"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

viernes, 11 de noviembre de 2016

"Las arenas del borde de la Tierra" por Armando Rosselot.

'Noosphere' by Kiminjo


1

La eternidad es un concepto que no muchos seres pueden llegar a comprender. Lo digo con propiedad. Sucede que, tal como le puede ocurrir a quien conoce un lugar demasiado tiempo, aburre, cansa y lo único que se desea es salir de ahí. Es mi sentir de hace incontables siglos: quiero escapar, irme.
Morir.
Durante los últimos milenios he tratado de aniquilarme muchas veces; más de doscientas, pero siempre despierto luego de un extraño sueño en donde me encuentro boca abajo en una playa de arena carmesí y húmeda. Allí me estoy ahogando, por lo que levanto mi cabeza con urgencia para lograr respirar, pero sólo consigo despertarme y vuelta a lo de siempre.
He sido testigo de tres eras planetarias; sus nacimientos, esplendores, decadencia y término. Luego viene el resurgimiento de todo, desde ese último rincón del mundo que renace luego de acabar; ese final que es para todo ser vivo del mundo, menos para mí y otro grupo de hombres eternos, de los cuales quedo sólo yo en esta tierra, pues los demás han tenido la suerte de encontrar el final del camino: La isla al borde del mundo.
Allá es donde me dirijo en este momento.

Subí a la embarcación hace cinco días en el puerto de Driüm, en el archipiélago de Yailyé, costa meridional del gran continente de Ramaridam, en ésta, la cuarta era del tercer planeta de este sistema solar: La Tierra; así le nombraban en la era anterior.


2

El sol quema con fuerza y los hombres trabajan en la cubierta, el timón y en las velas. Hace poco comí y estoy de pie. Las palabras del moreno retumban en mi cabeza: “Ve con la primera expedición hacia aguas desconocidas, allí encontrarás la isla donde podrás morir y al fin descansar”. Él partió hacía seis mil años; un breve interludio para el tedio de estar en este mundo.
Cerca del timón varios hombres y el capitán estudian un mapa, según oigo, es el mapa de un mago, un iluminado que los llevará a encontrar los tesoros más grandes del mundo y la riqueza infinita. No tienen idea de lo infinito, ni qué es ser un iluminado. El mapa lo dibujé yo hace varias jornadas y lo hice correr por las posadas de marinos hasta que alguno se atreviera a ir. Cayeron; me llevarán a mi muerte y a la de ellos, breves criaturas inocentes. No se imaginan lo que les caerá encima, muy pronto.

jueves, 3 de noviembre de 2016

"La Mar" por Jorge Araya Poblete



Manuel remaba con todas sus fuerzas. No importaba hacia donde lo llevara su huida, solo le interesaba agrandar al máximo la distancia entre él y aquel lugar. La adrenalina apenas atenuaba los calambres que se apoderaban de todos sus músculos, los dolores articulares que invadían principalmente sus manos y espalda, y la vergüenza que carcomía su alma a cada segundo. Esa tormentosa madrugada había resultado peor que cualquiera de sus pesadillas, y ahora debía seguir luchando contra la mar por su vida, mientras rogaba porque ninguna otra calamidad empeorara su casi malograda existencia.

***

Manuel era el patrón de un barco mediano de pesca industrial algo viejo, pero aún completamente funcional gracias a los cuidados que se le daban y a una esmerada mantención. Por ya casi treinta años llevaba haciendo de la pesca su vida y sustento. A diferencia de la mayoría, era responsable con los recursos que extraía. La mar podía ser muy generosa, pero a la vez veleidosa y agotable; así, era cuidadoso de pescar sólo lo necesario para su subsistencia y la de aquellos que trabajaban con él; gracias a su forma de enfrentar a la naturaleza nunca le había faltado nada en la vida, e inclusive quienes se habían ido de su lado a trabajar por su cuenta y seguido su ejemplo, también habían logrado prosperar y ser exitosos.

