puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla.

Edgar Allan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.





I

Hoy encontré el portal que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Lo descubrí en una zona recóndita, lejana y oscura que no me atrevo a nombrar.

En unos roqueríos altos, húmedos, resbalosos y oscuros encontré el portal. La arena caliente quemábame los pies descalzos a medida que me acercaba. Caminé muchos kilómetros para hallarlo. Una bruma espesa y salina me obstruía el paso. Pero, al fin, descubrí la puerta que une ambos mundos.

II

En una caverna estrecha, oscura y húmeda, en la cima de los roqueríos, entré. Un túnel, un pasillo largo y lóbrego. Un recoveco.

Adentro, una tenue luz pálida, triste, pero cegadora en aquella oscuridad impenetrable. Temeroso me acerqué. Calmo, mas asustado, me aproximé. Mis ojos se cerraban por el fulgor de la irradiación. Lentamente perdí el miedo… ¡y entré!

III

Silencio. Absoluto mutismo. Sólo escuchaba los latidos de mi corazón acelerado.

Oscuridad, pero brillante oscuridad. Tinieblas lúcidas. Opacidad resplandeciente. Absoluta penumbra. Sólo observaba lo que podía sentir mi cuerpo. ¡Ciego y sordo en las sombras!

Frío. Un frío inconmensurable. Me sentía despellejado en aquel lugar en el que entré voluntariamente.

Ahora era un ser ciego, sordo e insensible. Pero debía estar allí, pues yo descubrí el portal. Yo era el elegido… y elegí. De ese modo entré en el mundo de los no vivos.


viernes, 13 de marzo de 2015

"Inmolación" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Ana Oyanadel.






Esperó a que el cura convocase a sus fieles a comulgar para pararse sobre una banca y gritarle,


¡HIPÓCRITA!

Un anciano sentado junto a él comenzó a jalar de la manga de su camisa, intentando hacerlo bajar. Si quiso además insultarlo o hacer un ruego en el nombre de Dios, nadie se enteró ya que cayó al piso de un puñetazo. La placa saltó de su boca dibujando una estela de sangre y saliva.
Como una colonia de hormigas atacando el cadáver de un ave, docenas de feligreses se abalanzaron sobre él y así como se aglutinaron, el hormiguero se dispersó como si estuviese siendo inundado, cuando sacó un arma del bolsillo.
Para evitar la fuga, apuntó y disparó al primero que iba llegando a la salida. Los sesos salpicaron las altas puertas de madera. El eco del estruendo ahogó los gritos de consternación y pánico.

¡El próximo que intente salir ayudará a seguir decorando las puertas de la catedral! ¡Ahora regresen a sus lugares!
La multitud obedeció entre sollozos. Aunque algunos lo hicieron mirándolo desafiantes, la mayoría prefería mirar el piso y avanzar sin llamar la atención. Una vez que todos estaban ubicados, saltó de su lugar en las alturas y se dirigió al altar, donde el sacerdote permanecía firme con el cáliz en una mano y una hostia en la otra.

¿Crees que podrás quebrantar nuestra fe...?

Lo acalló golpeándolo con el dorso de la mano. Aunque el cura no soltó los elementos del sacramento, en su rostro se pudo ver que algo se desvaneció, alguna convicción, la valentía que el escudo de su condición clerical le ayudaba a mantener. Pero aún así no se movió de su lugar.
No era lo que esperaba, pensó. A estas alturas debería estar rezando, o mejor aún, llorando por su propia vida. Pero esto no cambia en nada mis planes.

viernes, 27 de febrero de 2015

"La Macabra Verdad del Señor Stevens" por H. E. Pérez













Ilustración por All Gore.












La Macabra Verdad del Señor Stevens1



No te enfades, ¡por Dios…!
Despréciame si quieres,
porque verdaderamente soy despreciable,
pero no me odies.

(Emily Brontë, Cumbres Borrascosas)



“Es totalmente desquiciado narrar lo sucedido aquella noche de invierno de 1926, pero los hechos son tan extraños, si es que extraños es la palabra idónea, que se ha vuelto casi una necesidad liberarme de este tormento y endosarlo a vosotros. Trataré de restringirme sólo a lo esencial de los acontecimientos y no a los detalles, para que así vuestras almas no se perturben en demasía.

“Recuerdo que todo comenzó con un huracanado y gélido viento que corría de oeste a este. Los árboles del Pasillo Principal del cementerio City Road Chapel de Londres se agitaban con violencia. Incluso, y rememoro con temor, más de un frasco con flores cayó al suelo quebrándose en gruesos trozos de vidrio, derramando una mezcla de agua y pétalos podridos.

“Pasé por el Pasillo directo a mi oficina ya que sentí necesario un descanso, pues algo agobiaba con gran tristeza mi alma: hace exactamente un año que no tenía noticias de mi mujer, y eso me ponía melancólico, pues la amaba con pasión.

“Cuando faltaban aproximadamente diez metros para llegar mi lámpara se apagó. Quedé, entonces, en plena penumbra, sólo la esporádica luz de la luna, que surgía de vez en cuando entre las espesas nubes, me iluminaba. Saqué fósforos desde el bolsillo de mi pantalón y con ellos volví a encender la mecha. Fue ahí cuando a mi diestra, a unos setenta metros de distancia, vi bajar una rápida sombra desde el empalme del Muro Oeste con el Norte. Me asusté. Pero de inmediato llegó a mi cerebro la idea de que ésta se había provocado por el efecto que produjo la súbita lumbre del candil en mis pupilas cansadas. Me tranquilicé y pretendí caminar, sin embargo, un sonido metálico me detuvo. Quedé inmóvil bajo la égida de un ángel de mármol, el cual da la bienvenida al Pasillo. Temeroso, llevé con lentitud mi mano al cinturón, palpé la funda del revólver y traté de asirme de él, mas no pude hacerlo, pues en ese momento recordé que lo había olvidado sobre el escritorio de mi oficina. Decidí ir a buscarlo.



“Caminé rápidamente. Más bien, los pasos que di fueron largos, para que así la distancia entre el ángel de mármol y la oficina se redujera al mínimo. Declaro que, a pesar de los ocho años que llevaba trabajando en el cementerio, y que he visto muchas imágenes siniestras y he oído muchos ruidos extraños, me sentía temeroso. Bien pudo haber sido un ágil felino que se deslizó hacia el interior del recinto, o una paloma u otra ave que, con su aletear ligero, haya provocado ese sonido, el que yo mal interpretaba como metálico. Sin embargo, la rigidez de mis miembros y la agitación de mi pulso decían lo contrario.

“Abrí la puerta de mi despacho e ingresé con premura, cerrando apenas entré. Encendí otra lámpara con el fin de iluminar mejor la estancia y me percaté que todo estaba en su lugar: a mi siniestra el espejo de cuerpo entero – hermoso regalo de mi esposa -, junto a él el sofá y, más allá, mi escritorio apegado a la ventana que da a la calle. Sobre él la lámpara, el teléfono, unos documentos, mi pluma, el tintero, y ahí, junto a un vaso con agua, mi revólver. Lo tomé y lo enfundé. Sabía que estaba cargado.