"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

martes, 25 de noviembre de 2014

"La Española" capítulo II, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.









Completamente rodeados, con los muertos acercándose a paso lento, los ojos clavados en los intrusos y el monstruo rugiendo furiosamente tras ellos, los españoles se sintieron totalmente acorralados.
La criatura aún exhibía el agujero que atravesaba su pecho, a la altura del corazón. Pegó otro inhumano alarido y los muertos retrocedieron. Un par de ellos ya estaban forcejeando con los dos grumetes en pie, pero estos los soltaron rápidamente ante el bestial alarido. Claramente seguían las órdenes de ese monstruo y éste quería su presa para él sólo.
Se acercó lentamente, riendo y babeando. Los españoles retrocedían, sin poder creer lo que veían. El capitán se percató de que la criatura no sólo jugaba con ellos: si se movía lento era porque aún cojeaba de su pierna izquierda. Los sablazos que le profirió no habían sido en vano.
Observó con cautela a su alrededor. Era un hombre de armas y sabía sacarle provecho estratégico a su entorno, aún en las peores condiciones. Fraguó en su cabeza una posible salida, su única esperanza. “Cuando de la orden, saltarán lejos” le susurró a sus hombres. Siguió retrocediendo con los demás. Los muertos le hacían espacio a la presa del monstruo. Se ubicaron en círculo, en torno a lo que iba a ser un auténtico circo romano. Ya estaban prácticamente al centro del hall, justo lo que necesitaba el capitán, cuando el monstruo pegó un salto de jaguar en dirección a sus víctimas.
    ¡¡Ya!! gritó el capitán.
En un solo movimiento sacó el revólver y disparó a la cadena que sostenía el enorme candelabro en el techo. Saltó a su derecha junto con dos de sus hombres, mientras que el padre saltó a su izquierda. Cuando el monstruo volvió a tocar el piso, una araña de candelabros lo aplastó, levantó todo el polvo de la sala y rompió las tablas del piso a su paso.
A los hombres les tomó unos instantes reorientarse. El polvo demoró en disiparse, pero el monstruo no dejó de emitir alaridos. Cuando recuperaron la visión, lo distinguieron claramente retorciéndose entre los escombros. El capitán se incorporó rápidamente y dio la orden de disparar. Él y los otros dos grumetes dispararon todo su arsenal contra el monstruo apresado hasta agotar sus balas. Cuando Villarroel comprobó que el gatillo ya no disparaba nada, tiro el revólver al piso y desenvainó nuevamente su espada. Se acercó decidido al monstruo. Su rostro estaba aún más deforme por la rabia y las heridas proferidas, y se tensó aún más cuando el Capitán Villarroel le amputó su brazo izquierdo.
Hecho el corte, el monstruo estalló en ira y rompió todos los fierros del candelabro que lo apresaban. Con su brazo bueno golpeó de forma tan poderosa al capitán contra su vientre que lo lanzó varios metros contra la pared izquierda de la sala. Villarroel cayó contra un mueble cubierto por sábanas (ese resultó ser un auténtico mueble). El impacto lo desmoronó, desparramando su contenido: platos rotos, copas, botellas vacías, pequeñas bolsas selladas, biblias y cruces de distintos tamaños.
El monstruo se dirigió tambaleando, pero aún jadeante y furioso, sobre el capitán Villarroel. De su brazo amputado no brotaba sangre, sino que goteaba un líquido verdoso, espeso y de olor inmundo. Con la mano derecha agarró al aturdido capitán por el cuello. Sin ninguna dificultad, lo sostuvo a veinte centímetros del piso. El capitán pataleaba y luchaba por respirar, mientras que el monstruo lo sostenía con su brazo firme y decidido. Lo sopesaba, contemplaba a ese pequeño e indefenso mortal. Despidió una risa maliciosa, y luego abrió sus fauces de par en par, acercando sus colmillos al cuello del capitán.
La bestia se detuvo en seco, repentinamente. Sus ojos oscuros parecía que se habían nublado. Soltó al capitán, quien cayó rendido al piso, recuperando el aire. Miró hacia arriba: el agujero del corazón de la bestia había sido atravesado por una especie de estaca. Se puso de rodillas, y cayó rendido contra el piso.
Villarroel se alejó para que el monstruo no se desplomara sobre él. Entonces pudo ver quién estaba detrás: el padre San Juan. Sobre la espalda de la criatura se erguía, cual bandera, una gruesa cruz cristiana, de medio metro de alto. La estocada que le acertó el religioso resultó ser el golpe de gracia definitivo. Nunca supieron si fue debido al poder de Dios que representaba, o a que el corazón de esas criaturas aún latía como órgano de mortal. Nadie sabía.
    ¿Está bien?- preguntó el padre San Juan al capitán, al tiempo que le ofrecía su mano.
Respondió afirmativamente con la cabeza, y dejó que el padre lo ayudara a levantarse. Los españoles se reagruparon, al mismo tiempo que los muertos vivientes retomaban la iniciativa. Aún con la adrenalina en sus venas, el capitán agarró un fierro del candelabro y no titubeó en comprobar lo fácil que era repeler a los reanimados golpeándolos con un objeto contundente. Cargaron a Núñez (quién habían dejado olvidado en el piso en medio de la confusión, por fortuna los muertos no se le acercaron), rompieron uno de los cristales, y salieron de ese endemoniado edificio.
Trotando suavemente regresaron a la playa. En el camino, Villarroel trató de mantener la calma entre sus hombres, pero fue difícil: los escombros que hace sólo unos minutos estuviesen inertes ahora se movían. De los rincones más inverosímiles brotaban torpemente más cuerpos putrefactos reanimados. Del piso surgían manos amputadas que se agarraban a las piernas de los marineros; incluso vislumbraron un esqueleto sin piernas que reptaba sobre una masa de apéndices e intestinos que brotaba de su tórax, arrastrándose a duras penas con sus huesudos brazos.
Era un ambiente surreal. Equiparable a los peores relatos del infierno que les contaran en la iglesia. Afortunadamente todas esas criaturas eran igual de lentas y desorientadas. De una patada era fácil alejarlas. La clave estaba en no dejarse encerrar por grupos de esas cosas. No obstante, la piel se les volvió a erizar cuando escucharon de una grieta en el suelo el claro alarido bestial del monstruo que mataron en la gobernación. Habían más. Muchos más.
Esperaron a estar en el bote, ya a varios metros de la orilla, para soltar las preguntas.

