"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

sábado, 13 de febrero de 2016

Convocatoria para galería digital de dibujantes nacionales de horror














"Rebeca" ilustracion por Johnny Aracena









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Chile del Terror se ha destacado como una vitrina para los artistas nacionales de horror, tanto en nuestro blog como en nuestras antologías impresas. Es en esta senda que, aprovechando la gran cantidad de seguidores que tiene nuestra página de facebook, queremos invitar a los dibujantes de horror nacional, a enviarnos sus trabajos para formar parte de una galería en dicha plataforma, para llegar a más ojos y eventualmente abrir puertas a su talento.

En este llamado, solicitamos colaboraciones análogas, es decir que no recibiremos trabajos cuya técnica de creación sea digital.

La forma en que deberán participar es la siguiente.

Archivos .jpg o .png con una resolución de al menos 300 ppp. Se deberán enviar al correo chiledelterror@gmail.com incluyendo datos del autor, página web, contacto, título y técnica de cada uno de los trabajos.

Se recibirán un máximo de siete imágenes por autor. 

¡Esperamos sus aportes y... difundan la palabra!

viernes, 5 de febrero de 2016

EDITORIAL: ¿Y el aniversario?














Ilustración: "Goczecocogch" por All Gore.










Desde sus inicios, por allá por el 2011, Chile del Terror ha tenido una actividad constante, que ha tenido sus altos, con las publicaciones de nuestras dos antologías "Chile del Terror - Una Antología Ilustrada" y "Chile del Terror, Visiones Lovecraftianas", trabajos que han sido una cúspide en nuestra labor de creación y difusión del terror. Claro que en el último tiempo, nuestras publicaciones en el blog han ido disminuyendo hasta el punto de cesar por completo.

Eso, en la superficie...

El principal motivo de este congelamiento es que sus miembros se han embarcado en proyectos personales, separados totalmente o relacionados directa o indirectamente con esta iniciativa. 

Y henos aquí, reflotando la bestia...

Partiremos con un especial gráfico, que anunciaremos la próxima semana, porque el trabajo visual es parte fundamental de nuestra pequeña secta; para luego retomar las publicaciones de relatos. 

Eso es lo que podemos anunciar de momento. El resto... saldrá a la luz cuando llegue su hora. 

martes, 24 de noviembre de 2015

"El hombre / El Parte / El Octavo" por Roderick Usher














Ilustración por All Gore.










Era bien feo eso que estaba haciendo yo, me decía. Meterme en medio como si no supiera que lo que él estaba haciendo era una buena pega.

Se notaba que yo no era muy hombre. No como él. Él era del campo y en el campo se aprendía a ser hombre, aunque a uno no le gustara. El tufo a cerveza llena el aire. Y eso era lo que ella necesitaba: un hombre de verdad.

Mi mano derecha se movió instintivamente hacia el pecho, donde estaba mi arma. Pero no alcancé a tomarla. Él continuó.

La conoció porque él, ahí donde lo veía, era amigo de su marido y frecuentaba su casa. Cuando terminaron, él la consoló. Hacía tiempo le gustaba ella, así que aprovechó que estaba necesitada de cariño para acercarse y después usó todas las cosas que contaba o de las que se quejaba su marido para llegar bien adentro y conquistarla. Era bonita ella. Era una mujeraza, decía, gesticulando. Todo lo que él siempre había querido. Una mina fuerte, que no se anduviera con tonterías.

Pero su matrimonio no había terminado muy limpiamente, así que el ex esposo, su amigo —aunque era más bien el amigo de un amigo—, agrega, la maltrataba por teléfono.

Al menos eso siempre decía ella, que le respondía airada que no toleraría sus insultos y qué sé yo que otras cosas. Nunca puso atención. Él era un hombre y su mujer estaba sufriendo por culpa de un imbécil.

Así que lo despachó una noche. Era del campo, me decía. Eso era lo que hacían los hombres de verdad, continuaba. Hacerse cargo. Si su mujer sufría, él se encargaba. No tenia mucha plata tampoco, así que hubiese hecho cualquier cosa por ella, que además lo mantenía bien vestido y alimentado.

viernes, 23 de octubre de 2015

"La asunción del Dios–Carne / O la balada de Norman González" por Pablo Espinoza Bardi














Ilustración por Visceral.













