"Perro muerto" por Aldo Astete Cuadra.

Un delirante relato breve, es el regreso de Chile del Terror, gentileza de Aldo Astete Cuadra y la ilustración de Alex Olivares.

"Hombres de Negro" por Aldo Astete Cuadra.

Abren los fuegos del especial lovecraftiano, la dupla de Aldo Astete en las letras y All Gore en la ilustración con el relato "Hombres de Negro".

Editorial: Especial de Lovecraft y más noticias.

Mes de H. P. Lovecraft, venta en verde de Austrobórea Editores para la reedición de las obras de Aldo Astete Cuadra y Pablo Espinoza Bardi, y lo nuevo de Ominous Tales.

"Rebeca" por Aldo Astete Cuadra.

Relato de Aldo Astete Cuadra, con el debut en los lápices de Johnny Aracena.

"Sueños Lovecraftianos" por Pablo Espinoza Bardi.

En el mes del mar de Chile del Terror, no podía faltar un relato lovecraftiano, a cargo de Pablo Espinoza Bardi en las letras y Alex Olivares en la ilustración.

"Solo" por Aldo Astete Cuadra.

Aldo Astete Cuadra, junto a los trazos de Ana Oyanadel, nos traen un relato enmarcado en nuestro mes del mar.

"Necrotesta Pedófaga" por Fraterno Dracon Saccis.

Continúa el mes del mar en Chile del Terror, con un relato de horror escrito por Fraterno Dracon Saccis e ilustrado por All Gore..

jueves, 11 de mayo de 2017

CONCURSO: Gana una copia de Chile del Terror III: Mare Monstrum


Nuestro tercer libro ya está acechando las costas del Pacífico, y tú puedes ganar una copia de Chile del Terror III: Mare Monstrum, participando en el siguiente concurso:

miércoles, 10 de mayo de 2017

"S.S. Prosperous", primera parte, por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por All Gore.














Cuando el horizonte había devorado por completo al sol, saboreando hasta el más pequeño y postrero rayo, el último de los pasajeros del
S.S. Prosperous abordó con su pequeña maleta y el paraguas que lo protegía de la llovizna que, a pesar de su suavidad, extendía una espesa capa sobre la cubierta.
     Luego de zarpar, pasajeros y oficiales se reunieron en el comedor para la cena. Todos excepto Alexander Pimur, que se excusó diciendo que había comido suficiente como para varios días, en un comentario que solo le causó gracia a él, como pudo confirmar el capitán al repetirlo en la mesa. No le había gustado aquel tipo, pero había pagado buen dinero por una de las pocas plazas con que contaba. Tampoco estaba la hermana Marianne, que se acostaba temprano como buena religiosa.
     En la habitación se encontraban el capitán Alexei, su primer oficial Charles Pitchard, el segundo oficial Gustave Melle, el tercer oficial, Bruno Albacete, el jefe de máquinas, Dwayne Lieber, además del comerciante Roger Blanche y su hija Rose.
     —El joven Alexander apareció hace algunos días buscando plaza para Londres —ante la insistencia de Blanche, el capitán comenzó hablar sobre el pasajero que había retrasado el desamarre—. Me contó acerca de su enfermedad y que necesitaba una cabina individual, ya que debe encerrarse durante el día, incluso si el cielo está completamente nublado. Le dije que, aunque sí teníamos como destino Londres, no contábamos con el espacio que él requería. El último camarote disponible había sido tomado por un matrimonio de recién casados.
     —Que horrible lo que les pasó —comentó Blanche.
    —Fue una suerte —dijo Albacete con la boca llena, salpicando migas—, pagó más del doble que los Rymer.
     El capitán quiso fulminarlo con la mirada, pero el tercer oficial no quitó los ojos del plato.
    —Las calles de La Rochelle están cada vez más peligrosas. A veces me recuerdan a París.
     —¿Y cómo es que murieron? —preguntó la pequeña Rose, con una sonrisa curiosa que se apagó ante el reproche silencioso del entrecejo del padre.
     El capitán, algo contrariado por tener que profundizar en el tema, respondió escueto.
     —Prefiero ni enterarme. El detective que vino a hablarnos buscando algún indicio, no fue capaz de contármelo. Cuando se lo pregunté, solo se puso pálido, como si se le hubiese ido toda la sangre del cuerpo.
     —Que jugosa está la carne.
Al ver como Albacete se llevaba a la boca un gran trozo de carne sin esperar a tragar lo que ya tenía medio masticado, y volvía a cortar otra porción escurriendo sangre; el capitán perdió el apetito. A juzgar por los servicios que habían quedado inmóviles sobre la mesa, el resto de los comensales también. Todos excepto Albacete, por supuesto.

martes, 2 de mayo de 2017

"El Caleuche Alemán" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Alex Olivares.