viernes, 21 de noviembre de 2014

"La Sombra" por Javier Maldonado Quiroga













Ilustración por Visceral.









Cerró los ojos esperando que su silueta se hubiera desvanecido, pero cuando volvió a mirar la sombra seguía ahí, envuelta en tinieblas en un rincón junto a la pared. La noche era oscura e incluso la luna parecía haberse escondido, contagiada de sus temores.

Era idéntica a sí mismo, excepto por sus ojos que eran dos esferas negras como piedras de ónice. Trató de llamar a sus padres, pero con horror se dio cuenta de que no era capaz. El miedo se aferraba a su garganta, desgarrando su voz en un hilo colmado de angustia.

Volvió a cerrar los ojos pero esta vez no los abrió. Se dejó embriagar por aquella falsa oscuridad, pobre remedo de la otra, la real, que se apretujaba a su alrededor como los contornos de cientos de fantasmas, envidiosos de su vitalidad. De su calor.

El sueño llegó bajo la forma de una grotesca pesadilla donde veía aquellos ojos encima de él, observándolo desde los pies de su cama.

Junto a una respiración monótona e incesante.

O quizás solo era el viento.

A la mañana siguiente la sombra seguía ahí. La vio a través del espejo, en el baño, a su espalda. Observándolo, siempre observándolo.

No dijo nada. Quizás se había vuelto loco. Tantas veces había maldecido su suerte y ahora lo abrazaba la locura.

Afuera lloviznaba.

Su padre lo llevó a la escuela. Ninguno dijo nada al otro, como siempre. Ella seguía ahí, en el asiento de atrás. Evitó mirarla.

De haber podido se hubiera bajado del auto y hubiera corrido sin detenerse hasta desaparecer. No huía de aquella sombra de sí mismo, sino de lo demás. De todo lo demás.

Sabía lo que le esperaba una vez llegaran a destino.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"La Española" Capítulo I, por Diego Escobedo













Ilustración por Visceral.






CAPÍTULO 1

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”
Juan 6:54

Los suspiros guturales se escuchaban desde el otro extremo del pasillo. El capitán le pisaba los talones al Padre San Juan, a medida que avanzaban temerosos por el estrecho y poco iluminado pasaje. Cada madera que pisaban chirriaba de forma exagerada, pero el ser que los esperaba en la habitación del fondo parecía indiferente a estos ruidos. En realidad era indiferente a las cadenas y a todo su sufrimiento en el mundo terrenal. Su dolor venía de mucho más allá, de las profundidades insondables, de abismos demoníacos. Con sus animalescos aullidos y voz inhumana, los dos hombres de Fe sentían con toda claridad las maldiciones del infierno retumbar en sus cristianos oídos. El padre se persignó dos veces más antes de atravesar el umbral. Retrocedió bruscamente cuando la criatura agitó las cadenas, sacando chirridos de desencaje de las tablas. El capitán lo calmó, echó un vistazo.