¿Qué es uno menos?
¿Qué significa una persona menos en la faz del planeta?

Ted Bundy

Para mí, un cadáver tiene una belleza y una dignidad que ningún cuerpo
con vida puede alcanzar jamás. Hay una calma en la muerte que me tranquiliza.

John R. Christie


Uno de los retorcidos pasatiempos de Norman González, consistía en coleccionar animales muertos. Los metía en un costal y se los llevaba para su casa. En aquel tiempo su madre tenía algunos meses de fallecida y su padre había desaparecido en misteriosas circunstancias en un período similar de tiempo.

Su figura lánguida y miserable no pasaba desapercibida para la gente del barrio; de hecho, molestaba a la mayoría cuando éste se paseaba con cierto aire de grandeza por el lugar… hurgando en la basura y, a veces, comiendo de ella.
En una ocasión, a las afueras del mercado, se ganaría el total descontento de la comunidad. Norman le hablaba a un perro que estaba totalmente agusanado, posiblemente arrollado por algún vehículo en la carretera. De rodillas frente a él, amontonaba y hurgueteaba las vísceras que estaban regadas en el camino. Norman hablaba con la propiedad digna de un extraviado mental, frente a la perturbada y asqueada mirada de los transeúntes.

A veces (y sólo a veces) me detengo frente al cadáver de un perro / o de cualquier otro animal / pero me inclino por los perros / pues sus interiores siguen siendo jugosos después de días / a diferencia de un animal pequeño / entonces a veces (y sólo a veces) introduzco mis manos abriendo a la fuerza el estómago henchido / y remuevo las tripas y la sangre coagulada y los gusanos / y a veces (y sólo a veces) me llevo las manos empapadas a mi cara / y termino impregnado de sus caldos / y las pulgas saltan hacia mí enloquecidas y succionan mi sangre con fuerza ya que la sangre muerta no los satisface / entonces a veces (y sólo a veces) la gente piensa que mis actos tienen un fin de tipo sexual / pero yo me río señores claro que sí yo me río / pues para mí tiene un trasfondo superior / pues para mí es tan sólo “asimilación”.

Su padre pertenecía a una pequeña congregación religiosa de la cual fue uno de sus pastores. Lo expulsaron cuando su adicción al alcohol se hizo notoria e irreversible. Su esposa era la que más sufría. Si bien reflejaba un cierto retraso mental, ésta guardaba con profundo silencio los años de abusos físicos y psicológicos cometidos por su marido; incluso se decía que éste abusaba sexualmente del pequeño Norman frente a sus ojos.

viernes, 16 de octubre de 2015

"Compañeras de curso" por Michael Rivera Marín














Ilustración por Horacio Trino Mansilla.











Cuando pensaba en matarte, tenía muchas opciones divertidas a las que recurrir, sin necesidad de actuar protegida por la noche y las drogas, pues al ser compañeras de curso me hubiese sido muy cómodo tirarte desde el tercer piso al bajar la escalera cuando salíamos a recreo. La multitud enajenada hubiese sido mi coartada perfecta. O cuando tuvimos salidas pedagógicas, haberte tirado a las vías del metro.

Inclusive una visita casual al baño me habría dado la oportunidad de apuñalarte sin llamar la atención de los auxiliares de aseo… era más probable que una niña de otro curso te encontrara desangrándote antes de que lo hiciera una autoridad. Pero, ¿dónde estaría el placer si te mataba así? Y como ya se venía la fiesta del colegio, tendríamos los clichés necesarios para terminar con esta agónica espera de tres años.

Siempre pensé que en tercero medio nos separaríamos y no tendríamos que llegar a esta instancia, pero ahí estaba el puto destino para juntarnos y obligarme a matarte.

