viernes, 5 de julio de 2013

"El Largo Tejado" por Cristian Muñoz

Ilustración por All Gore
     Tanas subía todas las mañanas al techo de su casa de dos pisos para respirar el aire fresco matinal, pasaba horas en aquel lugar meditando sobre la realidad en que estaba su existencia. Se había acostumbrado a observar el horizonte meditando en cuáles serían los siguientes pasos a seguir.
La mañana transcurría como todas las demás, el resplandeciente astro iluminaba las montañas a lo lejos, el aire fresco y puro que bajaba desde la cordillera le hacía sentir algo mejor, un respiro. Con su mirada fija y perdida más arriba de los cerros, logró divisar, para su sorpresa, un punto negro metálico. Pensando que podría ser problema de su vista, se refregó los ojos, pero aquel punto no desapareció. Volvió a mirar el punto aquel, por un tiempo, hasta que comenzó a aumentar el radio lentamente, casi imperceptible al inicio, sin embargo, al cabo de unos minutos tomó un diámetro similar al de la luna cuando se observa en su máxima plenitud. Conservaba el color negro, como una marea moviéndose en su interior que en sus cimas adquiría un tono azul opaco. Se sentía desconcertado y atraído por aquella extraña esfera. Sin quitarle la vista de encima se percató de un humo que se colaba por detrás, fluía lentamente hasta cubrir el horizonte, ocultando las casas, las calles, era una oscura niebla que tragaba y escondía todo a su alrededor. Sorprendido, observó, sin moverse de su posición, la niebla llegar hasta los techos contiguos, como un espeso río líquido, pronto se vio envuelto también. Qué demonios estaba sucediendo. Su miedo no lograba darle fuerzas para reaccionar, estaba paralizado, sintiendo que en cualquier momento colapsaría.

martes, 2 de julio de 2013

Editorial de Julio: Nuevos integrantes y más sorpresas.

Ilustración de All Gore
Julio será un mes con mucho ajetreo en Chile del Terror.

Antes de contarles lo que se viene en las próximas semanas, es necesario hacer la presentación del que será nuestro nuevo equipo creativo, compuesto no solo por escritores, si no que ahora por excelentes ilustradores que vienen a dar una línea de expresión gráfica a las historias presentadas, además de crear las propias con su arte.

Hablamos de: All Gore, que ya pudieron conocer a través de la Necroentrevista que presentamos hace algunas semanas; Ana Oyanadel, iniciada ya en nuestro colectivo ilustrando los relatos “Una Prisión de mi Carne” y la segunda parte de “La Fiesta Bajo LaGran Pirámide”; y por último, el más reciente ingreso, Alex Olivares, que la próxima semana nos ayudará dando su visión de uno de las historias que les presentaremos.
Ilustración de Ana Oyanadel para la segunda parte de
"La Fiesta Bajo la Gran Pirámide"
La idea es que su trabajo sea más que solo ilustrar cuentos, por lo que en el corto plazo tendrán noticias de las nuevas formas de entregar dolor a vuestros corazones.
Para más detalles acerca de la sangre nueva, así como de los ya viejos zorros que integran Chile del Terror, hemos agregado en el menú una sección donde podrán acceder a una breve biografía de cada uno, así como enlaces donde podrán conocer nuestros trabajos individuales.

Como habrán notado nuestros lectores regulares, hemos retomado un ritmo de publicación y además aumentado de una a dos entradas por semana, debido al buen y abundante material que nos ha llegado desde distintas voces que quieren dar a conocer sus propuestas terroríficas. Bienvenidos todos, somos legión.

