viernes, 11 de octubre de 2013

"Leda y Compañía" por Patricio Alfonso

Ilustración de All Gore

Me impresionó. Era un pez lento, manso, y uno lo podía tocar. También era enorme. En mi concepto - mejor dicho, en mi recuerdo - los peces eran esas criaturas diminutas, frágiles y huidizas que habitaban en el acuario que tuve en mi infancia, y que con suerte podían ser alcanzadas con una red cuando la necesidad o la ociosidad así lo ameritaban.

El estanque del esturión - Leda me explicó que esa criatura robusta cuya cabeza parecía más bien la de un cocodrilo se llamaba esturión -  tenía forma de poliedro y estaba construido a base de primorosos azulejos portugueses. Nunca tan bien dicho aquello de azulejos,  porque eran de un color celestial, y el tono del cielo era el que reflejaban en la lenta caída de la tarde veraniega. Recordé vagamente que con los huevos del esturión se hacía el preciado caviar, pero el ser del estanque - me dijo Leda - jamás pondría huevos puesto que se trataba de un macho. Leda me había llamado por la mañana y en la tarde ya me tenía ahí, luego de un agotador viaje en avión, sentado al borde del estanque de azulejos y contemplando las lentas evoluciones del apacible monstruo. A lo lejos se podía divisar la línea del Mediterráneo, la silueta enhiesta del monumento a Colón y el perfil del acuario público donde Leda lo había comprado en calidad de excedente, aunque no por ello barato. Me pagaría bien a mí por las fotos, eso estaba claro.

De que Leda tenía dinero, lo tenía, así como que era tan extravagante como guapa. De que tenía una personalidad llena de recovecos, era cierto. Quizá me escogió a mi no sólo por mi prestigio profesional, sino porque se enteró que no me gustaban las mujeres. En la cama, quiero decir. En otro sentido,  Leda me gustaba mucho. Jamás podría hacerle fotos a quien no me gustase. Y ella merecía mis respetos. Cuando yo trabajaba para Vogue supe que había rechazado ser el rostro de una multinacional. Algunos envidiosos dijeron después que otra habría sido su respuesta si no hubiese sido rica. Olvidaban que por esos tiempos no lo era, y que su actual fortuna empezó a formarse solo después de que filmara Cardumen y empezaran a lloverle los contratos. Para mentir y comer esturión…

II

La primera sesión la haría vestida. Es decir, si uno era capaz de llamar vestuario al diminuto bikini rojo y los zapatos del mismo tono calzada con los cuáles no dudó en introducirse al estanque. La reacción del esturión fue pasmosa. Al parecer, el bicho estaba en ese momento grato, nadando en torno a mi brazo mientras yo desde la orilla le rascaba de cuando en vez la cabezota. Pero cuando Leda entró en el agua pareció apoderarse de la bestia un reconcentrado frenesí. La buscó, toqueteándola con ese hocico de caimán mientras ella se dejaba hacer lánguidamente. Yo, como el pez, también estaba poseído, y no puedo llevar la cuenta de los disparos que hice con la cámara. Casi no logré advertir que fue el animal quien le quitó el bikini. La segunda sesión la haría desnuda, salvo claro está por los zapatitos rojos.

III

Fue la sesión de fotos más impresionante de mi vida. Y la última. Lo que pasó después fue la gota que colmó mi vaso. Caí después en otros vasos, en una vida de alcoholismo y errancia que duró años, hasta que uno de los pocos amigos que no me habían abandonado me arrastró a una terapia. Ahora soy un tipo sereno, que toma ansiolíticos dos veces por día y sólo sufre pesadillas de vez en cuando - “Déjame aquí, en el agua. Encontrarás tu cheque en la mesita del vestíbulo” - , pero el talento me ha abandonado totalmente. Por suerte, todavía recibo fondos por concepto de autoría cuando alguna revista hace alguna nota más bien nostálgica sobre mi trabajo.



IV

La muestra fotográfica “Leda del Mar – Nupcias y Testamento”, de Mario Calabrés, fue exhibida con tanto éxito como escándalo en la Galería Gaudí, de Barcelona. El hecho de que la famosa modelo y actriz protagonista de las imágenes se suicidara dejándose morir por inmersión luego de terminada la sesión de fotos sólo añadió morbo al  morbo.

V

En un estanque de azulejo portugués, un esturión solitario da vueltas todavía como un viudo inconsolable.


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