—Sigue encadenado. Entremos— susurró.

***

El Capitán Villarroel tenía miedo. No tenía caso negarlo. Tanto como San Juan. Ni éste último tenía muy claro lo que debía hacer. Cómo demonios llegué a esto, cavilaba una y otra vez. En sus veinte años de servicio a la armada imperial, con todos sus gajes y altibajos, no recordaba una situación tan al límite. Y es que a ninguna generación de la escuela naval les enseñaron a lidiar con el infierno mismo.

Ese era precisamente el destino que había apresado al Capitán y sus Hombres: El Infierno, el mismísimo Hades. No había otro nombre para describir a ese lugar, que en los mapas convencionales, esos que aún incluyen dragones, serpientes y demases monstruos marinos en sus cartas de navegación, figura como la isla de La Española. Antigua adquisición colonial que le diera tanta fortuna a la Madre España. Claro que las cosas habían cambiado.

Corrían vientos de cambios en las aguas de Europa y las Américas. Mientras los aliados franceses se guillotinaban entre sí, en el caribe, en Saint-Domingue (porción oriental de La Española, cedida por el imperio a Francia) los esclavos negros aprovechaban la confusión republicana, y esas disparatadas ideas de igualdad y libertad, para rebelarse contra sus amos blancos. Que los superaran en número de diez a uno contribuyó bastante. Ni las tropas del cerdo chaparro de Bonaparte pudieron contenerlos, y los rebeldes terminaron proclamando la “República Negra de Haití”. Un duro golpe para Francia, y para la esclavitud en todo el mundo.

No contentos con eso, los endemoniados negros expandieron su revuelta más allá de las sierras montañosas que los separaban de los dominios hispanos. Lograron conquistar el Santo Domingo Oriental allá por 1822. Habían pasado tres años desde eso, y prácticamente no se sabía más de la isla. Los negros y las grandes potencias se encargaron de cortar toda conexión con el mundo exterior. Sólo se sabía que esos bárbaros ni siquiera habían liberado a los esclavos, como prometían. Si no que se dedicaban a saquear la comida de los dominicanos, a masacrar a los blancos, y obligaban a todos en la isla a hablar su vulgar e inentendible idioma, que poco y nada respetaba del francés tradicional.

Ese era el escenario con que los hombres de bandera cruzada surcaban en el Silvestre Segundo, antiguo y veloz galeón de Villarroel, las aguas centroamericanas. El capitán, un hombre alto, de cabello castaño y complexión fuerte, con su experiencia había creído que sabía a lo que se enfrentaba. Ahora lo dudaba, cada vez más. Su misión no era reconquistar, sino simplemente hacer un reconocimiento del terreno. Claro que el capitán vasco no necesitaba mayores razones para escarmentar él mismo a esos negruscos altaneros.

—Capitán, estamos a menos de una legua de La Española ¿ordeno subir las velas?— le consultó un marino joven, moreno y de acento andaluz. Villarroel oteaba el horizonte desde la proa con una impávida expresión.

—Hágalo, y mande a un grumete con catalejo a acompañar a Sánchez allá arriba. Extrañamente no se ve nada, Carbacho.

—A la orden, mi capitán.

Carbacho era el primer oficial del barco, uno de los más jóvenes de la marina imperial. No tuvo tiempo de comentarle su sorpresa al capitán por lo repentino de la neblina. Algo inusual para esas aguas. En pocos minutos la embarcación se vio abrazada por gruesos borbotones de nubes. Villarroel procuró no darle importancia. La nave hacía muy poco que había surcado las aguas de una isla de nombre “Niebla” donde se daba un fenómeno similar, próxima a una lejana ciudad llamada Valdivia. Claro que el clima era totalmente distinto entre ambas latitudes.

Como fuese, Haití recibió a los marineros envuelta en un halo de nubes y misterio. Un mal presentimiento le erizó la piel a distintos grumetes. Villarroel lo notó en cuanto dos fulanos que trapeaban la cubierta, se paralizaron ante la imagen de la intimidante isla.

—¿Piensan pintar el paisaje o qué? ¡Vuelvan a trabajar, carajo!— les espetó Villarroel sacándolos de su trance.

viernes, 31 de octubre de 2014

"Noche de paz, noche de muerte" por Fraterno Dracon Saccis













Ilustración por All Gore.