Oye, pero no llores, si no voy a continuar golpeándote hasta que te repongas un poco más, necesito decirte algunas cosas y quiero que me escuches con atención. Hazlo por mí, al fin y al cabo será la última conversación que tengamos. ¡Puta estúpida, deja de gritar! Llevas todo el día acá encerrada haciéndolo y no has sacado nada. ¿Acaso no has perdido la esperanza ya?

Me sorprende ver ahora tu actitud, porque siempre fuiste una mediocre. Entraste al curso humanista pensando que no habría necesidad de estudiar y que con tu alegría y belleza, todos debíamos aguantar tus estupideces y darte las respuestas de las pruebas. Estoy  segura  que  en  algún  minuto pensaste que nadie notaría cómo te aprovechabas de nosotros… pero yo no estaba dispuesta a justificar esa mierda.

¿Sabes qué me estimuló a actuar de esta manera? Vamos, no porque ahora te haya puesto una mordaza en la boca no vas a poder mover tu cabeza para responderme. No estás en posición de comportarte como una rota conmigo, así que no me hagas enojar o seré más dura y estoy segura que a este fierro no le importa tener que golpearte.

martes, 25 de agosto de 2015

Concurso 125 años de H.P. Lovecraft

«That is not dead which can eternal lie, And with strange aeons even death may die.»


Porque Chile del Terror no está muerto, si no soñando las pesadillas que invadirán sus mentes al dormir y en vigilia; queremos invitarlos a celebrar los 125 años del nacimiento de uno de los autores que más han marcado a nuestra iniciativa, cosa evidente en nuestra última publicación física, Chile del Terror, Visiones Lovecraftianas.

Y para sellar este despertar, junto a Austrobórea Editores y Diseño Chacal, queremos invitarlos al siguiente concurso:

Gana un pack de 5 poleras, gentileza de Diseño Chacal (en la fotografía).

Envíanos una fotografía con temática lovecraftiana, sin importar la etapa en la que esté inspirada, ya sea su obra gótica, onírica o sobre los Mitos de Cthulhu.
Se evaluará tanto la calidad artística como la relación que tenga con la obra del autor de Providence.

Las normas son las siguientes:

1. Podrán participar con una (1) fotografía.
2. La imagen puede tener cualquier dimensión y resolución, siendo este último punto un factor negativo si es baja, a la hora de evaluar el mensaje que busca entregar. 

3. La fotografía puede ser manipulada digitalmente, siempre y cuando no sea un collage, parcial o total de trabajos de terceros.

4. El plazo para enviar el trabajo es hasta el 15 de septiembre.
5. Chile del Terror se reserva el derecho de declarar desierto el concurso si las fotografías no cumplen estándares mínimos de composición, así como con las expectativas del staff, quienes decidirán el resultado del concurso.

Envíen sus trabajos a chiledelterror@gmail.com, incluyendo los datos personales: nombre y/o seudónimo y ciudad de origen.
Los trabajos recibidos irán siendo publicados en un álbum en nuestra página de Facebook,

¡Saquen sus cámaras y a capturar esas pesadillas!

lunes, 4 de mayo de 2015

"El Caleuche Alemán" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Andrés Ávila Espinoza.







Mi nombre es Benjamín Bórquez. Quisiera relatarles una historia que está presente en el inconsciente de las personas de la Patagonia Insular, y de los fiordos que están más al sur. Pretendo narrar la experiencia que viví en mi juventud para que ustedes puedan generar sus propias conclusiones.

En 1942, trabajaba en un aserradero en la desembocadura del río Cisnes. Era común que los jóvenes saliéramos en busca de trabajo muy lejos de nuestros hogares, cruzando el peligroso Golfo de Corcovado para recalar en un lugar salvaje, franqueado por imponentes montañas de cumbres nevadas y selvas inexploradas, con riquezas extraordinarias. Aquí, en este confín del mundo, se asentaba el aserradero en el que trabajábamos unas 50 personas. Sin embargo, la temporada estaba llegando a su fin y era necesario buscar nuevos horizontes.