Mi nombre es Benjamín Bórquez. Quisiera relatarles una historia que está presente en el inconsciente de las personas de la Patagonia Insular, y de los fiordos que están más al sur. Pretendo narrar la experiencia que viví en mi juventud para que ustedes puedan generar sus propias conclusiones.

En 1942, trabajaba en un aserradero en la desembocadura del río Cisnes. Era común que los jóvenes saliéramos en busca de trabajo muy lejos de nuestros hogares, cruzando el peligroso Golfo de Corcovado para recalar en un lugar salvaje, franqueado por imponentes montañas de cumbres nevadas y selvas inexploradas, con riquezas extraordinarias. Aquí, en este confín del mundo, se asentaba el aserradero en el que trabajábamos unas 50 personas. Sin embargo, la temporada estaba llegando a su fin y era necesario buscar nuevos horizontes.

Recibí noticias de un tío paterno, capataz de una estancia en Cochrane, que necesitaban un peón. Él me había recomendado, por lo que me esperaban lo antes posible. Para llegar pronto a Cochrane era imprescindible navegar en el Vapor Tenglo, que surcaba los mares australes. Esta embarcación realizaba el viaje entre Puerto Montt y Puerto Aysén, una vez al mes. Para embarcarme, debía esperar al Tenglo que realizaba un complejo itinerario en los puertos de la Isla de Chiloé y el Archipiélago de las Guaitecas, teniendo que surcar las furiosas aguas del Golfo de Corcovado. Si se levantaba algún temporal, obligaba a la embarcación a capear el temporal en Quellón o Melinka y el itinerario cambiaba rotundamente.

El aserradero comenzaba a disminuir su producción debido al mal tiempo que adelantaba su aparición ese año, por lo que mi renuncia fue aceptada sin problemas. Luego de que el capataz estrechara fuertemente mi mano deseándome suerte, pasaron dos interminables días de espera junto a cuatro hombres que se dirigían a diferentes destinos del extremo sur, todos en busca de mejores oportunidades laborales.

Entre estos hombres llamaban la atención dos hermanos, de recia fisonomía esculpida por los rigores del trabajo, sus nombres: Ladislao y Artemio Chiguay. Gregorio Torres era otro, silencioso, de carácter ladino y bajo perfil. Finalmente, Juan Coñoecar, hombre pequeño, de mirada intrigante, se comportaba extraño; seguro se debía a su procedencia, el pueblo de Quicaví en la Isla de Chiloé.

Nos instalamos en una rancha construida para prestar refugio en situaciones de forzosa espera. Allí acortamos las horas con partidas de truco, tomando mate y fumando. Como el mal tiempo retrasara la aparición del Vapor, no nos quedó más opción que armarnos de paciencia y esperar.

En nuestra tercera vigilia, el viento soplaba con fuerza, colándose por las rendijas, provocándonos un frío estremecedor. Las partidas de truco y el mate con punta influyeron en que nos quedáramos en vela, alcanzándonos la madrugada. El temporal otorgó una tregua, y se instaló una pesada bruma a nuestro alrededor, que impedía ver más allá de una decena de metros.
Sólo la tenue luz de mi lámpara iluminaba, dejando ver el lúgubre rostro de mis compañeros como si de un vaticinio se tratara. Ya habíamos perdido la esperanza de que el Vapor apareciera desde el Canal Jacaf.

lunes, 24 de abril de 2017

"Mary regresa a casa" por Fraterno Dracon Saccis














Ilustración por Ana Oyanadel.