Mientras abordaba recordó a su padre, hombre de mar —como también lo fue su padre, y el padre de su padre— quien le enseñó una costumbre exclusiva de su familia y cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, que causaba risas y burlas en el resto de los pescadores, pero que para quienes llevaban su apellido era tan sagrada como la honra de su madre o la protección divina de San Pedro apóstol: en cada faena el primer pez que sacara debía ser devuelto vivo como ofrenda a la mar, para mostrarle respeto y agradecimiento por las décadas de sustento familiar. Manuel nunca dejaba de cumplir esa máxima ineludible, que aprendió a los siete años cuando por primera vez fue de pesca; también recordaba como si fuera ayer que en su inocencia se atrevió a preguntar el porqué de dicha tradición, recibiendo un doloroso bastonazo en la cabeza de manos de su abuela, “¡Las tradiciones se siguen, no se cuestionan!”. A pesar de todas las travesuras de su niñez, las locuras de la adolescencia y del entorno agresivo en el que había nacido, aquella fue la única vez que alguien de la familia lo golpeó.

martes, 25 de octubre de 2016

"El antiguo lenguaje" por Cezary Novek

Bosquejo de 'Jenifer', Bernie Wrightson.


 “Muchas personas atacan al mar. Yo le hago el amor”-Jacques Cousteau-

“El mar no tiene ni sentido ni piedad”-Anton Chéjov-

Las últimas visitas se fueron hace más de un mes. Mi hermano con la mujer y el hijo. No creo que vuelvan a interrumpirme. Se quedaron un fin de semana. Hablamos poco. Ellos se la pasaron más preguntando por mi vida que contando de la suya. Yo hace tiempo que no tengo novedades.

Y ella no les cayó bien.

Desde que me separé, cerraron el diario y cobré la indemnización, me di por liberado de responsabilidades anteriores. Vendí todo lo que tenía y me mudé a la costa. Alquilé una cabaña de pescador, lejos de todo, para escribir la novela que postergué casi desde el mismo momento en que encaré la decisión de vivir de la escritura.
Hacía siete meses de todo aquello y no había escrito nada. Dos o tres intentos introductorios. Algo de vino, muchos cigarrillos y nada de voluntad. Cuando me saturé de leer y ver películas para intentar motivarme, empecé las caminatas. Para oxigenar las ideas.
Antes de mudarme, nunca había visto el mar en persona. No se dio. Y siempre me sedujo la idea de que el movimiento continuo de la masa líquida favorecía el flujo de ideas. Me pasaba lo mismo cuando miraba el río, el chorro de la canilla e incluso con el sonido de las gotas.
Me hamacaba entre diferentes ideas que no me terminaban de convencer como para llevarlas a cabo, mientras caminaba, dos horas por la mañana, dos por la tarde.
Salía después del desayuno. Volvía para comer, dormía siesta y salía de nuevo hasta que caía el sol. Abría un vino cuando ya estaba oscuro, ponía música y me quedaba sentado en la galería, fumando y mirando la marea hasta que se acababa el vino. Después, a la cama. Y así.
El dinero no me iba a alcanzar para siempre. Creía que una vez que hubiera arrancado, terminaría la novela en menos de cuatro meses. Tenía apalabrado un editor de la capital, que me conocía del diario, había leído un puñado de relatos y estaba interesado en mi posible veta de autor. La publicación del libro me abriría puertas para volver al ruedo. Quería recategorizar mi firma.
No invité más que a unos amigos, al final del primer mes. Me aburría como un hongo pero me la pasé hablando maravillas de mi soledad productiva. La reunión consistió en recordar las anécdotas en común y vendernos mutuamente nuestros estilos de vida.
Cada quince días hacía un pedido de comestibles y volvía a casa. Y así era todo hasta el día que la encontré, a mediados del otoño.
Hacía frío. No me cruzaba casi nunca con nadie, menos en esos días. Después de rodear un montículo de piedras y arena, ahí estaba. Sentada en cuclillas, con el pelo mojado derramándose como una lluvia de aceite oscuro por los hombros huesudos y la curva de la espalda. Miraba hacia el mar y tiritaba. Sus pies delgados, largos, se frotaban mutuamente. Los dedos de las manos, entrelazados, rodeaban los tobillos adolescentes. La cara apoyada en las rodillas. Era media mañana. El día nublado susurraba brisa helada.
Le pregunté si estaba bien, si le había pasado algo. Soltó sus piernas y abrazó las mías. Levantó la vista. Tenía los ojos negros, la pupila y el iris se fundían en un solo punto, uniforme y milenario como la noche. La piel clara se volvía grisácea con el viento. Me saqué la campera y la cubrí. Después nos fuimos a casa.

