"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

"Cuando se rompen las olas" por Aldo Astete Cuadra.

Inauguramos nuestro mes del mar con una publicación nocturna, presentada por la dupla Aldo Astete - Visceral.

martes, 27 de enero de 2015

“En los dominios de la Serpiente” por Sergio Fritz Roa













Bosquejo de ilustración por Visceral.










1.-
KURT KEISSELL

Kurt Keissell es un nombre perdido dentro de la historia del mundo. Perdido, como el de tantos millones que se amontonan en esa niebla voraz que llamamos tiempo. La memoria es algo frágil y cruel. Al igual que en una lotería, los premiados son pocos. Y Keissell fue devorado por el olvido... hasta ahora, que deseo rescatar su valentía y hablar sobre su extraño caso, del cual el destino me hizo partícipe.

Vivió en una extrema soledad, unido a pocas cosas: libros de arqueología, recortes de diarios, ensayos sobre mitologías variadas. Como Charles Fort, fue un asombrado compilador de conocimientos arcanos y prohibidos.

Lo conocí en la Biblioteca Nacional. En aquella época ya trabajaba como bibliotecario, haciendo un reemplazo. Debido a la cortesía y puntualidad en mi llegada, postulé con éxito a un puesto fijo; siendo destinado a la sección de Historia. En esa sala pude ver cómo dos o tres veces a la semana un personaje rubio, de tamaño alto, ojos claros refugiados en unos lentes de gruesos marcos y voz cavernosa, solicitaba libros relacionados con un solo tema: la serpiente en las culturas y religiones. Recuerdo haberle entregado libros, revistas y separatas vinculadas con el culto a la serpiente, los dioses Nagas y aspectos de la mitología chilota y mapuche referentes a las serpientes Caicai Vilú y Trengtreng Vilú.

Debido a lo inusual de su búsqueda, he de confesar que no hallaba el momento de entablar conversación con este caballero misterioso.

Una mañana en que la sala estaba prácticamente vacía, decidí abordarlo. Como suele ocurrir cuando se desea conocer a alguien, partí con palabras nada profundas, comentando la ausencia de lectores en el establecimiento aquel día. Al ver que ello no generaba más reacción que la de una simple afirmación, decidí atacar con mayor precisión; y, con la excusa de que tenía material sobre su interés (esto era cierto, aunque el texto no era de la institución sino mío, hallándose en mi hogar; libro que, por lo demás, trataba sobre aspectos mágicos y no propiamente folclóricos), pude entablar una conversación más libre y generosa, aunque todavía insuficiente. El nexo se había logrado, y, cada vez que pedía un texto, me saludaba con amabilidad para luego intercambiar algunas expresiones que iban más allá de lo bueno o malo del clima. Con el tiempo se generó una complicidad entre ambos; y, un jueves, a poco de terminar la jornada laboral, me preguntó si sería tan amable de acompañarlo a su hogar a fin de conocer el objeto de su investigación.

Aun cuando me sorprendió dicha invitación, era lo que había esperado. Envié un mensaje al email de un amigo, cancelando una reunión acordada para el atardecer con antiguos compañeros del liceo; y me puse la chaqueta, para dirigirme con Keissell al exterior.

El hogar de mi nuevo amigo se encontraba en el centro de Santiago, a pocas cuadras de la biblioteca. Era un departamento bastante ordenado y repleto de libros en estanterías que cubrían casi todas las paredes. Los textos, pude ver, se referían a mitología, religiones comparadas, arqueología y ciencias ocultas.

Me sirvió un café y unas galletas.

Mientras transcurrían las horas y la noche empezaba a extender su imperio, yo veía como Keissell se transformaba en un ser apasionado, que hablaba sobre amenazas extraterrestres, cultos proscritos y un futuro ominoso para la humanidad.

Su voz se elevaba, tomaba el cigarro nervioso y miraba desde el balcón hacia la noche como extasiado. Parecía un profeta loco, el mensajero de una secta o quizá un científico rechazado por la academia que anhelaba una venganza intelectual.

Quien viese y escuchase a Keissell esa noche, podría haber pensado que debido a su soledad, aquél estaba alejándose de la realidad y la sensatez, viviendo en un nerviosismo extremo, enfermizo. Y, sin embargo, su sinceridad era evidente (o al menos, a mí me pareció), como la lógica de sus argumentos, que, por extraños que pudieran ser, no dejaba de acompañarlos con pruebas, citas, y silogismos.