viernes, 28 de junio de 2013

"La Fiesta Bajo la Gran Pirámide" —Segunda Parte y Final— por Diego Escobedo

Ilustración por Ana Oyanadel
¿Cómo explicar risas y luces en el interior de una pirámide de miles de años? La lógica era algo que se había desconectado de mi cerebro a esas alturas. Entre seguir vagando, perdido en la asfixiante oscuridad, y acercarme a la fuente de estos sobrenaturales fenómenos, no había mucha diferencia. Como si se tratara de un sueño, avancé, casi por inercia, hacia la luz.
Se trataba de otro pórtico que daba paso a un estrecho pasillo. Al final de este, llegué a una puerta sellada que poseía una estrecha rendija por donde se filtraba la luz de muchas antorchas y las voces de gente conversando. Me dispuse a abrirlo, cargaba conmigo unos cartuchos de dinamita, pero una rápida mirada a la roca me hizo estimar que no sería necesario. Hice palanca con una barretilla y, con una facilidad mayor a la que esperaba, la puerta cedió abriéndose hacia fuera.
Como era de esperar, el umbral no llevaba hacia otro pasillo, sino que a una cámara.
Su interior era la locación de una dunsaniana escena: docenas de personas celebrando, con vestimentas del Egipto Antiguo, y servidos por muchos pequeños sirvientes y esclavos. Había mesas con comida servida, vino, y diversas exquisiteces. Algunos comensales se servían sus copas de madera ante uno de los imponentes cuadros del Faraón, comentando —no sé cómo lo comprendía— la técnica usada por el artista; mientras que otros nobles estaban sentados en suntuosas sillas con guapas concubinas y vasijas repletas de joyas a su lado, probándoselas a sus mujeres y ufanándose de éstas. Hacia el fondo estaba un grupo de músicos tocando el arpa, con una suave melodía que me sonó espectral, al extremo de ponerme los pelos de punta. Más hacia atrás se encontraba el tesoro máximo: el sarcófago del Faraón. Sellado como siempre, rodeado de lanzas, arcos, estatuas de Osiris y más vasijas llenas de oro.
Como si se tratara de un sueño, entré, vacilante, pero sin confiar demasiado en la autenticidad de lo que me comunicaban mis sentidos. Los comensales no parecieron darse cuenta de mi presencia, y, si lo hicieron, lo disimulaban muy bien.
Me acerqué a un grupo que estaba ante una de las pinturas. Como si nada, me sumé al grupo de cuatro personas. Curiosamente logré comprender a la perfección su lengua. Por un minuto creí que hablaban en árabe. Más tarde comprendí que yo estaba hablando en egipcio antiguo.

—Efectivamente, ni todos lo esclavos del imperio bastarían para construir una pirámide como ésta —contaba un hombre calvo y alto con ropas de funcionario imperial.
—Ya lo creo. El juicio de Imhotep se estremecería al ver algo de este tamaño —opinaba un individuo obeso y de tes clara—. Él seguramente habría destinado a esos hombres a combatir a los icsos.
—¡Por favor no me hables de esa manga de agitadores! Es un problema más que solucionado. Las fronteras están más que aseguradas. Ahora es ocasión de celebrar y disfrutar la velada.

martes, 25 de junio de 2013

"La Fiesta Bajo la Gran Pirámide" —Primera Parte— por Diego Escobedo

Ilustración por All Gore
Entre las cálidas arenas del olvido, apenas rozadas por los vientos de la eternidad, descansa cual fuera mi última perdición, extraviada en lo más remoto del valle de Hadoth.
Llegué al desierto egipcio allá por los primeros años del siglo veinte de los mortales cristianos. Como todo buen saqueador de tumbas, pasé por el Valle de los Reyes, sin mucha suerte, pues de dichas ruinas no pude rescatar más que una vasija con algunas piezas de plata y un viejo espejo de, lo que espero, sea oro. Además de algunos conocimientos sobre al antiguo Egipto que me fueron útiles más adelante.
Queda muy poco que saquear por estas tierras, pensé, pero me jugaré mi última carta: Las catacumbas de Nefre-ka. Supe de su existencia por medio de una conversación que ostentaban en voz baja unos ancianos en una taberna de Luxor. Afortunadamente manejo el idioma de los nativos, y estos debieron estimar lo contrario, lo que me permitió escucharlos cuchichear sobre las múltiples maravillas que abundaban en unas ruinas aún no tocadas por los extranjeros, mientras me servía mi aguardiente en la mesa vecina. En una maniobra arriesgada me entrometí con todo el tacto que pude, les invité unas copas y los interrogué, en su idioma, sobre el lugar del que hablaban. Su reacción fue más que clara. Con unos rostros súbitamente pálidos, me soltaron una sarta de advertencias un tanto difíciles de comprender por la pasión y velocidad que imprimieron en ellas. Pero lo principal se entendía: “No debe osar acercarse allí. Las catacumbas del faraón Nefre-ka son uno de los mayores miedos de los egipcios, especialmente de los ancianos. Aquellos que hemos oído escabrosas historias sobre lo que ocurre una vez que se desafía a la maldición que reposa en lo más ignoto del valle de Hadoth”.

Comprendiendo que su pavor era auténtico, les prometí que no me acercaría. Obviamente no me creyeron y se retiraron antes de terminar sus tragos. Mientras se iban los pude escuchar susurrando unas oraciones que me eran desconocidas.