viernes, 14 de octubre de 2016

"Una distante parábola de pesca" por Aaron Hernández

Pescar siempre me ha parecido fascinante. Es un juego de permanencia. No me vengan con que es antinatural, todos lo hacen. Cualquier animal allá abajo puede hacer crujir un carnoso camarón o triturar coral, incluso hincar los dientes en el muslo de un nadador descuidado. El mar, en su salvajismo, es hermoso.

Lo difícil es limpiar lo pescado. Hay que abrirlo en canal para sacar las vísceras y las agallas. Un puñado de carnada atrae más peces, sin embargo un pez vivo es más útil, puede venir algo más interesante en su búsqueda.

El mar está lleno de asesinos.

Hoy es uno de esos días que vengo por algo importante. Las grandes presas salen durante el crepúsculo. El anochecer es suyo. Sin embargo la marea lo vuelve una tarea complicada, el mar también tiene eso, está vivo, huele el miedo que hay en nosotros y se revuelve, lo maneja a su favor.

¿Has escuchado el sonido de las olas cuando el mar ha matado a alguien?

Asoman cientos de cangrejos en la arena nocturna. Las pisadas caen sobre ellos y su carne húmeda queda expuesta, iluminada por la luna. Pronto otros llenarán el vacío dejado por la huella. Eso también es el mar, la inmortalidad del ser.

Tal vez ese sea el error del hombre, creer que ha hecho suyo el mar sólo por apostar hoteles, complejos y naves de guerra en las orillas del océano. De vez en cuando descubre con horror que cualquier chapoteo es superior a sus fuerzas.

Mueren especies todos los días, cetáceos, escualos, mamíferos, toneladas de peces que terminan hechos trizas durmiendo en una lata. ¿Puedes imaginar un bocado aceitoso de carne humana en el interior de una lata? A nadie le importa.

viernes, 2 de septiembre de 2016

"Las costas de Chiloé" por Sergio Fritz Roa














Swamp Thing Vol 2 #47
(Abril, 1986)
Alan Moore/Stan Woch/Ron Randall















ESCENA A.-
(12.000-14.000 AÑOS ATRÁS)

Dos serpientes expresan su poderío en el hemisferio austral: la de agua (Caicai) y la de tierra (Threnthreng).

Mientras Caicai vilú desea eliminar una vez más a los hombres (han habido varias humanidades), esos engreídos seres que reptan torpes por el planeta, infectándolo debido a su facilidad reproductiva, Threnthreng vilú, compasiva los protege, haciendo crecer los cerros para que no los alcancen las aguas.

Es una lucha sin cuartel, en la que gana la serpie de tierra, y por añadidura los hombres, quienes serán así los sobrevivientes de un diluvio portentoso. Caicai vilú antes de retornar a las profundidades marinas les lanzará una última mirada. Una de odio preternatural...

De esta forma los mapuche y los chilotes narran hasta hoy un hecho mítico.

Sin embargo, este conflicto continuará en toda la historia expresado de distintas maneras. Y así, los alquimistas hablarán de la rivalidad entre lo mercurial (las aguas) y el azufre (la tierra, lo ígneo). Un científico como Hörgiber expondrá la lucha entre el hielo (las aguas) y el fuego (que surge desde el interior de la tierra). Esta teoría será recogida por el nacional-socialismo alemán y un erudito como Carl Schmitt teorizará la batalla necesaria que se da entre Mar y Tierra, ejemplificándola entre los imperios marítimos (por ejemplo, Inglaterra) y los terrestres (Alemania). En la literatura, el escritor norteamericano H. P. Lovecraft hablará del horror venido del mar, expresado en seres como Dagon y los profundos; en la sumergida ciudad de R´lyeh, donde habita el temible Cthulhu; en la “Secta Esotérica de Dagon”; en el puerto de Innsmouth; y en un largo etcétera.