Señaló que el interés por las serpientes radicaba en la existencia de un culto primigenio en donde los ofidios eran el símbolo de una monstruosidad que acechaba en el tiempo a la raza humana. A través de distintas formas, los adoradores de la serpiente intentaban hacer renacer su credo y extenderlo al globo. Los ritos siempre eran brutales y sangrientos. En el fondo, anhelaban el caos, lo que sería propicio para el despertar de seres abominables, tales como hombres-serpientes, hombres-peces (“dagones” y “profundos” los llamaba), y hombres-alados (entre los que había piuchenes, vampiros, etc). Pero, existían más horrores, y los anteriores no eran sino solo los servidores que estaban en un estadio intermedio de poder. Los dioses en realidad eran otros: les llamaba los Antiguos, y eran serpientes gigantes, seres idiotas de grandes poderes y bestias tentaculares, entre otros. Todo ello me recordó al escritor de ficción de horror Howard Phillips Lovecraft y su mundo repleto de criaturas del mal. En efecto, me respondió, Keissell, Lovecraft había vislumbrado, “intuido”, desde la literatura tales seres; pero, la mitología de casi todos los pueblos ya era suficiente expresiva. Señaló que algunos ocultistas como Kenneth Grant vieron esta relación entre serpientes y Antiguos “lovecraftianos”; y que él había seguido la pista de estos investigadores. Es más, me señaló que antes de morir Grant le dio una carpeta inédita con sus investigaciones, de las cuales él era heredero.

El amor por la mitología le había permitido a Keissell descubrir la importancia de América en el culto a la serpiente. No por nada Quetzacóatl y Kukulkan eran serpientes emplumadas veneradas en el viejo México. Kukulkan recordaba al nombre Kutulu (¡el Cthulhu de Lovecraft!). La cultura de San Agustín, en Colombia, también había representado su adoración a la serpiente en esculturas. El pueblo Chan Chan en Perú, hizo algo parecido en sus edificios. Otro caso era el pueblo cañari (“hijos de la serpiente”), que fueron adoradores del ofidio, y que según ciertas leyendas el fundador de ese pueblo antes de desaparecer se transformó en una serpiente, sumergiéndose en un lago. Pero, América lo había proveído de una fuente que le permitía ampliar sus estudios: la creencia chilota como mapuche en un conflicto ocurrido ab origine entre dos serpientes: Caicai Vilú y Trengtreng Vilú. Esta dualidad representada entre la serpiente de agua (Caicai Vilú) y otra de tierra (Trengtreng Vilú) no era otra cosa que la eterna lucha entre bien y mal. Aunque Caicai Vilú fue derrotada, sin embargo su culto se habría mantenido por milenios, aunque en las sombras. Y era especialmente en la zona donde se libró la gran batalla, en la zona comprendida de Araucanía a Chiloé, al sur de Chile, donde se estaban realizando ciertos actos que según Keissell tenían relación directa con el renacer y recrudecimiento del culto antiguo...

Ello era lo que le obligaba a ir al sur chileno, primero a Chiloé y luego a un lugar de la costa de Araucanía llamado Nehuentúe, pues un conocido mapuche de la capital le había hablado sobre una machi de esa localidad que a ciertos lonkos le había advertido sobre la existencia de kalkus (brujos) que estaban intentando hacer volver a la serpiente Caicai Vilú.

Deseaba detenerlos, pues de lo contrario la humanidad peligraba.

sábado, 24 de enero de 2015

"La Subida del Muerto" por Aldo Astete Cuadra

Ilustración por All Gore


Desde el principio he estado aterrado, no puedo negar que siento placer, que me excito y sin poder contenerme acabo en su interior. Sin embargo, pese al miedo, estoy deseando anochezca y se presente en mi habitación.
La primera vez fue hace un año, el 30 de junio, lo recuerdo bien pues ese día había terminado una larga y tediosa relación. No me sentía acongojado, todo lo contrario, me creía afortunado pensando en que por fin sería libre. 

Estaba en cama, en aquel trance que precede el sueño, en ese momento en que podemos salvar y mejorar nuestras vidas pues todo parece sencillo, simple… cuando un peso inusual se posó en mis piernas y fue subiendo hasta detenerse sobre mi pecho.
Increíblemente no podía moverme ni abrir los ojos y cuando intenté gritar tampoco logré hacerlo. Estaba paralizado por completo, sintiendo una desesperación enorme.