Mary corría abrazada de sus libros, buscando refugio de la lluvia que parecía haberse ensañado con ella. Incluso la luminaria callejera le daba la impresión de confabular en su contra. Cada poste al que se acercaba se apagaba cuando estaba al alcance de su haz.
     La agónica e intermitente luz fluorescente de una parada de autobús se le presentó como un oasis en medio del diluvio.
     Por supuesto que no esperaba que apareciese algún bus a esa altura de la noche. Cuando llovía, la ciudad se transformaba en un pueblo fantasma. La gente se enclaustraba en sus casas, cerraba las ventanas y corría las cortinas, como si la peste estuviese deambulando por las calles buscando a quien tocar con su huesudo dedo. Lo único que daba señales de vida era el brillo espectral de los televisores filtrándose por los vidrios cubiertos por una película de agua.
     Llegó agotada a la parada, y el frío de inmediato se hizo presente calándole los huesos. Las varias capas de bolsas de plástico que le había puesto a los libros debieron haber fallado, porque pesaban mucho más que cuando había salido a la calle. Tendría que llegar a secarlos si no quería que la multasen en la biblioteca por los daños. Al pensar en el aire tibio acariciando las hojas, un escalofrío le recorrió la espalda. Cuánto deseaba estar en su cama, cubierta por una montaña de frazadas.
     La luz de la parada cesó su pestañeo para apagarse definitivamente.
     Un segundo después, un resplandor a su espalda la sobresaltó, como si fuese un extraño que la hubiese sacudido estrechándole el hombro.
     Era un televisor encendido en una vitrina.
     Mary inspeccionó de reojo a su alrededor y luego al interior del aparador, sin que la penumbra le mostrase más que soledad. Aunque la lluvia seguía intensa, no dudó en salir de la protección del techo y dirigirse a la vitrina para curiosear. En el televisor figuraba un videoclip de alguna cantante pop que no reconocía. La chica vestía un camisón blanco que arrastraba y no dejaba ver sus pies. Otras muchachas de similar edad la acompañaban en una coreografía que le recordaba a las películas de fantasmas chinas, donde los espectros saltaban de forma más bien graciosa que terrorífica. Apegó el rostro al vidrio y pudo oír lo que parecía ser el coro de la canción,
     Oh Mary Mary... corre por tu vida... Oh Mary Mary... aunque sea en vano... Oh Mary Mary... nunca te detengas... Oh Mary Mary... nunca voltees, no mires atrás...”.
     Su nombre era tan común, que no le extrañaba encontrárselo a menudo en canciones, películas o libros. Pronto la música terminó y la protagonista se acercó a la cámara con una sonrisa que contrastaba con su ceño fruncido.
     Entonces la muchacha del televisor levantó la palma de la mano y golpeó la pantalla, haciéndola estallar.
     Desde el agujero que se formó, una onda sónica proyectó los fragmentos de vidrio y golpeó el escaparate que fue surcado por una fisura, una línea que se dibujó ramificándose y haciendo caer los trozos pesadamente. Todo ocurrió tan rápido que Mary apenas logró dar un par de pasos hacia atrás cuando la vitrina de desplomó. Desde el agujero del televisor, un líquido negro se arrastró hasta el exterior, quebrando con su intensa oscuridad la penumbra. Se alzó como un obelisco frente a Mary, que figuraba paralizada, incrédula ante la aparición.
     Cuando el montículo adoptó la forma de un falo e inició una curva descendente hasta su entrepierna, fue que Mary reaccionó y echó a correr.

sábado, 15 de abril de 2017

"Perro muerto" por Aldo Astete Cuadra














Ilustración por Alex Olivares.












La tranquilidad de tres parroquianos de un restaurante de mala muerte, es interrumpida por los gritos destemplados de una niña, que al principio parece ser a causa de un berrinche, pero estos van tomando un cariz gutural, espantoso. El personal del restorán sale disparado hacia una pequeña puerta verde ubicada al final del pasillo de los servicios sanitarios. 

A medida que los gritos aumentan y los ruidos de lo que parece ser una pelea se tornan amenazantes, los contertulios, que de costumbre son indolentes, comienzan a inquietarse. 
De pronto la diminuta puerta verde se abre, emergiendo una de las meseras con el rostro desencajado, se acerca a la mesa en que los tres hombres la observan expectantes. Uno está a punto de preguntar a la mujer cómo se siente, pero ella los hace callar indicando la puerta verde del final del pasillo, algo va a suceder... 

Una especie de sollozo, similar a esas oleadas de aullidos de perros que por las noches, por esas raras noches nos desvelan, va ganando volumen. La mujer se impacienta, va dubitativa en dirección al pasillo. Se detiene en seco, porque la puerta verde se está abriendo y de ella brota el sollozo que se transforma en estruendo gutural. Lo emite una pequeña de unos siete años, desaliñada, lleva en sus manos una muñeca negra, desnuda. La mujer, como movida por una idea apremiante, se abalanza para intentar arrebatársela, forcejea con la niña y la cabeza de plástico sale volando, cae al piso, rueda hasta las inmediaciones de la mesa de los tres hombres que, observan aterrados como al detenerse, la cabeza de muñeca abre unos enormes ojos y esboza una sonrisa insana. 

La niña emite un grito imposible y se calla con mirada perdida en algo indefinible sobre la mesa de los tres parroquianos. Los hombres huyen atropellándose en la salida, han abandonado el restorán de mala muerte, interpretando el no menos despreciable “Perro muerto”.

viernes, 11 de noviembre de 2016

"Las arenas del borde de la Tierra" por Armando Rosselot.