Franco adoraba caminar durante las noches tibias y nubladas, sin la mirada impasible de las estrellas y la luna. 

Especialmente en noches como Halloween, la gente convivía con lo oscuridad, ya sea por el agradable tiempo, ya sea por seguir a la cada vez más numerosa costumbre (sea todo lo importada que se quiera), que hacía de quienes deambulaban con disfraces sombríos o coloridos, partícipes de un ritual aunque deformado, nacido en la era en que más estábamos conectados con la tierra. Un agónico sobreviviente del paganismo.

Aún quedaban familias recorriendo las casas que anunciaban su complicidad, con adornos festivos y macabros. Compartir la abundancia, repartiendo confites hechos en serie, simbolizando los frutos que la diosa nos brinda.

Una ambulancia a toda velocidad dejó flotando sus haz carmesí, sin que su presencia causase el ominoso escalofrío en otra escenario. Rodeados de muerte, una muerte que no esperaba al inicio del túnel, si no que con su guadaña cortaba el trigo para dar paso a nuevas siembras.

Franco se alejó de las casas y atravesó el puente hasta llegar a una de las zonas bohemias del centro, la más rancia y mal oliente, donde nada sabían de calabazas y caramelos. Apenas notaban el día y la noche, encerrados en cantinas de música etílica y aire viciado.

Se quedó parado en un rincón sin más iluminación que la de la brasa de su cigarrillo, acechando.

jueves, 16 de octubre de 2014

"El imbunche de Quicaví" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Ana Oyanadel.






Extracto del borrador de un guión

Al entrar en la caverna, Benjamín toma un chonchón y lo enciende, le da otro a Sayén, se oye un balido ronco, despacio, como un ronquido o una respiración, es constante. La luminosidad muestra un corredor, caminan por él hasta llegar a un amplio espacio, en el centro de la habitación aparece la imagen del imbunche, un ser de pelaje blanco que aparece semi incorporado en sus dos pies, la otra mano cercana al suelo y una joroba compuesta por su pierna, un pie sobresale por sobre la cabeza. Su cuerpo está cubierto completamente por pelo blanco de chivo, su rostro es el de un ser humano con rasgos de estupidez y ferocidad, al intentar hablar se le nota la ausencia de varios dientes.
Benjamín: Oh juez Imbunche, disculpa nuestra intromisión, hemos venido a traerte comida.
Imbunche: Kiegghhh Koojjjj eooocuejlla a Cueujjjjejjejggne
Benjamín: Esta mujer es Sayén Naín, está preparándose para ser uno de nosotros y es muy buena, ella ha destazado esta carne para ti. (Benjamín se quita un morral y se lo muestra al Imbunche.
Sayén: Mis respetos Imbunche. (Sayén dice esto con sincero ademán)
Benjamín: Debemos presentar ahora nuestra sumisión ante el juez, sígueme, haz lo que yo. (esto se lo dice en voz baja, al oído).
Benjamín camina hasta llegar muy cerca del Imbunche, éste se da media vuelta dejando un trasero pelado, como el de los papiones, y Benjamín se inclina para darle un beso en el ano. (la imagen muestra el ano del imbunche en primer plano con restos de fecas y pelos)
Sayén mira esto horrorizada, asqueada.
Benjamín: Es tu turno Sayén, adelante (la invita a pasar con un ademán)
Sayén da un paso y se detiene, está a punto de vomitar, sin embargo, se rehace, se acerca a unos centímetros y cierra sus ojos (La imagen muestra los labios de Sayén hacer contacto con el ano del imbunche) Se retira asqueada limpiándose la boca con el antebrazo.
Benjamín: ahora daremos alimento al imbunche, ya hemos ganado su confianza (el ser se da media vuelta y engulle lo que le han tirado al suelo, hacen una reverencia y se dirigen hasta una puerta que está al final de la habitación, entran a una sala más pequeña que la anterior, en ella hay un trono que preside una mesa pentagonal con 12 tronos más pequeños, tres en cada lado de la mesa.
Sayén: Por fin en la famosa cueva, en donde se reúne la Mayoría.


martes, 7 de octubre de 2014

"La Muerte de Ligeia" por Daniel H.V.

Ilustración por Daniel H.V.



En honor al Maestro Edgar Allan Poe.





Éramos dos bellos amantes
mas él era un niño de febril imaginación,
en excesos de opio alucinaba
en delirantes trances embebido de alcohol.
A cada instante su pobre corazón de niño
veíase en versos de horror cautivo.