Y será este autor quien hable de manera explícita de un pacto... de un monstruoso pacto entre creaturas marinas y hombres.

Las leyendas chilotas no dicen algo diferente al establecer que los brujos del Caleuche (barco fantasma) mantienen un oscuro acuerdo con seres marinos. E incluso, una leyenda aún más arcana indica que las mujeres mantuvieron contacto sexual con los delfines, y de su producto surgieron los actuales chilotes.

Mis investigaciones me han llevado a establecer que los brujos aún existen, organizados desde hace unos siglos en la sociedad hermética llamada la "Recta Provincia", mantienen trato con dichos poderíos marítimos y esperan el regreso de Caicai vilú...

martes, 2 de agosto de 2016

"Huellas en la arena" por Pablo Delgado (Costa Rica)



     Sucedió tres días después de que vi desaparecer el barco de Daniel en el horizonte. Nunca había sentido miedo de estar sola en la casa, siempre tenía algo que hacer para pensar en esas cosas. Cuando terminaba las obligaciones del hogar —barrer, arreglar las redes de reserva, traer agua del pozo, buscar leña, entre otras—, solía sentarme en un tronco frente al mar para sentir la brisa en el rostro mientras el sol se ocultaba a lo lejos y las olas castigaban la arena. Después me preparaba algo ligero, que no me llevase mucho trabajo ya que solía acostarme antes de las siete. En esta lejana playa no hay nada que hacer cuando se extingue la luz del día. No tenía preocupación por la comida, ni por las otras cosas que pudiese necesitar durante las tres semanas que permanecía Daniel en el mar (candela, jabón, baterías…), ya que él solía dejarme todo para que yo no tuviese que hacer el extenuante viaje de tres horas entre los manglares y el pueblo, corriendo el riesgo de cruzar el estero. Pero esa noche todo cambió.

     Ya me encontraba durmiendo cuando escuché el ruido. Pensé que tal vez Daniel había regresado antes de tiempo. Salí de la casa, dejando la puerta cerrada —no deseaba que algún animal entrase—, caminé hacia la playa como lo hacía todo el tiempo, sin mirar mucho lo que me rodeaba. El cielo estaba nublado, pero no parecía que fuese a llover y el mar estaba agitado, como si algo le molestara. Poco era lo que podía ver con la débil luz de la linterna. Busqué por toda la playa, pero no encontré el bote. Cuando estaba a punto de regresar fue cuando las vi, huellas amorfas más grandes que las de un hombre. Al ver esas marcas en la arena, despertaron en mí viejos temores de cuando era niña. Mi abuela solía contarme cómo en las noches en que el mar se encontraba intranquilo, demoníacas criaturas salían de él para llevarse a quien se encontrase vagando, solitario. Eran seres llenos de escamas, con grandes ojos vidriosos. Siempre pensé que sólo eran cuentos para que los niños no se arrimaran a la playa cuando el sol se había ocultado, o una fantasiosa explicación sobre los barcos desaparecidos; pero ahora estas huellas estaban frente a mí, amenazando todo lo que yo creía. Iniciaban en el agua y se seguían tierra adentro, hacia la casa que Daniel me había construido con sus propias manos. Tomé el foco con fuerza y me encaminé de regreso.

     Todo el lugar había cambiado, el aire tenía cierta amargura que se me metía por la boca y se escurría por mi garganta, horribles sombras se mecían de un lado a otro mientras caminaba por el sendero. Con cada paso que daba me imaginaba aquella repulsiva cosa vagando por los árboles, buscándome.

viernes, 3 de junio de 2016

"La pureza" por Fraterno Dracon Saccis



Aquellos que sueñan de día

conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan de noche.
En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen,
al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto.
De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia
y mucho más del mero conocimiento propio del mal.
Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable»,
y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio,
«agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».
—“Eleonora”, Edgar Allan Poe.




