sábado, 21 de febrero de 2015

"Encuentro en el Parque Stix" por Armando Rosselot













Detalle de ilustración de LordNecro Arlequin (Necroscopio).








Sabía que lo que hice no era bueno, había degollado a la abuela y a su nieta por unos cuantos billetes. Entré con temor al parque Stix, huyendo. Aminoré el paso al creer que había oído algo. Pensé en otro asaltante, o en varios, en lo que sería una cuchilla clavada en mi vientre y el frío de la muerte acariciándome, o tal vez, un disparo en la cabeza, un golpe fuerte en la nuca que haría que poco a poco dejara de percibir todo alrededor hasta caer inconsciente en los brazos de la oscuridad. Apuré el paso, tanto que en un momento me di cuenta que corría. Paré, respiré hondo, y cuando me disponía a seguir mi camino fue cuando sentí una presencia detrás mío.

Me volteé rápido y lo vi. Vi lo que creí era sólo posible en las pesadillas, tanto que no pude moverme y el miedo fue tan inmenso que doblegó mi mente en décimas de segundo dajándome en una especie de hipnósis.

Él tocó mi rostro con una suavidad repugnante, con algo similar a una mano y me observó con su único e inmenso ojo, embutido en aquella cabeza sin boca que irradiaba un ardor imposible y un grito convertido en un susurro preso de la carne y los huesos. Jaló de mí con descomunal fuerza y apoyó su húmedo cráneo sobre mi cabeza. En ese momento conocí la verdad.

Quedé atontado sobre el pavimento del camino una vez que él se marchó jadeando. Quedé con el rostro hacia el cielo observando las estrellas, esas que día a día se nos presentan y nosotros las vemos sin ni siquiera sospechar que ellas aguardan por nosotros y nuestros actos cantándonos una melodía constante y eterna. ¿Por qué lo sé? Porque ese repugnante ser era mi encarnación después de la muerte, quien había venido desde el mismísimo infierno para ver su muerte una y otra vez hasta el fin de los tiempos, como una broma macabra y un castigo único.

Así es, y esos dos tipos que vienen por el parque hasta este lugar, donde me encuentro temblando y con los ojos llorosos de inútil arrepentimiento, son los que acabarán con lo poco que queda de mi existencia en esta lejano y triste mundo. Y ese momento que se avecina, será el espectáculo eterno en mi suplicio infernal.




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