Dedicábamos nuestro tiempo
a lecturas poco frecuentes
intentábamos encontrar
la manera doblegar la muerte
y así poder sobrevolar
el cruel destino inminente.

Aciága fue la noche en que me alcanzó
cobarde la invisible enfermedad.
Fatal y silenciosa
con sus plumas me rodeó.
En un último gemido,
luego de haberle pedido
a mi esposo que leyera por última vez,
aquél poema hermoso
recitando en voz alta, los últimos versos añosos
de Glanvill el viejo filósofo:

“El hombre no se doblega a los ángeles,
ni cede por entero a la muerte,
como no sea por la flaqueza de su débil voluntad”

y aún con los versos frescos en sus labios,
mi alma abandonó su cuerpo
tras esos versos sabios

Mi voluntad no era la muerte,
como en un sueño extraño y rodeada de seres profanos
sacudía mi cuerpo ligero pero encadenado.
Deambulaba entre los visillos de la habitación
tropezaba con los candelabros de oro
intentando andar en esa profunda ensoñación.
Poco recuerdo de aquél momento
mis pies parecían no tocar el suelo
y de mi corazón pendía un fino hilo
que me sostenía en el desasosiego
de aquél extraño limbo.

Llegó una impía mujer a nuestro lecho
Rowena de Tremaine
observaba yo a mi esposo
junto a la mujerzuela, de los cabellos de oro,
de ojos azules, de corazón irrespetuoso.

Tal era mi voluntad de vivir
que palpaba todo cuanto encontraba
para sentirme viva,
para sentir la vida.
La frente de Rowena con mis dedos acaricié
fue mi pálido toque, el que selló su destino
muerte traía en mis manos, muerte entregué
a la joven e irreverente mujerzuela
de ojos azules, de cabellos rubios.

Cayó enferma de fiebre
y el alma de esa mujer de su cuerpo arranqué.

En violentas sacudidas
Las cadenas de la muerte resquebrajé
luego de varios intentos
de aquellos seres escapé
y mi voluntad de vivir jamás abandoné

Sobre el cuerpo de la joven Rowena
mi alma posé,
oscureciose su cabello,
volví de mármol su piel.
Amortajada del lecho de muerte me levanté,
y mi esposo,
mi amado
de bruces cayó a mis pies
enloquecido, sin poderlo creer
gritaba y sollozaba:
“¡Ligeia!, ¡Ligea!, ¿cómo puede esto ser?”
acariciando su cabeza de niño perdido
los viejos versos le susurré:

“El hombre no se doblega a los ángeles,
ni cede por entero a la muerte,
como no sea por la flaqueza de su débil voluntad”.

"Monstruos hechos a mano" por Fraterno Dracon Saccis













Ilustración por All Gore.








Los pies de Lilén sangraban mientras corría tras el caballo.

El jinete miraba sobre su hombro, riendo. Cuando veía que la distancia entre él y la mujer era demasiado amplia, frenaba su caballo para cabalgar en círculos y alzar su botín.
Mientras lo levantaba por el tobillo, el bebé berreaba más alto. Cuando la mujer ya estaba a pasos de alcanzarlos, reanudaba la marcha entre carcajadas.

Así la atrajo hasta el río.

Desmontó y se acercó a la rivera. Lilén gritó al ver que el hombre sostenía a su hijo sobre las aguas y corrió aún más rápido, a pesar del dolor de sus pies lacerados.

El jinete desenvainó su espada corta y le rebanó el cuello al bebé.

La sangre formó un arco cuando arrojó el cuerpo al torrente. Lilén calló de rodillas. El rictus la poseyó por un momento, hasta que reaccionó y se lanzó al rescate de su pequeño. El jinete montó y cabalgó río abajo, sin perderle de vista. La mujer braceó buscando ir más rápido que su bebé. Una piedra del fondo le abrió una herida por toda una pantorrilla, mas solo sintió un frío en el hueso. Sus fuerzas se fueron agotando. Chocó con un tronco que le golpeó el costado, dejándola sin aire. Tragó agua y a duras penas logró salir a flote. Una larga mancha rojiza que atravesaba una zona calmada por un dique natural, le indicó que ya estaba cerca. Al borde de las rocas y ramas que ralentizaban el flujo, el cuerpo de su pequeño estaba atascado. La cabeza se agitaba con la fuerza del torrente, unida al cuerpo apenas por la columna. Sacó sus últimas fuerzas para llegar hasta él desplazándose por las ramas. Al soltar las manos para abrazarlo, la corriente los arrastró a ambos.

***