Tan repentino como esto ocurrió, se disipó. Me incorporé y encendí la luz, revisé la pieza, la casa, aunque estaba seguro de que nadie podía haberme provocado una parálisis completa con solo subirse sobre mi torso. Esto debía ser otra cosa, algo sobrenatura. Una serie de hipótesis me rondaban impidiéndome dormir, todas concluían en mi ex, seguro ella estaba detrás de esto, pues no se había tomado bien este corte definitivo. 

martes, 20 de enero de 2015

"Made In" por Pablo Espinoza Bardi













Ilustración por Visceral.








   La anciana se movía de forma descontrolada. A ratos gemía, a ratos lanzaba fuertes alaridos, y luego hablaba en un distorsionado dialecto. Aquella noche se despertaron todos los del bloque. El esposo lloraba y golpeaba con impotencia la muralla del pasillo. Una señora del 34B se puso a rezar a la virgen santísima y un señor del final del pasillo el padre nuestro, pues aseguraba que esos espasmos eran producto de una posesión demoníaca. El conserje llamaba a la calma y, de paso, amenazaba con llamar a la policía o a un centinela si continuaban con aquellos rituales paganos de protección, pues desde que arribó a la tierra el “Bel-tha-ûr”, la colosal nave que demostró por fin a qué “imagen y semejanza” estábamos hechos, las religiones o cualquier acto de adoración conocido a la fecha fueron tratados como crímenes. Así era la ley. Lo más seguro, es que la anciana haya rechazado los órganos de proyección de vida (cosa común en los jubilados del sector de la periferia), ya que la mayoría eran hechos en indonesia o la india, sin las normas de calidad imperantes en el sistema… no son cosas del diablo, sólo es producto de la falta de información, o simplemente, por ahorrar unos cuantos pesos.

martes, 13 de enero de 2015

"La Española" capítulo V (final) por Diego Escobedo

Ilustración por Visceral




Villarroel ordenó desencallar el barco del roquerío, y dirigió la embarcación a enfrentarse directamente con el buque que los acechaba. 


Ambas naves se bombardearon recíprocamente, pero ninguna retrocedió. El combate de ultratumba llegó a su máximo clímax cuando el buque fantasma consiguió arrimarse al galeón español. En tropa abordaron zombies del tipo Grand Noir, vestidos con uniformes franceses. Entre ellos, era posible distinguir a ex uniformados bonapartistas, transfigurados en muertos vivientes. Saltaban y se colgaban de cuerdas y de mástiles como primates, babeantes, y enardecidos. Los soldados españoles se vieron en poco tiempo rodeados por un enemigo superior en fuerza y en número. 

Le chocó bastante a los grumetes ver el contraste entre el noble uniforme, rojo y azul, con el ser oscuro y fiero que lo portaba. Saltaban como ratas de un mástil al otro, y caían como leonas, sin piedad alguna, contra los españoles, quienes se defendían con todo lo que tenían de espadas, revólveres y cañones. Así y todo, la cubierta se cubrió de sangre, en una grotesca y sádica carnicería. Muchos Grand Noir agregaban al altivo sombrero francés, un collar de orejas y narices, y otros los intestinos de sus víctimas, delineando una imagen de lo más surrealista y fatídica. Cabezas, balas, corazones y lanzas volaban de un lado a otro, en un revoltijo irreconciliable.

Carbacho luchó de forma incansable con docenas de ellos, defendiendo la entrada al compartimiento de las municiones, una puerta sellada a la que se llegaba por una escalera que bajaba desde la cubierta. Terminó con un pie dislocado, un ojo morado, el labio sangrando y la mano izquierda inutilizada por el combate, así y todo siguió peleando a punta de sablazos contra los monstruos. En un arrebato de ira, los zombies se arrojaron contra su cuerpo, y del impacto rompieron la puerta de madera. En el breve instante en que hombre y monstruo yacían en el piso entre las maderas rotas, Carbacho sacó un cuchillo de su bolsillo y degolló al zombie. Tras él, dos criaturas más se aprestaban a devorarlo, pero fueron inutilizadas por dos certeros balazos del capitán, desde el fondo de la habitación.

lunes, 29 de diciembre de 2014

"La Obra de un Genio" por Paulo Lehmann













Ilustración por All Gore.








“La voz sepulcral de Los Genios”
- Les Djinns, poema de Víctor Hugo.




A lo mejor nunca debimos presentarnos, Eduardo hace ya algunos días que no se veía bien.