'Noosphere' by Kiminjo


1

La eternidad es un concepto que no muchos seres pueden llegar a comprender. Lo digo con propiedad. Sucede que, tal como le puede ocurrir a quien conoce un lugar demasiado tiempo, aburre, cansa y lo único que se desea es salir de ahí. Es mi sentir de hace incontables siglos: quiero escapar, irme.
Morir.
Durante los últimos milenios he tratado de aniquilarme muchas veces; más de doscientas, pero siempre despierto luego de un extraño sueño en donde me encuentro boca abajo en una playa de arena carmesí y húmeda. Allí me estoy ahogando, por lo que levanto mi cabeza con urgencia para lograr respirar, pero sólo consigo despertarme y vuelta a lo de siempre.
He sido testigo de tres eras planetarias; sus nacimientos, esplendores, decadencia y término. Luego viene el resurgimiento de todo, desde ese último rincón del mundo que renace luego de acabar; ese final que es para todo ser vivo del mundo, menos para mí y otro grupo de hombres eternos, de los cuales quedo sólo yo en esta tierra, pues los demás han tenido la suerte de encontrar el final del camino: La isla al borde del mundo.
Allá es donde me dirijo en este momento.

Subí a la embarcación hace cinco días en el puerto de Driüm, en el archipiélago de Yailyé, costa meridional del gran continente de Ramaridam, en ésta, la cuarta era del tercer planeta de este sistema solar: La Tierra; así le nombraban en la era anterior.


2

El sol quema con fuerza y los hombres trabajan en la cubierta, el timón y en las velas. Hace poco comí y estoy de pie. Las palabras del moreno retumban en mi cabeza: “Ve con la primera expedición hacia aguas desconocidas, allí encontrarás la isla donde podrás morir y al fin descansar”. Él partió hacía seis mil años; un breve interludio para el tedio de estar en este mundo.
Cerca del timón varios hombres y el capitán estudian un mapa, según oigo, es el mapa de un mago, un iluminado que los llevará a encontrar los tesoros más grandes del mundo y la riqueza infinita. No tienen idea de lo infinito, ni qué es ser un iluminado. El mapa lo dibujé yo hace varias jornadas y lo hice correr por las posadas de marinos hasta que alguno se atreviera a ir. Cayeron; me llevarán a mi muerte y a la de ellos, breves criaturas inocentes. No se imaginan lo que les caerá encima, muy pronto.

jueves, 3 de noviembre de 2016

"La Mar" por Jorge Araya Poblete



Manuel remaba con todas sus fuerzas. No importaba hacia donde lo llevara su huida, solo le interesaba agrandar al máximo la distancia entre él y aquel lugar. La adrenalina apenas atenuaba los calambres que se apoderaban de todos sus músculos, los dolores articulares que invadían principalmente sus manos y espalda, y la vergüenza que carcomía su alma a cada segundo. Esa tormentosa madrugada había resultado peor que cualquiera de sus pesadillas, y ahora debía seguir luchando contra la mar por su vida, mientras rogaba porque ninguna otra calamidad empeorara su casi malograda existencia.

***

Manuel era el patrón de un barco mediano de pesca industrial algo viejo, pero aún completamente funcional gracias a los cuidados que se le daban y a una esmerada mantención. Por ya casi treinta años llevaba haciendo de la pesca su vida y sustento. A diferencia de la mayoría, era responsable con los recursos que extraía. La mar podía ser muy generosa, pero a la vez veleidosa y agotable; así, era cuidadoso de pescar sólo lo necesario para su subsistencia y la de aquellos que trabajaban con él; gracias a su forma de enfrentar a la naturaleza nunca le había faltado nada en la vida, e inclusive quienes se habían ido de su lado a trabajar por su cuenta y seguido su ejemplo, también habían logrado prosperar y ser exitosos.

Mientras abordaba recordó a su padre, hombre de mar —como también lo fue su padre, y el padre de su padre— quien le enseñó una costumbre exclusiva de su familia y cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, que causaba risas y burlas en el resto de los pescadores, pero que para quienes llevaban su apellido era tan sagrada como la honra de su madre o la protección divina de San Pedro apóstol: en cada faena el primer pez que sacara debía ser devuelto vivo como ofrenda a la mar, para mostrarle respeto y agradecimiento por las décadas de sustento familiar. Manuel nunca dejaba de cumplir esa máxima ineludible, que aprendió a los siete años cuando por primera vez fue de pesca; también recordaba como si fuera ayer que en su inocencia se atrevió a preguntar el porqué de dicha tradición, recibiendo un doloroso bastonazo en la cabeza de manos de su abuela, “¡Las tradiciones se siguen, no se cuestionan!”. A pesar de todas las travesuras de su niñez, las locuras de la adolescencia y del entorno agresivo en el que había nacido, aquella fue la única vez que alguien de la familia lo golpeó.