Recibí noticias de un tío paterno, capataz de una estancia en Cochrane, que necesitaban un peón. Él me había recomendado, por lo que me esperaban lo antes posible. Para llegar pronto a Cochrane era imprescindible navegar en el Vapor Tenglo, que surcaba los mares australes. Esta embarcación realizaba el viaje entre Puerto Montt y Puerto Aysén, una vez al mes. Para embarcarme, debía esperar al Tenglo que realizaba un complejo itinerario en los puertos de la Isla de Chiloé y el Archipiélago de las Guaitecas, teniendo que surcar las furiosas aguas del Golfo de Corcovado. Si se levantaba algún temporal, obligaba a la embarcación a capear el temporal en Quellón o Melinka y el itinerario cambiaba rotundamente.

El aserradero comenzaba a disminuir su producción debido al mal tiempo que adelantaba su aparición ese año, por lo que mi renuncia fue aceptada sin problemas. Luego de que el capataz estrechara fuertemente mi mano deseándome suerte, pasaron dos interminables días de espera junto a cuatro hombres que se dirigían a diferentes destinos del extremo sur, todos en busca de mejores oportunidades laborales.

Entre estos hombres llamaban la atención dos hermanos, de recia fisonomía esculpida por los rigores del trabajo, sus nombres: Ladislao y Artemio Chiguay. Gregorio Torres era otro, silencioso, de carácter ladino y bajo perfil. Finalmente, Juan Coñoecar, hombre pequeño, de mirada intrigante, se comportaba extraño; seguro se debía a su procedencia, el pueblo de Quicaví en la Isla de Chiloé.

Nos instalamos en una rancha construida para prestar refugio en situaciones de forzosa espera. Allí acortamos las horas con partidas de truco, tomando mate y fumando. Como el mal tiempo retrasara la aparición del Vapor, no nos quedó más opción que armarnos de paciencia y esperar.

En nuestra tercera vigilia, el viento soplaba con fuerza, colándose por las rendijas, provocándonos un frío estremecedor. Las partidas de truco y el mate con punta influyeron en que nos quedáramos en vela, alcanzándonos la madrugada. El temporal otorgó una tregua, y se instaló una pesada bruma a nuestro alrededor, que impedía ver más allá de una decena de metros.
Sólo la tenue luz de mi lámpara iluminaba, dejando ver el lúgubre rostro de mis compañeros como si de un vaticinio se tratara. Ya habíamos perdido la esperanza de que el Vapor apareciera desde el Canal Jacaf.

El sueño comenzaba a pasarnos la cuenta por lo que decidimos armar nuestros camastros en el suelo, cuando una poderosa luz nos sorprendió iluminando completamente el interior de la rancha, dando la sensación de estar en pleno día del verano más radiante del que tuviéramos recuerdo. Si aquella luz pertenecía al Vapor Tenglo, lo extraño era no sentir los motores y no verlo llegar, a pesar de lo atentos que estuvimos escudriñando la niebla.

Luego de interminables segundos de ceguera, la penumbra retornaba y el haz lumínico apuntó hacia la desembocadura del río, nos incorporamos para observar directamente la embarcación: quedamos atónitos. Ladislao Chiguay, que sabía de embarcaciones, se sorprendió al ver que las luces de navegación estaban ubicadas de manera insólita. Sugerí que tal vez, en su estadía en Puerto Montt, el barco habría sufrido alguna remodelación en su sistema de iluminación. Entonces, convencidos de que se trataba del Tenglo decidimos descender en dirección al muelle para abordar la chalupa y embarcarnos.

Mientras caminábamos, una mezcla de temor e incertidumbre se fue apoderando de nuestro ánimo. Juan Coñoecar, aseguraba que aquello no era de este mundo. Estallé en cólera, estábamos tensos y no mejoraba las cosas diciendo que el barco era de origen fantasmal. Le aclaré que si estaba en desacuerdo de abordar, podía quedarse a esperar un mes más su arribo, pero que nosotros no dejaríamos pasar la oportunidad, menos por sus supercherías. Juan, atemorizado, no reaccionó y el silencio reinó nuevamente dándome el control de la situación. Los demás estaban confundidos, pero dispuestos a terminar de una vez con la espera.