     Se había quedado empantanado esperando que apareciese la palabra precisa. Luis quiso pensar que fue el motor acercándose el que lo sacó del ritmo. Tenía la esperanza superficial de que diese vuelta en U, dándose cuenta de que había equivocado la dirección; aunque en el fondo deseaba que alguien llegase a interrumpirlo.
     Una vieja idea se removía en las fronteras de su mente, que separaba la consciencia de aquel otro mundo oscuro del que de vez en cuando lograba escaparse alguien. Ahora el fugitivo caminaba por el muro, tirando piedras hacia el océano de luz, a ver qué pasaba.
     El vehículo se detuvo frente a la casa. La lluvia aporreando el tejado se tragaba cualquier otro sonido, incluso el de las olas golpeando los roqueríos, hasta que resonó la puerta. No pudo imaginar quién podría ser a esa altura de la madrugada. Como siempre, abrió sin preguntar quien llamaba y se encontró con una figura empapada, que se le hizo familiar pero no logró reconocer de inmediato.
      —¿Vas a quedarte allí parado mirándome o debo sacudirme el agua como un perro para que despiertes? —la sonrisa breve, que nunca pudo quitarse a pesar de que se había arreglado la dentadura chueca de su infancia, le dio la última pista de quien estaba bajo su alero.
     —¡Alfredo! Perdona, pasa por favor.
     Le ofreció una muda de ropa mientras metía la suya en la secadora. Aunque estaba más corpulento que la última vez que lo vio, todo le había calzado casi perfecto. Toda su ropa era vieja y a él le quedaba holgada, de la época en que aún estaba casado, antes de que perdiera tanto peso. Cuando las tazas de café y el cenicero estaban sobre la mesa, al fin se sentaron a conversar.
     —Entonces, ¿Simplemente decidiste venir a visitarme, así sin más?.
     —No sé si sea tan al azar —se llevaba el dedo al entrecejo, siguiendo el hábito de acomodarse unos lentes ahora inexistentes. Otro gesto fallido que tampoco había cambiado—, fue más que lanzarme a la casa del conocido más cercano.
     —Sabes bien que somos más que conocidos...
     —A eso voy. Digamos que estoy en una... crisis, y necesitaba agarrarme de algo sólido. Necesitaba una dosis de pasado, de los tiempos en que tenía menos de qué ocuparme y preocuparme.
     Luis lo miró no muy convencido.
     —¿Es eso? Me suena una excusa rebuscada.
     —OK —Alfredo se rió, algo avergonzado—, en realidad no quería estar solo. Nada más que eso.
     —Y yo que vine a enclaustrarme a la casa de mis viejos para todo lo contrario —Alfredo lo miró contrariado y bajó la mirada, ajustándose los lentes fantasma. Luis soltó una carcajada—. Tranquilo, en el fondo yo tampoco estaba muy cómodo conmigo mismo.
     —¿Desde cuándo estás acá? Yo en realidad supuse que te encontraría aquí, luego de..
     —De hecho, Susana fue quien se vino primero para acá. Yo, sólo la seguí.
     —Perdona, no quería...
     —No, no te preocupes. Es bueno hablar de estos temas con alguien de confianza, y que además tenga cierta distancia para opinar, digamos, desde fuera.
     —No es que sea la persona más idónea para dar consejos amorosos, menos sobre... amigos tan cercanos.
     —Dios me libre de llegar a pedir consejos. Sabes, en realidad no es buena idea tratar lo de mi separación. Mejor, cambiemos de tema.
     —Mejor —Alfredo, no supo porqué, sintió la necesidad de agregar otro comentario—. No debe ser fácil el que te abandonase y nunca más diera señal alguna de vida —una vez que salieron las palabras de su boca se arrepintió de haberlas dicho. Afortunadamente Luis pareció no haberse dado por aludido.
     Se quedaron mirando el fondo de sus tazas. Mientras hablaban, el calor se había escapado del café y ya solo quedaba un concho tibio y espeso. Alfredo dio un salto cuando Luis se paró y lanzó la mano para quitarle la taza.
     —No podemos estar tomando cafecito como las viejas. ¿Cerveza, vino?
     —Vino —respondió Alfredo, no muy seguro de que fuese una buena idea ponerse a beber. Aún así, bajó la primera copa casi de un trago.