Éramos los últimos, nos consideraban como el plato fuerte del encuentro coral. Luego de dos horas fue nuestro turno. Bach, Vivaldi, Mozart, Beethoven, Gounod, Wagner y otros desfilaron en nuestro repertorio, aceptado y aplaudido por el público. Pero sabíamos que ellos esperaban otra cosa, y lo teníamos reservado para el final. 

En un principio cuando Eduardo nos dijo que en la presentación incluiríamos aquella obra, nos negamos, pero nuestro fuerte siempre han sido los desafíos, así es que terminamos aceptando.

Hacía años que nadie interpretaba la musicalización de este poema del gran Víctor Hugo, quizás por las diversas y curiosas historias tejidas en torno a ella y a quienes la cantaban, cuentos que para mí eran más motivo de risa que de temor.

Ensayamos varias horas cada día, buscando la perfección. Aun cuando nuestro director mostró una visible y repentina fatiga que notamos en sus ojos cansados, con grandes ojeras, seguramente producto del insomnio o algún otro trastorno del sueño. Le propusimos posponer la presentación, pero Eduardo era uno de esos músicos de idea fija.

No sé si fue por la novedad o por la excesiva difusión que le dimos al evento, pero el teatro estaba repleto, incluso con gente sentada en los pasillos. 

"Me complace presentarles una maravilla, una obra de arte que ha permanecido guardada por muchísimos años y que ahora tendrán la ocasión de oír, una experiencia que no podrán olvidar fácilmente por el resto de sus vidas dijo" un extasiado Eduardo.

Así revivimos a “Les Djinns” de Gabriel Fauré. Al comenzar con los primeros acordes, se produjo un silencio total…



Murs, ville et port,/
asile de mort,/
mer grise où brise/ 
la brise, tout dort…


La atención de tres mil personas boquiabiertas se me antojaba irreal. 


D'un nain qui saute /
c'est le galop,/
Il fuit, s'élance/
Puis, en cadence…


Los presentes lloraban, sobrecogidos por la armonía y majestuosidad de la interpretación.

LA VOIX SÉPULCRALE DES DJINNS…

El estruendo de aquella frase retumbó hasta la última fila del gran recinto. Nuestras voces parecían redoblar su potencia y el piano sonaba como una orquesta. Los niños y algunos adultos saltaron de sus asientos, asustados, pero a la vez asombrados.

***


jueves, 25 de diciembre de 2014

"No Navidad" por Aldo Astete Cuadra













Ilustración por Visceral.








Al principio, no sabía qué creer, sin embargo, sí entendía que las muertes de niños se sucedían cada año en navidad. Como si de un sacrificio tácito entre la comunidad y Santa Claus se tratara. En este pueblo la navidad era cosa de cuidado, no se dejaba de celebrar (una celebración como esta es capaz de sobrevivir a cualquier dificultad), simplemente se tomaban los resguardos, nadie hacía alarde de su celebración, era a puertas cerradas, ningún niño salía de casa en víspera o el día de navidad, nadie hacía ostentación de sus regalos, si es que los había. Quienes no cumplieran con aquel resguardo debían asumir las consecuencias.
No se trataba de una dulce navidad, ya me lo habían hecho saber a medida que conocía personas y la fecha se acercaba, también me sugirieron tener encendida la estufa en víspera, independiente del calor que en diciembre se instala en estos parajes. «Con fuego evitas que uno de los accesos, tal vez el principal, esté libre, tampoco abras las ventanas, menos la puerta si es que alguien golpea. No salgas de tu casa bajo ninguna circunstancia. Y sobre todo cuida de tus hijos, ellos son las principales víctimas, las que sucumben ante la navidad, y en este caso, ante el Viejo Pascuero, y esto último es literal»
Lo primero que oí sobre Santa en el pueblo es que en él le habían dado muerte, que ese hecho aconteció hacía ya 30 años, pero que desde que la animita que recordaba el lugar en que dejaron el cuerpo apuñalado y golpeado del Viejo Pascuero fue destruida y lanzada en pedazos al zanjón unos meses después de su muerte, nunca más la navidad fue una fecha para celebrar abiertamente. La Misa del Gallo se realizaba sólo con ancianos que ya no temían morir, pues la muerte les rondaba. Se pedía porque el flagelo de Santa Claus terminara, pedían perdón por haber profanado su sagrado espacio de recuerdo. Ahora, en ese mismo lugar una decena de animitas conmemoran el hecho original, algunas tienen devotos seguidores foráneos al pueblo que afirman haber obtenido milagros de Santa, milagros que se producen en navidad, en una «No Navidad» para nuestros vecinos..
Mi hija venía insistiendo en celebrar la navidad, en tener árbol y regalos, antes de mudarnos habíamos quedado en que esta sería una con más regalos que la anterior, si es que se portaba bien, ella creía en Papá Noel como le dicen en los dibujos animados, nosotros no hacíamos nada por desalentarla o incentivarla, creíamos junto a mi esposa, que debía seguir su propio proceso, así como con otras creencias.
En víspera estuvimos algo aislados por culpa de la varicela que atacó a mis dos hijos, así que las bajadas al pueblo eran netamente prácticas, nada de vida social o esparcimiento, en el campo lo teníamos todo. Estábamos pasando por un dulce momento familiar, pese a la enfermedad, pues al cuidarnos mutuamente nos habíamos unido como nunca antes. Por lo que olvidé por completo lo de la maldición navideña en que el pueblo se sumía, nunca tomé en serio lo que decían.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