Al llegar al muelle, comenzó a caer un aguacero, que nos empapó en cuestión de segundos. Pese a esto subimos al bote y Artemio Chiguay tomó los remos, llevándonos a través de la atmósfera acuosa. A medio camino, entre el muelle y el Vapor, sólo oíamos los remos entrar y salir del agua, secundados por el sonido sordo de la lluvia torrencial. La embarcación a la que nos dirigíamos estaba en completo silencio, para Gregorio Torres era extraño que los motores estuvieran apagados. Los demás asintieron preocupados, con susurros apenas perceptibles. Sin embargo, nunca dimensionamos el estado de creciente temor en el que nos sumergíamos a cada instante.

Nos encontrábamos ya a unos 50 metros del barco. Juan Coñoecar rezaba, su siseo se sentía desde la popa del bote. De pronto, la potente luz del Vapor giró, enfocándonos directamente, deteniendo nuestro avance. Ahora al rezo de Juan Coñoecar se sumaba Gregorio Torres. Los hermanos Chiguay, permanecían quietos y en silencio. En lo personal, me invadió un miedo terrible, tanto que estuve a punto de unirme a los rezos, pero en ese instante sucedió algo inesperado. Un alarido trisó la atmósfera, dio paso a voces incoherentes y carcajadas que parecían endemoniadas, que provenían del Tenglo. El terror se apoderó de nosotros y antes de que pudiéramos recobrarnos del pánico, un suave zumbido, como el de un panal de abejas, se dejó oír. El agua comenzó a romper con fuerza sobre el casco del Vapor o lo que fuera que navegara por esas aguas en nuestra dirección, la colisión era inminente. Todo sucedió en cuestión de segundos…

Ladislao, que se encontraba en la proa, se lanzó al mar dejando tras de sí un grito despavorido. Yo me paralicé, no supe qué hacer, estaba entregado a la fatalidad.
Las carcajadas provenientes del barco se hicieron cada vez más inhumanas. Sentíamos la proximidad del desastre y esto nos enloquecía. Gregorio se desplomó al interior de la chalupa, no pudo soportar la tensión del momento, y Juan Coñoecar oraba ahora con alaridos, capaces de destrozar los nervios más fríos. Repentinamente, la luminosidad se esfumó, también cesó el ruido de abejas y segundos después, en la absoluta oscuridad, el bote fue súbitamente azotado y elevado por los aires por una gigantesca ola. Estuvimos a punto de zozobrar, sin embargo, la providencia que en estos casos se muestra misericordiosa, aún nos protegía.

Violentamente volvimos a nivel del mar, desorientados y a la deriva. Artemio había soltado los remos. Fue difícil mantener la calma luego de esta extrema situación.

Juan Coñoecar, tendido sobre el cuerpo de Gregorio Torres, intentaba reanimarlo. Artemio llamaba desesperadamente a su hermano, sin obtener respuesta alguna, el tiempo transcurría y las gélidas aguas eran impiadosas con las almas que caían en ellas. De pronto, oímos una voz en la lejanía pidiendo auxilio. Comenzamos a remar frenéticamente con nuestras manos en esa dirección, mas no logramos ver nada sobre la superficie del agua, sólo su voz nos guiaba hasta que dimos con Ladislao que flotaba asido a uno de los remos. Era tal el estado de shock y de hipotermia en el que se encontraba, que se nos hizo muy difícil subirlo.

Una vez en la chalupa, Chiguay no dejaba de repetir que el Tenglo se había sumergido por debajo de nuestro bote, levantándonos a mucha altura. De inmediato, Juan Coñoecar atribuyó el desastre al barco fantasma conocido como El Caleuche, gatillando nuestra imaginación y sembrando un miedo aún más intenso al ya vivido. Sabíamos, por las leyendas, que muy pocas personas escapan vivas de un encuentro con este barco fantasma y las que lo hacen, perecen bajo extrañas circunstancias poco tiempo después.

Artemio Chiguay, trabajó desesperadamente con el único remo que poseía; mientras nosotros ayudábamos con nuestras manos. Exhaustos y aterrorizados, logramos llegar al muelle y descansar por un instante.

Sacamos fuera del bote a los débiles. Ladislao y Gregorio, conscientes del peligro que acabábamos de vivir, balbucearon algunas palabras temerosas, mientras que Juan Coñoecar, con ojos felinos, me enrostraba la advertencia hecha y desoída por todos nosotros gracias a mi intervención. Para él, todo coincidía; nos habíamos enfrentado al Caleuche.

«Este barco se presenta en las noches más oscuras, aparece de la nada y es capaz de navegar inclusive bajo el agua, por esa razón, fue imposible notar su presencia. Siempre navega iluminado y sus tripulantes son marineros muertos en vida, cuyo idioma es imposible de descifrar». Replicaba con vehemencia Juan Coñoecar.
Ya no cabía duda alguna, acabábamos de ver al mismísimo Caleuche, y nos habíamos salvado de milagro.

Luego de darle muchas vueltas a lo sucedido, decidimos retirarnos en silencio a nuestra rancha. El corazón me latía desbocadamente, dábamos gracias a Dios por habernos protegido de tan maléfica aparición, aunque nos acongojaba el temor a la leyenda que dice que nadie escapa de una experiencia así, que el Caleuche termina cobrando su precio.

El hecho que les he relatado es verdadero. Con él he cargado el resto de mi vida. Sin embargo, mi salvación vino de la mano de un acontecimiento anecdótico. Un hecho tan claro y revelador que me ha llevado a pensar que lo sucedido aquella noche de febrero del año 1942 no es más que el fruto del miedo, de la superstición e ignorancia en la cual nos fuimos envolviendo y adentrando a medida que los hechos nos parecían menos conocidos.

En Punta Arenas, luego de largos años, observé una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial, donde un acorazado americano combatía ferozmente con un submarino alemán y en una de sus escenas, tuve la visión que estremeció mi entendimiento. El submarino emergía de las profundidades del mar, de la misma manera que El Caleuche que creímos ver aquella noche.

Esa imagen me ha permitido plantear conjeturas, que por lo demás, explican la gran cantidad de avistamientos realizados en la Isla de Chiloé y en los canales australes vinculados al Caleuche por aquellos años.

Después de investigar y preguntar a personas, que por aquellos años vivieron en la zona, es que me permito aseverar que el barco llamado Caleuche, tan temido por generaciones, no es más ni menos que un submarino alemán, o varios en realidad, los que emergieron por estos parajes en plena Segunda Guerra Mundial, con la intención de abastecerse de alimentos, específicamente de papas y carne, trabando solapadas transacciones comerciales con lugareños y colonos, algunos de los cuales también eran de origen alemán. Estos encuentros sucedían en los sectores menos poblados del sur de Chile. Si comparamos las características propias de un submarino, agregándole una tripulación que posee un idioma incomprensible para las personas de habla hispana, obtendremos las mismas señas y cualidades atribuibles a nuestro criollo y fantasmal Caleuche.

Aquella noche de 1942, en las solitarias aguas australes, la total ausencia de sonido, su aparición fantasmal, la potencia de sus luces incandescentes, las risas endemoniadas, las palabras indescifrables y la desaparición por debajo de nuestra chalupa, confirman claramente que aquello que Juan Coñoecar y el resto de los desafortunados testigos atribuimos al Caleuche, no es más que un desdichado encuentro de cinco hombres temerosos, con un artilugio tecnológico muy desconocido para la fecha y lugar en que nos encontrábamos en aquel entonces.
Para quién aún tenga dudas de lo que acabo de relatarles, escribo textualmente la descripción que hiciera Manuel Romo Sánchez en su Diccionario de la Brujería de Chiloé, acerca del Caleuche.

«Caleuche. m. Barco mítico que recorre los mares tripulado por brujos y marinos muertos en naufragios. Cuando se le ve, se observa que está muy iluminado y en su interior se aprecia el bullicio de una alegre fiesta. Puede alcanzar grandes velocidades, tiene el poder de hacerse invisible y de navegar tanto sobre la superficie como bajo el agua. Suele ocultarse en medio de una densa niebla».