"La Española" capítulo IV, por Diego Escobedo













Ilustración por Ana Oyanadel.











Las horas fueron sucediéndose lentamente. Era un día despejado, la neblina prácticamente se había disipado. Pero entre los hombres ya corría el rumor de que la isla estaba habitada por criaturas demoniacas. Un temor que podía palparse en el aire. En cada actividad de los grumetes, ya fuera los que limpiaban la cubierta, arreglaban nudos, o pulían los cañones, todos siempre miraban sobre sus hombros. O atentamente a esa isla, de donde podía surgir en cualquier momento una mortal amenaza. Carbacho fue quien dio las órdenes durante el día. Gracias a él, el barco siguió funcionando con relativa normalidad. Mientras, el capitán se había encerrado en su camarote, con su botella de ron, a estudiar sus mapas. Esta vez no del caribe, sino de Sudamérica.

Cuando el sol se ocultaba, el padre San Juan bajó a la habitación que habían destinado a Grenouille. Contaba con un reducido espacio, una litera, un cajón, y una ventanilla desde donde se veía el mar. En posición fetal sobre la cama, mirando a la pared, estaba Grenouille, todavía llorando. Y sobre el velador, todavía estaba la bandeja con comida que le trajeron en la mañana.

Hijo mío, no es probado ni un bocado desde que llegaste aquí— le dijo el padre, en su idioma.
No tengo hambre, padre.

Tampoco haz probado el vino. Escasean los de este año, muy buena cosecha— dijo San Juan, mientras revisaba la botella, y aprovechó de servirse una copa.

No gracias, nunca bebo… vino.

El padre lo acompañó, mientras degustaba, con pausas dignas de catador, cada sorbo de la copa. Una vez que terminó, se le acercó a Grenouille y puso su gruesa mano sobre su hombro.

Jean Pierre, dime ¿qué pasa? ¿Qué es lo que te tiene tan destrozado?

Padre… —Grenouille se limpió la nariz, y se aclaró la garganta. San Juan aprovechó de echar una mirada a su vientre, donde tenía su puño cerrado. Todavía sostenía el crucifijo.

Lo he perdido todo, mi fortuna, mi mujer, mi vida, mi humanidad…

Calma, hijo. No te desesperes.

Más llanto. Lo dejó sollozar un poco más antes de seguir hablándole.

Tranquilo, estás a salvo ahora. Te llevaremos a la civilización…

No, no padre. No hay civilización para mí. No podría, no encajaría…

San Juan lo miró por un instante, con compasión.

Háblame de tu mujer, ¿cómo era ella?

Oh, Zarité… era la mujer más hermosa del mundo. Mestiza, sabe. Tan bella, curvilínea, siembre alegre… yo la amaba tanto. Me enseñó tantas cosas, con ella aprendí tantas formas distintas de amar a una mujer. El problema fue que también me enseñó cosas que ningún cristiano debería saber.

¿A qué te refieres?

—…Esto era suyo, sabe— se refería al crucifijo— ella siempre me dijo que nunca dejara de creer.

¿Y qué pasó, cómo murió?

Grenouille hizo otra pausa. Por un segundo el padre creyó que volvería a llorar, pero pareció arrepentirse a último minuto. Había llorado demasiado, y se le habían secado los lagrimales. Habló con una voz, ya no quebrada, sino que neutra y seca.

¿Alguna vez ha amado de verdad a alguien, padre? ¿No sólo a un crucifijo? Si lo hiciera sabría lo que uno a veces tiene que sacrificar por el otro.

Un mal presentimiento se formó en la consciencia del padre. Intuía hacia donde iba la confesión del agazapado.